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La primera vez que Raúl me vendió
monedas, eran todas de excelente calidad. No olvido las
garantías que expuso para el negocio: 1° Que si en el
tiempo descubría que una pieza que él me había
vendido era falsa, podría devolvérsela en cualquier época.
2° Que tenía 30 días para quitarme del negocio sin
darle ninguna explicación y 3° Que si alguna vez me
entregaba una moneda para que yo verificara si la tenía
y ésta se me perdía, no le debía nada. En verdad,
nunca tuve que hacer uso de la garantía.
Raúl
siempre me vendió monedas excelentes. Tenía una
memoria prodigiosa para saber qué me faltaba, y así
era con todos sus clientes. Cuando compraba alguna pieza
importante ya tenía en su mente para quién era.
Era
un católico ferviente, de misa diaria. Correcto en
todos sus negocios. Fui testigo de una venta que hizo a
un cliente y luego pagó comisión a quien se lo presentó,
aunque éste se encontraba en otra ciudad en el momento
del negocio.
Era
caritativo. Hacía donaciones a varias comunidades
pobres en veredas de varios municipios. Pero no hacía
alarde de ello.
Su
lema era: “Soy el comerciante estrella del país”. Y
en verdad que lo era. Nadie recorrió tanto el país
como él y por eso sabía como se movía el mercado de
monedas y billetes. Se recorrió casi toda la geografía
colombiana consiguiendo piezas, que de otra manera,
nunca hubiéramos conocido.
Decía
que para ser buen numismático se tenía que ser loco. Y
él lo era.
Pero
ante todo, fue un “MAESTRO”.
Conocía todo el monetario colombiano y podría decirse
que por sus manos pasaron casi todas las monedas
importantes y escasas de Colombia. Sus conocimientos nos
permitieron saber qué era escaso y qué no. Qué pieza
podía conseguirse en buen estado y cuál no. Qué era
falso y qué era legítimo. No dudaba en alabar lo que
lo merecía y en cuestionar lo que según su saber era
dudoso. A nadie negaba sus conocimientos.
Los
que aprendimos de él nos quedamos sin el “MAESTRO”.
¿Qué haremos ahora?.
¡HASTA
LUEGO AMIGO!
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