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La
invasión a Iraq, grave miopía
política
y falta de visión histórica
Por
Luis Foix
BARCELONA,
7 ABR (AIBA-LA VANGUARDIA). Cuando los británicos entraron en Bagdad
en 1917 apoderándose de los despojos del Imperio Otomano proclamaron
que "nuestros ejércitos no llegan a vuestras tierras y vuestras
ciudades como conquistadores sino como liberadores". Gran Bretaña
y Francia se repartieron los dominios del vasto imperio con sede en Constantinopla.
Londres estableció los protectorados de Iraq y Jordania mientras
Francia se quedaba con Siria y Líbano. El resto de territorios
cayeron en manos de las monarquías del Golfo.
El mapa de Europa y Oriente Medio fue dibujado al terminar la Gran Guerra
que hizo caer los imperios de Alemania, Austria Hungría, Rusia
y el Otomano. Al término de la Segunda Guerra Mundial nacían
los nuevos estados que habían sido protectorados de Gran Bretaña
y Francia. El estado de Israel también fue una consecuencia de
la nueva realidad internacional al terminar el último gran conflicto
europeo.
Medio siglo después de la emancipación de los pueblos que
habían formado parte del Imperio Otomano, el balance es muy negativo.
En ninguno de ellos, con la excepción de Israel, se ha conseguido
articular una democracia. En ninguno de ellos se han respetado los derechos
humanos. Tampoco ha habido prosperidad y convivencia entre las distintas
familias religiosas del mundo musulmán.
Prácticamente todos los estados han estado dominados por dictadores,
reyezuelos y autócratas que se han preocupado más de su
permanencia en el poder que del bienestar de sus súbditos. La historia
del Iraq moderno está jalonada de golpes de estado, guerras contra
los países vecinos, represiones masivas y abusos sin límite
del poder.
Los imperios europeos abandonaron la región sin haber garantizado
la convivencia pacífica y libre de los musulmanes que se entregaron
a sus propias pugnas religiosas y sociales que han significado un atraso
histórico para Iraq, Siria, Jordania y el resto de monarquías
árabes que han perpetuado la corrupción y la más
absoluta ausencia de derechos humanos.
La dictadura de Saddam Hussein fue tenebrosa y brutal. Un solo hombre
controlaba el país a través de un ejército dócil
que reprimía cualquier atisbo de oposición. Saddam se armó
hasta lo dientes. Se dotó de armas de destrucción masiva
y de una tecnología que podía llegar a construir armas nucleares.
La aviación israelí se encargó de destruir las incipientes
armas atómicas con una incursión por sorpresa y muy efectiva.
Saddam declaró la guerra a Irán. Más de un millón
de muertos sembraron las llanuras del Edén como consecuencia de
los brutales enfrentamientos. En 1991 decidió invadir Kuwait por
las buenas. La comunidad internacional reaccionó con el presidente
Bush padre que construyó una coalición en la que participaron
todos los países relevantes del planeta.
Todavía es un misterio el hecho de que el padre Bush se detuviera
a las puertas de Bagdad y decidiera no derrocar a Saddam Hussein. El dictador
aprovechó esta actitud benevolente de Estados Unidos para llevar
a cabo una represión sin precedentes contra la mayoría chiíta
causando más de trescientos mil muertos. Saddam seguía armado
pero tuvo que hacer frente a las sanciones internacionales y al bloqueo
impuesto por las Naciones Unidas.
El presidente Clinton no fue especialmente beligerante con Iraq. Pero
la llegada de George Bush, hijo, a la Casa Blanca cambió el orden
internacional que se vio alterado por el salvaje atentado del 11 de septiembre
de 2001. Había que encontrar enemigos. Afganistán y sus
talibanes fue el primero. Se actuó militarmente y los radicales
islámicos huyeron de Kabul.
La próxima pieza era Iraq. Había que ocupar el país
pero no había pretextos. Se acusó a Saddam de almacenar
armas de destrucción masiva y de dar cobertura al terrorismo internacional.
Se vulneró la legalidad internacional, se despreció a países
como Rusia, China, Alemania y Francia que no compartieron la necesidad
de ir a la guerra, y se empezaron a lanzar bombas para librar al mundo
del peligro de Saddam.
También los norteamericanos se presentaron como liberadores tal
como lo hicieran ochenta años antes los británicos. La democracia
imperial de Washington se proponía establecer las libertades a
los iraquíes. Pero no ha sido así. En 1917 se conquistaba
un país como consecuencia de la Gran Guerra que asoló a
toda Europa. En 2003 se ocupó un territorio sin causa justificada.
Ni hace ochenta años ni tampoco hoy los iraquíes han querido
ser liberados por tropas extranjeras.
Este es el problema y la errónea estrategia de una gran potencia
militar que ha creado más problemas de los que había en
Iraq con Saddam Hussein. La cuestión no está en cómo
liberar Iraq sino en cómo salir cuanto antes.
Qué
falta de visión histórica y qué miopía política.
(AIBA) |