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El desafío de Europa del Este A muchos países latinoamericanos les tomó décadas darse cuenta que China se convertiría en un competidor formidable, que les quitaría inversiones extranjeras y conquistaría los mercados más grandes del mundo. Ahora, América Latina podría estar quedándose igualmente dormida ante el surgimiento de un nuevo rival de peso: Europa del Este. La línea oficial en la mayor parte de America latina es que la reciente expansión de la Unión Europea, con la incorporación de 10 nuevos países de Europa del Este y Europa Central --incluyendo Polonia, Hungría, la República Checa y Eslovaquia-- es una buena noticia para los latinoamericanos. Seguramente, veremos una avalancha de comunicados oficiales celebrando las nuevas oportunidades de cooperación bi-regional en la próxima cumbre América Latina-Europa el 28 de mayo en Guadalajara, México, donde se reunirán más de 40 jefes de estado de ambos continentes. Será la tercera cumbre de este tipo, y la primera desde la expansión de la Unión Europea a 25 miembros. Sin embargo, el panorama no es tan rosado para América Latina. Los nuevos miembros de Europa del Este pueden convertirse --como lo hizo China-- en una potencia del mundo emergente, que podría empujar a América Latina más atrás en la lista de prioridades de las compañías multinacionales y los administradores de fondos de inversión. ''En inversion, estos países de Europa del Este son más atractivos que América Latina'', me señaló Christian Freres, un investigador de la Asociación de Investigación y Especialización en Temas Ibero-Americanos, de Madrid, España. ``Las compañías que vienen de otros lugares del mundo verán a Europa del Este como una plataforma excelente desde donde penetrar la Unión Europea''. Los países de Europa del Este ofrecen impuestos bajos, una mano de obra más barata que Alemania, Francia o Gran Bretaña, y a menudo trabajadores sumamente calificados. Una firma multinacional que abra una planta en la República Checa puede ahora exportar sin impuestos aduaneros a un mercado de 450 millones de personas en la Unión Europea. La misma empresa, si quisiera hacer una inversión similar en Brasil o cualquier otro país latinoamericano sin un tratado de libre comercio con los Estados Unidos o Europa, sólo sería capaz de exportar con impuestos preferenciales a un mercado sub-regional de América Latina, más limitado y menos afluente. Europa del Este también tendrá una ventaja propagandística. En su calidad de países excomunistas que han abrazado el capitalismo y el libre mercado con el celo de los conversos, estos nuevos miembros de la Unión Europea se han convertido en los favoritos de la comunidad financiera mundial. Estonia, por ejemplo, vio su inversión extranjera directa multiplicarse de $150 millones en 1996, a $853 millones en el 2003. Según el Indice de Libertad Económica 2004, de The Heritage Foundation y The Wall Street Journal, Estonia es la sexta economía más libre del mundo, por encima de todos los países de América Latina. Otros países de Europa del Este, como Lituania, Latvia, la República Checa y Eslovaquia están a la delantera de México, Brasil y Argentina. En materia de comercio, México y Chile, que han firmado separadamente acuerdos de comercio preferenciales con la Unión Europea, van a estar mejor posicionados que sus vecinos. ''La expansión de la UE nos representa un aumento del número socios comerciales sin necesidad de negociar nuevos tratados'', me dijo Lourdes Arana, subsecretaria de Relaciones Exteriores de México. Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, cuyo bloque comercial Mercosur está negociando un acuerdo de comercio preferencial con la Unión Europea, enfrentan una pérdida de exportaciones a sus mercados europeos tradicionales hasta que se firme un tratado. Un informe interno del gobierno argentino dice que Argentina puede perder $681 millones al año en acero, piezas automotrices y otras exportaciones a Alemania, Francia y otros países de Europa Occidental, que ahora importarán esos productos exentos de impuestos de Europa del Este. Martín Redrado, secretario de Comercio de Argentina, me dijo en una entrevista telefónica que si las negociaciones Mercosur--EU finalizan en octubre, como está planeado, ''el comercio con la Unión Europea será una oportunidad, más que un problema para nosotros''. Mercosur podrá aumentar sus exportaciones de alimentos a una Unión Europea ampliada, mientras que Europa del Este probablemente se dedicará más a exportar productos como automóviles y maquinarias, explicó. ''Pero Europa del Este se consolida como un firme competidor en inversión extranjera directa para América Latina'', dijo Redrado. ``Especialmente en la producción de bienes de capital, maquinarias, el sector automotriz y a metal mecanico''. Estoy de acuerdo. Es demasiado temprano para vaticinar si Europa del Este será una nueva China. Sin embargo, no es temprano para advertir que mientras la mayoría de los países latinoamericanos están enfrascados en sus respectivos escándalos políticos del día, muy pocos están prestando atención al nuevo desafío de Europa del Este. Por Andres Oppenheimer, mayo 17 de 2004. El Nuevo Herald Las
discrepancias se multiplican pese a las renuncias de España y
Polonia al reparto establecido en Niza El camino hacia un acuerdo que permita la aprobación de la primera Constitución europea no aparece tan despejado como la presidencia irlandesa de la UE y los gobernantes de los socios se empeñan en hacer ver. A un mes de que venza el plazo marcado por los propios dirigentes de la Unión, los frentes de discusión parecen multiplicarse. O simplemente van aflorando, o reapareciendo, desde que los nuevos gobiernos de España y Polonia anunciaron su renuncia al sistema de reparto de poder establecido en el Tratado de Niza y su aceptación del nuevo mecanismo de doble mayoría –de estados y población– para la adopción de acuerdos no sujetos a la unanimidad. Escribe Fernando García en La Vanguardia que los dirigentes de la UE y de sus estados miembros transmitieron la idea de que, al admitir el sistema de reparto de poder propuesto en el borrador de la Constitución y apoyado sobre todo por Francia y Alemania, Madrid y Varsovia habían retirado el palo de entre las ruedas de la bicicleta, que a partir de entonces rodaría sola. Lo cierto es que ni siquiera ese vidrioso capítulo está cerrado, ni mucho menos, pues por ahora subsisten las discrepancias sobre los umbrales que la doble mayoría debe tener. Frente al 50% de estados y el 60% de población apuntados en el proyecto y defendidos por los grandes y por la Comisión Europea, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aspira a una mayoría de países que representen a “dos tercios” de los habitantes de la UE. Falta por ver si Madrid entiende dicho quebrado en términos aproximativos o bien pretende imponer el índice del 66,6% al que equivale. Esta última opción le alejaría demasiado de la postura franco-alemana, aunque no tanto de las opciones consideradas por la presidencia irlandesa, la cual maneja además posibles y complejas cláusulas para limitar el poderío de los grandes países e impedir abusos de bloqueo de los pequeños y medianos. Pero hay más terreno por desbrozar. Los socios aceptan la creación de la figura de un ministro europeo de Exteriores, pero no se ponen de acuerdo en si tiene o no que estar al mismo tiempo en el Consejo de la Unión y en la Comisión Europea. El funcionamiento de las presidencias para las distintas formaciones del Consejo tampoco está claro; aunque todos quieren poner fin a las rotaciones semestrales, la diversidad de propuestas alternativas ha llevado hasta el absurdo de planteamientos tanto o más complejos a base de grupos de tres países que también rotarían.
Los países recién incorporados a la UE y algunos otros pequeños insisten en consagrar en el texto la “igualdad entre estados”, sin matices, lo que para el resto es incompatible con las diferentes prerrogativas de unos y otros en cuestión de peso político. Los nuevos socios forman también la avanzadilla de los que pretenden incluir en el preámbulo una referencia a las raíces cristianas de Europa, referencia que hasta el momento París rechaza con rotundidad. Aún más peliagudo es el debate sobre los asuntos que deben pasar a decidirse por mayoría, en lugar de por unanimidad. Londres plantea aquí los mayores obstáculos al negarse en redondo a incluir entre esas materias la fiscalidad, la seguridad social y algunos aspectos de la política exterior. También hay problemas con las competencias de la Unión en la lucha contra el terrorismo, así como con el poder que debe tener el Parlamento a la hora de aprobar presupuestos y marcos financieros plurianuales. La presidencia y los socios pretenden cerrar un acuerdo en la cumbre que los líderes europeos celebrarán los próximos 17 y 18 de junio. Las negociaciones se reanudarán este lunes en la esfera de ministros de Exteriores. La cita permitirá comprobar hasta qué punto es verdad, o no lo es tanto, que la Constitución es cosa hecha. La Vanguardia, 17 de mayo de 2004
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