| Tribuna
de Opinión / Por Robert Samuelson
El futuro del estado de bienestar
Robert
Samuelson, analista de The Washington Post, trata en las páginas
de Economía de El Mundo las teorías del historiador de economía
Peter Lindert sobre el estado de bienestar. Este llega a la conclusión
de que se trata de una «institución resistente», pese
al problema del envejecimiento de la población.
Uno
de los grandes proyectos del siglo XX ha sido la construcción de
vastos estados de bienestar en países ricos para proteger a la
gente de las inseguridades del ciclo económico y de la injusticias
de un capitalismo sin restricciones. Y una de las grandes preguntas de
comienzos del siglo XXI es si estos estados de bienestar crearán
nuevas inseguridades e injusticias, frente a la cantidad de compromisos
de cara a la población en envejecimiento. Peter Lindert, historiador
de economía que ha investigado en profundidad el estado de bienestar,
sorprende al público con el mensaje: la tranquilidad.
En
un libro recién publicado y titulado El crecimiento público:
Gasto social y crecimiento económico desde el siglo XVIII, Lindert
considera que el estado de bienestar es una institución resistente,
y reconoce que eso crea un conflicto. Se espera que la tercera edad (los
mayores de 65 años) constituya el 20% de la población en
2008 en Japón y en Italia, en 2015 en Suecia y en 2020 en Alemania
y Bélgica (EEUU llegará por entonces al 16%). Sin embargo,
el autor cree que los gobiernos afrontarán las crisis con una mezcla
pragmática de recortes en las prestaciones sociales y un incremento
de los impuestos.
¿Será
tan fácil? Recientemente, el presidente de la Reserva Federal,
Alan Greenspan, fue abucheado cuando propuso recortes en las pensiones
de la Seguridad Social para futuros jubilados. La reacción a los
comentarios de Greenspan ilustra el peligro de un círculo vicioso.
Los políticos no pueden realizar recortes en las prestaciones sociales.
El aumento de los impuestos o los déficit presupuestarios reduce
el crecimiento económico, haciendo que cueste más pagar
las prestaciones. El estado de bienestar se vuelve inasequible.Promueve
el estancamiento económico y generacional, así como la competencia
de clases por prestaciones cada vez más limitadas.
Después
de un análisis exhaustivo, Lindert, profesor en la Universidad
de California Davis se siente menos alarmado. Hasta ahora, el estado de
bienestar ha costado un precio. Es decir, los impuestos y las prestaciones
(el paro, la seguridad social y la jubilación) no han logrado deprimir
el crecimiento. Los países pueden ser cuidadosos sin tener que
quedarse paralizados. La pregunta que se plantea es cómo llevar
esto a cabo cuando el sentido común sugiere que la carga fiscal
y de prestaciones afectan al trabajo y la inversión.
Lindert
ofrece tres respuestas. Primero, cierta inversión en el gasto público
(por ejemplo, en educación) podría mejorar el crecimiento.
Segundo, unas prestaciones generosas podrían recompensar e incrementar
el paro, pero los nuevos parados serán sobre todo trabajadores
no cualificados, por lo que su pérdida no afectaría tanto.
Y para terminar, los grandes estados de bienestar han adoptado impuestos
que minimizan el impacto económico. En Europa, los impuestos se
acercan a un 50% del ingreso nacional (a diferencia del 30% de EEUU).
El
deseo estadounidense de bienestar, llamado alivio a los pobres antes del
siglo XX, siempre fue menor que el de Europa, dice Lindert. El espíritu
de la frontera hacía hincapié en la independencia; la diversidad
étnica desalentaba la ayuda a grupos que no fueran similares. Aún
así, el bienestar en 1800 era menor del 1 % del ingreso nacional
en cualquier otro sitio. Los pobres quedaban estigmatizados como fracasos.
La Gran Depresión y la II Guerra Mundial transformaron el modo
de pensar. La gente se sintió identificada con la poca fortuna
de los otros.
Hasta
cierto punto, la historia de Lindert es un cuento con moraleja tanto para
liberales como para conservadores. Para los conservadores: no hay una
conexión automática entre un gobierno más grande
y un menor crecimiento económico; las sociedades sensatas pueden
permitirse tener los dos. Para los liberales: sí que importa cómo
las sociedades pagan los programas de bienestar; los impuestos para los
ricos pueden ser contraproducentes porque desincentivan la inversión
y la toma de riesgo. Si los ciudadanos quieren más prestaciones
colectivas, tendrán que pagar por ellos colectivamente.Pero la
gran conclusión de Lindert de que el estado de bienestar ha costado
su precio pone a prueba las creencias.
En
2003 el ingreso medio per cápita en EEUU era de 34.831 dólares.
En Alemania el ingreso medio era de 25.507 dólares. La menor productividad
(producción por hora) no explica la diferencia. Es aproximadamente
igual en los dos países.
Pues
bien, la brecha tiene dos causas: los trabajadores alemanes trabajan menos
tiempo, y proporcionalmente menos alemanes trabajan.¿Por qué?
Una razón puede ser el deseo cultural de tener más tiempo
libre. Pero más impuestos hacen el trabajo menos gratificante,
mientras que más bienestar hace el paro más gratificante.
Pero
hay un problema mayor. La historia no fluye en línea recta, sino
que va dando sacudidas. Casi nadie predijo el colapso de la Unión
Soviética antes de que ocurriera. Casi nadie predijo el estancamiento
de la economía japonesa (en los años 90) antes de que ocurriera.
El coste de los grandes estados de bienestar puede ser una de las muchas
razones, como la pobreza de espíritu emprendedor.
Lindert
en realidad está de acuerdo con Greenspan: las pensiones deben
recortarse, aquí y en todos sitios. De hecho es lo que espera que
ocurra. La democracia evita que sus estados de bienestar se vayan a extremos
destructivos, piensa. Tal vez. Pero la evidencia es pobre, y eso sería
el verdadero problema. El estado de bienestar será fuerte sólo
si contribuimos a su causa.
Periodistadigital.com,
5 de abril de 2004
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