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humanístico
Vivir con Pánico "El tárakos panikós era el terror infundido por el Dios Pan, esto es retomado por el cristianismo bajo el rostro de lo siniestro y lo satánico". Mitología griega. LA PLATA, 12 DIC 03 (Especial de AIBA). Por mi tarea profesional, el último fin de semana largo en Villa Gesell debí atender un ataque de pánico de un adulto joven que se había desencadenado luego de un asalto rápido realizado en un restaurante concurrido un domingo por la noche. El paciente vivía una situación de stress post-traumático y toda una pléyade de síntomas lo dominaban: palpitaciones, elevación de la frecuencia cardíaca, sudoración, sensación de ahogo y de atragantarse, opresión y malestar torácico, mareos, miedo a perder el control, a volverse loco y a morirse, seguido todo esto de escalofríos y luego de sofocaciones. |
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En el momento del asalto vivió esa situación con una sensación de irrealidad (desrealización) como si eso no estuviera sucediendo, y también de despersonalización; ya que lo vivía otro que no era él. El, por miedo, estaba separado emocionalmente de lo que pasaba. El paciente estaba poseído por un miedo que lo invadía. Toda su vida estaba comprometida y su pensamiento se había hecho compulsivo y no podía desprenderse de las imágenes traumáticas que desencadenaban un tropel de emociones angustiosas y el insomnio, la falta de apetito y la hiperactividad acompañaban a un ser huidizo que temía permanentemente que volviera a sucederle lo que había vivido. Se sentía perseguido y cada movimiento que percibía, ahora ya en otros contextos, lo remitía a la situación original. En ningún lugar podía estar tranquilo. Había perdido la paz, estaba alienado, o sea era un extranjero de sí mismo. No encontraba a su yo que es el patrimonio original que nos permite plantarnos en el mundo y es nuestra principal propiedad. La brutal experiencia le mostró que no vivía en suelo firme y esa experiencia de radical inseguridad se llama enfermedad, que deriva de in-firmus (suelo no firme). Su vida previa a esta experiencia mortífera había sido la de una persona normal o con las experiencias comunes de un adulto joven recién casado. Las escenas que en tropel poblaban con velocidad fantasmal y espectral su mente eran el revólver, las amenazas, la experiencia de la nada y de que todo podía terminar ya. Todo le pareció eterno pero no duró más de tres minutos. Cuando quedamos expuestos a situaciones de extrema violencia volvemos a ser bebes con un sentimiento de impotencia radical sumidos en el desamparo. El otro, amo de nuestra vida y enfurecido con un arma que blande como expresión de su omnipotencia, nos remite a una situación de desmantelamiento de todo lo que somos: nos quedamos sin palabras, o sea no podemos tramitar psicológicamente y discursivamente lo que nos sucede. Si hablamos nos matan. Todo nuestro desarrollo fue posible porque nos ayudaron (nuestros padres y la cultura) a tramitar psicológicamente la angustia; a hablarla, pensarla. Las tres vías del discurso con el otro: confrontación, negociación y/o consenso son las tres vías de la hominización sana. Cuando alguien nos amenaza con un revólver no somos humanos; debemos funcionar como autómatas y quedamos a expensas de un tercero. Mi tarea con el paciente, como con todo paciente, fue ayudarlo a tramitar psicológicamente su angustia, su terror. Hay que hacerlo hablar, horas y horas para que pueda comprender lo incomprensible o quizás entender que lo incomprensible forma parte de la vida. Para lograr esto tuve que identificarme con él y, a la vez, separarme de él; precisamente para comprenderlo. Estas dos posiciones son fundamentales: estar cerca de él para asociarme y sentir sus terrores, pero al mismo tiempo separarme para ayudarlo a pensar. |
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Cuando me acerqué a él en un movimiento de identificación con sus pesares me di cuenta de que yo había estado hace pocos minutos en ese restaurante. También a mí me podía haber pasado lo mismo. Y recordé la experiencia de hace pocos meses en un taxi en donde sentí en un asalto que mi vida podía terminar y que estaba a expensas de un grupo de psicópatas sanguinarios. Ahí percibí la fibra del asesino guiado por la frialdad y la falta de compasión con la víctima. El paciente mejoró a los pocos días y seguirá en tratamiento post-trauma. Pero me di cuenta hablando yo mismo con otros terapeutas y con vecinos que todos estamos de alguna manera soportando esta experiencia del pánico. El medio se ha vuelto hostil. Por momentos ningún lugar parece seguro; de vuelta lo in-firmus, o sea lo no seguro, la enfermedad. El pánico queda redoblado por la experiencia mediática que nos muestra el patetismo de la sangre, el grito del familiar del difunto. Además, a veces sin fundamento, el pánico se multiplica geométricamente cuando desde distintas esferas se menciona que todo "está podrido en Dinamarca", o sea que el policía no es policía sino que es ladrón. En situaciones de locura social y miedo colectivo ¿es ésta la mejor estrategia? ¿no generará más pánico? El cerebro del que vive en pánico produce desde una región que se llama región del trauma cerebral (en la subcorteza) descargas de adrenalina y cortisol que no sólo nos pueden llevar a actos locos de inmolarnos o desafiar al AMO que nos apunta o a ver en cada prójimo un potencial ladrón. Todo esto pasa porque la descarga opera sin participación de la corteza, es un producto subcortical. O sea, lo humano que es lo cortical, queda a un costado. La brutalidad de lo animal se apodera de nosotros. Hemos perdido la capacidad de pensar. En momentos de miedos colectivos, reforzar los lazos sociales y las autoridades (los padres sociales) es fundamental. Si la única autoridad que vale es la del delincuente, hay un desmantelamiento de las redes normativas y de ahí a la locura general hay un solo paso. (AIBA)
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