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MANOS El jueves, muy temprano, miles de manos viajaban en tren hacia su acostumbrada rutina. Manos de obreros, manos humildes y trabajadoras, manos jóvenes sosteniendo libros, manos de estudiantes, manos de niños con sueño, manos nacidas muy lejos de España. En Alcalá de Henares, otras manos, muy distintas, cargaban pequeñas bolsas repletas de muerte, hartas de odio. Y las depositaban en los vagones de las manos trabajadoras y estudiosas. Poco después, las manos de la muerte marcaron los fatídicos números de los celulares devenidos en detonadores. La vida estalló por los aires. La muerte entró en los vagones sin anunciarse. Miles de manos buscaron en la oscuridad algo a lo que asirse para detener la caída a los infiernos a la que eran empujadas por la onda expansiva. Y todo quedó en silencio por unos instantes, eternos, inacabables. Minutos más tarde, cientos de manos asaltaron los vagones convertidos en montones de hierro retorcido, cargadas de solidaridad, de socorro. Manos buscando manos. Esfuerzos desesperados por rescatar los restos de vida que todavía resistían, latidos que se negaban a ceder al impulso asesino. Y las manos solidarias se hicieron miles. Manos de socorristas, manos de bomberos, de policías, de médicos y enfermeros, de gente común convertida en anónimos héroes. Manos que convirtieron puertas y bancos en improvisadas camillas, que limpiaron la sangre interminable, que sacaron toneladas de hierro buscando vida allá abajo, en los restos del infierno. Y se sucedieron las espantosas imágenes de manos. Manos inertes revelando el póstumo mensaje de su propia identidad a los policías que tomaban las huellas digitales a los cadáveres. Manos separadas del cuerpo al que estaban unidas hasta hace unos minutos, desperdigadas ahora por el andén y las vías. Manos chiquitas buscando las manos de padres que ya no van a volver. Manos temblorosas cerrando bolsas negras. Manos desesperadas blandiendo fotos y nombres de padres, madres, hijos, amigos, seres amados a los que no lograban encontrar. Mientras tanto otras manos se abrían para abrazar y consolar. Manos de voluntarios, sicólogos, médicos y sacerdotes que, ante lo inexplicable sólo podían acompañar y escuchar. Manos de cirujanos operando en tiempo récord a cientos de víctimas. Y más manos. Manos que se tomaban la cabeza, que enjugaban lágrimas, que pulsaban el mando a distancia del televisor como posesos, buscando que algún canal dijera que todo era una mentira, que no estaba pasando, que esas cosas siempre pasan lejos, en otro lado. Pero esta vez la muerte había decidido entrar en la historia acá nomás, a la vuelta de la esquina. Y hubo más manos. Millones de manos se alzaron al cielo en todo el mundo gritando ¡basta!. Millones de manos sacaron a pasear su dolor, su indignación y su solidaridad por las calles de cada ciudad del planeta. Millones de manos sostuvieron pancartas cargadas de reclamos silenciosos que aturdían: ¡Basta ya!, Queremos paz, En esos trenes estábamos todos, Todos somos madrileños, ¿Quién?, ¿Por qué?. Miles de personas portan hoy hacia la eternidad a los seres amados que la violencia irracional les arrancó de las manos. Esas mismas manos que necesitan el mínimo consuelo de saber la verdad. Una verdad que nadie podrá negarles. Que nadie podrá tergiversar. Esas mismas manos que ayer abrazaban los cuerpos destrozados de las víctimas del perverso juego que juegan los poderosos. Esas mismas manos que piden justicia a gritos silenciosos. Esas mismas manos que claman al cielo. Esas mismas manos que a partir de mañana seguirán construyendo como puedan el futuro que todos merecemos. Esas mismas manos que seguirán apostando por la vida a pesar de todo. Esas mismas manos que seguirán cantando al sol. Ignacio
Reggiani
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