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que la víctima fue al juicio en Barcelona «vestida cada día
diferente, con anillos y curiosos pendientes»
Un juez argumenta que no es propio de maltratadas ir «a la moda»
y absuelve al acusado
La crónica de Rosa Tristán en El Mundo se limita a relatar
con detalle como ha sido la sentencia y las frases que pronunció
el juez, pero es abrumadora.
Cambiarse
de vestido, ir a la moda y llevar anillos, pulseras y pendientes, e incluso
«gafas de gran tamaño», son señales externas
que, según el juez Francisco Javier Paulí Collado, demuestran
«una capacidad de desenvolverse que, ciertamente, no coincide con
la de una mujer que ha pasado seis meses sometida a agresiones».
Así
lo especifica el magistrado, titular del Juzgado Penal nº 22 de Barcelona,
en los fundamentos jurídicos de la sentencia que absuelve al marido
de la joven marroquí Latifa Daghdagh de una falta de malos tratos
sobre su esposa.
El
fallo judicial no tiene desperdicio. Por un lado, reconoce que existe
un infome médico forense en el que se señala que la mujer
tenía «hematomas distribuidos por gran parte del cuerpo»
fruto de «golpes», pero destaca que no se detalla «la
coloración» de los hematomas, por lo que no se puede saber
la fecha en la que la víctima sufrió las agresiones.
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No se especificaba el color de los hematomas.
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Para
el juez, el hecho de que huyera de su casa tras recibir múltiples
palizas -según su testimonio- «no concuerda con el temor,
la desconfianza y la escasa capacidad de iniciativa que, lamentablemente,
presenta el síndrome de la mujer maltratada».
Y
añade: «Incluso el aspecto físico que presenta Latifa
durante los tres actos del juicio, no sólo arreglada, sino vestida
cada día diferente, a la moda, con anillos, pulseras y curiosos
pendientes, gafas de tamaño grande, demuestran una capacidad de
Latifa para visionar el exterior que, ciertamente, no coincide con la
de una mujer que ha pasado meses de agresiones».
Por
si ello no basta, el fallo especifica también que su interrogatorio
-dos años después de los hechos denunciados- «se ha
realizado en normal tranquilidad [sic], observando a la misma [Latifa]
serena, respondiendo sin gestos ni aspavientos a las preguntas».
Una
serenidad de la que, sin embargo, no había ni rastro cuando se
le descompuso el rostro al recordar a EL MUNDO su llegada a este país,
tras un matrimonio forzoso con un joven marroquí al que no conocía.
«Mis padres me vendieron a los 17 años, no sé por
cuánto dinero. Me casaron, y a los dos años mi marido me
mandó los papeles para que viniera a España, a Hospitalet
de Llobregat, donde vivía con su madre».
En
su viaje desde Casablanca, Latifa pensaba: «No le conozco y no le
quiero, pero si me sale bueno, me quedaré con él».
Su esperanza se esfumó al poco de llegar, cuando el marido le quitó
el pasaporte, cuando la prohibió salir de casa, cuando comenzó
a golpearla con cualquier excusa, o sin ella.
«Yo
no hablaba castellano, ni tenía dinero, ni papeles. Durante casi
un mes me tuvo encerrada sin comer. Su hermana me tiraba la comida por
una ventana. Todos le temíamos. Yo tenía el cuerpo amoratado
y se me caía el pelo de los tirones que me daba cuando me arrastraba
por el suelo».
Un
día, a los seis meses de secuestro matrimonial, ya embarazada y
tras una de tantas palizas, se fue de casa. «Cogí un taxi
y le dije que me llevara a la estación de Sants, las únicas
palabras que conocía. No llevaba dinero, pero el taxista me vio
llorando y no me cobró». Para el juez, esta explicación
«no es lógica», pues entiende que «si tanto temor
causó en el taxista, éste sí conoce nuestra sociedad
y la hubiera dejado en una comisaría».
Latifa
declara que pasó varios días en la estación, hasta
que decidió buscar ayuda en casa de un familiar. Posteriormente,
acudió a poner una denuncia a una comisaría de mujeres,
donde le indicaron que fuera a un forense para que detallara las lesiones
que sufría por todo el cuerpo.
Mientras,
su marido puso una denuncia sobre su desaparición de casa. Según
el juez, esto «presupone que se preocupa por la misma». «Latifa
pasa más de siete días sin estar con su marido cuando se
elabora el informe médico, y ello unido al extraño periodo
que pasa desde que desaparece de su casa hasta que denuncia, no permite
dar luces claras sobre lo sucedido», argumenta la sentencia.
Señala
también que el acusado no se presentó al juicio y precisó
que su propia defensa le convenciera de que debía acudir. Sin embargo,
asegura que no ha detectado «indicios de animadversión hacia
las mujeres» y que contestó «sin ser maleducado ni
desatento».
A
tenor de lo anterior, el juez desatiende la petición del fiscal
-que pedía siete fines de semana de arresto y orden de alejamiento
porque «no existe prueba alguna» de que los hematomas de Latifa
se los hiciera su marido, y le absuelve.
Latifa,
que desde julio de 2001 a octubre de 2002 estuvo en diferentes casas de
acogida para mujeres maltratadas, aún no ha superado lo ocurrido.
«Yo no quería ir al juicio porque sabía que no iba
a servir de nada, pero lo que no logro entender es que el juez se fijara
en lo que yo vestía. Incluso me recordó que, como era mi
marido y yo era testigo, podía negarme a declarar en su contra,
cuando yo era la víctima».
Latifa,
que sigue sin papeles y sin trabajo, asegura que durante el juicio «estaba
muy nerviosa, temblando». «Pero no grité ni nada»,
reconoce, tal si fuera una falta.
Para
la presidenta de la Federación de Mujeres Separadas y Divorciadas,
Ana María Pérez del Campo, en cuyo centro pasó varios
meses la joven marroquí, esta sentencia «es el ejemplo más
claro de los tópicos absurdos que hay sobre el maltrato entre algunos
jueces, como si todas las víctimas de violencia de género
debieran ir mal vestidas, no tener inteligencia ni iniciativa y, además,
mostrar un estrés postraumático agitado, con aspavientos».
Y
apostilla: los «curiosos pendientes» que señala la
sentencia es una minúscula perla piercing en la nariz.
Periodistadigital.com,
21 de enero de 2004
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