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Brinda,
Valerio, brinda
Me
lo contaron durante la segunda semana de febrero... ¿recuerdan?
esa semana en que un impiadoso sol se desplomaba sobre los porteños
con toda su potencia.
El
se llama Valerio, y es uno mas de los Vladimires, Sergei, Eugenios, Constantinos...
que integran esa oleada eslava que hace pocos años atras se instalo
en Buenos Aires, huyendo de su crisis natal, para caer en esta otra, adoptada.
Llego
Valerio a la casa donde una persona lo convoca de cuando en cuando para hacer
algunos trabajos mecanicos. Alto, comodamente cincuenton, educado y, segun
dicen, muy culto.
Hasta alli, caminando por la calle Congreso del barrio de Coghlan, se dirigio
y toco el timbre. Unos tremendos, profundos ojos azules volvieron a saludar
a la esposa de su empleador; ojos que imagine algo desubicados en la -aquel
dia- subtropical Buenos Aires... ojos mas adecuados para reflejar los matices
iridiscentes de un glaciar o los de un espejo de agua de montaña...
Valerio
estaba agitado y sin cesar repetia, en su torpe media lengua, "¡Telefono!",
"¡Telefono!", ¿"Telefono"? ¡felicitaciones,
asi que le pusieron un telefono... que alegria! sugirio la señora,
poco ducha en el inextricable idioma ruso.
Empero,
rapidamente pudo desvirtuar aquella sospecha: con grandes aspavientos y persignandose
cual legitimo italiano, Valerio queria decirle que habia hablado con su familia
en la lejana, lejanisima Rusia y que se habia convertido -por tercera vez-
en flamante abuelo.
Valerio estaba profundamente emocionado y sus ojos estaban tan humedos como
el sudor que lo empapaba, ayudado por el calor y la agitacion; tan emocionado
estaba que, en un momento y literalmente, se quebro en dos. Conmovido besaba
las manos de la tambien conmovida señora.
Venia a pedirle permiso para tomarse el dia y Dios, como anticipandose se
lo habia regalado: justamente no lo necesitaban.
"¡Yo festejar!" repetia, mientras dibujaba en el aire el signo
universal e inequivoco que invita al gozoso beber... "Bueno, pero no
tome mucho ¿eh? poquito" le recomendo prudente y maternalmente
la buena señora.
Pero claro, pedirle a un ruso que sea medido en su ingesta en semejante ocasion
seria tan imposible como lograr que un argentino dejara por un rato de hablar
de si mismo. "¡No!" -exclamaba Valerio, desobediente- "¡Mucho!"
"¡Mucho!"
Me
quede pensando en Valerio, solo y a miles de kilometros de su casa y de su
familia, de sus costumbres y paisajes, de su propia historia...
Lo imagine el resto del dia en algun bar, con el vaso de vodka en la mano
y desbordando de felicidad, intentando transmitir con su dificultoso castellano
a los parroquianos su noticia y guardando para si sus sueños, sus ilusiones
y sus decepciones.
Extraño
en un pais extraño. Lo imagino esperando ansioso una carta y una foto,
lo imagino imaginando la cara de su nieto; pues presumo que ni siquiera tenga
acceso a la sofisticada tecnologia de mails y webcam... ¿estaria nevando
en Rusia? ¿A quien se pareceria ese regordete bebe rubisimo y de profundos
ojos azules?
Lo
imagine imaginando sus vidas, las de sus familiares, las de sus amigos y vecinos...
pero no podia hablar con ellos, ¿como podria si apenas podia balbucear
algunas palabras con las personas que tenia a su lado?
Supe
lo de Valerio el sabado 14, el "Dia de los enamorados" y se me ocurrio
contarles esta historia... porque no nos damos cuenta, me parece, que por
mas catastrofes personales que estemos atravesando, siempre tenemos alguien
a mano con quien hablar: un telefono, un amigo, un familiar... a quien podemos
transmitirle nuestras emociones y hasta podemos llegar a sentarnos en un cafe
y entablar conversacion con un desconocido: ellos nos escucharan y, acaso,
nos entiendan.
Esto
que para nosotros es automatico, cotidiano e irreflexivo, como si se tratara
simplemente de respirar, para Valerio constituia un lujo, un privilegio, una
circunstancia extraordinariamente dificil, cuanto mas lo necesitaba.
Una barrera casi infranqueable lo separaba del resto de este mundo, la idiomatica,
y tambien, la desconfianza y el desconocimiento; la falta de alguien que lo
escuchara, que compartiera su alegria.
Algo
mas pesado que el sol caia a plomo sobre Valerio: la soledad. Pero una soledad
devastadora, mucho peor que la que podria sufrir cualquiera: Valerio queria
y era capaz de transmitir sus emociones, pero no podia hacerlo.
Acaso
se haya contentado "compartir" su momento con los mareados parroquianos
de aquel bar en el que lo imagine, o resignado en la soledad de su pieza de
hotel.
De
todos modos Valerio celebro el triunfo de su continuidad en el tiempo y en
la Tierra. Bebe, Valerio, querria decirle, celebra y mucho, que en tu Rusia
nieva y porque ALGUIEN te ha escuchado... porque hoy has nacido de nuevo.
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