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ALMUDENA
GRANDES / escritora
“Si naces feo, estás radicalmente solo”
La entrevista Ima Sanchís en La Vanguardia
y cuando la periodista pida a Almudena Grandes que se describa a si misma,
la escritora lo hace así: "Tengo 43 años. Nací
y vivo en Madrid. Estoy licenciada en Geografía e Historia, especializada
en Prehistoria, me encantaba el paleolítico. Tengo un hijo de 19
años de mi primer matrimonio y una hija de 7 del segundo, y mi
marido actual tiene otro hijo. Soy de izquierdas y partidaria del laicismo.
Publico 'Castillos de cartón' con Tusquets".
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"Si
naces feo, estás radicalmente solo, porque la suerte de los feos
no le importa absolutamente a nadie..."
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–Me equivoqué de carrera. Me gustaba por un impulso
novelesco, me veía muy bien con salacot excavando en África.
–Entiendo.
–En realidad, lo que me interesaba era la paleontología humana,
pero aquí no podía ejercer. Así que al acabar la carrera me di cuenta
de que no tenía ganas de ser historiadora, pero sí muchas ganas de irme
de casa.
–¿Y se convirtió en escritora por encargo?
–Sí, durante siete años hice de todo: textos para folletos de viaje,
cursos de punto de cruz en fascículos... Ahí aprendí a escribir.
–¿Por qué arrancó con una novela erótica?
–No lo escogí. El planteamiento de “Las edades de Lulú”
era otra cosa. Al principio me pasaba mucho: yo intentaba escribir una
determinada novela y acaba escribiendo lo que podía. Pero ahora ya no
me pasa.
–¿De dónde sale usted?
–Desde el punto de vista educativo, salgo de la caverna: Los Sagrados
Corazones de Jesús y de María. Y desde el punto de vista familiar, de
una tribu de clase media alta, conservadora, católica y burguesa.
–¿Qué tal les sentó su novela erótica?
–Tengo la suerte de que en mi familia los afectos van por delante
de la ideología.
–¿Qué quiere contar?
–Las protagonistas de mis primeras novelas son mujeres solas que
luchan frente al mundo, pero ahora me interesan más los protagonistas
ingenuos y desarmados que igualmente sobreviven.
–¿Usted cuándo se superó a sí misma?
–Escritores de barra de bar, esos que le cuentan el argumento de
la pretendida novela a los camareros, hay muchos. Yo lo fui durante muchos
años. Hay que recorrer un largo camino para convertirse en escritor.
–¿Y qué hace con los malos recuerdos?
–La literatura tiene una capacidad de transferencia parecida al
psicoanálisis. Yo les paso a los personajes mis malos momentos hasta el
punto de que ya no sé si me pasó a mí o a ellos. Eso me permite tener
los hombros bastante más aligerados.
–¿Qué ha aprendido por el camino?
–Una de mis primeras lecciones, y quizás la más provechosa, es que
hay algunos defectos que cuando se poseen en grado sobrenatural se convierten
en virtud.
–¿Cuál es ese defecto en su caso?
–La soberbia.
–¿Hoy es virtud?
–Sí. La primera vez que mi soberbia me resultó útil fue de niña.
Yo era muy, muy gorda, y mi madre decidió llevarme a un médico. La reacción
del resto de la familia fue: “Déjala, ella es gorda y siempre será
gorda”.
–Uf.
–Me dije: “¡Os vais a enterar!”, y a los 15 años adelgacé
27 kilos en seis meses.
–¿Le marcó esa infancia de gordura?
–Mucho. Por eso me caen tan bien los gordos y adoro su compañía.
La única cosa que colecciono son figuras de mujeres gordas.
–Eso del coleccionismo es muy peligroso.
–Cierto, te regalan cada cosa... Yo era una niña antisocial y muy
poco popular. Cuando eres muy, muy gorda en un colegio de monjas en los
años sesenta no hay mucho interés en ser amiga tuya.
–No creo que eso haya cambiado.
–... Y luego en la función de Navidad haces siempre de árbol, que
no es lo mismo que hacer de Virgen María. Eso modifica radicalmente tu
visión de la realidad.
–¿Cómo cubría ese hueco?
–Entre los niños gordos, con gafas, con aparatos, cojos... ha habido
siempre un porcentaje de lectores voraces infinitamente superior al de
los niños rubios que hacen de Virgen María, porque la literatura es siempre
más vida.
–Bonita definición.
–Cuando no te gusta mucho tu vida, no hay nada más fascinante que
deslizarte en otras vidas, una realidad paralela que te permita escapar
a tus limitaciones.
–¿Qué virtudes le dio la obesidad?
–Me hizo muy compasiva con la gente fea, uno de los destinos más
duros que existen, porque la fealdad apareja una especie de soledad infinita.
–Entre otras cosas.
–Si naces con algún defecto que te discrimina, que te obliga a hacer
doble esfuerzo para demostrar lo que otros consiguen sin esfuerzo, en
general cuentas con una especie de solidaridad universal: hay ONG, políticos
bien intencionados, ayudas y becas.
–No ocurre lo mismo con los feos.
–No. Si naces feo, estás radicalmente solo, porque la suerte de
los feos no le importa absolutamente a nadie.
–¿Una adolescencia difícil?
–Sí. Porque cuando eres muy gordo y adelgazas, sucede un fenómeno
que es la gordura psicológica. Te has acostumbrado a que nadie te mire,
a que no te saquen a bailar en las fiestas y a que nadie te bese cuando
se juega a la botella. Para ti, nada ha cambiado.
–¿Se le pasó?
–Un par de años después de haber adelgazado empiezas a detectar
que eres deseable. Pero no tuve una adolescencia brillante. De hecho,
he escrito muchas novelas sobre amores adolescentes porque no tuve ninguno.
Además, a los 11 años ya medía 1,75. Hasta que descubrí que había un capítulo
que se llamaba “hombres mayores”, no ligué nada.
–¿Qué sabe de las relaciones humanas?
–Que siempre es mucho mejor pasarse de ingenuo que de cínico; ser
generoso que cicatero, y quedarse con la sensación de que uno lo ha intentado
todo que con el resquemor de que si hubiera puesto más de su parte las
cosas podrían haber sido distintas.
Periodistadigital.com,
Domingo, 22 de febrero de 2004
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