Del fatal encantamiento

 

              

Poema IV

 

 

¿Dónde las naos de la lejana tierra de conejos?

 

 

                         Amanece.

 

 

De una frente marinera huyeron a vagar hacia el oeste

para que el puño mortal, harto de oro,

se alzara con las perlas de la indiecita,

oculto en la cola del caimán.

Cintas de seda y espejuelos al asombro;

a cambio, unos papagayos parlantes

cuyo plumaje en tintas verdes remeda la alameda.

Taínos semidesnudos asoman su rostro de estar.

 

 

                        Llueve…

y los perros no ladran.

 

 

                       Pero aquello es la historia de una inmolación:

                       en las capas de tu tronco mestizo

                       pueden verse todavía

                       las heridas de mis ramas quebradas

                       y las amargas raíces, raíces rotas

                      absorben desesperadamente por pegarse al suelo.

 

 

                      Bajo el maguey de palma seca,

                      carcajadas y palmoteos,

                      los turistas italianos dejan secuelas de opereta

                      en la mañana.

                      La playa es suave al tacto

                      y es tan gozosa la espuma

que no toleras conjeturar el horror

que acalambra mis piernas.

Varadero de la nao

que se llevó en prisión la ceiba niña

a viejas costas mediterráneas.

 

 

                     El viento da sus ramalazos

                     a través de los cocoteros y vuelve a caer

                     una llovizna tibia , como de sol remoto.

“La tierra más hermosa que tus ojos hayan visto”

                     hechiza mi salto pendular

                     en la niebla de una misma mirada.

 

                                                          (pp. 21-3)

 

 

 

 

Poema VI

 

 

   Fluorescencia, mi agua de tersa esmeraldina,

que fui buscando con la piel de otro nacimiento.

Como ángeles de obsidiana, unos peces pequeños vagaban en caricias

y fugazmente rozaron la carne que aún espera

 

 

Tarde luminosa a medias.

Un sol que se mutila desde siempre,

ahogando la lengua cósmica para calmar su sed de siglos.

Suave oleaje de ocaso,

de arenosas mordeduras que animan el celo

Brisas de sal.  Al tiempo

fue el haz de cobre un frenesí,

un rígido fuego licuándose dentro,

cuando rasgó el capullo de mi cuerpo acuático

muy dentro, en el ardor, su copa de espuma.

Vez de abrazos, agua en luz y luz en agua,

Mixtura de agualuz

luzagua hasta morir…

Bajo el sosiego nocturno, la paz astral de las sombras.

No lejos, en remembranzas de fulgor,

vino a dejar la luna su híspido embrión de plata

sobre la acuosa planicie

y me inundó la noche de silencios.

Fui allá sirena, la púrpura poseída de un ritual sin edades.

Por las escamas de mi velo de reina

el labio azul del Caribe encaramó sus besos.

 

 

Ahora sé que yazgo con ojos de aire y senos dulces,

abismada, abierta y generosa

en la cuna translúcida del mar.

Que nuestro idilio de coloraciones renueva diariamente

como una bendición, el arco iris.

Y te descubres y me encuentro, infatigables,

en la avidez que nutre cada estación.

Ahora sé de tu ritmo viril,

esa amorosa red de hilos de oro

que a compás zambulles en mi ser de agua.

 

 

Tarde, diapasones y correspondencias,

había unas rocas moradas en la orilla,

almejas, caracoles y restos de cangrejo.

Las palmas zarandeaban su verde cabellera.

Así, tendida, amarrada a la arena,

vi una danza de amor celeste en el crepúsculo.

 

                                                      (pp. 29-31)

 

 

 

Poema XIII

 

 

Usted, mercader y lanero,

que gusta de madrugada valerse del astrolabio,

negociar con moros a la portuguesa

y acunar en la Estrella del Norte su aventurero vigor,

tiene la peregrina idea de venirse al Paraíso.

 

 

Por siete años, Vuestra Alteza,

que el mundo es una pera agridulce

con pezón gestante de oros.

 

 

Hacia el poniente, desde Cabo Verde y las Azores,

un sueño colombino que promete

jubón de seda amén de los maravedíes de Castilla.

Consigo trae una tripulación de bellacos

enviada por Satanás, seguramente,

para subvertirle el gobierno imaginario.

Lo anuncian las islas que pintadas

brotan en las cartas de Toscanelli.

Muy lejos de las cortes

la flora que parece y no aparece bajo la lente de Plinio.

Pero no se apreste ni queje, en la Española

Guacanagari piensa hacerle un monumento.

Según dicen, Usted adormeció la ira de los cíclopes

con la fe santa y los certeros evangelios;

que es cuestión de mercancía dócil

e ignotas hablas sin lustre.

 

 

Sí, siempre es la profecía, Usted sabe,

cuando se acoplan grilletes al tobillo

para obrar lavativas de cerebros.

 

 

Descubridor sorprendido en sus mañas de lobo,

el indio Quibian le opone fuerzas.

Sólo ver agua de muerte:

los saetazos recortan la malva claridad del aguacero.

 

 

Enfermo, viejo más de la cuenta

pero invadido de maravillas,

nunca se va.

 

 

Usted recuerda la isla de las iguanas, el venero,

en este instante, el de su testamento.

Entre tantas recomendaciones

pide una iglesia

y una piedra de mármol pulida

que en el texto acuerde penurias pasadas,

arrojos, miserias, dos hijos, amores

y la estampa borrada de un niño en Génova.

 

 

Ya ve, Usted, que ruiseñores no tenemos,

sirenas tampoco de caras hombrunas

ni gigantes ni amazonas.

Mas guarde en las retinas de su diario

la serenidad de mis tierras,

el juego cristalino de mis aguas,

el naranjado ardor

y el aire más alado.

Ya que, de haber un magno paraíso,

descuide Usted,

será igual al que ha visto,

como éste nuestra América, Almirante.

 

                                           (pp. 51-4)

 

 

 

                                                      (La Habana. Buenos Aires, 1989)