Constelario

   (1993-5)

 

 

      Me conmovieron sus vidas y como sucede a muchos de nosotros aún me siguen cautivando sus obras.

      Estos poemas surgieron  de la inmersión biográfica y de la admiración apasionada; todos ellos habrían de ser homenajes a la mujer en la diversa manifestación de sus rostros.  Casi al azar, después de internarme en fascinantes historias de mujeres, algunas más famosas que otras, elegí o el verso decidió quedarse con aquéllas que estuvieran vinculadas a la cultura, a las expresiones artísticas, tal vez por afinidad espiritual.

(…)

      Sé que la escritura ha constelado estos poemas según mis emociones y con misteriosos lazos.  Siento que he cumplido con una especie de deuda moral que tenía pendiente desde hace años, desde cuando incursioné como investigadora por los espacios sociales y culturales, que le fueron asignados a la mujer en la extensa historia de los hombres.

 

                            N.M.

 

 

 

(selección)

 

                                                  Camille 
                                                
 
(1864-1943)  

 

 

                                                  “¡Dios mío! ¡Cómo me gustaría estar en Villeneuve!

                                                                 No he hecho todo lo que he hecho

                                                     para terminar mi vida engrosando el número

                                                    de recluidos en un sanatorio, merecía algo más”.

                                                                                                                Camille Claudel

 

Esculpe, Camille, esculpe las duras sombras del frío,

que una mano de mármol y otra mano hacia el sueño

te han pulverizado el corazón.

      Horas y años se enquistan sin cronologías

en el lecho de tus ojos azules.

Sin embargo, tal vez las lágrimas,

minando el cuarto de fugaces estrellas,

hayan plegado el rostro venusino

para que el dolor así se liberara de las Furias,

de la horrible cama de hierro.

 

 

      Esculpe, endemoniada, tu Gigante del Géyn

que allá en Villeneuve se quedó esperando

desde la inmemoria tus caricias.

Aún guarda el secreto del cincel que duerme,

del mazo que descansa

a la vera de las livianas esclavinas.

T e llama con firmeza, con certeza,

que no ha podido el fuego violentar su génesis de barro

ni han limado las lunas sus aristas de agua.

 

 

      Fuiste a París.  Papá comprendía, niña de terracota.

¿A qué fueron los pasos desiguales

sino a la danza encadenada

de los deseos de yeso,

de las heridas de bronce,

de un gran amor de piedra?

      Allí estaba M. Rodin como al asecho

para verse en los reflejos de tu aurora;

estremecido y buscándose furtivamente

en la cuna virgen de tu vientre.

      Tú, su musa, su hambre y su pan.

      Tú, l’eternelle idole hasta el arrobo,

cuando despojada, de rodillas, mineral y bella

ceñiste su torso fragante de narcisos.

      Oh, l’abandon, mujer,

de nuevo entre sus brazos…

Porque eres feliz evocas el taller de Clos Payen:

juegas con su barba encanecida y él sonríe,

besas su piel, la mordisqueas,

leños que arden…

 

 

      ¿Adónde ha ido Paul?  ¿Por qué no escribe?

      Bajo el edredón se te entumecen los huesos

y el silencio se ha posesionado de la habitación.

      Hizo la noche más larga aquella noche

en que perdiste al niño;

si pudieras grabarlo, tallarlo en jade,

diseñar su dulce carita sin modelos,

la que apenas fulgura sobre la tosquedad de estas paredes.

 

 

      Acaso sea moldear la arcilla inacabada el amor.

Nada eterno,

aunque porfiaras tras la línea cósmica y suprema.

Bien lo sabes,

te colmó de sol, te embebió las mieles

y te eclipsó ante les portes de l’enfer.

 

 

      Cuánto martilleo y sudor enfurecido.

      La pobreza que trepa por la falda raída,

mas ninguno acude a husmear los lienzos,

a liarse con los bustos, los pasteles y el polvo

que mancilla el castaño de la hermosa cabellera.

Ni siquiera él, a quien has amado tanto,

fugit amor, dueña de le baiser,

habrá de engullirte el genio para crearte

con le deleur de l’adieu.

      ¿Por qué más despiadada contigo?

Golpe y corte, corte y esquirla, esquirla y brasa.

Cenicienta, las masas se retuercen, crujen sus bordes,

se desgarran y consumen en llamaradas vivas.

Hay cáscaras de cenizas sucias en tus palmas,

vanos desechos, partículas.

Hay en el pozo de tus ojos un ángel en fuga.  

 

      Abre las puertas que aquí se adensa el hielo

y no oirás el piano que preludia

los ecos de aquel vals.

      Deja que les bavardes murmuren.

      Por doquier la fealdad, la caótica ruina

que trae Cloto de lo oscuro

augurando tu pronta inmolación,

el horror de los días que vienen.

      Insondablemente sola, querida amiga,

has visto cómo crecieron alas a tu pequeño dios

mientras Perseo vuelve para exiliarte el aire.

      ¿Qué has perdido, Camille?

Las estatuas muertas,

el soplo arrebatado por las Furias

y treinta años de tristeza, de envejecer sin vida.

      Anciana y loca, eres la eterna princesa de Villeneuve

y allá van a cobijarse los restos de tu corazón.

 

                                                      (pp. 15-7)

 

 

 

                                        

 

                                                Isabelle 
              
                                
 (1877-1904)

 

 

                                                     “Era la hora elegida, hora maravillosa en África,

                                                       cuando el gran sol de fuego desapareció al fin,

                                               dejando a la tierra reposar a la sombra azul de la noche”.

 

 

                                                                                          Isabelle Eberhardt

 

 

 

 

 

      Con el viento a cuestas el arenal tiembla.

Una estrella al galope va errabunda

por las dunas doradas del anochecer.

      Dicen que esconde adelfas en su chilaba,

que a suelo abierto patria no atisba

sino en la fuga pura e incesante

que le hostiga el dorso.

      De grana el cielo, rezo del hombre,

el Sayyed Mahmoud tiene veinte años

y es Isabelle.

 

 

      Apenas retoñaban los naranjos

en el albor del patio argelino.

Cada vez más glaucos los mosaicos

manaban frescura al folio

dormido sobre la estera.

      Por las ventanas floridas

madre e hija barruntaban la avidez del mar

aunque lejana a su casita de adobe;

terrón sencillo y encalado,

costa de Bône.

 

 

   La cifra está en los velos de Yasmina

donde engrisaba la arena

formando montes de ébano.

Y está en las torres almenadas

que custodiaban la espera

del fumador de Kief,

Trimadeur soñaba, peregrino,

andar aldeas y poblados

susurrando salmos de perdón.

De cuando en cuando, calladamente,

lentas caravanas lamían el país de la arena

y en ventarrón añil hollaba el desierto

un grupo de tuaregs.

      Irá llegando el reposo asido del silencio,

la oración vendrá a decirse

en el rosario santo de sus manos.

Por fin el gran oasis amanece

con miríadas de soles,

El Oued como una bendición.

 

 

      Más distancia

para el exilio del espíritu blanco,

su madre ha muerto.

   -¡maktoub!- exclaman los tambores

    -¡maktoub!- gimen las flautas

y la vida se abre de mañanas

al sublime mandato del profeta.

 

 

     Cuentan que un espahí la enamoraba,

que era Sliméne moreno y agraciado

pero en ella otra pasión cabía

de paria, de mártir o condena

a vagar la espiral hacia el abismo

de las calles viciosas de una ciudad nocturna.

     Alger sube terrazas de tamarindos maduros

que impregnan de dulzor la marcha;

debajo la bahía

relumbra de los tibios rayos

un ámbar que clarea.

Las palmas datileras coronan los portales

y en los fondos verdea la albahaca

sus aromados ramitos.

     En lo alto de la mezquita,

desde el minarete rosado

llamó el muecín en monocorde letanía

de devoción.

 

 

     Con el turbante arabí, frente comba,

poblado el cuerpo de fiebres y quebrantos,

la conjurada arrastra sus destierros.

Cruza la alcaicería, sortea a los chiquillos

y entra en la morada de su pluma:

habrá periplos que contar, visiones,

médanos pincelados de carmín, beduinos,

té de menta, zaouias y buscadores de olvido.

 

 

     Porque, in cha Allah, ¿ya estaba escrito?

El cieno devoró el gurbí retirado

en los bajos amarillos de Ain-Sefra;

magma limoso, pardo lodazal

que súbito anegando

vino a llevársela

al lado de los vacíos perpetuos.

    ¡In cha Allah!,

hechizados de arena

en la escalera de escombros expiraban

los sagrados manuscritos.

 

                           (pp. 27-30)