|
Constelario (1993-5) Me conmovieron sus vidas y como sucede a muchos de nosotros aún me siguen cautivando sus obras. Estos poemas surgieron de la inmersión biográfica y de la admiración apasionada; todos ellos habrían de ser homenajes a la mujer en la diversa manifestación de sus rostros. Casi al azar, después de internarme en fascinantes historias de mujeres, algunas más famosas que otras, elegí o el verso decidió quedarse con aquéllas que estuvieran vinculadas a la cultura, a las expresiones artísticas, tal vez por afinidad espiritual. (…) Sé que la escritura ha constelado estos poemas según mis emociones y con misteriosos lazos. Siento que he cumplido con una especie de deuda moral que tenía pendiente desde hace años, desde cuando incursioné como investigadora por los espacios sociales y culturales, que le fueron asignados a la mujer en la extensa historia de los hombres. N.M. (selección)
Camille “¡Dios mío! ¡Cómo me gustaría estar en Villeneuve! No he hecho todo lo que he hecho para terminar mi vida engrosando el número de recluidos en un sanatorio, merecía algo más”. Camille Claudel Esculpe,
Camille, esculpe las duras sombras del frío, que una mano de
mármol y otra mano hacia el sueño te han
pulverizado el corazón.
Horas y años se enquistan sin cronologías en el lecho de
tus ojos azules. Sin embargo,
tal vez las lágrimas, minando el
cuarto de fugaces estrellas, hayan plegado
el rostro venusino para que el
dolor así se liberara de las Furias, de la horrible
cama de hierro.
Esculpe, endemoniada, tu Gigante del Géyn que allá en
Villeneuve se quedó esperando desde la
inmemoria tus caricias. Aún guarda el
secreto del cincel que duerme, del mazo que
descansa a la vera de
las livianas esclavinas. T e llama con
firmeza, con certeza, que no ha
podido el fuego violentar su génesis de barro ni han limado
las lunas sus aristas de agua.
Fuiste a París. Papá
comprendía, niña de terracota. ¿A qué fueron
los pasos desiguales sino a la danza
encadenada de los deseos
de yeso, de las heridas
de bronce, de un gran amor
de piedra?
Allí estaba M. Rodin como al asecho para verse en
los reflejos de tu aurora; estremecido y
buscándose furtivamente en la cuna
virgen de tu vientre.
Tú, su musa, su hambre y su pan.
Tú, l’eternelle idole hasta el arrobo, cuando
despojada, de rodillas, mineral ceñiste su
torso fragante de narcisos.
Oh, l’abandon, mujer, de nuevo entre
sus brazos… Porque eres
feliz evocas el taller de Clos Payen: juegas con su
barba encanecida y él sonríe, besas su piel,
la mordisqueas, leños que
arden…
¿Adónde ha ido Paul? ¿Por
qué no escribe?
Bajo el edredón se te entumecen los huesos y el silencio
se ha posesionado de la habitación.
Hizo la noche más larga aquella noche en que perdiste
al niño; si pudieras
grabarlo, tallarlo en jade, diseñar su
dulce carita sin modelos, la que apenas
fulgura sobre la tosquedad de estas paredes.
Acaso sea moldear la arcilla inacabada el amor. Nada eterno, aunque
porfiaras tras la línea cósmica y suprema. Bien lo sabes, te colmó de
sol, te embebió las mieles y te eclipsó
ante les portes de l’enfer.
Cuánto martilleo y sudor enfurecido.
La pobreza que trepa por la falda raída, mas ninguno
acude a husmear los lienzos, a liarse con
los bustos, los pasteles y el polvo que mancilla el
castaño de la hermosa cabellera. Ni siquiera él,
a quien has amado tanto, fugit amor, dueña
de le baiser, habrá de
engullirte el genio para crearte con le deleur
de l’adieu.
¿Por qué más despiadada contigo? Golpe y corte,
corte y esquirla, esquirla y brasa. Cenicienta, las
masas se retuercen, crujen sus bordes, se desgarran y
consumen en llamaradas vivas. Hay cáscaras
de cenizas sucias en tus palmas, vanos desechos,
partículas. Hay en el pozo
de tus ojos un ángel en fuga.
Abre las puertas que aquí se adensa el hielo y no oirás el
piano que preludia los ecos de
aquel vals.
Deja que les bavardes murmuren.
Por doquier la fealdad, la caótica ruina que trae Cloto
de lo oscuro augurando tu
pronta inmolación, el horror de
los días que vienen.
Insondablemente sola, querida amiga, has visto cómo
crecieron alas a tu pequeño dios mientras Perseo
vuelve para exiliarte el aire.
¿Qué has perdido, Camille? Las estatuas
muertas, el soplo
arrebatado por las Furias y treinta años
de tristeza, de envejecer sin vida.
Anciana y loca, eres la eterna princesa de Villeneuve y allá van a
cobijarse los restos de tu corazón.
(pp. 15-7)
Isabelle
“Era la hora elegida, hora maravillosa en África, cuando el gran sol de fuego desapareció al fin, dejando a la tierra reposar a la sombra azul de la noche”. Isabelle Eberhardt
Con el viento a cuestas el arenal tiembla. Una estrella al
galope va errabunda por las dunas
doradas del anochecer.
Dicen que esconde adelfas en su chilaba, que a suelo
abierto patria no atisba sino en la fuga
pura e incesante que le hostiga
el dorso.
De grana el cielo, rezo del hombre, el Sayyed
Mahmoud tiene veinte años y es Isabelle.
Apenas retoñaban los naranjos en el albor del
patio argelino. Cada vez más
glaucos los mosaicos manaban
frescura al folio dormido sobre
la estera.
Por las ventanas floridas madre e hija
barruntaban la avidez del mar aunque lejana a
su casita de adobe; terrón
sencillo y encalado, costa de Bône.
La cifra está en los velos de Yasmina donde engrisaba
la arena formando montes
de ébano. Y está en las
torres almenadas que custodiaban
la espera del fumador de
Kief, Trimadeur soñaba,
peregrino, andar aldeas y
poblados susurrando
salmos de perdón. De cuando en
cuando, calladamente, lentas
caravanas lamían el país de la arena y en ventarrón
añil hollaba el desierto un grupo de
tuaregs.
Irá llegando el reposo asido del silencio, la oración
vendrá a decirse en el rosario
santo de sus manos. Por fin el gran
oasis amanece con miríadas
de soles, El Oued como
una bendición.
Más distancia para el exilio
del espíritu blanco, su madre ha
muerto.
-¡maktoub!- exclaman los tambores
-¡maktoub!- gimen las flautas y la vida se
abre de mañanas al sublime
mandato del profeta.
Cuentan que un espahí la enamoraba, que era Sliméne
moreno y agraciado pero en ella
otra pasión cabía de paria, de mártir
o condena a vagar la
espiral hacia el abismo de las calles
viciosas de una ciudad nocturna.
Alger sube terrazas de tamarindos maduros que impregnan
de dulzor la marcha; debajo la bahía relumbra de los
tibios rayos un ámbar que
clarea. Las palmas
datileras coronan los portales y en los fondos
verdea la albahaca sus aromados
ramitos.
En lo alto de la mezquita, desde el
minarete rosado llamó el muecín
en monocorde letanía de devoción.
Con el turbante arabí, frente comba, poblado el
cuerpo de fiebres y quebrantos, la conjurada
arrastra sus destierros. Cruza la
alcaicería, sortea a los chiquillos y entra en la
morada de su pluma: habrá periplos
que contar, visiones, médanos
pincelados de carmín, beduinos, té de menta,
zaouias y buscadores de olvido.
Porque, in cha Allah, ¿ya estaba escrito? El cieno devoró
el gurbí retirado en los bajos
amarillos de Ain-Sefra; magma limoso,
pardo lodazal que súbito
anegando vino a llevársela al lado de los
vacíos perpetuos.
¡In cha Allah!, hechizados de
arena en la escalera
de escombros expiraban los sagrados
manuscritos. (pp. 27-30)
|