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Trazos
y velos (1985-87) (selección) Manos que amanecen A la aurora,
después
de tanto fabular el mito
que echa luz. Pero qué luz,
sino el espectro donde se
entintan las manos hasta extraviar
sus líneas. La historia es
un tejido que se testa, manchado de
honores y dominios.
El mito es una cifra del secreto que al olvidado
hechiza. En la penumbra
la confesión de un rezo; y las manos
despiertas como brotes se me vuelven
hambrientas de la aurora.
Un cuenco de aire para el sueño, y muchos
garabatos para signar el
pozo de una sombra. (p. 11) Un ángel en fuga Soles para entrever
el etéreo esmero de sus alas, el rítmico
ondular de su vuelo, los azulados
pliegues, el rostro santo; para fingir su
paternal caricia, la voz que
seductora ampara
el temor. La efigie
transparente
y
la belleza diluida en el
limo. Por ello ruego
soles que salpiquen la náusea, para saber que en la
cuesta porfiada de las fantasías hay un ángel
en fuga. (p. 24) Himnoauroral
Centellas,
el mar bosteza
acunando el reloj
de los retoños cósmicos. Luces en la
orilla cada vez más abierta, y el arbóreo
copón de oro que nace ante el ojo extasiado.
Soplos,
siete gaviotas columbran
el horizonte, gestado nuevamente
por
alfiles que punzan con su fuego; y los médanos,
rocas, arbustos soleados remozan su corpórea
osamenta de estío. Un brindis de
tibieza y de esplendor, bendita tierra. (p. 36) Balada para un barrilete de humo Unge el agua, con el temblor
del paso al cielo, esos túneles
ahogados de tanta dicha enloquecida. Ascendemos sin
miedo la vía de los ecos donde palomas
rojinegras pintan el aire y un manojo de
lunas se disuelve. La sangre
hierve estelas voluptuosas y es gemido, es escapatoria
que relampaguea. La sangre juega
andanadas -desde la
acera, hueso y lodo-, hasta orbitar
el estallido del prisma. Ceremonia
seminal del riesgo, meteórica
danza arrebatada nos embruja la
carne de humo que delira. Otra piel se
torna nervadura bajo el
plenilunio de tus ojos, y embebiéndome
el fuego escalo muros
que me habitan. Mi tierra
enardecida te recibe, amado mío. Inmemorial vorágine, nuestros
cuerpos de lluvia se eternizan. (pp. 47-8
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