¡Qué manera más extraña de medir la
justicia! Supongamos que el expulsado es el cabeza de familia, el que trae el
sustento a casa y sobre el que recae bíblicamente la responsabilidad de dirigir
a la familia. Supongamos que su fe está viva y se ha desasociado de la
Organización para no manchar su conciencia por difundir enseñanzas falsas (1914,
"esclavo fiel y discreto", dos "clases" diferentes de cristianos...). La
expulsión o el estar desasociado ni le exonera de tal responsabilidad ni le
priva de sus privilegios en el arreglo de Dios. Y ningún otro miembro de la
familia está legitimado para asumir ese papel, ni tendría la bendición divina si
lo hiciera. Es absurdo que los demás miembros hayan de decidir si se sientan o
no con él a la mesa o si le dirigen o no la palabra o si tratan o no temas
religiosos y espirituales con él. ¿Por qué no se pueden abordar todo tipo de
temas en el seno de una familia, el lugar más apropiado para hacerlo? ¿Quién es
la Sociedad Watch Tower para entrometerse en el arreglo dispuesto por Dios para
establecer los límites de actuación entre sus miembros y destruir su unidad como
tal familia? ¿Qué se supone que tienen que hacer los miembros de una familia
para poner de manifiesto ante el resto de la congregación que las cosas han
cambiado y el trato (maltrato) dado a quien se ha desasociado de la Organización
ya no es el que recibía antes? El arreglo y la armonía familiar no se puede
romper, como no se puede romper el vínculo matrimonial, porque uno de los
cónyuges piense de diferente manera que el otro y haya sido expulsado de la
Organización. De la misma manera que, bajo el punto de vista de Dios, se debe
respetar la vida ajena, la propiedad ajena y la mujer del prójimo,
independientemente de la ideología y la filiación religiosa de cada uno,
igualmente se debe proteger la relación familiar como una obligación de cada uno
de sus miembros en cuanto integrantes del arreglo de Dios para esa institución.
Con respecto a los familiares que no comparten el hogar familiar, a quienes están dedicados los apartados 9, 10 y 11, éstos son algunos de los párrafos dedicados a ellos:
Pudiera ser posible eliminar casi todo contacto con tal pariente. Aun cuando hubiera ciertos asuntos de familia que exigieran comunicación, ciertamente esto se mantendría al mínimo", en armonía con el mandato divino de "cesar de mezclarse en la compañía de cualquiera" que sea un pecador impenitente (1 Cor. 5:11).
"¿Qué hay si se expulsa[ra] a algún pariente cercano de una familia, como a un hijo o a un padre que no viviera con ellos en su hogar, y más tarde éste quisiera mudarse al hogar de la familia de nuevo? La familia podría decidir qué hacer, según las circunstancias. Por ejemplo, puede que una madre o un padre expulsado esté enfermo o ya no esté en condiciones económicas o físicas que le permitan cuidar de sí [mismo]. Los hijos cristianos tienen una obligación bíblica y moral de prestar ayuda. (1 Tim. 5:8) [ ... ] Lo que se haga puede depender de factores como las verdaderas necesidades del padre, su actitud y la consideración que el cabeza de la familia le tenga al bienestar espiritual de los miembros de su casa".
Respecto a un hijo, el mismo artículo pasa a decir:
"A veces los padres cristianos han permitido que un hijo expulsado que haya enfermado física o emocionalmente regrese al hogar por un tiempo. Pero en cada caso los padres pueden pesar las circunstancias individuales. ¿Ha vivido por su propia cuenta un hijo expulsado, y ya no puede hacerlo, o quiere volver al hogar principalmente porque sería una vida más fácil? ¿Qué se puede decir acerca de su moralidad y de su actitud? ¿Introducirá 'levadura' en el hogar?
A lo que menos se parece todo esto es a la
actitud del padre que se nos muestra en la parábola del hijo pródigo. Las
decisiones familiares se toman en el seno de la familia atendiendo al afecto, a
las necesidades de toda índole de sus miembros, al sentimiento humanitario, al
sentido de la justicia y a las obligaciones inherentes a los lazos de
consanguinidad. En todo caso, cualesquiera factores que una familia pueda
considerar en casos parecidos a los que en esos párrafos se exponen son tan o
tan poco válidos para los familiares afectados independientemente de que estén
expulsados o no lo estén. Me remito a los comentarios que he hecho anteriormente
sobre las obligaciones inherentes a los miembros de una familia como tal
familia. Repito mis argumentos de otra manera. La fornicación es una acción de
igual gravedad en una persona expulsada como en una que no lo ha sido. El
maltrato a un familiar, físico o psicológico, por acción u omisión es tan grave
si se lleva a cabo sobre un familiar expulsado como si no lo está, tanto si vive
bajo el mismo techo como si no comparte casa. Eso es exactamente lo que ocurre
cuando se actúa de la manera diseñada por la Sociedad Watch Tower para el trato
que ha de darse a los familiares expulsados o que voluntariamente se desasocian.
Instar a que se corten o restrinjan las relaciones estrictamente familiares por
razones religiosas supone un maltrato hacia las personas afectadas, una agresión
a la familia, destruir los lazos de unión en la misma.
Hablando en una ocasión con un anciano (cien
por cien watchtoweriano) sobre estos asuntos, como no tenía salida lógica, me
dijo que toda organización tiene unas reglas y me puso como ejemplo a los
partidos políticos. "Quien no está de acuerdo con las normas de un partido lo
expulsan de ese partido". Eso podría aceptarse, pero aún las normas de los
partidos han de ser constitucionales y no pueden violar los derechos humanos.
Nadie dicta normas para que se niegue la palabra a quien ha sido excluido de un
partido político ni de una asociación de cualquier índole. Pero, además de eso,
en este caso estamos hablando de la congregación cristiana, del pueblo de Dios.
Es más, uno puede aceptar que se le expulse de la Organización, pero no que ello
conlleve la expulsión de su propia familia. De la misma manera, uno puede
repudiar a la Organización, pero ha de seguir amando a los miembros de su
familia que permanezcan dentro de ella y seguir cumpliendo fielmente las
obligaciones que le corresponden.
Los párrafos que concluyen ese deplorable panfleto que refleja ineptitud, inseguridad, resentimiento y hasta cobardía, están destinados a cerrar una falsa premisa que justifica la inhumana política de extremo rechazo de la Sociedad Watch Tower: lo que ellos proclaman que es "lealtad". A lo largo de esa denigrante exposición va intercalándose periódicamente un mensaje subliminal (es una técnica habitual en los escritos de la Watchtower). Se trata de asociar ese trato a los familiares con la lealtad cristiana y con la lealtad a Jehová. Hasta siete veces se repite esa idea en tan poco espacio, incluyendo el título y el texto final. Pero el razonamiento está viciado de antemano. La Watchtower se apropia literalmente de la voluntad de Jehová, asume la posición de Dios ante sus adeptos en cuanto se autoproclama la "Organización de Jehová". Los argumentos vienen corrompidos por los intereses de la organización. Ha de mantener a sus miembros aislados de una influencia que en muchos casos sería benefactora para ellos. Sería el caso de quienes abandonan la organización motivados por su conciencia, por un servicio a Dios más acorde con la Sagrada Escritura. Hay además una amenaza de perder la relación familiar para quien no se mantenga dentro de esa reglamentación, injusta por inhumana y perversa por querer basarla en el texto sagrado. Es la corrupción del consejo sano por la presión intimidadora, agobiante y destructora de la mente y de los sentimientos. Es tal como el texto bíblico lo declara: "si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para tirarla afuera y ser pisoteada de los hombres". He aquí la muestra:
Los beneficios de ser leales a Jehová. Cooperar con la disposición bíblica de la expulsión y evitar a los pecadores impenitentes nos reporta beneficios. Conserva la limpieza de la congregación y nos caracteriza como apoyadores de las elevadas normas morales de la Biblia (1 Ped. 1:14-16).
Y una experiencia triste, muy triste, deprimente, en cuanto que refleja la nefasta influencia que se ejerce sobre las personas:
Tras escuchar un discurso en una asamblea de circuito, un cristiano y su hermana se dieron cuenta de que tenían que hacer cambios en la manera de tratar a su madre, quien no vivía con ellos y llevaba seis años expulsada. Tan pronto terminó la asamblea, él la llamó y, luego de confirmarle su amor, le explicó que ya no le hablarían a menos que surgieran asuntos importantes de familia que los obligaran a ponerse en contacto. Poco después, la madre empezó a asistir a las reuniones y con el tiempo fue restablecida. Además, su esposo no creyente comenzó a estudiar la Biblia y se bautizó.
¿Se imaginan la escena? "Mamá, te queremos
mucho, pero a menos que estés en trance de muerte o indigencia extrema no
queremos saber nada de ti, porque estás fuera de la Organización. Lo hemos
aprendido en la Asamblea". ¿Esto es una experiencia edificante? ¿No se sienten
avergonzados de poner como ejemplo una cosa así?
¿Qué tiene de ejemplar el que se corten las
relaciones familiares por motivos de creencia? ¿Cómo queda el nombre de Dios en
todo esto? ¿Es eso lealtad a Dios, que quiere que la familia se mantenga unida,
o es esclavitud a una organización que se ha caracterizado por su inestabilidad
y extravagancia doctrinal y moral? Además, si uno lo piensa bien, ¿Se puede
considerar genuina la vuelta de esa señora a la Organización después de seis
años o como fruto de un solapado chantaje ante semejante llamada?
Pablo dice que el fruto del espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Gálatas 5: 22, 23. ¿Tan difícil es entender que "no hay ley" que pueda poner en entredicho esos frutos espirituales, especialmente lo que representa el amor entre las personas? Únicamente pervirtiendo el juicio sano puede admitirse una cosa así. Lo triste es que, cuando se admite ese razonamiento, se pierde el sentido de la virtud, del amor, de la justicia. Porque con tal razonamiento esos valores son anulados por un comportamiento que no los tiene en cuenta. Es como cuando la sal pierde el sabor. Ya no sirve para nada
¡Qué manera más extraña de medir la justicia!
Supongamos que el expulsado es el cabeza de familia, el que trae el sustento a
casa y sobre el que recae bíblicamente la responsabilidad de dirigir a la
familia. Supongamos que su fe está viva y se ha desasociado de la Organización
para no manchar su conciencia por difundir enseñanzas falsas (1914, "esclavo
fiel y discreto", dos "clases" diferentes de cristianos...). La expulsión o el
estar desasociado ni le exonera de tal responsabilidad ni le priva de sus
privilegios en el arreglo de Dios. Y ningún otro miembro de la familia está
legitimado para asumir ese papel, ni tendría la bendición divina si lo hiciera.
Es absurdo que los demás miembros hayan de decidir si se sientan o no con él a
la mesa o si le dirigen o no la palabra o si tratan o no temas religiosos y
espirituales con él. ¿Por qué no se pueden abordar todo tipo de temas en el seno
de una familia, el lugar más apropiado para hacerlo? ¿Quién es la Sociedad Watch
Tower para entrometerse en el arreglo dispuesto por Dios para establecer los
límites de actuación entre sus miembros y destruir su unidad como tal familia?
¿Qué se supone que tienen que hacer los miembros de una familia para poner de
manifiesto ante el resto de la congregación que las cosas han cambiado y el
trato (maltrato) dado a quien se ha desasociado de la Organización ya no es el
que recibía antes? El arreglo y la armonía familiar no se puede romper, como no
se puede romper el vínculo matrimonial, porque uno de los cónyuges piense de
diferente manera que el otro y haya sido expulsado de la Organización. De la
misma manera que, bajo el punto de vista de Dios, se debe respetar la vida
ajena, la propiedad ajena y la mujer del prójimo, independientemente de la
ideología y la filiación religiosa de cada uno, igualmente se debe proteger la
relación familiar como una obligación de cada uno de sus miembros en cuanto
integrantes del arreglo de Dios para esa institución.
Con respecto a los familiares que no comparten el hogar familiar, a quienes están dedicados los apartados 9, 10 y 11, éstos son algunos de los párrafos dedicados a ellos:
Pudiera ser posible eliminar casi todo contacto con tal pariente. Aun cuando hubiera ciertos asuntos de familia que exigieran comunicación, ciertamente esto se mantendría al mínimo", en armonía con el mandato divino de "cesar de mezclarse en la compañía de cualquiera" que sea un pecador impenitente (1 Cor. 5:11).
"¿Qué hay si se expulsara a algún pariente cercano de una familia, como a un hijo o a un padre que no viviera con ellos en su hogar, y más tarde éste quisiera mudarse al hogar de la familia de nuevo? La familia podría decidir qué hacer, según las circunstancias. Por ejemplo, puede que una madre o un padre expulsado esté enfermo o ya no esté en condiciones económicas o físicas que le permitan cuidar de sí [mismo]. Los hijos cristianos tienen una obligación bíblica y moral de prestar ayuda. (1 Tim. 5:8) [ ... ] Lo que se haga puede depender de factores como las verdaderas necesidades del padre, su actitud y la consideración que el cabeza de la familia le tenga al bienestar espiritual de los miembros de su casa".
Respecto a un hijo, el mismo artículo pasa a decir:
"A veces los padres cristianos han permitido que un hijo expulsado que haya enfermado física o emocionalmente regrese al hogar por un tiempo. Pero en cada caso los padres pueden pesar las circunstancias individuales. ¿Ha vivido por su propia cuenta un hijo expulsado, y ya no puede hacerlo, o quiere volver al hogar principalmente porque sería una vida más fácil? ¿Qué se puede decir acerca de su moralidad y de su actitud? ¿Introducirá 'levadura' en el hogar?
A lo que menos se parece todo esto es a la
actitud del padre que se nos muestra en la parábola del hijo pródigo. Las
decisiones familiares se toman en el seno de la familia atendiendo al afecto, a
las necesidades de toda índole de sus miembros, al sentimiento humanitario, al
sentido de la justicia y a las obligaciones inherentes a los lazos de
consanguinidad. En todo caso, cualesquiera factores que una familia pueda
considerar en casos parecidos a los que en esos párrafos se exponen son tan o
tan poco válidos para los familiares afectados independientemente de que estén
expulsados o no lo estén. Me remito a los comentarios que he hecho anteriormente
sobre las obligaciones inherentes a los miembros de una familia como tal
familia. Repito mis argumentos de otra manera. La fornicación es una acción de
igual gravedad en una persona expulsada como en una que no lo ha sido. El
maltrato a un familiar, físico o psicológico, por acción u omisión es tan grave
si se lleva a cabo sobre un familiar expulsado como si no lo está, tanto si vive
bajo el mismo techo como si no comparte casa. Eso es exactamente lo que ocurre
cuando se actúa de la manera diseñada por la Sociedad Watch Tower para el trato
que ha de darse a los familiares expulsados o que voluntariamente se desasocian.
Instar a que se corten o restrinjan las relaciones estrictamente familiares por
razones religiosas supone un maltrato hacia las personas afectadas, una agresión
a la familia, destruir los lazos de unión en la misma.
Hablando en una ocasión con un anciano (cien
por cien watchtoweriano) sobre estos asuntos, como no tenía salida lógica, me
dijo que toda organización tiene unas reglas y me puso como ejemplo a los
partidos políticos. "Quien no está de acuerdo con las normas de un partido lo
expulsan de ese partido". Eso podría aceptarse, pero aún las normas de los
partidos han de ser constitucionales y no pueden violar los derechos humanos.
Nadie dicta normas para que se niegue la palabra a quien ha sido excluido de un
partido político ni de una asociación de cualquier índole. Pero, además de eso,
en este caso estamos hablando de la congregación cristiana, del pueblo de Dios.
Es más, uno puede aceptar que se le expulse de la Organización, pero no que ello
conlleve la expulsión de su propia familia. De la misma manera, uno puede
repudiar a la Organización, pero ha de seguir amando a los miembros de su
familia que permanezcan dentro de ella y seguir cumpliendo fielmente las
obligaciones que le corresponden.
Los párrafos que concluyen ese deplorable panfleto que refleja ineptitud, inseguridad, resentimiento y hasta cobardía, están destinados a cerrar una falsa premisa que justifica la inhumana política de extremo rechazo de la Sociedad Watch Tower: lo que ellos proclaman que es "lealtad". A lo largo de esa denigrante exposición va intercalándose periódicamente un mensaje subliminal (es una técnica habitual en los escritos de la Watchtower). Se trata de asociar ese trato a los familiares con la lealtad cristiana y con la lealtad a Jehová. Hasta siete veces se repite esa idea en tan poco espacio, incluyendo el título y el texto final. Pero el razonamiento está viciado de antemano. La Watchtower se apropia literalmente de la voluntad de Jehová, asume la posición de Dios ante sus adeptos en cuanto se autoproclama la "Organización de Jehová". Los argumentos vienen corrompidos por los intereses de la organización. Ha de mantener a sus miembros aislados de una influencia que en muchos casos sería benefactora para ellos. Sería el caso de quienes abandonan la organización motivados por su conciencia, por un servicio a Dios más acorde con la Sagrada Escritura. Hay además una amenaza de perder la relación familiar para quien no se mantenga dentro de esa reglamentación, injusta por inhumana y perversa por querer basarla en el texto sagrado. Es la corrupción del consejo sano por la presión intimidadora, agobiante y destructora de la mente y de los sentimientos. Es tal como el texto bíblico lo declara: "si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para tirarla afuera y ser pisoteada de los hombres". He aquí la muestra:
Los beneficios de ser leales a Jehová. Cooperar con la disposición bíblica de la expulsión y evitar a los pecadores impenitentes nos reporta beneficios. Conserva la limpieza de la congregación y nos caracteriza como apoyadores de las elevadas normas morales de la Biblia (1 Ped. 1:14-16).
Y una experiencia triste, muy triste, deprimente, en cuanto que refleja la nefasta influencia que se ejerce sobre las personas:
Tras escuchar un discurso en una asamblea de circuito, un cristiano y su hermana se dieron cuenta de que tenían que hacer cambios en la manera de tratar a su madre, quien no vivía con ellos y llevaba seis años expulsada. Tan pronto terminó la asamblea, él la llamó y, luego de confirmarle su amor, le explicó que ya no le hablarían a menos que surgieran asuntos importantes de familia que los obligaran a ponerse en contacto. Poco después, la madre empezó a asistir a las reuniones y con el tiempo fue restablecida. Además, su esposo no creyente comenzó a estudiar la Biblia y se bautizó.
¿Se imaginan la escena? "Mamá, te queremos
mucho, pero a menos que estés en trance de muerte o indigencia extrema no
queremos saber nada de ti, porque estás fuera de la Organización. Lo hemos
aprendido en la Asamblea". ¿Esto es una experiencia edificante? ¿No se sienten
avergonzados de poner como ejemplo una cosa así?
¿Qué tiene de ejemplar el que se corten las
relaciones familiares por motivos de creencia? ¿Cómo queda el nombre de Dios en
todo esto? ¿Es eso lealtad a Dios, que quiere que la familia se mantenga unida,
o es esclavitud a una organización que se ha caracterizado por su inestabilidad
y extravagancia doctrinal y moral? Además, si uno lo piensa bien, ¿Se puede
considerar genuina la vuelta de esa señora a la Organización después de seis
años o como fruto de un solapado chantaje ante semejante llamada?
Pablo dice que el fruto del espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Gálatas 5: 22, 23. ¿Tan difícil es entender que "no hay ley" que pueda poner en entredicho esos frutos espirituales, especialmente lo que representa el amor entre las personas? Únicamente pervirtiendo el juicio sano puede admitirse una cosa así. Lo triste es que, cuando se admite ese razonamiento, se pierde el sentido de la virtud, del amor, de la justicia. Porque con tal razonamiento esos valores son anulados por un comportamiento que no los tiene en cuenta. Es como cuando la sal pierde el sabor. Ya no sirve para nada