HAY DOS MANERAS DE VIVIR

 

   Una –la más sencilla y también la más triste– es arrancar metódicamente 365 hojas del almanaque, de enero a diciembre, sin compromiso, sin promesas, sin altruismo, sin solidaridad, de espaldas al drama humano, y sólo mirando de frente a la comedia humana.

   Otra –la más difícil y más luminosa es hacer todo lo contrario. Es, por ejemplo, pensar. Es crecer. Es extender la mano. Es entender que nadie se salva solo. Es aceptar (con alegría) que el paso por el mundo es un acto trascendente, no un mero proceso biológico de nacimiento, reproducción y muerte. Cuando se vive así, las hojas del almanaque corren de enero a diciembre con otro tiempo, otro ritmo y otro sentido.

 

Se terminó el 2004.

Llegó el 2005.

 

Vivamos  plenamente cada momento, pensando que si no es ahora no es nunca. En nosotros está la desición. Aprovechemos el momento. Recordemos que cada minuto, cada hora, cada día que pasa, nunca volverá. O lo hacemos hoy o nunca. Cada día es una joya que se guarda en el fondo de nuestros corazones. Hagamos que valga la pena.

1