EL VIAJE
I
Para el niño, amante de mapas y grabados,
el universo es igual a su inmenso apetito.
¡Ah, qué grande es el mundo a la luz de las lámparas!,
¡qué pequeño es el mundo a los ojos del recuerdo!.
Una mañana partimos, con el cerebro en llamas,
el corazón henchido de rencor y de amargos deseos,
y, al ritmo de las olas, vamos
meciendo nuestro infinito en la finitud de los mares:
unos, felices por salir de una patria infame;
otros, por huir del horror de sus cunas, y no faltan
astrólogos ahogados en los ojos de una mujer,
la tiránica Circe de peligrosos perfumes.
Para no ser convertidos en animales, se embriagan
de espacio, de luz y de abrasados cielos;
el hielo que les muerde y el sol que les broncea,
van borrando despacio la señal de los besos.
Pero los verdaderos viajeros son sólo los que parten
por partir; corazones ligeros, iguales a los globos,
que nunca se separan de su fatalidad,
y, sin saber por qué, dicen siempre: ¡Adelante!;
aquellos cuyos deseos tienen forma de nubes,
y que sueñan, como sueña el recluta con el cañón,
con inmensos deleites, ignotos y cambiantes,
¡que el espíritu humano nunca supo nombrar!.
II
Imitamos, ¡qué horror!, al trompo y la pelota
en su baile y sus saltos; hasta cuando dormimos
la Curiosidad nos tortura y nos echa a rodar,
como un Ángel cruel que azotara los soles.
Fortuna singular, en la que el fin es móvil,
y, no estando en parte alguna, ¡puede hallarse en cualquiera!,
en la que el Hombre, cuya Esperanza, no le abandona nunca,
¡corre siempre alocado para encontrar descanso!.
El alma es un velero en busca de su Icaria
una voz resuena sobre el puente: "¡Abre mucho los ojos!"
y otra voz en la cofa, ardiente y loca, exclama:
"¡Amor... gloria... alegría!" ¡Demonio!, ¡es un escollo!.
Cada islote que anuncia quien hace de vigía
es siempre un Eldorado que el Destino promete;
la Imaginación que prepara su orgía
sólo ve un arrecife a la luz matinal.
¡Oh pobre enamorado de países quiméricos!.
¿Habría que encadenar, que arrojar a la mar,
a ese marino ebrio, a ese inventor de Américas
cuyo espejismo hace más amargo el abismo?.
Cual viejo vagabundo que el barrio pisotea,
sueña, nariz al viento, con radiantes edenes;
sus ojos hechizados descubren una Capua
allí donde la vela sólo alumbra un chamizo.
III
¡Asombrosos viajeros! ¡Cuántas historias nobles
leemos en vuestros ojos profundos como el mar!.
Mostradnos en los estuches de vuestras ricas memorias
esas joyas admirables, hechas de astros y éteres.
¡Deseamos viajar sin vapor y sin velas!.
Para alegrar el tedio de nuestros calabozos,
haced que vuestras almas, tendidas como velas,
pasen vuestros recuerdos orlados de horizontes.
Decidnos, ¿qué habéis visto?
"Vimos astros
y olas; y arenales también;
y, a pesar de desastres y choques imprevistos,
con frecuencia nos hemos aburrido, como nos pasa aquí.
La gloria del sol sobre la mar violeta,
la gloria de las ciudades cuando el sol se ocultaba,
encendían en nuestros corazones una agitada ansia
de hundirnos en un cielo de encantador reflejo.
Las más ricas ciudades, los paisajes más vastos
no presentaban nunca el mágico atractivo
que ofrecen los que forma el azar con las nubes,
¡y el eterno deseo nos seguía inquietando!.
-El gozo da fuerzas al deseo.
Deseo, viejo árbol al que el placer abona,
mientras que tu corteza aumenta y se endurece,
¡tus ramas quieren ver al sol desde más cerca!.
¿Crecerás siempre, gran árbol más vivaz
que el ciprés?. -Sin embargo, os hicimos cuidadosos
diseños pensando en vuestro álbum insaciable y voraz,
¡hermanos que halláis bello cuanto viene de lejos!.
Hemos saludado a ídolos con trompa;
y tronos constelados de joyas luminosas;
y palacios labrados cuya mágica pompa
sería para nuestros banqueros un sueño ruinoso;
vestido que embriagan las miradas,
mujeres con los dientes y las uñas pintados,
y juglares expertos que acarician serpientes".
V
¿Y qué más, y qué más?
VI
"¡Oh mentes infantiles!.
Para no olvidar la cosa capital,
por doquier hemos visto, sin haberlo buscado,
de lo alto a lo bajo de la escala fatal,
el tedioso espectáculo del inmortal pecado:
la mujer, vil esclava, orgullosa y estúpida,
que sin reír se adora y se ama sin asco;
al hombre, tirano codicioso y duro libertino,
esclavo de la esclava y arroyo de albañal;
el verdugo que goza, el mártir que solloza;
la fiesta que sazona y perfuma la sangre;
el veneno del poder soliviantando al déspota,
y el pueblo enamorado del látigo que embrutece;
múltiples religiones iguales a la nuestra,
todas subiendo al cielo; la Santidad
buscando la voluptuosidad entre clavos y pinchos,
igual que un refinado sobre un lecho de plumas;
la Humanidad charlando, borracha de su genio,
y enloquecida ahora como lo estaba antaño,
gritando a Dios en su agonía furiosa:
"¡Yo te maldigo, mi dueño y semejante!".
Y los menos idiotas, atrevidos amantes de la Insania,
huyendo del rebaño que conduce el Destino,
¡se refugian en el inmenso opio!
-Tales son las noticias de todo nuestro globo".
VII
¡Amargo es el saber que se adquiere en un viaje!.
El mundo de hoy en día, monótono y pequeño,
de ayer, mañana y siempre, repite nuestra imagen:
¡un oasis de horror en un desierto de tedio!.
¿Hay que partir?, ¿quedarse?. Si puedes, quédate;
parte, si debes. Uno corre y otro se agazapa
tratando de engañar a ese enemigo vigilante y funesto
¡que es el Tiempo!. Existen, ¡ay!, corredores sin tregua,
como el Judío errante y como los apóstoles
a quienes nada basta, ni vagón ni navío,
para huir de este infame reciario; hay otros
que consiguen matarlo sin su cuna dejar.
Cuando al fin ponga el pie sobre nuestro espinazo,
podremos esperar y gritar: ¡Adelante!.
Igual que en otro tiempo partimos hacia China,
la vista mar adentro, los cabellos al viento,
surcaremos ahora el mar de las Tinieblas
con el alma feliz de un joven pasajero.
Escuchad esas voces, fascinantes y fúnebres,
que cantan: "Por aquí, los que queréis probar
el Loto perfumado!. ¡Aquí se recolectan
los frutos milagrosos que ansía vuestro espíritu!;
¡venid a emborracharos de la rara dulzura
de esta tarde constante que nunca tiene fin!".
Su acento conocido nos descubre al espectro,
allí están nuestros Pílades tendiéndonos sus brazos.
"Si queréis refrescar tu corazón, ven nadando a tu Electra!"
dice aquélla cuyas rodillas besábamos antaño.
VIII
Oh, Muerte, vieja capitana, ¡es la hora!, ¡levemos el ancla!.
Nos aburre esta tierra, ¡oh Muerte!. ¡Aparejemos!.
Si el cielo y el mar son negros cual la tinta,
¡nuestros corazones tú sabes que están llenos de rayos!.
¡Derrama tu veneno y que él nos reconforte!.
Hasta tal punto el fuego nuestros cerebros quema,
que queremos rodar al fondo del abismo, ¿qué importa Infierno o Cielo?,
¡al fondo de los Desconocido para encontrar lo nuevo!.