Hay una actividad humana que logra llevar al cuerpo las virtudes del espíritu: lo obliga a cultivar la fuerza, la
audacia. Hay una actividad humana que traduce en desafío las contingencias de la vida. Trabaja sobre el esfuerzo,
la perseverancia y la humildad. Es el deporte, una lengua universal que instala amor y juego entre los hombres y
los pueblos.
Desde la disciplina y el coraje, el deporte desarrolla y consolida aquello que la humanidad tiene de eterno, terrenal
y divino al mismo tiempo. Por eso existe desde que existen los pueblos. Por eso es universal y planetario. Por eso
fortalece los cuerpos y enciende los corazones de hombres y mujeres de todas las edades, de todas las condiciones y
de todas las potencialidades. El deporte es una celebración constante. Una conjura de alegría popular, fervor y
fiesta. El deporte, además, nos hace mejores y nos enseña a vivir.
Porque el deporte no es solamente una fuente de regocijo: es también una enseñanza de vida, un modelo. El deporte
enseña a trabajar en modestia y en soledad, sin esperar nada de nadie y el tácito mandato de exigirse a sí mismo.
El deporte enseña a ponerse cada vez metas más altas. A no darse jamás por vencido. El deporte enseña a tolerar la
derrota, a ponerse de pie y seguir adelante. Enseña a tolerar también el triunfo y ser generosos. El deporte enseña
a amar una bandera, a jugarse por entero. Enseña a negociar con las dificultades. A convivir con los otros. A ser
pacientes. A perseverar. El deporte enseña a insistir cuando todo parece perdido.
Pero la enseñanza primordial del deporte, sin embargo, es otra: consiste en diferenciar al placer de la felicidad.
El deporte no da placer. El placer suele ser algo efímero y fácil, algo que halaga al cuerpo e ignora al espíritu.
No hay nada placentero en las largas horas de entrenamiento, en las duras abstinencias, las exigencias. Ahí no hay
placer. Mira en la cara de los deportistas cuando entrenan: es trabajo puro y sudor, es la cara de la concentración
extrema, es la cara de alguien que está fuera de las cosas del mundo, es algo superior. Y eso no es placer.
Lo que da el deporte es felicidad. La felicidad es algo que se obtiene con el esfuerzo, con paciencia y con fe. Es
algo que enaltece el espíritu y toca el cuerpo con una luz sagrada. La felicidad es una experiencia trascendente y
superior.
El trabajo que hace el deportista está en el camino de la felicidad. Su capacidad de entrega y de esfuerzo no tiene
límites. Porque un deportista no acepta límites. Siempre puede más, no importa lo que cueste, un poco más. Y eso es
felicidad.
Por ese camino, el camino del esfuerzo, de la disciplina y de la sana alegría, el deportista purifica su cuerpo y
enaltece su alma.
En el presente, estoy jugando al vóley en la Sociedad de Fomento
Lomas del Mirador (SFLOMIR), compitiendo en
División de Honor de la Federación Metropolitana de Vóley.
También estoy jugando al hóckey sobre hielo y
practicando patinaje artístico sobre
hielo, ambos en
The Ice Planet.
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