¿Esperando con alegría o temor?
 

 

 

 

 


“Y fui al ángel, diciéndome que me diese el librito. Y él me dijo: Toma y cómelo; y te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel. Entonces tomé el librito de la mano del ángel, y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube comido, amargó mi vientre” (Apoc. 10:9,10)

Estos versículos representan el gran chasco millerita del 22 de octubre de 1844. La predicación de Miller, basada en una fecha precisa, se centraba en la inminencia de la venida del Señor en gloria y majestad.

Miles respondieron a la invitación de realizar una preparación cabal con la finalidad de acceder al reino de los cielos, y el número de conversos o adherentes al movimiento, bautismos y publicaciones vendidas, superaron lejos los resultados esperados.

Aparentemente, miles de “creyentes estaban preparados” para recibir al Señor cuando viniera a buscar a los suyos. Sin embargo, para los adventistas de corazón, el 22 de octubre dejó en su interior una huella de frustración muy profunda.

La amargura a la cual se referían los versículos del primer párrafo no sólo fue provocada porque el retorno del Señor Jesucristo no se había materializado, sino también por la reacción que tuvo la mayoría de sus compañeros en la esperanza quienes abandonaron el movimiento y su confianza en la palabra de Dios.

Si bien todos profesaban y aparentaban haber realizado una preparación para el encuentro con el Señor, ésta, en muchos casos, respondía a motivos falsos. La hermana Elena de White, quien fue testigo de todos estos acontecimientos, menciona las siguientes motivaciones en El Conflicto de los Siglos, pp. 402 y 424:

٭        Temor o miedo

٭        Impulso o arrebato

٭        Indecisión o incredulidad

Es decir, el problema que tuvo la mayor parte de los milleritas fue que su experiencia no pasó del nivel de los sentimientos al campo de la relación con el Salvador mediante la identificación con su Palabra. Cuando eso sucede, cualquier creyente es fácil presa del temor al juicio, susto a perderse, miedo a no disfrutar los goces del cielo.

En consecuencia, aunque habían logrado reprimir sus tendencias pecaminosas, su rebeldía natural contra Dios y su gobierno no había sido eliminada de raíz.

Han pasado más de 150 años de aquella triste pero aleccionadora experiencia. Como miembros de la iglesia sabemos, por un lado, que ya no debemos establecer fechas para el retorno del Señor y, por otro, que las señales de los tiempos nos muestran que los acontecimientos por cumplirse justo antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo están ocurriendo en segura y rápida sucesión.

Sabemos que, como nunca antes, los hechos políticos, religiosos y ecológicos nos prueban que Jesucristo está “cerca, a las puertas”. Es importante, sin embargo, que sinceramente nos formulemos las siguientes preguntas:

¿Por qué estoy esperando al Señor? ¿Con qué actitud lo espero? ¿Con qué objetivo y motivación? ¿Qué sentimientos despiertan en mí la expectativa del retorno del Señor? Si supiera que Jesucristo regresará dentro de 200 años, ¿elegiría el mismo estilo de vida? ¿Optaría por obedecer su voluntad, y reafirmaría mi fe en su Palabra? ¿Continuaría compartiendo el mensaje de salvación con otros con el mismo fervor como si viniera dentro de 200 días?

“No es el temor al castigo, o la esperanza de la recompensa eterna, lo que induce a los discípulos de Cristo a seguirlo. Contemplan el amor incomparable del Salvador, revelado en su peregrinaje en la tierra... y la visión del Salvador atrae, enternece y subyuga el ser. El amor se despierta en el corazón de los que lo contemplan. Ellos oyen su voz, y lo siguen” (El Deseado de Todas las Gentes).

Si nuestro interés está basado en los sentimientos o el temor, significa que en realidad nuestra obediencia es una desobediencia camuflada de religiosidad. Si es así, nuestra experiencia cristiana será agobiante, angustiante, frustrante. Si a eso le sumamos el hecho de que la cercanía del regreso del Señor también está asociada a terribles situaciones de engaño y persecución, provocará una angustia tal, que tarde o temprano podría llevarnos a tirar todo por la borda y abandonar a Dios y su iglesia.

Felizmente, el apóstol Juan nos presenta una perspectiva mucho más luminosa:

“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Juan 4:18)

Si hemos gustado y visto que el Señor es bueno (Sal. 34:8) –si mantenemos esa primera visión del amor de Cristo que nos conquistó para él– entonces la expectativa de la venida del Señor será para nosotros la ensoñación más feliz, el anhelo más grande, la ilusión más placentera.

Las señales del fin no tienen el propósito de generar pavor por causa del juicio y la persecución, sino que, al contrario, fueron dadas para reafirmar nuestra esperanza. Debemos sentir gratitud por los anuncios proféticos registrados en Daniel y Apocalipsis y porque el amor de Dios también se manifiesta en las profecías que alertan para no dejarnos entrampar por los cantos de sirena de este mundo falaz.

Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado” (Apoc. 19:7)

(Artículo resumido de la R.A., julio de 1999)

¡Cristo Viene Pronto!

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