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apuntes SOBRE El fascismo italiano en América Latina (1922-1940)

[Publicado en: Reflejos (Revista de la Universidad Hebrea de Jerusalén), n. 9, 2000-2001, pp. 100-110]

versión: 26/12/2000 – publicado en Reflejos, nº 9, pp. 100-110.]

Franco Savarino

Escuela Nacional de Antropología e Historia (México)

 

En las décadas de los años '20 y '30 la Italia de Mussolini trató de extender hacia América Latina su influencia y su prestigio, superando el bajo perfil que tenía hasta entonces en cuanto "potencia" secundaria. En esa época, el fascismo italiano tuvo un impacto importante, como modelo político y cultural alternativo, en cuanto "tercera vía" entre bolchevismo y liberalismo, y como competidor en el ámbito del juego de influencias norteamericanas, británicas, alemanas y españolas, por la hegemonía en el área latinoamericana.[1]  A diferencia de otras, sin embargo, la influencia fascista italiana en América Latina ha sido casi ignorada por las investigaciones (Mugnaini, 1986; Fanesi, 1999).[2]

La escasez de trabajos sobre este tema contrasta con la bibliografía que existe sobre la propagación del fascismo en Europa, Canadá, Estados Unidos y Australia (Bruti Liberati, 1984; Cannistraro, 1999, etc.). Las investigaciones existentes, además, se refieren generalmente a los países de migración italiana masiva: Brasil, Argentina, Uruguay (Gentile, 1986; Trento, 1994; Newton, 1994; Bertonha, 1998); poco o nada se sabe, en cambio, sobre la situación que conocieron los demás países con reducidas poblaciones de origen italiano (Ciccarelli, 1990; Briganti, 1998). El trabajo de investigación ha sido, por consiguiente, dominado por el tema migratorio y por estudios laterales, sobre la difusión del fascismo (y el antifascismo) en las comunidades italo-latinoamericanas.

Este desinterés aparente hacia América Latina,[3] se debe, en parte, a la convicción -no del todo equivocada, como veremos- de que el fascismo no era una ideología adecuada a las condiciones sociales, políticas y culturales latinoamericanas; sobre todo, se cree que el régimen fascista no tenía proyectos importantes para el continente, en el ámbito de su política de prestigio y expansión internacional. Por ejemplo, Aldo Albonico ha señalado que "no hubo, para América Latina, un verdadero sistema de preceptos", más allá de las manifestaciones retóricas y los "juicios personales" de algunos escritores: apreciación que parece reductora, pues confunde el impacto político efectivo, que fue relativamente limitado, con las ambiciones y los planes fascistas, que fueron, en cambio, de mayores alcances (Ver Albonico, 1994, pp. 165-167).  Además, es necesario valorar autónomamente la influencia metapolítica, cultural, cuya magnitud es difícil subestimar, si pensamos en la fuerza de atracción que tuvo el fascismo en cuanto nuevo modelo con alcances mundiales, capaz de atraer a un amplio espectro de actores sociales, desde la izquierda hasta la derecha (Gregor, 1979; Sternhell, 1997 (1983); Griffin, 1995; Mosse, 1999; Eatwell, 1999).

Las dificultades interpretativas se encuentran en la posibilidad de separar, justamente, la influencia de la ideología fascista, del ejemplo político italiano (solo parcialmente coincidente con aquélla), y de la política de potencia italiana (heredera, por ciertos aspectos, del imperialismo nacionalista de la Italia liberal). En América Latina tales elementos fueron leídos selectivamente, distorsionados o burdamente imitados, sin alcanzar más que en pocos casos una aproximación al "modelo" fascista (Ver Payne, 1980, pp. 167-175 y Hélgio Trinidade, 1985).[4] "La dottrina fascista, in America" -lamentaba el periodista italiano Piero Belli- "è sostituita volentieri da un moto di simpatia passionale e sentimentale. Di essa non si conoscono né i principi né le formule" (Belli, 1925, p. 309).

La acción concreta de la política italiana hacia el continente fue, en fin, variable en tiempos y espacios. Parece evidente una intensificación de actividades políticas y culturales en la década de 1930, sobre todo en coincidencia con la crisis etiópica y la guerra civil en España. Con respecto al impacto geográfico, se puede hablar, más propiamente, de políticas dirigidas a cada país, destacando algunos agrupados en áreas de mayor importancia: el Cono Sur, el área andina, Brasil y México.

La política exterior del fascismo fue, primero, una recapitulación de todos los problemas y objetivos de la Italia liberal: la emigración de masas, el prestigio político, la falta de colonias y de materias primas, la búsqueda de mercados para la creciente industria nacional. La Primera Guerra Mundial dio un fuerte impulso a la producción industrial, frenó la emigración, enalteció el sentimiento nacionalista y fue la causa de agudos enfrentamientos sociales y políticos. En la posguerra, la vieja Italia "proletaria" cambiaría rápidamente su imagen tradicional de tierra de emigrantes, subdesarrollada y políticamente débil, avanzando fuera de los límites tradicionales de su influencia, buscando lo que, en el lenguaje fascista, representaba el "espacio vital" de la nación.

            A partir de 1922, Mussolini marcó las directrices y objetivos de la política exterior italiana: aumento del aparato diplomático-consular, presencia entre los emigrantes para defender su dignidad y mantener su "italianidad", afirmación del prestigio cultural de la nación, fortalecimiento del imperio colonial en África, expansión en el Mediterráneo ("Mare nostrum") y en los Balcanes. En Europa Italia jugaría como punta de la balanza ("peso determinante") en el equilibrio continental manteniendo, sin embargo, una posición revisionista con respecto a Versalles. En el área Mediterránea y Africana, ejercería presiones para contrarrestar la hegemonía francesa y británica. En las Américas, en fin, trataría de actuar una penetración económica y cultural, desafiando las posiciones franco-británicas y, cada vez más, norteamericanas.[5] Las condiciones más prometedoras para las ambiciones internacionales del fascismo se presentarían a partir de 1930, con la consolidación definitiva del régimen en Italia y las profundas sacudidas del orden internacional provocadas por la gran crisis económica mundial (Ver Latinus, 1940, parte II; De Felice, 1974, cap. IV; Knox, 1991, pp. 287-330; Pastorelli, 1997, pp. 390-400; Saiu, 1999, pp. 89-109).

En el aspecto ideológico, el fascismo se presentaba como la mejor opción para contrarrestar la amenaza comunista, haciendo, al mismo tiempo, su propia revolución en contra del sistema liberal-capitalista, mediante una fórmula política original. Al presentarse como una ideología fundada en las naciones más que en grupos sociales determinados, el fascismo trataba de crear un frente de países subdesarrollados y marginados, en contra de las potencias capitalistas centrales, consideradas "decadentes" y "plutocráticas": Italia encabezaría este frente -un "tercer mundo" ante litteram- enarbolando los valores del espíritu en contra de la materia, de la vida en contra de la decadencia, del "orden" en contra del caos.

América Latina fue objeto de un interés particular para la Italia fascista, pues era la única área mundial que no estuviera bajo la dominación directa de las grandes potencias europeas, siendo, al mismo tiempo, rica de recursos y meta tradicional de millones de emigrantes italianos, que formaban comunidades importantes en varios países (Albonico, 1982).[6]  "L'America Latina" -decía un alto funcionario italiano- "[deve] riguardarsi come uno speciale mercato cui bisogna tendere con sforzo sempre più crescente, per trovare sbocco alla nostra produzione industriale […considerando che] l'Italia fascista cerca e vuole la sua espansione economica in rapporto all'aumento progressivo della sua popolazione, e più ancora alla sua volontà di sempre e meglio agire nel campo della produzione, sia agricola che industriale" (Librando, 1929-30, vol. I, p. 14). La atracción hacia el continente, en efecto, expresaba las ambiciones expansionistas de un país dispuesto a jugar un papel más determinante en el ámbito internacional: "verso quelle terre [d'America] ci spingono, non soltanto la tradizione delle nostre trascorse attività, ma altresì le esigenze presenti e future della Nazione italiana rinnovellata [sic] dal Fascismo e risospinta sulle vie del mondo" (Puglisi, 1934, p. 336).

Las primeras iniciativas tomadas por Italia en la posguerra, fueron dirigidas a conquistar nuevos mercados, y explorar nuevas posibilidades de colonización para la población excedente del reino. Entre 1919 y 1926, sin solución de continuidad entre el período prefascista y fascista, América Latina fue meta de misiones económicas, iniciativas de promoción y propaganda comercial, para abrir nuevos espacios a la economía peninsular. El evento más espectacular en este sentido fue el largo viaje de la "Nave Italia", de febrero a octubre de 1924.[7]

Con el advenimiento del fascismo, la agenda política tradicional de Italia, enfocada en la cuestión migratoria y las relaciones comerciales, se enriqueció con varios temas políticos y culturales. Uno de los primeros efectos de la victoria fascista de 1922 fue la formación de secciones del Partido Fascista (fasci) en varios países latinoamericanos, alcanzando el número de 210 en toda América -incluyendo a Estados Unidos y Canadá- en 11929. Los "fasci" eran la manifestación clara del fuerte impulso hacia el exterior del fascismo, que alcanzaba primero las comunidades nacionales emigradas (Ver Santinon, 1991 y Gentile, 1995, pp. 897-956). En América Latina, la tarea de los "fasci" estaría dirigida a la asistencia a los emigrantes, organización de las comunidades y vigilancia en contra de los antifascistas ("fuoriusciti"); las funciones políticas más importantes, en cambio, serían encargadas directamente a las legaciones en cada país.

Un amplio resumen de la posición fascista hacia América Latina se encuentra en un ensayo poco conocido, publicado en 1933 con el título "l'America Latina: problema fascista".[8]  El autor de éste, Oreste Villa, examinaba los problemas y perspectivas del continente, señalando el atraso económico, la riqueza de recursos aún sin explotar, la dependencia con respecto al capital foráneo, la inestabilidad política, la indefinición étnico-cultural, los flujos migratorios desordenados, etc. Denunciaba, además, el largo ausentismo de Europa en el continente, que estaba siendo la causa de la peligrosa penetración norteamericana, asiática (japonesa) y rusa ("bolchevique"). Entre estos peligros, destacaba la penetración de Washington, amparada en la Doctrina Monroe y enmascarada con el panamericanismo -la obra salió publicada pocos meses antes de la Conferencia panamericana de Montevideo-. Los norteamericanos -escribe Villa- trataban de sustraer Américca Latina a la influencia europea, especialmente a la de las naciones "latinas" -Francia, España, Portugal e Italia-, por medio de los trusts, el dólar y la cultura anglosajona. 

Para contrarrestar esta penetración era necesaria una política más activa, dinámica y consciente de Europa, para encauzar y fortalecer la civilización nativa, el único escudo eficaz en contra del imperialismo "plutocrático" de Estados Unidos.  Italia asumiría, así, el papel protagónico, siendo la "madre" espiritual del continente en cuanto heredera de los valores inmortales de Roma.

             La acción civilizadora era necesaria también para neutralizar otro peligro: la penetración bolchevique. "La noncuranza dei governi e delle classi dirigenti ha lasciato che, nella gioventù e nella massa indigena, entrasse il germe del cosiddetto comunismo, opportunamente divulgato da elementi sovversivi stranieri e dalle organizzazioni di Mosca, larghe di quattrini ed estese in ogni angolo del Continente". Más adelante precisa que "l'origine del movimento [comunista] è massonica, slava ed ebraica" (Villa, 1933, p. 87). El peligro "rojo" era mayor en Centroamérica (El Salvador), la zona andina (Perú) y el Cono Sur; las tendencias bolcheviques en México, en cambio, eran neutralizadas ampliamente por el espíritu nacionalista del país (Ver Villa, 1933, p. 72).

            Si examinamos la aplicación concreta del programa fascista hacia América Latina, resulta evidente que éste se concentraba casi siempre en la cultura, explotando los temas de la latinidad -o "latinismo"- y del fascismo en cuanto filosofía política de la modernidad.  El "latinismo" era el núcleo de la búsqueda de contactos con América Latina emprendida por Italia. Significaba, esencialmente, encontrar raíces históricas comunes, para sostener la primacía de la "vía italiana" (fascista) hacia la modernidad. Era, además, importante para desvincular el continente de la influencia de España, sostenida por un revivalismo pan-hispánico teorizado por escritores como Ramiro de Maetzu y Marius André. El "latinismo" tenía la ventaja, respecto al hispanismo, de ser compatible con la modernidad, mientras la tradición hispana era identificada casi siempre con un tradicionalismo reaccionario. El latinismo tenía, además, un valor político más efectivo, en cuanto herramienta para contrarrestar la influencia anglosajona y afianzar, en cambio, el prestigio de la "nueva Roma", expresión de un universalismo ideológico (fascista) que rebasará, en el transcurso de los años treinta, la proclamación inicial de un mero imperialismo italiano renovado (Ver Gentile, 1986, p. 394).

Las vías y los medios concretos de la expansión cultural italiana y fascista fueron los viajes, las empresas de aviación, las publicaciones, las exposiciones, los congresos y las celebraciones.

            Los viajes fueron inaugurados en 1924 por la ya recordada expedición de la "Nave Italia" alrededor del continente, relatada por periodistas y escritores en periódicos y en populares libros de viaje (Belli, 1925; Carrara, 1925; Rocca, 1926; Miserocchi, 1928). En los años siguientes periodistas, escritores, arqueólogos, antropólogos, científicos y políticos cruzaron el continente latinoamericano para estudiarlo y describirlo. Entre los más destacados, que dejaron obras escritas de sus viajes, se pueden señalar: Arnaldo Cipolla (1927 y 1929), Corrado Zoli, 1927), Franco Ciarlantini (1928), Mario Appelius (1929 y 1930), Nicola Pende (1931), Emilio Cecchi (1932 y 1940), y Luigi Federzoni (1938). Hay que mencionar también los numerosos viajes efectuados por grupos de estudiantes universitarios, mediante convenios de intercambio con Italia.

            Las empresas aéreas fueron, sin duda, las más espectaculares formas de propaganda de Italia en aquélla época. El fascismo enaltecía la aviación como símbolo de modernidad, dedicando muchos esfuerzos para impulsar el uso del avión -que era producido por industrias italianas- como nuevo medio de comunicación en el mundo. Los "raids" aéreos, efectuados  "per la gloria d'Italia e per la gloria di chi porta il tricolore 'su Vie prima mai solcate'", elevaban y magnificaban el prestigio nacional, activamente buscado por el régimen de Mussolini.  El primer viaje fue la travesía transatlántica, en hidroavión, de Italia a Brasil, de Francesco De Pinedo en 1927, que anticipó la de Lindbergh en el mismo año (De Pinedo, 1928). El hidroavión era preferido por la aviación italiana, y se consideraba particularmente apto para América Latina, continente repleto de lagos y ríos. En 1928 una segunda travesía Italia-Brasil fue efectuada por Carlo del Prete y Arturo Ferrarin. La empresa más espectacular fue, sin embargo, la travesía Italia-Brasil efectuada en 1930 por una escuadra de catorce hidroaviones al mando del Ministro de Aviación, Italo Balbo. El último raid transatlántico, también hacia Brasil, fue efectuado en 1938 por un grupo de tres aviones "sparvieri", en uno de los cuales viajaba Bruno Mussolini, hijo del "Duce" (Ver Cavaglià 1994-95, pp. 192-217).

            Las publicaciones italianas sobre América Latina se multiplicaron a partir de los años veinte. Entre éstas, destacan las revistas especializadas Rivista d'Italia e d'America (1923-28), Le Vie d'Italia e dell'America Latina (1924-32), e Colombo (1926-31), que fueron un medio eficaz para acercar el público italiano a la realidad latinoamericana. Al lado de estos periódicos, fue dado impulso a la publicación de ensayos temáticos por obra del "Istituto Cristoforo Colombo" (fundado en 1923), la "Associazione degli Americanisti d'Italia" (fundada en 1926) y el "Centro Italiano di Studi Americani" (fundado en 1936).

            Numerosas exposiciones, simposios, conferencias, celebraciones, integraban el esfuerzo de acercamiento entre la Italia fascista y el continente. Cabe destacar, por ejemplo, la exposición del libro italiano en Buenos Aires (1926), que era parte de un esfuerzo editorial sin precedentes para difundir obra italianas en América Latina (Ciarlantini, 1928). Entre los congresos que se celebraron en Italia, el más importante fue el XXIIº de Americanistas, inaugurado por Mussolini en Roma en septiembre de 1926.  Entre las celebraciones, hay que señalar la del 12 de octubre, que se convertiría cada año en un recordatorio de la italianidad de Colón -aunque los fascistas favorecían, en su lugar, la fiesta del 21 de abril, aniversario de la fundación de Roma-; y la celebración (en 1930) del centenario del libertador, Simón Bolívar, cuyos rasgos "cesaristas" podían recordar a un "duce" ante litteram, en la mejor tradición de los "condottieri" italianos.[9] En estos eventos la cultura italiana era magnificada, exaltada, subrayando la función de guía que tenía que asumir frente a las culturas "latinas" del continente.

            La promoción y propaganda cultural estaba vinculada estrechamente con la política. En este aspecto, la Italia fascista buscaba ejercer constantemente su influencia, dando a conocer las conquistas del régimen, proclamando sus virtudes revolucionarias, y ofreciendo un punto de referencia en función antibolchevique y antiimperialista. El "antiyanquismo" fascista capturó la atención de muchos intelectuales, entre los cuales destaca el mexicano José Vasconcelos, quien elaboró, a partir de los años veinte, una visión nacionalista continental en función anti-norteamericana (Ver Fell, pp. 553-657).

El mayor atractivo de la doctrina fascista estaba cifrado en su capacidad de mediación entre modernidad y tradición, entre revolución y conservación, entre socialismo y liberalismo, entre ideología y herejía, entre política y estética, entre élites y masas, manifestando una notable capacidad integradora y mitopoética (Ver Veneziani, 1994, pp. 102-145), capaz de configurar una "tercera vía" a la modernización (Moore, 1992). Italia trató de explotar estas posibilidades, con la propaganda, siguiendo -y eventualmente, apoyando-, el desarrollo de movimientos y facciones al interior de cada país, contactando intelectuales, hombres políticos, gobernantes y militares, aprovechando la oleada de regímenes autoritarios anti-liberales que se instalaron en la década de 1930.

Cada país tuvo atenciones particulares por parte de Italia, dependiendo de la importancia geopolítica y las características sociales y políticas que tenía. El bloque principal era el de los dos grandes países del Sur: Argentina y Brasil.  Ambos repletos de emigrantes italianos, eran la meta natural de la política fascista de la "italianità", dirigida a conservar la identidad nacional, consolidando el prestigio de la patria lejana (Gentile, 1986; Newton, 1994; Trento, 1994; Bertonha, 1998). Ambos países eran mercados prometedores para las industrias italianas. Brasil, además, atrajo las atenciones políticas italianas por la aparición, en 1932, del movimiento de los "camisas verdes" o "integralistas" y, a partir de 1937, con la instauración del "Estado Novo" de Vargas.[10] Chile tenía, en cambio, menos importancia, a pesar del talante supuestamente "fascista" -varias veces señalado por las investigaciones- del gobierno del general Ibañez (1927-1931). "Ibañez nel Cile" -señalaba Oreste Villa- "...va ricordato [...] come una specie di dittatore agli ordini della massoneria" (Villa, 1933, p.54).

Entre los países andinos, Ecuador destacaba por la misión militar italiana que trabajó en el país a partir de 1922, la primera -y la más importante- de una serie de misiones establecidas más tarde en Perú, Bolivia y Venezuela (Montalto, 1995-96). En Perú y Bolivia la influencia italiana aumentó en los años treinta, durante los gobiernos autoritarios de Benavides y de Germán Busch (Ciccarelli, 1990; Briganti, 1998). Venezuela era interesante por ser un país productor de petróleo y, sobre todo, por la actitud favorable hacia el fascismo demostrada por el dictador Juan Vicente Gómez (1908-1934). Éste apoyaba su poder en un mito nacionalista "bolivariano", que tenía muchos puntos en común con el mito del "Risorgimento" y de Garibaldi, que adoptaba Mussolini en Italia (Filippi, 1995).

En el bloque continental norteamericano era México el país más interesante para Italia.  Teatro de una revolución nacional sin precedentes en las Américas (1910-1919), el país fue, durante los años veinte y treinta, un laboratorio de experimentos sociales, políticos y culturales avanzados, que atrajeron la atención mundial. Para la política latinoamericana de Italia, representaba una anomalía, un caso atípico, pues casi no tenía emigrantes italianos, y su evolución política ultranacionalista -aunque entremezclada con rasgos "bolcheviques" e influencias masónicas- presentaba fuertes puntos de convergencia con la experiencia fascista italiana. Interesaba directamente, además, la gran producción de petróleo del país.

Un análisis detallado de la situación mexicana fue hecho en 1928 por Mario Appelius, periodista en misión oficial por el diario de Mussolini, "Il Popolo d'Italia" (Appelius, 1929). En su viaje Appelius describe, con admiración, un país en donde late el "alma profunda" de un pueblo en lucha por la conquista de su dignidad espiritual. México era joven, vital, turbulento, orgulloso, proyectado hacia la búsqueda de su propio destino: todo lo contrario de los "decadentes" pueblos anglosajones que trataban de oprimirlo. La Italia fascista y el México nacionalista tenían, por lo tanto, mucho en común. Era necesario, sin embargo, ofrecer al país una guía para evitar las tentaciones "bolcheviques"[11] y, sobre todo, orientar la construcción del mito nacional hacia Roma y la latinidad, en lugar de Tenochtitlán y los aztecas, objeto entonces del entusiasmo indigenista de muchos intelectuales y políticos.[12] México, en fin, era "il popolo che monta la guardia al Rio Bravo", el centinela más seguro de América Latina frente al imperialismo de Estados Unidos.[13]

            México, sin embargo, daría a Italia las mayores decepciones. Después de un máximo de acercamiento (no declarado) al fascismo, durante el dominio del "Jefe Máximo", general Plutarco Elías Calles (1929-1934),[14] el gobierno de Lázaro Cárdenas (1935-1940) dio un giro hacia el socialismo, tomando una posición internacional marcadamente antifascista, justo en el momento en que Italia más necesitaba el apoyo latinoamericano para sostener su política imperialista en África y el Mediterráneo.

Si queremos intentar hacer un balance entre los proyectos y aspiraciones fascistas, y los resultados obtenidos en todo el continente, resulta evidente que éstos fueron inferiores a los primeros.

Comenzando con el latinismo, hay que señalar que éste no logró, en general, superar el mayor arraigo histórico-cultural que tenía la hispanidad. Ni siquiera el sostén determinante de Italia a la España tradicionalista de Franco durante la guerra civil, pudo establecer la "primacía" de Roma sobre la de Madrid. Es más, el auge político de las dictaduras en España (Primo de Rivera, Franco) y el surgimiento de un movimiento "fascista" ibérico (falangismo) atraía cada vez más hacia ésta la atención de América Latina, que encontraba, de este modo, unos modelos más cercanos a sus propias raíces culturales.

El latinismo fue invocado en 1935-36, con resultados en verdad poco satisfactorios, para formar un frente de naciones solidarias hacia Italia, contrarrestando el boicot internacional por la invasión italiana de Etiopía. La tarea de Italia entre los países latinos, según el embajador italiano en Río de Janeiro, era la de "eccitarli al massimo contro le sanzioni […], ottenere che essi disertino la Lega delle Nazioni [...e] si sentano attratti verso l'Italia, sia per la latinità che li congiunge irrevocabilmente a noi e a Roma, sia per lo straordinario aumento di prestigio che l'Italia sta rapidamente ottenendo".[15]  

El latinismo italiano tenía, sobre todo, el inconveniente de ser, al fin y al cabo, una forma -aunque débil- de imperialismo europeo, que la mayoría de los países latinoamericanos, embestidos por una creciente oleada nacionalista, y temerosos de ser las futuras víctimas, finalmente rechazarían.[16] El imperialismo cultural italiano, en particular, podía resultar repulsivo en varios aspectos, en cuanto revivía tradiciones paganas -ofensivas para el sentimiento católico-, rebajaba la herencia ibérica en un nivel secundario, y presentaba las tradiciones indígenas -importantes en países como México, Perú y Bolivia- como residuos primitivos, y lastres para la civilización.[17] Antes de ser atraído hacia el fascismo, Vasconcelos fue un crítico severo de la "latinidad" romana, frente a la cual reivindicaba la originalidad cultural del continente, cuna de la nueva "raza cósmica" (Vasconcelos, 1925). El peruano José Carlos Mariátegui  -quien estuvo en Italia de 1919 a 1922- retomó en 1925 la critica del mexicano, subrayando que "non siamo latini e non abbiamo nessuna parentela con Roma. I 'supposti paesi latini' d'America, come li chiama Vasconcelos, hanno bisogno di sapersi diversi dal mondo latino, per amarlo e stimarlo un po' meno. […] In terra latina ho avvertito tutta la fragilità della menzogna che ci unisce spiritualmente a Roma" (Mariátegui, 1973, p.154).

Frente al imperialismo cultural "yanqui", por otro lado, el italiano estaba completamente desarmado económica y políticamente, y fue efectivamente marginado por la ofensiva panamericanista ("buena vecindad") de la época de Roosvelt. Fue rebasado, además, por la influencia nacionalsocialista alemana después de 1933, cuando el régimen de Hitler se presentó como el modelo más eficaz de modernización autoritaria y anticomunista, ejerciendo un atractivo mayor en los regímenes dictatoriales latinoamericanos.[18] El prestigio "latino" de Italia, en fin, fue dañado por la campaña de Etiopía y los pasos sucesivos hacia un imperialismo dirigido contra las naciones "débiles" de la cuenca mediterránea (Albania, Grecia), acciones que contradecían el papel, muchas veces proclamado, del fascismo italiano como guía de las naciones "proletarias" en contra del imperialismo.[19] Por todas estas razones, Italia se quedó atrás en la pugna por América Latina, que se convirtió, en la segunda mitad de los años treinta, en un vasto frente de la "guerra fría" entre potencias rivales -Alemania, Estados Unidos, Japón- que culminaría en el segundo conflicto mundial.

Más éxito tuvo la propaganda entre los italianos emigrados, cuya actitud hacia el fascismo de la madrepatria asumía la forma de un "patriotismo emotivo" y de una "ingenua expresión de orgullo nacional" (Albonico, 1994, p. 325). Gran parte de los emigrados se acercó a las actividades patrióticas promovidas por la red de los "fasci", los institutos y las legaciones italianas, pese a los problemas causados por los antifascistas -activos en Argentina y Brasil- y por la fuerte tendencia asimiladora, presente sobre todo en Argentina, acelerada por el cese virtual de la emigración italiana. "Il fascismo e la potente personalità del suo capo" -concluye optimísticamente Gioacchino Volpe en 1936- "hanno fatto [...] miracoli, per richiamare l'attenzione sull'Italia, per confortare i vecchi italiani d'America [...] per dare un po' d'orgoglio alle generazioni più giovani, ispirare rispetto e fiduciosa attesa a tutti" (Volpe, 1936, p. 18). Sin embargo, este éxito relativo en la captación del consenso entre los emigrados, no se traduciría en un cambio de actitud de los países huéspedes hacia Italia, favoreciendo los designios geopolíticos de ésta.

En el ámbito económico, las aspiraciones italianas se vieron en gran medida frustradas. Después de los primeros intentos, en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, de abrir los mercados latinoamericanos, enfrentando la competencia británica, norteamericana, alemana y japonesa, la Depresión provocó el cierre progresivo del continente a los intercambios internacionales (con la excepción de Estados Unidos, que continuó su avanzada en el área). El creciente proteccionismo dañaba seriamente las exportaciones italianas, cerrando así uno de los pocos mercados disponibles para el país, que se vería forzado a implementar su propio proteccionismo ("autarchia").

En el aspecto político, es necesario revisar la tendencia que atribuye al "fascismo" un éxito, por el aumento de las dictaduras militares en el continente durante los años treinta (Mugnaini, 1986; Fanesi, 1999).[20] Si por un lado, en efecto, los regímenes castrenses podían abrir espacios para la influencia geopolítica de la Italia fascista, por otro lado, resultaron ser un terreno poco fértil para la propagación ideológica del fascismo. En 1937 Galeazzo Ciano (Ministro de Relaciones Exteriores de Italia) decía: "si è inclini, in tutto il Continente americano, a caratterizzare come "fasciste" molte misure a carattere autoritario, che sono in realtà provvedimenti presi dalle solite dittature militari o semi-militari caratteristiche di quei Paesi […] a solo scopo di salvaguardia personale [...]. Il 'Fascismo' in realtà, nel Continente americano non è ancora conosciuto nelle sue vere finalità e nella sua essenza".[21]

Los caudillos y dictadores latinoamericanos, en efecto, no se ajustaban al modelo cesarista-populista "latino" que propagaba el fascismo.[22] Por cuanto admiraran a Mussolini y su "fascismo" eran, en primer lugar, nacionalistas, poco dispuestos a orientar abiertamente sus regímenes hacia un modelo extranjero. Eran, además, demasiado conservadores para que pudieran tomar como modelo esa mezcla de ideas de derecha y de izquierda que era el fascismo italiano; éste, por su lado, rechazaba el talante oligárquico, reaccionario, de los dictadores latinoamericanos, que contrastaba con su ideal modernizador y su componente "socialista" (Ver Albonico, 1994, p.166).[23] En la prensa fascista frecuentemente se amonestaban y se impartían "lecciones" a los hombres fuertes latinoamericanos, con el fin de "impedire che dei semplici reazionari o dei caudillos militari esagerassero nell'attribuirsi patenti indebite di fascismo" (Albonico, 1982, p.43). Una excepción eran los "hombres fuertes" mexicanos, dotados de virtudes altamente apreciadas (carisma populista, capacidad de mando, visión nacional, etc.). Obregón, Calles y Cárdenas, tenían, sin embargo, lazos con la masonería y con grupos "bolcheviques", oscilaban excesivamente hacia la izquierda, ostentaban a menudo un intransigente nacionalismo xenófobo y un anticlericalismo demasiado radical, más no eran, propiamente, dictadores, pues respetaban las formas de la democracia liberal ("sufragio efectivo, no-reelección") que el fascismo repudiaba. Vargas, en fin, despertó la atención italiana en 1937 -año de inicio del "Estado Novo"- por sus calidades personales y su programa político aparentemente "fascista", inspirado en el régimen portugués de Salazar. El presidente brasileño -descrito por Ciano como "abile, furbo, intelligente", decepcionó muy pronto las expectativas italianas por el limitado alcance de sus reformas, por la represión, en 1938, del movimiento integralista y por las abiertas inclinaciones pro-norteamericanas que manifestaba.[24]

El fascismo tenía menos confianza aún en los movimientos políticos que se le parecían, o pretendían imitarlo. Más allá de la retórica y del estilo que adoptaban, en efecto, no resultaron ser verdaderamente "fascistas", y tampoco capacitados para tomar el poder; incluso el movimiento más prometedor, la Ação Integralista Brasileira de Plinio Salgado, "la prima seria espressione nel Continente americano di un movimento ispirato ai principi del fascismo" -en opinión del mismo Ciano-, resultó inferior a las expectativas iniciales.[25] En efecto, tanto los regímenes militares, así como los movimientos políticos extremistas de la época, tenían una lectura del fascismo deformada, parcial, confusa o francamente equivocada, pues generalmente captaban, del fascismo, sólo el anticomunismo, el antiimperialismo y el autoritarismo. Intentaban muchas veces atribuirse la etiqueta de "fascista" -o la recibían de sus adversarios de izquierda- pese a no tener elementos suficientes para ser clasificados como tales.

El fascismo italiano hubiera deseado la formación de dictaduras populistas dominadas por caudillos "bolivarianos", con programas social-nacionalistas, pro-europeos y prolatinos, abiertos a las influencias culturales, políticas y económicas de Roma y dispuestos a sostener el esfuerzo que Italia emprendería para conquistar su "espacio vital". Ninguna situación real se acercó nunca a ese ideal. América Latina, aun si resintió la influencia fascista durante dos décadas proseguía, en realidad, en una trayectoria propia, que daría como fruto el populismo autóctono de las décadas de 1930 a 1950. Existían, en efecto, condiciones poco propicias para el surgimiento de verdaderos "fascismos": el bajo nivel de movilización de las masas, la naturaleza poco agresiva del nacionalismo local, el dominio efectivo ejercido por las oligarquías, élites tradicionales y militares, la ausencia relativa de un "peligro rojo" real (por la debilidad de las organizaciones marxistas locales), la dificultad para aplicar el modelo económico nacional-sindicalista italiano en economías más atrasadas y dependientes, el tamaño reducido de la clase media, la heterogeneidad étnica de la población, la capacidad de atracción ejercida por algunos populismos pluriclasistas nativos (el APRA peruano, el MNR boliviano y el PNR mexicano) y la falta del soporte de una clase intelectual autóctona protagónica, con tendencias rebeldes y revolucionarias.[26]

            No pudiendo realizar sus ideales y ambiciones, y no logrando, por lo tanto, ejercer una influencia positiva en el área latinoamericana, Italia se conformó con un programa menor de lo deseado. La política fascista se orientó, entonces, a conservar la "italianidad" y la lealtad de los emigrados, vigilando la actividad de los opositores antifascistas entre éstos. Favoreció, en general, las tendencias que aseguraran el contenimiento del expansionismo de Washington, del nacionalismo antieuropeo nativo, y de la penetración soviética, de manera que el continente permaneciera todavía "libre" para los intercambios con la Europa mediterránea y no cerrara completamente los canales de penetración cultural disponibles, en el marco de la latinidad imperial "romana".

 

 

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notas

* La elaboración de este trabajo ha sido posible con el apoyo de la Università di Torino (Dipartimento di Studi Politici) y de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

[1]  Según un observador norteamericano contemporáneo, en América Latina competían "the Pan-Hispanic aspirations of Spain, the cultural affinity, the sentimental predisposition and melancholy rankling of France, the economic competition of England and Germany, and possibly Italy's interests in its trade and its millions of sons who have gone out to Brazil, Uruguay and Argentina" (Rippy, 1928, p. 266).

[2] Existen más estudios sobre la penetración alemana, que despertó en los años treinta las preocupaciones de Estados Unidos ("quinta columna"). El nacionalsocialismo, en efecto, demostró una capacidad organizadora y dinámica notable, apoyándose en las comunidades emigradas y en el capital alemán (Bernal de León,  s.f.).

[3] La falta de interés para la política latinoamericana del fascismo es evidente en la escasa proporción de documentos que se refieren a América Latina, contenidos en la monumental colección de los "Documenti Diplomatici Italiani" (DDI). En las series VII y VIII de éstos, en efecto, es muy escasa la presencia de documentos sobre Latinoamérica, sobre todo en el período 1922-1934. Después de 1935 aparece más información, aunque siempre mucho menor con respecto a otras áreas.

[4] Payne (1980) excluye la presencia de "fascismos" verdaderos en América Latina. Trinidade (1985) rechaza, por su parte, la presencia de regímenes de tipo fascista, más admite la existencia, en los años treinta, de movimientos fascistas, el prototipo de los cuales fue el integralismo brasileño, que "reproducía las características de los movimientos fascistas europeos sin ser una copia sencilla de éstos".

[5] Ver el largo discurso pronunciado por Benito Mussolini en el Senado, el 5 de junio de 1928, con el título "L'Italia nel Mondo", en donde el jefe del fascismo presentaba los nuevos principios y objetivos de la política exterior italiana.

[6] En 1928 el Ministerio de Relaciones Exteriores calculaba un total de 3,803.902 italianos residentes en América latina, casi todos concentrados en Brasil (1,839.579) y en Argentina (1,797.000).

[7] La "Nave Italia" era un barco-exposición, repleto de muestras de la industria, agricultura, minería y arte italiana, con una tripulación de 700 personas que incluía hombres de negocios, periodistas, pintores y políticos encabezados por el embajador extraordinario Giovanni Giuriati. El barco tocó 32 puertos en Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Panamá, México, Cuba, Haiti, Colombia, Venezuela y Trinidad, desplegando durante más de seis meses, frente al público latinoamericano, la primera muestra vislumbrante de la nueva Italia victoriosa en la Guerra y "orgogliosamente fascista" (Giuriati, 1925).

[8] Villa fue Consejero del "Istituto Fascista di Propaganda Nazionale", por el cual efectuó, en 1925, una importante misión comercial. Posteriormente fue el agregado comercial italiano en México, en 1939-40. Otros ensayos "fascistas" fueron el ya citado Librando (económico) y Pieri, 1934 (histórico).

[9] El "bolivarismo" -el culto al "libertador" Simón Bolívar-, simbolizaba la unidad continental, contrapuesta a la panamericana promovida por Estados Unidos ("monroísmo"). El culto bolivariano tenía, además, la función de enlace potencial entre el cesarismo del libertador, y el de Mussolini, ambos supuestamente arraigados en el espíritu de la latinidad (Ver Filippi, 1995, pp. 165-204). En opinión de Villa, Bolívar fue "il solo grande Condottiero e Statista che abbia avuto una concezione fascista del problema dell'America Latina" (Villa, 1933, p. 1).

[10] Ya en 1936 en una relación de la embajada se señalaban las "simpatie di Vargas per l'Italia e sua solidarietà morale (malgrado tutte le sue debolezze nella politica interna) con regime fascista": Cantalupo a G. Ciano, Río de Janeiro, 12/06/1936 (DDI, serie VIII, vol. IV, doc. 720).

[11] Las influencias comunistas en México fueron importantes desde 1919, al fundarse el Partido Comunista Mexicano. El país mantuvo relacione diplomáticas cordiales con la URSS  entre 1924 y 1930, período en el cual la embajada soviética en la Ciudad de México era conocida como una central operativa del Komintern para toda América Latina (García Treviño, 1959).

[12] En polémica abierta con el mayor intelectual mexicano, Vasconcelos, Appelius señalaba la necesidad, para México, de superar -con la ayuda de Roma- su herencia indígena, para evitar la caída hacia atrás, en las civilizaciones derrotadas de la Mesoamérica.  Éstas son consideradas ya muertas, incapaces de dar sustento a un mito nacional progresivo, siendo además, inferiores a las mediterráneas. ¿Porqué buscar en el pasado indígena -se pregunta Appelius- si el pueblo mexicano, para hacer esto, "deve ammainare la più grande bandiera etnica e storica del mondo -quella di Roma- alla quale ha diritto"? (Appelius, 1929, pp. 354-355).

[13] Appelius estaba, literalmente, fascinado por la cultura mexicana, en la cual encontraba virtudes y valores casi "fascistas": conciencia histórica, élan vital, virilidad, camaradería, sobriedad, coraje, desprecio por la muerte, etc. Apreciaba, además, la capacidad de mando de los grandes jefes de la Revolución: Obregón y Calles.

[14] Después del asesinato de Obregón, Calles estableció un dominio semidictatorial ("Maximato") en 1929-30, atacando a los comunistas, abriendo espacios a movimientos semifascistas ("camisas doradas"), fundando un partido único (el PNR, más tarde PRI) e instaurando un sistema corporativo que se parecía al italiano. La tendencia "fascista" del Máximato alcanzó su cenit hacia 1934.

[15] Cantalupo a Mussolini, Rio de Janeiro, 27/04/1936 (DDI, serie VIII, vol. III, doc. 775). En un telegrama anterior "A tutte le rappresentanze diplomatiche in America centrale e meridionale", Mussolini había recomendado "Appoggiare movimento dei Governi e suscitare quello dell'opinione pubblica per un abbandono della Lega di Ginevra da parte di tutti gli Stati dell'America Latina": Roma, 12/04/1936 (DDI, serie VIII, vol. III, doc. 642). Todos los países latinoamericanos, sin embargo (menos Brasil, Paraguay y Costarica), adoptaron las sanciones contra Italia; México fue, además, miembro del "Comité de los 18", encargado de establecer el programa sancionista, desempeñando así un papel fundamental en contra de la agresión italiana. "Messico è tra pochi Stati dell'America Latina che hanno mostrato a Ginevra atteggiamento interamente ligio alle direttive britanniche e contrario all'Italia": Suvich a Marchetti (Ministro italiano en México), Roma, 6/12/1935 (DDI, serie VIII, vol. II, doc.810).

[16] Brasil, por ejemplo, temía las "ambitions and claims of Germany, Italy and Japan, propagandist of a new division of lands [in the world]"; y de aceptarse la suerte de Etiopía, según un diplomático brasileño, "it would be difficult to limit that expansionist tendency, and tomorrow one might discover that the Amazon is a vast propitious field for Italy to pour her surplus population into" (cit. in Hilton, 1975, p.13). Estos temores eran fortalecidos por la retórica que utilizaba Italia para justificar sus conquistas africanas ("civilización" contra "barbarie"), que pudiera tornarse peligrosa si se invocaba para sustentar un programa de "civilización" manu militari de las partes más "primitivas" del continente americano. Otra fuente de peligros potenciales era la presencia de vastas zonas de colonización italiana en el sur de Brasil, objetivo tentador para el expansionismo creciente de la Italia fascista.

[17] Si América Latina aceptaba la primacía romana -pensaban los fascistas- superaría las limitaciones de su dependencia y atraso económico, obteniendo en cambio una plena integración étnica y cultural bajo el signo del "littorio". La variedad étnica no era un problema -el mito romano contenía un mensaje fundamentalmente interétnico e integrador-  si los pueblos latinoamericanos se orientaban "espiritualmente" hacia la latinidad (subordinando, naturalmente, las componentes indígenas, africanas e ibéricas y excluyendo las influencias anglosajonas y asiáticas). Las críticas hacia el indigenismo y a los mitos mestizos, con tendencia fascista, de Vasconcelos ("raza cósmica") y de Plinio Salgado ("brasilianidade"), eran motivadas por la desviación que implicaban de la centralidad de Roma, no por racismo.

[18] Con respecto a la "competencia" entre Italia y Alemania, véase una comunicación del Ministro de Relaciones Exteriores, Galeazzo Ciano, al encargado de negocios italiano en Río de Janeiro del 28/12/1936, en donde recomendaba ejercer influencias en Brasil para hacer entender "che Italia stringe ancora salda nel pugno la vecchia bandiera della lotta al comunismo e che verso il fascismo, primogenita reazione al comunismo, debbono volgersi gli occhi di tutte le forze d'ordine, particolarmente in quel mondo latino che tanti vincoli uniscono a Roma" (DDI, serie VIII, vol. V, doc. 684). Un grave punto de fricción entre fascismo y nacionalsocialismo fue ocasionado por la carrera para "orientar" hacia Roma o hacia Berlín el movimiento "integralista" de Plinio Salgado en Brasil, reconocido por ambos países como potencialmente "fascista".

[19] El desprestigio italiano fue máximo en Brasil y en el Caribe, en donde la población negra vio como un país "blanco" aplastaba a uno de los últimos reductos independientes de África. El embajador italiano en Brasil señaló en un telegrama a Mussolini que, a diferencia de la clase dirigente, la "massa popolare, in cui si trovano milioni di negri e mulatti, sembra favorevole Abissinia": Cantalupo a Mussolini, Río de Janeiro, 24/08/1935 (DDI, serie VIII, vol. I, doc. 802).

[20] Hay que recordar la incompatibilidad entre pretorianismo y fascismo que señala Payne (1980, p.19). Una dictadura militar no puede, strictu sensu, ser fascista.

[21] G. Ciano a Lojacono (embajador italiano en Río de Janeiro), Roma, 26/04/1937 (DDI, serie VIII, vol. VI, doc. 515).

[22] Juan Vicente Gómez es el único dictador que se merece alguna apreciación positiva en la obra de Oreste Villa (1933, pp. 55-57), en donde son condenados el argentino Irigoyen, el chileno Ibañez, el peruano Leguía y el cubano Machado (los presidentes de México no son considerados dictadores).

[23] El fascismo siempre despreció a los dictadores que se legitimaban por los intereses de grupos oligárquicos, en lugar de ser expresión del "pueblo", aunque, por razones de oportunidad política, apoyó a caudillos que no tenían cabida en su ideal -análogamente a lo que hará Estados Unidos durante la Guerra Fría-.

[24] El 12 de noviembre de 1937, dos días después del golpe que instauró el Estado Novo, Ciano anotó en su diario: "Ricevuto l'Ambasciatore del Brasile. Gli ho detto la nostra simpatia per l'azione di Vargas, e gli ho promesso l'appoggio degli italiani" (Ciano, 1999, p.56). Un semana después, sin embargo, se expresó con más cautela: "Vargas sta cercando una formula brasiliana. Bisogna che la trovi. Altrimenti il suo movimento si infrangerà rapidamente" (ibid., p.59), y en abril de 1938 señaló: "avremmo voluto più coraggio fascista da parte del nuovo Governo. Una rivoluzione non si consolida se comincia ad indietreggiare" (ibid., p.120). Las relaciones del Estado Novo brasileño con Italia comenzaron a resquebrajarse con la represión del movimiento integralista ordenada por Vargas entre marzo y mayo de 1938.

[25] G. Ciano a Lojacono, Roma, 26/04/1937 (DDI, serie VIII, vol. VI, doc. 515). Italia se interesó seriamente, durante algún tiempo, por la A.I.B. y por su jefe, quien expresó frecuentemente su admiración por Mussolini, con el cual tuvo una entrevista durante su estancia en Italia en 1930 (ver Trinidade, 1988, p.51). Sin embargo, la actitud italiana hacia su movimiento fue cautelosa y ambigua, oscilando entre la apreciación de algunos principios y estilos del movimiento, y la conciencia de las evidentes limitaciones del mismo: "I fascisti integralisti usano la camicia 'verde oliva' e la considerano istituzione 'garibaldina'. A questo partito che si può dire sia nato a Roma, sembra riservato il maggiore avvenire, ma il Capo non ha grandi qualità ed il programma è una cattiva copia del Fascismo italiano. [...] L'integralismo non potrà trasformarsi in vero fascismo se prima non riuscirà ad unificare lo spirito nazionale" (subrayado mío): Memorandum reservado del Ministerio de Relaciones Exteriores "Movimenti fascisti esteri", 1934 (cit. en Santinon, 1991, p. 135 y en De Felice, 1974, p. 876). En este interesante documento aparece una descripción de varios otros grupos de Argentina, Brasil, Chile, Cuba, Panamá y Perú (falta, curiosamente, México): ninguno de los cuales merece el calificativo de "fascista" auténtico, o bien se considera falto de programas, espíritu, liderazgo y capacidad política. Con la excepción de la A.I.B. y del pequeño "partido fascista" chileno, todos esos grupos supuestamente "fascistas" eran criticados, menospreciados o ignorados por el Gobierno italiano.

[26] Ver la lista de factores elaborada por Payne (1980, pp. 167-168).

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