Miguel Hernandez





El llanto que por valles y balcones se vierte,
en las piedras diluvia y en las piedras trabaja,
y no hay espacio para tanta muerte,
y no hay madera para tanta caja.
Caravanas de cuerpos abatidos.
Todo vendajes, penas y pa�uelos:
todo camillas donde a los heridos
se les quiebran las fuerzas y los vuelos.
Sangre, sangre por �rboles y suelos,
sangre por aguas, sangre por paredes,
y un temor de que Espa�a se desplome
del peso de la sangre que moja entre sus redes
hasta el pan que se come. 

Miguel Hernandez


�Qui�n salvar� a este chiquillo
menor que un grano de avena?
�De d�nde saldr� el martillo
verdugo de esta cadena?
Que salga del coraz�n
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido ni�os yunteros.

Miguel Hernandez


Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el coraz�n
y me aventan la garganta.

Miguel Hernandez


Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero.
Ata duro a este hombre: no le atar�s el alma.
Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias:
no le atar�s el alma. 

Miguel Hernandez


Lleg� con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte:
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor. 

Miguel Hernandez


Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un �rbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento m�s corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vac�as amanezcan,
ella pondr� dos piedras de futura mirada,
y har� que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Reto�ar�n aladas de savia sin oto�o
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el �rbol talado, que reto�o:
porque a�n tengo la vida.

Miguel Hernandez


Esto son fragmentos de varios libros de Miguel Hernandez,
para mas informacion, http://members.es.tripod.de/mhernandez/




EL HAMBRE

I-Tened presente el hambre: recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo. Aquel jornal al precio de la sangre cobrado, con yugos en el alma, con golpes en el lomo. El hambre paseaba sus vacas exprimidas, sus mujeres resecas, sus devoradas ubres, sus �vidas quijadas, sus miserables vidas frente a los comedores y los cuerpos salubres. Los a�os de abundancia, la saciedad, la hartura eran s�lo de aquellos que se llamaban amos. Para que venga el pan justo a la dentadura del hambre de los pobres aqu� estoy, aqu� estamos. Nosotros no podemos ser ellos, los de en frente, los que entienden la vida por un bot�n sangriento: como los tiburones, voracidad y diente, panteras deseosas de un mundo siempre hambriento. A�os del hambre han sido para el pobre sus a�os. Sumaban para el otro su cantidad los panes. Y el hambre alobadaba sus rapaces reba�os de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes. Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas, cicatrices y heridas; se�ales y recuerdos del hambre, contra tantas barrigas satisfechas: cerdos con un origen peor que el de los cerdos. Por haber engordado tan baja y brutalmente, m�s abajo de donde los cerdos se solazan, ser�is atravesados por esta gran corriente de espigas que llamen, de pu�os que amenazan. No hab�is querido o�r con orejas abiertas el llanto de millones de ni�os jornaleros. Ladrabais cuando el hambre llamaba a vuestras puertas a pedir con la boca de los mismo luceros. En cada casa, un odio como una hoguera fosca, como un tremante toro con los cuernos tremantes, rompe por los tejados, os cerca y os embosca, y os destruye a cornadas, perros agonizantes. II-El hambre es el primero de los conocimientos: tener hambre es la cosa primera que se aprende. Y la ferocidad de nuestros sentimientos all� donde el est�mago se origina, se enciende. Uno no es tan humano que no estrangule un d�a p�jaros sin sentir herida la conciencia: que no sea capaz de ahogar en nieve fr�a palomas que no saben si no es de la inocencia. El animal influye sobre m� con extremo, la fiera late en todos mis fuerzas, mis pasiones. a Veces he de hacer un esfuerzo supremo para callar en m� la voz de los leones. Me enorgullece el t�tulo de animal en mi vida, pero en el animal humano persevero. Y busco por mi cuerpo lo m�s puro que anida, bajo tanta maleza, con su valor primero. Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos donde la vida habita siniestramente sola. Reaparece la fiera, recobra sus instintos, sus patas erizada, sus rencores, su cola. Arroja los estudios y la sabidur�a, y se quita la m�scara, la piel de la cultura, los ojos de la ciencia, la corteza tard�a de los conocimientos que descubre y procura. Entonces s�lo sabe del mal, del exterminio. Inventa gases, lanza motivos destructores, regresa a la pezu�a, retrocede al dominio del colmillo, y avanza sobre los comedores. Se ejercita en la bestia, y empu�a la cuchara dispuesto a que ninguno se le acerque a la mesa. Entonces s�lo veo sobre el mundo una piara de tigres, y en mis ojos la visi�n duele y pesa. Yo no tengo en el alma tanto tigre admitido, tanto chacal prohijado, que el vino que me toca, el pan, el d�a, el hambre no tenga compartido con otras hambre puestas noblemente en la boca. Ayudadme a ser hombre: no me dej�is ser fiera hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente. Yo, animal familiar, con esta sangre obrera os doy humanidad que mi canci�n presiente. Miguel Hernandez [poesia]
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