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PRÓLOGO

El inicio de este libro coincidió con el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, en Septiembre de 2001, y una estancia, por mi parte, en la Universidad de Toronto. Viví desde esta ciudad canadiense la crisis posterior al ataque terrorista, una crisis que ha subrayado tanto los aspectos negativos como los positivos de la llamada "globalización". A su vez, tener esta experiencia desde Toronto, una de las ciudades más multiculturales del planeta, con más de la mitad de sus habitantes de origen inmigrante, me acercaba al fenómeno de la globalización con datos y estímulos añadidos.

El mundo se nos ha hecho más pequeño y a la vez diverso, más cercano y al mismo tiempo vulnerable, imprevisible. Este cúmulo de tensiones, que antaño se hubieran notado sólo en la esfera de las relaciones internacionales y en el seno de algunas instituciones tradicionales, se ha hecho presente ya en nuestras ciudades e invade al ámbito de lo personal, al desarticular algunos arraigados modos y supuestos de vida, tanto en el plano individual como en el social. Hay una ética que agoniza y otra que no acaba de nacer, aunque cada vez son mayores la necesidad y el espacio que tiene para hacerlo. En buena medida, la ética anterior, la de las sociedades nacionales y la identidad individual más o menos previsible, dado el marco de confianza económico y comunitario con que contaba, era una ética ajena al problema central del orden y el vínculo social, sin los cuales la moral misma carece de sentido. Pero en la nueva situación, la existencia de lo social y de la causa común que lo mantiene ha irrumpido con fuerza como tema en el escenario de la reflexión moral y solicita formas de examen e intervención nuevas, formas que, por lo demás, no pueden ser todo lo claras ni prácticas que se quisiera, al haber cambiado el marco general al que me refería.

La globalización neoliberal es una suma de hechos y de posibilidades inherentes a ellos. En el plano internacional muestra fenómenos de creciente interdependencia, a la vez que de desequilibrio mundial. En el plano nacional, y de un modo también paradójico, exhibe un incremento de las sociedades multiculturales junto con una acentuación de los conflictos ligados a la diversidad cultural o que toman a ésta como pretexto. Estos son los hechos. Pero con ellos se presentan también posibilidades. En el ámbito internacional, la de incrementar la interdependencia, o bien la de dejar que crezcan los conflictos. En el nacional, lo posible es la búsqueda de la igualdad en la diversidad, o bien reforzar o no impedir el choque entre las diferencias. Sin embargo, y saltando ya de la realidad al deseo, lo imperativo es desarrollar la primera opción de todas estas alternativas: una democracia mundial, en el orden planetario, y una ciudadanía democrática que asuma las diferencias culturales, en el plano de cada sociedad nacional. En ambos casos el imperativo de la acción no puede ser cumplido sin algún tipo de causa común que mueva a este mundialismo democrático y pluralista. Dicha causa común es coincidente: la llamada a una responsabilidad global, o, en una palabra, a la ética. Ya no se puede tratar de una ética monocultural, sino intercultural; ni conformada a lo "global", que es aún regional, hoy, sino a lo mundial por realizar. Del mismo modo, ha de procurar ser una ética realmente común, aunque se diga universalista en la teoría, y susceptible de ser compartida, en lugar de ser expresión de una mayoría.

El presente libro trata de recordar la necesidad de promover esta causa común para hacer posible la sociedad democrática, y junto con la expresión de dicha necesidad, trata también de justificarla. ¿Por qué nos debe interesar el desarrollo de una causa común que reoriente el globalismo neoliberal en el sentido de un mundialismo democrático? ¿Cómo se justifica la demanda de una ciudadanía democrática con proyección mundial y la ética que debe actuar en su apoyo? Los hechos mismos no justifican nada; los ideales, por si solos, tampoco son vinculantes. La justificación solicitada toma de unos y de otros: actuar con responsabilidad global frente a los problemas globales, es menos contradictorio, de entrada, y probablemente más deseable, en último término, que hacerlo sin este imperativo ético, que para nuestro caso es el de una causa común. Así, una democracia mundial es un modo de continuar la relación entre países lo mismo que de gestionar mejor los conflictos. Y una ciudadanía democrática es una vía para facilitar el contacto entre los grupos etnoculturales, a la vez que sirve para apreciar mejor sus diferencias. Si la ética como causa común se pone al servicio de imperativos contrarios a los antedichos, lo hace en favor de objetivos poco convincentes, además de imposibles. Si lo que se quiere es salvar las nacionalidades y las diferencias culturales, hay que proponer y garantizar acuerdos que permitan esta salvaguarda, pues sin ellos lo que queremos proteger corre el riesgo de desaparecer en el conflicto abierto. De modo que hasta los más partidarios de la diversidad deben sostener alguna causa común que actue en bien de sus pretensiones. Ninguna diferencia puede subsistir si no son reconocidas las demás, lo que implica una causa común en favor de este marco.

Muchos son los problemas que trascienden hoy las fronteras: el deterioro del medio ambiente, el terrorismo, el narcotráfico, el genocidio, la falta de respeto a los derechos humanos, la pobreza que condena al hambre y la emigración, la regulación de Internet y el espacio comunicacional, la biotecnología,... Lo más razonable consiste en afrontar estos problemas globales con formas de comprensión y solución igualmente globales. El supuesto de todas ellas es que se adopte una causa común por la responsabilidad en cuanto ciudadanos de una sociedad que precisa vínculos para existir, y en cuanto habitantes de un planeta que se nos ha hecho pequeño y requiere una cultura del diálogo entre sus gentes para poder subsistir. Es verdad que la globalización, en su sentido más amplio, redescubre las diferencias, pero a la vez incrementa los aspectos en común, a pesar de estas diferencias. Hay que saber destacarlos y utilizarlos como apoyo de una acción cooperativa entre pueblos, grupos e individuos. Lo más fácil y habitual continua siendo la multiplicación de símbolos; lo más difícil, y sin embargo imperativo, hoy, es hacerlos tan compatibles como se pueda, sin tratar de anularlos. La globalización nunca será realmente tal, es decir, una mundialización democrática, si a la vez no nos preocupan los nuevos vínculos de interacción, hoy posibles y deseables, en los diferentes marcos de organización social, desde el ámbito local hasta el mundial, incluido el escalón intermedio del estado o la sociedad nacional. Una sociedad, grande o pequeña, nacional o internacional, no son nada, hoy se puede adivinar mejor que nunca, sin obligaciones y responsabilidades mutuas entre los grupos y los individuos que la componen. Sólo sería un agregado de sujetos de los que no se podría esperar paz alguna ni, por ello, una mínima acción de gobierno.

En cierta manera, nuestras sociedades han sido "decodificadas" con el impacto de la tecnología y la globalización, y ahora se trata de "codificarlas" de nuevo, haciendo posibles y efectivas nuevas formas de socialización. Algo parecido ha tenido lugar en la biología humana. Ahora es el turno de la cultura, con la articulación, en primer lugar, de los resortes éticos que hacen posible la convivencia. Antes que pensar en cualquier política debe existir una sociedad que esté en condiciones de discutirla. La causa común para que una multitud sea una sociedad es, pues, lo prioritario.


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