La
primera palabra que me permito decir públicamente en mi ciudad natal sólo
puede ser una palabra de agradecimiento.
Agradezco a mi país natal todo
lo que me ha dado en un largo camino. He intentado exponer en qué
consisten estas dotes en unas pocas páginas que aparecieron por vez
primera bajo el título de El camino de campo en el año 1949 para
conmemorar el centenario de la muerte de Conradin Kreutzer. Agradezco al
Señor Alcalde Schühle su cálida salutación. Y agradezco además
particularmente la agradable tarea de pronunciar una alocución
conmemorativa con ocasión de la celebración de hoy.
¡Distinguidos invitados!
¡Queridos paisanos!
Estamos reunidos para
conmemorar a nuestro paisano, el compositor Conradin Kreutzer. Cuando
queremos celebrar a uno de estos hombres que ha sido llamado para crear
obras, debemos en primer lugar rendir a la obra el homenaje debido. En el
caso de un músico esto sucede cuando llevamos a resonar las obras de su
arte.
Desde la obra de Conradin
Kreutzer suenan hoy el canto y el coro, la ópera y la música de cámara. En
estos sonidos está presente el artista mismo, pues la presencia del
maestro en la obra es la única auténtica. Cuanto más grande el maestro
tanto más puramente desaparece su persona detrás de la obra.
Los músicos y los cantantes
que participan en la celebración de hoy garantizan que la obra de Conradin
Kreutzer resuene para nosotros en este día.
¿Pero es la celebración ya por
ello una celebración conmemorativa
(Gedenkfeier)? Una celebración conmemorativa exige que
pensemos
(denken). Con todo, ¿qué pensar y qué decir en una celebración
conmemorativa dedicada a un compositor? ¿No se caracteriza la música por
el hecho de que «habla» ya por la mera sonancia de sus sonidos de modo que
no precisa del habla común, del habla de la palabra? Así se dice. Pese a
todo, la pregunta persiste: ¿es la celebración con música y canto ya por
esto una celebración conmemorativa, una celebración donde pensamos?
Presumiblemente no lo es. Por eso los organizadores han incluido una
«alocución conmemorativa» en el programa. Debe ayudarnos a pensar
especialmente en el compositor homenajeado y en su obra. Esta
conmemoración se hace viva desde el momento en que recordamos nuevamente
la vida de Conradin Kreutzer y enumeramos y describimos sus obras. Por
obra de esta narración podemos hacer la experiencia de bien de cosas,
unas, felices y tristes, otras, instructivas y dignas de imitación. Pero
en el fondo, con semejantes palabras sólo nos dejamos entretener. No es en
absoluto necesario pensar cuando las escuchamos, esto es, meditar acerca
de algo que a cada uno de nosotros nos concierne directamente y en cada
momento en su esencia. Por esto, incluso una alocución conmemorativa no
asegura todavía que una celebración conmemorativa sea, para nosotros, una
ocasión de pensar.
No nos hagamos ilusiones.
Todos nosotros, incluso aquellos que, por así decirlo, son profesionales
del pensar, todos somos, con mucha frecuencia,
pobres de pensamiento (gedanken-arm);
estamos todos con demasiada facilidad faltos de
pensamiento (gedanken-los).
La falta de pensamiento es un huésped inquietante que en el mundo de hoy
entra y sale de todas partes. Porque hoy en día se toma noticia de todo
por el camino más rápido y económico y se olvida en el mismo instante con
la misma rapidez. Así, un acto público sigue a otro. Las celebraciones
conmemorativas son cada vez más pobres de pensamiento.
Celebración conmemorativa
(Gedenkfeier) y falta de pensamiento
(Gedankenlosigkeit) se encuentran y concuerdan perfectamente.
Sin embargo, cuando somos
faltos de pensamiento no renunciamos a nuestra capacidad de pensar. La
usamos incluso necesariamente, aunque de manera extraña, de modo que en la
falta de pensamiento dejamos yerma nuestra capacidad de pensar. Con todo,
sólo puede ser yermo aquello que en sí es base para el crecimiento, como,
por ejemplo, un campo. Una autopista, en la que no crece nada, tampoco
puede ser nunca un campo yermo. Del mismo modo que solamente podemos
llegar a ser sordos porque somos oyentes y del mismo modo que únicamente
llegamos a ser viejos porque éramos jóvenes, por eso mismo también
únicamente podemos llegar a ser pobres e incluso faltos de pensamiento
porque el hombre, en el fondo de su esencia, posee la capacidad de pensar,
«espíritu y entendimiento», y que está destinado y determinado a pensar.
Solamente aquello que poseemos con conocimiento o sin él podemos también
perderlo o, como se dice, desembarazarnos de ello.
La creciente falta de
pensamiento reside así en un proceso que consume la médula misma del
hombre contemporáneo: su huida ante el pensar.
Esta huida ante el pensar es la razón de la falta de pensamiento. Esta
huida ante el pensar va a la par del hecho de que el hombre no la quiere
ver ni admitir. El hombre de hoy negará incluso rotundamente esta huida
ante el pensar. Afirmará lo contrario. Dirá - y esto con todo derecho -
que nunca en ningún momento se han realizado planes tan vastos, estudios
tan variados, investigaciones tan apasionadas como hoy en día.
Ciertamente. Este esfuerzo de sagacidad y deliberación tiene su utilidad,
y grande. Un pensar de este tipo es imprescindible. Pero también sigue
siendo cierto que éste es un pensar de tipo peculiar.
Su peculiaridad consiste en
que cuando planificamos, investigamos, organizamos una empresa, contamos
ya siempre con circunstancias dadas. Las tomamos en cuenta con la
calculada intención de unas finalidades determinadas. Contamos de antemano
con determinados resultados. Este cálculo caracteriza a todo pensar
planificador e investigador. Semejante pensar sigue siendo cálculo aun
cuando no opere con números ni ponga en movimiento máquinas de sumar ni
calculadoras electrónicas. El pensamiento que cuenta, calcula; calcula
posibilidades continuamente nuevas, con perspectivas cada vez más ricas y
a la vez más económicas. El pensamiento calculador corre de una suerte a
la siguiente, sin detenerse nunca ni pararse a meditar.
El pensar calculador no es un pensar meditativo; no es un
pensar que piense en pos del sentido
que impera en todo cuanto es.
Hay así dos tipos de pensar,
cada uno de los cuales es, a su vez y a su manera, justificado y
necesario: el pensar calculador y la reflexión
meditativa.
Es a esta última a la que nos
referimos cuando decimos que el hombre de hoy huye ante el pensar. De
todos modos, se replica, la mera reflexión no se percata de que está en
las nubes, por encima de la realidad. Pierde pie. No tiene utilidad para
acometer los asuntos corrientes. No aporta beneficio a las realizaciones
de orden práctico.
Y, se añade finalmente, la
mera reflexión, la meditación perseverante, es demasiado «elevada» para el
entendimiento común. De esta evasiva sólo es cierto que el pensar
meditativo se da tan poco espontáneamente como el pensar calculador. El
pensar meditativo exige a veces un esfuerzo superior. Exige un largo
entrenamiento. Requiere cuidados aún más delicados que cualquier otro
oficio auténtico. Pero también, como el campesino, debe saber esperar a
que brote la semilla y llegue a madurar.
Por otra parte, cada uno de
nosotros puede, a su modo y dentro de sus límites, seguir los caminos de
la reflexión. ¿Por qué? Porque el hombre es el ser pensante, esto es,
meditante. Así que no necesitamos de ningún modo una reflexión «elevada».
Es suficiente que nos demoremos junto a lo próximo y que meditemos acerca
de lo más próximo: acerca de lo que concierne a cada uno de nosotros aquí
y ahora; aquí: en este rincón de la tierra natal; ahora: en la hora
presente del acontecer mundial.
En el caso de que nos hallemos
dispuestos a meditar, ¿qué es lo que nos sugiere esta celebración?
Observaremos entonces que en este caso ha florecido una obra de arte de la
tierra natal. Si reflexionamos sobre este simple hecho, pararemos mientes
de inmediato en el hecho de que la tierra suaba ha dado a luz grandes
poetas y pensadores durante el siglo pasado y el anterior. Pensándolo
bien, se ve enseguida que la Alemania Central también ha sido en este
sentido una tierra fértil, lo mismo que la Prusia Oriental, Silesia y
Bohemia.
Nos tornamos pensativos y
preguntamos: ¿no depende el florecimiento de una obra cabal del arraigo a
un suelo natal? Johann Peter Hebel escribió una vez: «Somos plantas - nos
guste o no admitirlo - que deben salir con las raíces de la tierra para
poder florecer en el éter y dar fruto.» (Obras, ed. Altwegg, III,
314).
El poeta quiere decir: para
que florezca verdaderamente alegre y saludable la obra humana, el hombre
debe poderse elevar desde la profundidad de la tierra natal al éter. Éter
significa aquí: el aire libre del cielo alto, la abierta región del
espíritu.
Nos volvemos aún más
pensativos y preguntamos: ¿qué hay, hoy en día, de esto que dice Johann
Peter Hebel? ¿Se da todavía ese apacible habitar del hombre entre cielo y
tierra? ¿Aún prevalece el espíritu meditativo en el país? ¿Hay todavía
tierra natal de fecundas raíces sobre cuyo suelo pueda el hombre asentarse
y tener así arraigo?
Muchos
alemanes han perdido su tierra natal, tuvieron que abandonar sus pueblos y
ciudades, expulsados del suelo natal. Otros muchos, cuya tierra natal les
fue salvada, emigraron sin embargo y fueron atrapados en el ajetreo de las
grandes ciudades, obligados a establecerse en el desierto de los barrios
industriales. Se volvieron extraños a la vieja tierra natal. ¿Y los que
permanecieron en ella? En muchos aspectos están aún más desarraigados que
los exiliados. Cada día, a todas horas están hechizados por la radio y la
televisión. Semana tras semana las películas los arrebatan a ámbitos
insólitos para el común sentir, pero que con frecuencia son bien
ordinarios y simulan un mundo que no es mundo alguno. En todas partes
están a mano las revistas ilustradas. Todo esto con que los modernos
instrumentos técnicos de información estimulan, asaltan y agitan hora tras
hora al hombre - todo esto le resulta hoy más próximo que el propio campo
en torno al caserío; más próximo que el cielo sobre la tierra; más próximo
que el paso, hora tras hora, del día a la noche; más próximo que la usanza
y las costumbres del pueblo; más próximo que la tradición del mundo en que
ha nacido.
Nos tornamos más pensativos y
preguntamos: ¿qué sucede aquí, lo mismo entre los que fueron expulsados de
su tierra natal que entre los que permanecieron en ella? Respuesta: el
arraigo del hombre de hoy está amenazado en su ser más íntimo. Aún más: la
pérdida de arraigo no viene simplemente causada por las circunstancias
externas y el destino, ni tampoco reside sólo en la negligencia y la
superficialidad del modo de vida de los hombres. La pérdida de arraigo
procede del espíritu de la época en la que a todos nos ha tocado nacer.
Nos volvemos aún más
pensativos y preguntamos: ¿Si esto es así, puede el hombre, puede en el
futuro una obra humana todavía prosperar desde una fértil tierra natal y
elevarse al éter, esto es, a la amplitud del cielo y del espíritu? ¿O es
que todo irá a parar a la tenaza de la planificación y computación, de la
organización y de la empresa automatizada?
Si intentamos meditar lo que
la celebración de hoy nos sugiere, observaremos que nuestra época se ve
amenazada por la pérdida de arraigo. Y preguntamos: ¿qué acontece
propiamente en esta época?, ¿qué es lo que la caracteriza?
La época que ahora comienza se
denomina últimamente la era atómica. Su característica más llamativa es la
bomba atómica. Pero este signo es bien superficial, pues enseguida se ha
caído en la cuenta de que la energía atómica podía ser también provechosa
para fines pacíficos. Por eso, hoy la física atómica y sus técnicos están
en todas partes haciendo efectivo el aprovechamiento pacífico de la
energía atómica mediante planificaciones de amplio alcance. Los grandes
consorcios industriales de los países influyentes, a su cabeza Inglaterra,
han calculado ya que la energía atómica puede llegar a ser un negocio
gigantesco. Se mira al negocio atómico como la nueva felicidad. La ciencia
atómica no se mantiene al margen. Proclama públicamente esta felicidad.
Así, en el mes de julio de este año, dieciocho titulares del premio Nobel
reunidos en la isla de Mainau han declarado literalmente en un manifiesto:
«La ciencia - o sea, aquí, la ciencia natural moderna - es un camino que
conduce a una vida humana más feliz.»
¿Qué hay de esta afirmación?
¿Nace de una meditación? ¿Piensa alguna vez en pos del sentido de la era
atómica? No. En el caso de que nos dejemos satisfacer por la citada
afirmación respecto a la ciencia, permaneceremos todo lo posiblemente
alejados de una meditación acerca de la época presente. ¿Por qué? Porque
olvidamos reflexionar. Porque olvidamos preguntar: ¿A qué se debe que la
técnica científica haya podido descubrir y poner en libertad nuevas
energías naturales?
Se debe a que, desde hace
algunos siglos, tiene lugar una revolución en todas las representaciones
cardinales. Al hombre se le traslada así a otra realidad. Esta revolución
radical de nuestro modo de ver el mundo se lleva a cabo en la filosofía
moderna. De ahí nace una posición totalmente nueva del hombre en el mundo
y respecto al mundo. Ahora el mundo aparece como un objeto al que el
pensamiento calculador dirige sus ataques y a los que ya nada debe poder
resistir. La naturaleza se convierte así en una única estación gigantesca
de gasolina, en fuente de energía para la técnica y la industria modernas.
Esta relación fundamentalmente técnica del hombre para con el mundo como
totalidad se desarrolló primeramente en el siglo XVII, y además en Europa
y sólo en ella. Permaneció durante mucho tiempo desconocida para las demás
partes de la tierra. Fue del todo extraña a las anteriores épocas y
destinos de los pueblos.
El poder oculto en la técnica
moderna determina la relación del hombre con lo que es. Este poder domina
la Tierra entera. E1 hombre comienza ya a alejarse de ella para penetrar
en el espacio cósmico. En apenas dos decenios se han conocido tan
gigantescas fuentes atómicas, que en un futuro previsible la demanda
mundial de energía de cualquier clase quedará cubierta para siempre. El
suministro inmediato de las nuevas energías ya no dependerá de
determinados países o continentes, como es el caso del carbón, del
petróleo y la madera de los bosques. En un tiempo previsible se podrán
construir centrales nucleares en cada lugar de la tierra.
Así, la pregunta fundamental
de la ciencia y de la técnica contemporáneas no reza ya: ¿de dónde se
obtendrán las cantidades suficientes de carburante y combustible? La
pregunta decisiva es ahora: ¿de qué modo podremos dominar y dirigir las
inimaginables magnitudes de energía atómica y asegurarle así a la
humanidad que estas energías gigantescas no vayan de pronto - aun sin
acciones guerreras - a explotar en algún lugar y aniquilarlo todo?
Si se logra el dominio sobre
la energía atómica, y se logrará, comenzará entonces un desarrollo
enteramente nuevo del mundo técnico. Lo que hoy conocemos como técnica
cinematográfica y televisiva; como técnica del tráfico, especialmente la
técnica aérea; como técnica de noticias; como técnica médica; como técnica
de medios de nutrición, representa, presumiblemente, tan sólo un tosco
estado inicial. Nadie puede prever las radicales transformaciones que se
avecinan. Pero el desarrollo de la técnica se efectuará cada vez con mayor
velocidad y no podrá ser detenido en parte alguna. En todas las regiones
de la existencia el hombre estará cada vez más estrechamente cercado por
las fuerzas de los aparatos técnicos y de los autómatas. Los poderes que
en todas partes y a todas horas retan, encadenan, arrastran y acosan al
hombre bajo alguna forma de utillaje o instalación técnica, estos poderes
hace ya tiempo que han desbordado la voluntad y capacidad de decisión
humana porque no han sido hechos por el hombre.
Pero también es característico
del nuevo modo en que se da el mundo técnico el hecho de que sus logros
sean conocidos y públicamente admirados por el camino más rápido. Así, hoy
todo el mundo puede leer lo que se dice sobre el mundo técnico en
cualquier revista llevada con competencia, o puede oírlo por la radio.
Pero... una cosa es haber oído o leído algo, esto es, tener meramente
noticia de ello y otra cosa es reconocer lo oído o lo leído, es decir,
pararse a pensarlo.
En el verano de este año de
1955 volvió a tener lugar de nuevo en Lindau el encuentro internacional de
los premios Nobel. En esta ocasión, el químico norteamericano Stanley dijo
lo siguiente: «Se acerca la hora en que la vida estará puesta en manos del
químico, que podrá descomponer o construir, o bien modificar la sustancia
vital a su arbitrio.» Se toma nota de semejante declaración. Se admira
incluso la audacia de la investigación científica y no se piensa nada al
respecto. Nadie se para a pensar en el hecho de que aquí se está
preparando, con los medios de la técnica, una agresión contra la vida y la
esencia del ser humano, una agresión comparada con la cual bien poco
significa la explosión de la bomba de hidrógeno. Porque precisamente
cuando las bombas de hidrógeno no exploten y la vida humana sobre la
Tierra esté salvaguardada será cuando, junto con la era atómica, se
suscitará una inquietante transformación del mundo.
Lo verdaderamente inquietante,
con todo, no es que el mundo se tecnifique enteramente. Mucho más
inquietante es que el ser humano no esté preparado para esta
transformación universal; que aún no logremos enfrentar meditativamente lo
que propiamente se avecina en esta época.
Ningún individuo, ningún grupo
humano ni comisión, aunque sea de eminentes hombres de estado,
investigadores y técnicos, ninguna conferencia de directivos de la
economía y la industria pueden ni frenar ni encauzar siquiera el proceso
histórico de la era atómica. Ninguna organización exclusivamente humana es
capaz de hacerse con el dominio sobre la época.
Así, el hombre de la era
atómica se vería librado, tan indefenso como desconcertado, a la
irresistible prepotencia de la técnica. Y efectivamente lo estaría si el
hombre de hoy desistiera de poner en juego, un juego decisivo, el pensar
meditativo frente al pensar meramente calculador. Pero, una vez despierto,
el pensar meditativo debe obrar sin tregua, aun en las ocasiones más
insignificantes; por tanto, también aquí y ahora, y precisamente con
ocasión de esta celebración conmemorativa. Ella nos da que pensar algo
particularmente amenazado en la era atómica: el arraigo de las obras
humanas.
Por eso preguntamos ahora: Si
incluso el viejo arraigo se está perdiendo, ¿no podrán serle obsequiado al
hombre un nuevo suelo y fundamento a partir de los que su ser y todas sus
obras puedan florecer de un modo nuevo, incluso dentro de la era atómica?
¿Cuáles serían el suelo y el
fundamento para un arraigo venidero? Lo que buscamos con esta pregunta tal
vez se halla muy próximo; tan próximo que lo más fácil es no advertirlo.
Porque para nosotros, los hombres, el camino a lo próximo es siempre el
más lejano y por ello el más arduo. Este camino es el camino de la
reflexión. El pensamiento meditativo requiere de nosotros que no nos
quedemos atrapados unilateralmente en una representación, que no sigamos
corriendo por una vía única en una sola dirección. El pensamiento
meditativo requiere de nosotros que nos comprometamos en algo que, a
primera vista, no parece que de suyo nos afecte.
Hagamos la prueba. Para todos
nosotros, las instalaciones, aparatos y máquinas del mundo técnico son hoy
indispensables, para unos en mayor y para otros en menor medida. Sería
necio arremeter ciegamente contra el mundo técnico. Sería miope querer
condenar el mundo técnico como obra del diablo. Dependemos de los objetos
técnicos; nos desafían incluso a su constante perfeccionamiento. Sin
darnos cuenta, sin embargo, nos encontramos tan atados a los objetos
técnicos, que caemos en relación de servidumbre con ellos.
Pero también podemos hacer
otra cosa. Podemos usar los objetos técnicos, servirnos de ellos de forma
apropiada, pero manteniéndonos a la vez tan libres de ellos que en todo
momento podamos desembarazarnos de ellos. Podemos usar los objetos tal
como deben ser aceptados. Pero podemos, al mismo tiempo, dejar que estos
objetos descansen en sí, como algo que en lo más íntimo y propio de
nosotros mismos no nos concierne. Podemos decir «sí» al inevitable uso de
los objetos técnicos y podemos a la vez decirles «no» en la medida en que
rehusamos que nos requieran de modo tan exclusivo, que dobleguen,
confundan y, finalmente, devasten nuestra esencia.
Pero si decimos
simultáneamente «sí» y «no» a los objetos técnicos, ¿no se convertirá
nuestra relación con el mundo técnico en equívoca e insegura? Todo lo
contrario. Nuestra relación con el mundo técnico se hace maravillosamente
simple y apacible. Dejamos entrar a los objetos técnicos en nuestro mundo
cotidiano y, al mismo tiempo, los mantenemos fuera, o sea, los dejamos
descansar en sí mismos como cosas que no son algo absoluto, sino que
dependen ellas mismas de algo superior. Quisiera denominar esta actitud
que dice simultáneamente «sí» y «no» al mundo técnico con una antigua
palabra: la Serenidad (Gelassenheit) para con las cosas.
Con esta actitud dejamos de
ver las cosas tan sólo desde una perspectiva técnica. Ahora empezamos a
ver claro y a notar que la fabricación y utilización de máquinas requiere
de nosotros otra relación con las cosas que, de todos modos, no está
desprovista de sentido (sinn-los). Así, por ejemplo, la agricultura y la
agronomía se convierten en industria alimenticia motorizada. Es cierto que
aquí - así como en otros ámbitos - se opera un profundo viraje en la
relación del hombre con la naturaleza y el mundo. Pero el sentido que
impera en este viraje es cosa que permanece oscura.
Rige así en todos los procesos
técnicos un sentido que reclama para sí el obrar y
la abstención humanas (Tun
und Lassen), un sentido no inventado ni hecho primeramente por el hombre.
No sabemos qué significación atribuir al incremento inquietante del
dominio de la técnica atómica. El sentido del mundo técnico se oculta.
Ahora bien, si atendemos, continuamente y en lo propio, al hecho de que
por todas partes nos alcanza un sentido oculto del mundo técnico, nos
hallaremos al punto en el ámbito de lo que se nos oculta y que, además, se
oculta en la medida en que viene precisamente a nuestro encuentro. Lo que
así se muestra y al mismo tiempo se retira es el rasgo fundamental de lo
que denominamos misterio. Denomino la actitud por la que nos mantenemos
abiertos al sentido oculto del mundo técnico la
apertura al misterio.
La Serenidad para con las cosas y la apertura al misterio
se pertenecen la una a la otra.
Nos hacen posible residir en el mundo de un modo muy distinto. Nos
prometen un nuevo suelo y fundamento sobre los que mantenernos y
subsistir, estando en el mundo técnico pero al abrigo de su amenaza.
La Serenidad para con las cosas y la apertura al misterio
nos abren la perspectiva hacia un nuevo arraigo.
Algún día, éste podría incluso llegar a ser apropiado para hacer revivir,
en figura mudada, el antiguo arraigo que tan rápidamente se desvanece.
De momento, sin embargo - no
sabemos por cuánto tiempo - el hombre se encuentra en una situación
peligrosa en esta tierra. ¿Por qué? ¿Sólo porque podría de pronto estallar
una tercera guerra mundial que tuviera como consecuencia la aniquilación
completa de la humanidad y la destrucción de la tierra? No. Al iniciarse
la era atómica es un peligro mucho mayor el que amenaza, precisamente tras
haberse descartado la amenaza de una tercera guerra mundial. ¡Extraña
afirmación! Extraña, sin duda, pero solamente mientras no reflexionemos
sobre su sentido.
¿En qué medida es válida la
frase anterior? Es válida en cuanto que la revolución de la técnica que se
avecina en la era atómica pudiera fascinar al hombre, hechizarlo,
deslumbrarlo y cegarlo de tal modo, que un día el pensar calculador
pudiera llegar a ser el único válido y practicado.
¿Qué gran peligro se
avecinaría entonces? Entonces, junto a la más alta y eficiente sagacidad
del cálculo que planifica e inventa, coincidiría la indiferencia hacia el
pensar reflexivo, una total ausencia de pensamiento. ¿Y entonces? Entonces
el hombre habría negado y arrojado de sí lo que tiene de más propio, a
saber: que es un ser que reflexiona. Por ello hay que salvaguardar esta
esencia del hombre. Por ello hay que mantener despierto el pensar
reflexivo.
Sólo que la Serenidad para con
las cosas y la apertura al misterio no nos caen nunca del cielo. No
acaecen
(Zu-fälliges) fortuitamente. Ambas sólo crecen desde un pensar
incesante y vigoroso.
Tal vez la celebración
conmemorativa de hoy sea un impulso a ello. Cuando respondemos a su pulso,
pensamos entonces en Conradin Kreutzer, al pensar en la proveniencia de su
obra, en la savia vital de la tierra natal, Heuberg. Y somos nosotros los
que así pensamos cuando, aquí y ahora, nos sabemos los hombres que deben
encontrar y preparar el camino a la era atómica, a través y fuera de ella.
Cuando se despierte en
nosotros la Serenidad para con las cosas y la apertura al misterio,
entonces podremos esperar llegar a un camino que conduzca a un nuevo suelo
y fundamento. En este fundamento la creación de obras duraderas podría
echar nuevas raíces.
Así, de una manera cambiada y
en una época modificada, podría nuevamente ser verdad lo que dice Johann
Peter Hebel:
«Somos plantas - nos guste o
no admitirlo - que deben salir con las raíces de la tierra para poder
florecer en el éter y dar fruto.»