|
La
Política
Aristóteles
Libro primero
DE LA SOCIEDAD
CIVIL – DE LA ESCLAVITUD. DE LA PROPIEDAD.- DEL PODER DOMESTICO.
Capítulo I
Origen
del estado y de la sociedad
Todo
estado es, evidentemente una asociación, y toda asociación no se forma sino
en vista de algún bien, puesto que los hombres, cualesquiera que ellos sean,
nunca hacen nada sino en vista de lo que les parece ser bueno.
Es claro, por tanto, que todas las asociaciones tienden de
cierta especie, y que el más importante de todas las asociaciones, de
aquella que encierra todas las demás, y a la cual se llama precisamente
Estado y asociación política.
No han tenido razón, pues, los autores para afirmar que los
caracteres de rey, magistrado, padre de familia y dueño se confunden. Esto
equivale a suponer que toda la diferencia entre éstos consiste sino en el
más y el menos, sin ser específica; que en un pequeño número de administrado
constituiría el dueño, un número mayor el padre de la familia, uno más
grande el magistrado o el rey; es de suponer, en fin, que una gran familia
en absoluto un pequeño Estado. Estos autores afiaden, por lo que hace al
magistrado y al rey, que el poder del uno es personal e independiente, y que
al otro es en parte jefe y en parte súbdito, sirviéndose de las definiciones
mismas de su pretendida ciencia.
Toda esta teoría es falsa; y bastará, para convérsese de
ello, adoptar en este estudio nuestro método habitual. Aquí, como en los
demás casos, conviene reducir lo compuesto a sus elementos indescomponibles,
es decir, a las más pequeñas partes del conjunto. Indagando así cuales son
los elementos constitutivos del Estado, reconoceremos en que difieren estos
elementos, y veremos si se pueden sentar algunos principios científicos para
resolver la cuestiones de que acabamos de hablar. En esto, como en todo,
remontarse al origen de las cosas y seguir atentamente su desenvolvimiento
es el camino más seguro para la observación.
Por lo pronto, es obra de la necesidad la
aproximación de dos seres que no pueden nada el uno sin el otro: me refiero
a la unión de los sexos para la reproducción. Y en esto no hay nada de
arbitrario, porque lo mismo en el hombre que en todos los demás animales y
en las plantas (1) existe un deseo natural de querer dejar tras sí un ser
formado a su imagen.
La naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la
conservación, ha creado a unos seres para mandar y a otros para obedecer. Ha
querido que el ser dotado de razón y de previsión mande como dueño, así
como también que el ser capaz por sus facultades corporales de ejecutar las
ordenes, obedezca como esclavo, y de esta suerte de interés del señor y del
esclavo se confunden.
La naturaleza ha fijado, por consiguiente, la condición
especial de la mujer y la del esclavo. La naturaleza no es mezquina como
nuestros artistas, y nada de lo que hace se parece a los cuchillos de Delfos
fabricados por aquellos. En la naturaleza un ser no tiene más que un solo
destino, porque los instrumentos son más perfectos cuando sirven, no para
muchos usos, sino para uno solo. Entre los bárbaros, la mujer y el esclavo
están en una misma línea, y la razón es muy clara; la naturaleza no ha
creado entre ellos un ser destinado a mandar, y realmente no cabe entre los
mismos otra unión que la de esclavo con esclava, y los poetas nos engañan
cuando dicen:
Si, el griego tiene
derecho a mandar al bárbaro.
Puesto que la naturaleza ha querido que bárbaro y esclavo
fuesen una misma cosa (2).
Estas dos primeras asociaciones, la del señor y el esclavo,
la del esposo y la mujer, son las bases de la familia, y Hesíodo lo ha dicho
muy bien en este verso (3):
La casa, después la mujer
y el buey arador;
Porque el pobre no tiene otro esclavo que el buey. Así,
pues, la asociación natural y permanente es la familia, y Corondas ha podido
decir que los miembros que la componen “que comían a la misma mesa”, y
Epiménides de Creta “que se calentaban en el mismo hogar”.
La primera asociación de muchas familias,
pero formada en virtud de relaciones que no son cotidianas, es el pueblo,
que justamente puede llamarse colonia natural de la familia, porque los
individuos que componen el pueblo, como dicen algunos autores, “han mamado
la leche de la familia”, son sus hijos, “los hijos de sus hijos”. Si los
primeros Estados se han visto sometidos a reyes, y si las grandes naciones
están aun hoy, es porque tales Estados se formaron con elementos habituados
a la autoridad real, puesto que en la familia el de más edad es el verdadero
rey, y las colonias de la familia han seguido filialmente ejemplo que se les
había dado. Por esto, Homero ha podido decir (1):
Cada uno por separado
gobierna como señor a sus mujeres y a sus hijos.
En su origen, todas las familias aisladas
se gobernaban de esta manera. De aquí la común opinión según la que están
los dioses sometidos a un rey, porque todos los pueblos reconocieron en otro
tiempo o reconocen aun hoy autoridad real, y los hombres nunca han dejado de
atribuir a los dioses sus propios hábitos, así como se los representaban a
imagen suya.
La asociación de muchos pueblos forma un
Estado completo, que llega, si puede decirse así, a bastarse absolutamente a
sí mismo, teniendo por origen las necesidades de la vida, y debiendo su
subsistencia al hecho de ser estas satisfechas.
Así el Estado procede siempre de la
naturaleza, lo mismo que las primeras asociaciones, cuyo fin ultimo es
aquél; porque la naturaleza de una cosa es precisamente su fin, y lo que es
cada uno de los seres cuando ha alcanzado su completo desenvolvimiento se
dice que es su naturaleza propia, ya se trate de un hombre, de su caballo o
de una familia. Puede añadirse que este destino y este fin de los seres es
para los mismos el primero de los bienes y bastarse a sí mismos es, a la
vez, un fin y una felicidad. De donde se concluye evidentemente que el
Estado es un hecho natural, que el hombrees un ser sobrenatural sociable. Y
que el que vive fuera de la sociedad por organización y no por efecto del
azar es, ciertamente, o un ser degradado o un ser superior a la especie
humana; y a él pueden aplicarse aquellas palabras de Homero (2):
Sin familia, sin leyes,
sin hogar…
El hombre que fuese por naturaleza tal como
lo pinta el poeta, sólo respiraría guerra, porque sería incapaz de unirse
con nadie, como sucede a las aves de rapiña.
Si el hombre es infinitamente más sociable
que las abejas y que todos los demás animales que viven en grey, es
evidentemente como he dicho muchas veces, porque la naturaleza no hace nada
en vano. Pues bien, ella concede la palabra al hombre exclusivamente. Es
verdad que la voz puede realmente expresar la alegría y el dolor, y así no
les falta a los demás animales, porque su organización les permite sentir
estas dos afecciones y comunicárselas entre sí; pero la palabra ha sido
concedida para expresar el bien y el mal, y, por consiguiente lo justo y lo
injusto, y el hombre tiene esto de especial entre todos los animales: que
sólo él percibe el bien y el mal, lo justo y lo injusto, y todos los
sentimientos del mismo orden cuya asociación constituye precisamente la
familia y el Estado.
No puede ponerse en duda que el estado está
naturalmente sobre la familia y sobre cada individuo, porque el todo es
necesariamente superior a la parte, puesto que una vez destruido el todo, ya
no hay partes, no hay pies, no hay manos, a no ser que por una pura analogía
de palabras se diga una mano de piedra, porque la mano separada del cuerpo
no es ya una mano real. Las cosas se definen en general por los actos que
realizan y pueden realizar, y tan pronto como cesa su aptitud anterior no
puede decirse ya que sean las mismas; lo único que hay es que están
comprendidas bajo un mismo nombre. Lo que prueba claramente la necesidad
natural del Estado y su superioridad sobre el individuo es que, si no se
admitiera, resultaría que puede el individuo entonces bastarse a sí mismo
aislado así del todo como del resto de las partes; pero aquel que no puede
vivir en sociedad y que en medio de su independencia no tiene necesidades,
no puede ser nunca miembro del Estado; es un bruto o un dios.
La naturaleza arrastra, pues,
instintivamente a todos los hombres a la asociación política. El primero que
la instituyó hizo un inmenso servicio, porque el hombre, que cuando ha
alcanzado toda la perfección posible es el primero de los animales, es el
último cuando viven sin leyes y sin justicia. En efecto, nada hay más
monstruoso que la injusticia armada. El hombre ha recibido de la naturaleza
las armas de la sabiduría y de la virtud, que debe emplear sobre todo para
combatir las malas pasiones. Sin la virtud es el más perverso y más feroz,
porque sólo tiene los arrebatos brutales del amor y del hambre. La justicia
es una necesidad social, porque el derecho es la regla de la vida para la
asociación política, y la decisión de lo justo es lo que constituye el
derecho.
De la esclavitud
Ahora que conocemos de una manera positiva
las partes diversas de que se compone el Estado, debemos ocuparnos ante todo
del régimen económico de las familias, puesto que el Estado se compone
siempre de familias. Los elementos de la economía doméstica son precisamente
los de la familia misma, que, para ser completa, debe comprender esclavos y
hombres libres. Pero como para darse razón de las cosas es preciso ante todo
someter a examen las partes más sencillas de las mismas, siendo las partes
primitivas y simples de la familia el señor y el esclavo, el esposo y la
mujer, el padre y los hijos, deberán estudiarse separadamente estos tres
órdenes de individuos para ver lo que es cada uno de ellos y lo que debe de
ser. Tenemos primero la autoridad del señor, después la autoridad conyugal,
ya que la lengua griega no tiene palabra particular para expresar esta
relación del hombre a la mujer; y, en fin, la generación de los hijos, idea
para la que tampoco hay una palabra especial. A estos tres elementos, que
acabamos de enumerar, podría añadirse un cuarto, que ciertos autores
confunden con la administración doméstica, y que según otros, es cuando
menos un ramo muy importante de ella: la llamada adquisición de la
propiedad, que también nosotros estudiaremos.
Ocupémonos desde luego, del señor y del
esclavo, para conocer a fondo las relaciones necesarias que los unen y ver,
al mismo tiempo, si podemos descubrir en esta materia ideas que satisfagan
más que las recibidas hoy día.
Se sostiene que una parte, que hay una
ciencia, propia del señor, la cual se confunde con la del padre de familia,
con la del magistrado y con la del rey, de que hemos hablado al principio.
Otros, por lo contrario, pretenden que el poder del señor es contra
naturaleza; que la ley es la que hace a los hombres libres y esclavos, no
reconociendo la naturaleza ninguna diferencia entre ellos; y que, por último
la esclavitud es inicua, puesto que es obra de la violencia.
Por otro lado, la propiedad es una parte
integrante de la familia; y la ciencia de la posesión forma igualmente parte
de la ciencia doméstica, puesto que sin las cosas de primera necesidad los
hombres no podrían vivir, y menos vivir dichosos. Se sigue de aquí que, así
como las demás artes necesitan, cada cual en su esfera, de instrumentos
especiales para llevar a cabo su obra, la ciencia doméstica debe tener
igualmente los suyos. Pero entre los instrumentos hay unos que son
inanimados y otros que son vivos; por ejemplo, para que el patrón de una
nave, el timón es un instrumento sin vida y el marinero de proa un
instrumento vivo, pues en las artes al operario se le considera como un
verdadero instrumento.
Conforme al mismo principio, puede decirse
que la propiedad no es más que un instrumento de la existencia, la riqueza
una porción de instrumentos y el esclavo una propiedad viva; sólo que el
operario, en tanto que instrumento, es el primero de todos: Si cada
instrumento pudiese, en virtud de una orden recibida o, si se quiere,
adivinada, trabajar por sí mismo, como las estatuas de Dédalo o los trípodes
de Vulcano, “que se iban solos a las reuniones de los dioses”; si las
lanzaderas tejiesen por sí mismas; si el arco tocase solo la cítara, los
empresarios prescindirían de los operarios y los señores de los esclavos.
Los instrumentos propiamente dichos son instrumentos de producción; la
propiedad por el contrario, es simplemente para el uso. Así, la lanzadera
produce algo más que el uso que se hace de ella; pero un vestido, una cama,
sólo sirven para este uso. Además, como la producción y el uso difieren
específicamente, y estas dos cosas tienen instrumentos que son propios de
cada una, es preciso que entre los instrumentos de que se sirven haya una
diferencia análoga. La vida es el uso y no la producción de las cosas, y el
esclavo sólo sirve para facilitar estos actos que se refieren al uso.
Propiedad es una palabra que es preciso entender como se entiende la palabra
parte: la parte no sólo es parte de un todo, sino que pertenece de una
manera absoluta a una cosa distinta de ella misma. Lo mismo sucede con la
propiedad; el señor es simplemente señor del esclavo, pero no depende
esencialmente de él; el esclavo, por lo contrario no es sólo esclavo del
señor, sino que depende de éste absolutamente. Esto prueba claramente lo que
el esclavo es en sí y lo quede ser. El que por una ley natural no se
pertenece a sí mismo, sino que, no obstante ser hombre, pertenece a otro, es
naturalmente esclavo. Es hombre de otro el que, en tanto que hombre, se
convierte en una propiedad, y como propiedad es un instrumento de uso y
completamente individual.
Es preciso ver ahora si hay hombres que
sean tales por naturaleza o si no existen, y si, sea de esto lo que quiere,
es justo y útil el ser esclavo, o bien si toda esclavitud es un hecho
contrario a la naturaleza. La razón y los hechos pueden resolver fácilmente
estas cuestiones. La autoridad y la obediencia no son sólo cosas necesarias,
sino que son eminentemente útiles. Algunos seres, desde el momento en que
nacen, están destinados, unos a obedecer, otros a mandar; aunque en grados
muy diversos en ambos casos. La autoridad se enaltece y se mejora tanto
cuanto lo hacen los seres que la ejercen o a quienes ella rige. La autoridad
vale más en los hombres que en los animales, porque la perfección de la obra
está siempre en razón directa de la perfección de los obreros, y una obra se
realiza dondequiera que se hallan la autoridad y la obediencia.
Estos dos elementos, la obediencia y la
autoridad, se encuentran en todo conjunto formado de muchas cosas que
conspiren a un resultado común aunque por otra parte estén separadas o
juntas. Esta es una condición que la naturaleza a todos los seres animados,
y algunos rastros de este principio podrán fácilmente descubrirse en los
objetos sin vida: tal es, por ejemplo, la armonía en los sonidos. Pero el
ocuparnos de esto nos separaría demasiado de nuestro asunto.
Por lo pronto, el ser vivo se compone de un
alma y de un cuerpo, hechos naturalmente aquella para mandar y éste para
obedecer. Por lo menos así lo proclama la voz de la naturaleza, que importa
estudiar en los seres desenvueltos según sus leyes regulares y no en los
seres degradados. Este predominio del alma es evidente en el hombre,
perfectamente sano de espíritu y de cuerpo, único que debemos examinar aquí:
En los hombres corrompidos, o dispuestos a serlo, el cuerpo parece dominar a
veces como soberano sobre el alma, precisamente porque su desenvolvimiento
irregular es completamente contrario a la naturaleza. Es preciso, repito,
reconocer ante todo en el ser vivo la existencia de una autoridad semejante
a la vez a la de un señor y a la de un magistrado; el alma manda el cuerpo
como un dueño a su esclavo, y la razón manda al instinto como un magistrado
como un rey; porque evidentemente no puede negarse que no sea natural y
bueno para el cuerpo el obedecer al alma y para la parte sensible de nuestro
ser el obedecer a la razón y a la parte inteligente. La igualdad o la
dislocación del poder, que se muestra entre estos diversos elementos, sería
igualmente funesta para todos ellos.
¿Quién tendría el atrevimiento de llamarme
esclava descendiendo yo por todos lados de la raza de los dioses?
Esta opinión viene, precisamente, a asentar
sobre la superioridad y la inferioridad naturales la diferencia, entre el
hombre libre y el esclavo, entre la nobleza y el estado llano. Equivale a
creer que de padres distinguidos salen hijos distinguidos, del mismo modo
que un hombre produce un hombre y que un animal produce un animal. Pero
cierto es que la naturaleza muchas veces quiere hacerlo, pero no puede.
Con razón se puede suscitar esta cuestión y
sostener que hay esclavos y hombres libres que lo son por obra de la
naturaleza; se puede sostener que esta distinción subsiste realmente siempre
que es útil al uno el servir como esclavo y al otro el reinar como señor; se
puede sostener, en fin, que es justa, y que cada uno debe, según las
exigencias de la naturaleza, ejercer el poder o someterse a él. Por
consiguiente, la autoridad del señor sobre el esclavo es a la par justa y
útil; lo cual no impide que el abuso de esta autoridad pueda ser funesto a
ambos. Y así, entre el dueño y el esclavo, cuando es la naturaleza la que
los ha hecho tales, existe un interés común, una recíproca benevolencia;
sucediendo todo lo contrario cuando la ley y la fuerza por sí solas han
hecho al uno señor y al otro esclavo.
Esto muestra con mayor evidencia que el
poder del señor y el del magistrado son muy distintos, y que, a pesar de lo
que se ha dicho, todas las autoridades no se confunden en una sola: la una
recae sobre hombres libres, la otra sobre esclavos por naturaleza; la una,
la autoridad doméstica, pertenece a uno solo, porque toda familia es
gobernada por un solo jefe; loa otra, la del magistrado, sólo recae sobre
hombres libres e iguales. Uno es señor, no porque sepa mandar, sino porque
tiene cierta naturaleza: y por distinciones semejantes es uno esclavo o
libre. Pero sería posible educar a los señores en la ciencia que deben
practicar ni más ni menos que a los esclavos, y en Siracusa ya se ha
practicado esto último, pues por dinero se instruía allí a los niños, que
estaban en esclavitud, en todos los pormenores del servicio doméstico.
Podríase muy bien extender sus conocimientos y enseñarles ciertas artes,
como la de preparar las viandas o cualquiera otra de este género, puesto que
unos servicios son más estimados o más necesarios que otros, y que como dice
el proverbio, hay diferencia de esclavo a esclavo y de señor a señor. Todos
estos aprendizajes constituyen la ciencia de los esclavos. Saber emplear a
los esclavos constituye la ciencia del señor, que lo es, no tanto porque
posee esclavos, cuanto porque se sirve de los. Esta ciencia, en verdad, no
es muy extensa ni tampoco muy elevada; consiste tan solo en saber mandar lo
que los esclavos deben saber hacer. Y así, tan pronto como puede el señor
ahorrarse este trabajo, cede su puesto a un mayordomo para consagrarse él a
la vida política o a la filosofía.
La ciencia del modo de adquirir, de la
adquisición natural y justa, es muy diferente de las otras dos de que
acabamos de hablar; ella participa algo de la guerra y de la caza.
No necesitamos extendernos más sobre lo que
teníamos que decir del señor y del esclavo.
De la adquisición de los bienes
Puesto que el esclavo forma parte de la
propiedad, vamos a estudiar, siguiendo nuestro método acostumbrando, la
propiedad en general y la adquisición de los bienes.
La primera cuestión que debemos resolver es
si la ciencia de adquirir es la misma que la ciencia domestica, o si es una
rama de ella o solo una ciencia auxiliar. Si no es más que este último, ¿lo
será al modo que el arte de hacer lanzaderas es un auxiliar del arte de
tejer? ¿O como el arte de fundir metales sirve para el arte del estatuario?
Los servicios de estas dos artes subsidiarias son realmente muy distinto: lo
que suministra la materia. Entiendo por materia la sustancia que sirve para
fabricar un objeto; por ejemplo, la lana de que se sirve el fabricante, el
metal que emplea el estatuario. Esto prueba que la adquisición de los bienes
no se confunde con la administración doméstica, ¿A quién sino a la
administración doméstica pertenece usar lo que constituye al patrimonio de
la familia?
Resta saber si la adquisición de las cosas
es una rama de esta administración, o sí es una ciencia aparte. Por lo
pronto, si el que posee esta ciencia debe conocer las fuentes de la riqueza
y de la propiedad, es preciso convenir en que la propiedad y la riqueza
abrazan objetos muy diversos. En primer lugar, puede preguntarse si le arte
de la agricultura, y en general la busca y adquisición de bienes, o si
forman un modo especial de adquirir. Los modos de alimentación son
extremadamente variados, y de aquí esta multiplicidad de géneros de vida en
el hombre y en los animales, ninguno de los cuales puede subsistir sin
alimentos; variaciones que son, precisamente, las que diversifican la
existencia de los animales. En el estado salvaje de los animales viven en
grupos, otros en el aislamiento, según lo exige el interés de su
subsistencia, porque unos son carnívoros, otros frugívoros y otros
omnívoros. Para facilitar la busca y elección de alimentos es para lo que la
naturaleza les ha destinado a un genero especial de vida. La vida de los
carnívoros y la de los frugívoros difieren precisamente en que no gustan por
instinto del mismo alimento, y en que los de estas clases tienen gustos
particulares.
Otro tanto puede de los hombres, no siendo
menos diversos sus modos de existencia. Unos, viviendo en una absoluta
ociosidad, son nómadas que sin pena y trabajo se alimentan de la carne de
losa animales que crían. Solo que, vivándose precisados sus ganados a mudar
de pastos, y ellos a seguirlos, es como si cultivaran un campo vivo. Otros
subsisten con aquello de que hacen presa, pero no del mismo modo todos; pues
unos viven del pillaje (1) y otros del la pesca, cuando habitan en las
orillas de los estanques o de los lagos, o en orillas de los ríos o del mar,
y otros cazan las aves y los animales bravíos. Pero los más de los hombres
viven del cultivo de la tierra y de sus frutos.
Estos son, poco más o menos, todos los
modos de existencia en que el hombre solo tiene necesidad de prestar su
trabajo personal, sin acudir, para atender a subsistencia, al cambio ni al
comercio: nómadas, agricultor, bandolero, pescador o cazador. Hay pueblos
que viven cómodamente combinado estos diversos modos de vivir y tomando del
uno lo necesario para llenar los vacíos del otro: son a la vez nómadas y
salteadores, cultivadores y cazadores, y lo mismo sucede con los demás que
abrazan el género de vida que la necesidad les impone.
Como puede verse, la naturaleza concede
esta posesión de los alimentos a los animales a seguida de su nacimiento, y
también cuando llegan a alcanzar todo su desarrollo. Ciertos animales en el
momento mismo de la generación producen para el nacido el alimento que habrá
de necesitar hasta encontrarse en estado de preocupárselo por si mismo. En
este caso se encuentran los vermiparos (2) y los ovíparos. Los vivíparos
llevan en si mismos, durante un cierto tiempo, los alimentos de lo precien
nacidos, pues no otra cosa es lo que se llama leche. Esta posesión de
alimentos tiene igualmente lugar cuando los animales han llegado a su
completo desarrollo, debe creerse que las plantas están hechas para los
animales, y los animales para el hombre. Domesticados, le prestan servicios
y los alimentan; bravíos, contribuyen, si no todos, la mayor parte, a su
subsistencia y a satisfacer sus diversas necesidades suministrándole
vestidos y otros recursos. Si la naturaleza nada hace incompleto, si nada
hace en vano (1), es de necesidad que haya creado todo esto para el hombre.
La guerra misma es, un cierto modo, un
medio natural de adquirir, puesto que comprende la caza de los animales
bravíos y aquellos hombres que, nacidos para obedecer, se niegan a
someterse; es una guerra que la naturaleza miasma ha hecho legítima.
He aquí, pues un modo de adquisición
natural que forma parte de la economía domestica, la cual debe encontrárselo
formado o procurárselo, so pena de no poder reunir los medios indispensables
de subsistencia, sin los cuales no se formarían ni la asociación del Estado
ni la asociación de la familia. En esto consiste, si puede decirse así, la
única riqueza verdadera, y todo lo que el bienestar puede aprovechar de este
guerrero de adquisiciones este bien lejos de ser limitado, como poéticamente
pretende Solón:
El hombre puede aumentar
ilimitadamente sus riquezas.
Sucede todo lo contrario, pues en esto hay
un límite como lo hay en todas las demás artes. En efecto, No hay arte cuyos
instrumentos no sean limitados en número y extensión; y la riqueza no es
más que la abundancia de los instrumentos domésticos y sociales.
Existe, por tanto, evidentemente un modo de
adquisición natural, que es común a los jefes de familia y a los jefes de
los Estados. Ya hemos visto cuales eran sus fuentes.
Resta ahora este otro género de adquisición
que se llama, más particularmente y con razón, la adquisición de bienes, y
respecto de la cual podría creerse que la fortuna y la propiedad pueden
aumentarse indefinidamente. La semejanza de este segundo modo de adquisición
con el primero es causa de que ordinariamente no se vea en ambos más que en
un solo y mismo objeto.
El hecho es que ellos no son ni idénticos,
ni muy diferentes; el primero, es natural, el otro no procede de la
naturaleza, sino que es más bien el producto del arte y de la experiencia.
Demos aquí principio a su estudio.
Toda propiedad tiene dos usos que le
pertenecen esencialmente, aunque no de la misma manera: el uno es esencial a
la cosa, el otro no lo es. Un zapato puede a la vez servir para calzar el
pie o para verificar un cambio. Por lo menos puede hacerse de el este doble
uso. El que cambia un zapato por dinero o por alimentos, con otro que tiene
necesidad de él, emplea bien este zapato en tanto que tal, pero no según su
propio uso, porque no había sido hecho para el cambio.
Otro tanto, diré de todas las demás
propiedades; pues el cambio, efectivamente, puede aplicarse a todas, puesto
que ha nacido primitivamente entre los hombres de la abundancia en un punto
y de la escasez en otro de las cosas necesarias para la vida. Es demasiado
claro que en este sentido la venta no forma en manera alguna parte de la
adquisición natural.
En su origen, el cambio no se extendía más
allá de las primeras necesidades, y es ciertamente es inútil en la primera
asociación sea mas extenso. En el seno de la familia todo era común;
separados algunos miembros, se crearon nuevas sociedades para fines no menos
numerosos, pero diferentes que los de las primeras, y esto debió
necesariamente dar origen al cambio. Este es el único cambio que conocen
muchas naciones bárbaras, el cuál no se extiende a más que el trueque de las
cosas indispensables; como, por ejemplo, el vino que se da en cambio de
trigo.
Este género de cambio es perfectamente
natural, y no es, a decir verdad, un modo de adquisición, puesto que no
tiene otro objeto que proveer a la satisfacción de nuestras necesidades
naturales. Sin embargo, aquí es donde puede encontrarse lógicamente el
origen de la riqueza. A medida que estas relaciones de auxilios mutuos se
transformaron, desenvolviéndose mediante la importación de los objetos de
que se carecía y la exportación de aquellos que abundaban, la necesidad
introdujo el uso de la moneda, porque las cosas indispensables a la vida son
naturalmente difíciles de trasportar.
Se convino en dar y recibir en los cambios
una materia que, además de ser útil por si misma, fuese fácilmente manejable
en los usos habituales de la vida; así se tomaron el hierro, por ejemplo, la
plata, u otra sustancia analógica, cuya dimensión y cuyo peso se fijaron
desde luego, y después, para evita la molestia de continuas rectificaciones,
se las marcó con un sello particular, que es el signo de su valor. Con la
moneda, originada por los primeros cambios indispensables, nació igualmente
la venta, otra forma de adquisición excesivamente sencilla en el origen,
pero perfeccionada bien pronto por la experiencia, que reveló con la
circulación de los objetos podía ser origen y fuentes de ganancias
considerables. He aquí como, al parecer, la ciencia de adquirir tiene
principalmente por objeto el dinero y como su fin principal es el descubrir
los medios de multiplicar los bienes, porque ella debe crear la riqueza y la
opulencia.
Esta es la causa de que se suponga muchas
veces que la opulencia consiste en la abundancia de dinero, como que sobre
el dinero giran las adquisiciones y las ventas; y, sin embargo, este dinero
no es si mismo más que una cosa absolutamente vana, no teniendo otro valor
que el que le da la ley, no la naturaleza puesto que una modificación en las
convenciones que tienen lugar entre los que sirven de él, puede disminuir
completamente su estimación y hacerle del todo incapaz para satisfacer
ninguna de nuestras necesidades. En efecto, ¿no puede suceder que un hombre,
a pesar de todo su dinero, carezca de los objetos de primera necesidad?, y
¿no es una riqueza ridícula aquella cuya abundancia no impide que el que la
posea se muera de hambre? (1). Es como Midas de la mitología, que, llevado
de su codicia desenfrenada, hizo convertir en oro todos los manjares de su
mesa.
Así que con mucha razón los hombres
sensatos se preguntan si la opulencia de los orígenes de la riqueza está en
otra parte, y ciertamente la riqueza y la adquisición naturales, objeto de
la ciencia doméstica, son una cosa muy distinta. El comercio produce bienes,
no de una manera absoluta, sino mediante la conducción aquí y allá de
objetos que son preciosos por si mismos. El dinero es el que parece
preocupar al comercio, porque el dinero es el elemento y el fin de sus
cambios; y la fortuna que nace de esta nueva rama de adquisición no parece
tener realmente un límite. La medicina aspira a multiplicar sus curas hasta
el infinito, y como ella todas las artes colocan en el infinito el fin a que
aspiran y pretenden alcanzarlo empleando todas sus fuerzas. Pero, por lo
menos, los medios que les conducen a su fin especial son limitados, y este
fin mismo sirve a todas de límites. Lejos de esto, la adquisición comercial
no tiene por fin el objeto que se propone, puesto que su fin es precisamente
una opulencia y una riqueza indefinidas. Pero si el arte de esta riqueza no
tiene límites, la ciencia doméstica los tiene, porque su objeto es muy
diferente. Y así podría creerse, a primera vista, que toda riqueza, sin
excepción, tiene necesariamente límites. Pero ahí están los hechos para
probarnos lo contrario: Todos los negociantes ven acrecentarse su dinero su
entrada y término.
Estas dos especies de adquisición tan
diferentes, que emplean el mismo capital a que ambas aspiran, aunque con
miras muy distintas, pues que la una tiene por objeto el acrecentamiento
indefinido del dinero y la otra otro muy diverso, esta semejanza ha hecho
creer a muchos que la ciencia doméstica tiene igualmente la misma extensión,
y están firmemente persuadidos de que es preciso a todo trance conservar o
aumentar hasta el infinito la suma de su dinero que se posee. Para llegar a
conseguirlo, es preciso preocuparse del cuidado de vivir, sin curarse de
vivir como se debe. No teniendo límites el deseo de la vida, se ve uno
directamente arrastrado a desear, para satisfacerle, medios que no tienen.
Los mismos que se proponen vivir moderadamente, corren también en busca de
goces corporales, y como la propiedad parece asegurar estos goces, todo el
cuidado de los hombres se dirige a amontonar bienes, de donde nace esta
segunda rama de adquisición de que hablo. Teniendo el placer necesidad
absoluta de una excesiva abundancia, se buscan todos los medios que puedan
procurarlo. Cuando no se puede conseguir estos con adquisiciones naturales,
se acude a otras, y aplica una de sus facultades a usos a que no estaban
destinadas por la naturaleza. Y así, el agencial dinero no es el objeto del
valor, que solo debe darnos una varonil seguridad; tampoco es el objeto del
arte militar ni de la medicina, que deben darnos, aquel la victoria, esta la
salud; y, sin embargo, todas estas profesiones se ven convertidas en un
negocio de dinero, como si fuera este su fin propio, y como si todos
debiesen tender a él.
Esto es lo que tenía que decir sobre los
diversos medios de adquirir lo superfluo; habiendo hecho ver lo que son
estos medios y como pueden convertirse para nosotros en una necesidad real.
En cuanto al arte que tiene por objeto la riqueza verdadera y necesaria, he
demostrado que era completamente diferente del otro, y que no es más que la
economía natural, ocupada únicamente con el cuidado de la subsistencia; arte
que, lejos de ser infinito como el otro, tiene, por el contrario, límites
positivos.
Esto hace perfectamente clara la cuestión
que al principio proponíamos; a saber, si la adquisición de los bienes es o
no asunto propio del jefe de familia y del Jefe del Estado.
Ciertamente, es indispensable suponer
siempre la preexistencia de estos bienes. Así como la política no hace a los
hombres, sino que los toma como la naturaleza se los da y se limita a
servirse de ellos, en igual forma a la naturaleza toca suministrarnos los
primeros alimentos de la tierra, del mar o de cualquier otro origen, y
después queda a cargo del jefe de familia disponer de estos dones como
convenga hacerlo: así como el fabricante no crea la lana, pero debe saber
emplearla, distinguir sus cualidades y sus defectos y conocer la que puede o
no sirve.
También podría preguntarse como es que
mientras la adquisición de bienes forma parte del gobierno doméstico, no
sucede lo mismo con la medicina, puesto que los miembros de la familia
necesitan tanto de la salud como de los alimentos o de cualquier otro objeto
indispensable para la vida. He aquí la razón: si por una parte el jefe de
familia y el Jefe del Estado deben preocuparse de la salud de sus
administrados, por otra parte este cuidado compete, no a ellos, sino al
médico.
De igual modo lo relativo a los bienes de
la familia hasta cierto punto compete a su jefe, pero bajo otro no, pues no
es y si la naturaleza quien debe suministrarlo. A la naturaleza, repito
compete exclusivamente a la primera materia. A la misma corresponde asegurar
e alimento que ha creado, pues en efecto, todo ser recibe los primeros
alimentos del que transmite la vida; y he aquí por que los frutos y los
animales forman una riqueza natural, que todos los frutos y los animales
forman una riqueza natural, que todos los hombres saben explotar.
Siendo doble la adquisición de los bienes,
como hemos visto, es decir, comercial y domestica, esta necesaria y con
razón estimada, y aquella con no menos motivo despreciada (1), por no ser
natural y si sólo resultado del tráfico, hay fundado motivo para execrar la
usura, porque es un modo de adquisición nacido del dinero mismo, al cual no
se da el destino para que fue creado. El dinero solo debía servir para el
cambio, y el interés que de él se saca, le multiplican, como lo indica
claramente el nombre que le da la lengua griega. Los padres, en este caso,
son absolutamente semejantes a los hijos. El interés es dinero producido por
el dinero mismo; y de todas las adquisiciones es esta la más contraria a la
naturaleza.
|