Gilles Deleuze.
De lógica del Sentido
Barcelona, Planeta-Agostini,
1994, p. 90-91
[...] Es pues
agradable que resuene hoy la buena nueva: el sentido no es nunca principio
ni origen, es producto. No está por descubrir, ni restaurar ni reemplazar;
está por producir con nuevas maquinarias. No pertenece a ninguna altura,
ni está en ninguna profundidad, sino que es efecto de superficie,
inseparable de la superficie como de su propia dimensión. No es que el
sentido carezca de profundidad o de altura; son más bien la altura y la
profundidad las que carecen de superficie, las que carecen de sentido, o
que lo tienen sólo gracias a un “efecto” que supone el sentido. Ya no nos
preguntamos si el “sentido originario” de la religión está en un Dios al
que los hombres han traicionado o en un hombre que se ha alienado en la
imagen de Dios; por ejemplo, no buscamos en Nietzsche al profeta de la
subversión ni de la superación. Si hay un autor para quien la muerte de
Dios, la caída desde lo alto del ideal ascético no tiene ninguna
importancia en tanto que queda compensada por las falsas profundidades de
lo humano, mala conciencia y resentimiento, ése es sin duda Nietzsche: el
lleva a cabo sus descubrimientos en otro lugar, en el aforismo y el poema,
que no hacen hablar ni a Dios ni al hombre, máquinas para producir el
sentido para medir la superficie instaurando el juego ideal efectivo. No
buscamos en Freud al explorador de la profundidad humana y del sentido
originario, sino al prodigioso descubridor de la maquinaria del
inconsciente, por la que el sentido es producido, siempre producido en
función del sinsentido. Y ¿Cómo no sentir que nuestra libertad y nuestra
efectividad encuentran su lugar, no en lo universal divino ni en la
personalidad humana, sino en estas singularidades que son más nuestras que
nosotros mismos, más divinas que los dioses, que animan en lo concreto el
poema y el aforismo, la revolución permanente y la acción parcial? ¿Qué
hay de burocrático en estas máquinas fantásticas que son los pueblos y los
poemas? Basta con que nos disipemos un poco, con que sepamos permanecer en
la superficie, con que tensemos nuestra piel como un tambor, para que
comience la gran política. Una casilla vacía que no es ni para el hombre
ni para Dios; singularidades que no pertenecen ni a lo general ni a lo
individual ni personales ni universales; todo ello atravesando por
circulaciones, ecos, acontecimientos que el hombre nunca habría soñado, ni
Dios concebido. Hacer circular la casilla vacía, y hacer hablar a las
singularidades pre-individuales y no personales, en una palabra, producir
el sentido, es la tarea de hoy…
De LÓGICA DEL
SENTIDO
Barcelona, Planeta-Agostini,
1994, p. 265-267
Es justo
recordar cuánto repugna al alma griega en general y al platonismo en
particular el eterno retorno tomado en su significación latente.[i] Hay
que dar la razón a Nietzsche cuando trata el eterno retorno como su idea
personal vertiginosa, que no se alimenta sino de fuentes dionisíacas
esotéricas, ignoradas o rechazadas por el platonismo. Ciertamente, las
raras exposiciones que Nietzsche hace de ella se quedan en el contenido
manifiesto: el eterno retorno como lo Mismo que hace volver lo Semejante.
¿Pero cómo no ver la desproporción entre esta llana verdad natural, que no
supera un orden generalizado de estaciones, y la emoción de Zaratustra? Lo
que es más, la exposición manifiesta no existe sino para ser refutada
secamente por Zaratustra: una vez al enano y otra a sus animales,
Zaratustra les reprocha que transformen en vulgaridad lo que es en cambio
profundo, en «sonsonete» lo que es música, en simplicidad circular lo que
es, por el contrario, tortuoso. En el eterno retorno hay que pasar por el
contenido manifiesto, pero solamente para alcanzar el contenido latente
situado mil pies más abajo (caverna detrás de toda caverna...). Entonces,
lo que le parecía a Platón que no era más que un efecto estéril, revela en
sí la inalterabilidad de las máscaras, la impasibilidad de los signos. El
secreto del eterno retorno consiste en que no expresa de ninguna manera un
orden que se oponga al caos y que lo someta. Por el contrario, no es otra
cosa que el caos, la potencia de afirmar el caos. Hay un punto en el que
Joyce es nietzscheano: cuando muestra que el vicus of recirculation no
puede afectar ni hacer girar un «cosmos». El eterno retorno sustituye la
coherencia de la representación por otra cosa, su propio caos-errante. Y
es que, entre el eterno retorno y el simulacro, hay un vínculo tan
profundo que uno no se comprende sino por el otro. Lo que retorna son las
series divergentes en tanto que divergentes, es decir, cada una en tanto
que desplaza su diferencia con todas las otras, y todas en tanto que
involucran su diferencia en el caos sin comienzo ni fin. El círculo del
eterno retorno es un círculo siempre excéntrico para un centro siempre
descentrado. Klossowski tiene razón al decir del eterno retorno que es «un
simulacro de doctrina»: es sin duda el Ser, pero solamente cuando el
«ente» es, por su cuenta, simulacro.[ii] El simulacro funciona de tal
manera que una semejanza es retroyectada necesariamente sobre sus series
de base, y una identidad necesariamente proyectada sobre el movimiento
forzado. El eterno retorno es, pues, lo. Mismo y lo Semejante, pero en
tanto que simulados, producidos por la simulación, por el funcionamiento
del simulacro (voluntad de potencia). Es en este sentido que invierte la
representación, que destruye los iconos: no presupone lo Mismo y lo
Semejante, sino, por el contrario, constituye el único Mismo de lo que
difiere, la única semejanza de lo desemparejado. Es el fantasma único para
todos los simulacros (el ser para todos los entes). Es potencia de afirmar
la divergencia y el descentramiento. Hace de ella el objeto de una
afirmación superior; es bajo la potencia del falso pretendiente que hace
pasar y repasar lo que es. Pero no hace retornar todo. Es selectivo,
establece la diferencia, pero no, en absoluto, a la manera de Platón. Lo
que selecciona es todos los procedimientos que se oponen a la selección.
Lo que excluye, lo que no hace retornar, es lo que presupone lo Mismo y lo
Semejante, lo que pretende corregir la divergencia, recentrar los círculos
u ordenar el caos, dar un modelo y hacer una copia. Por larga que sea su
historia, el platonismo no sucede sino una sola vez, y Sócrates cae bajo
la guillotina. Porque lo Mismo y lo Semejante se convierten en simples
ilusiones precisamente en cuanto dejan de ser simulados. Definimos la
modernidad por la potencia del simulacro. Es propio de la filosofía no ser
moderna a cualquier precio, no más que ser intemporal, sino de desprender
de la modernidad algo que Nietzsche designaba como lo intempestivo, que
pertenece a la modernidad, pero que también ha de ser puesto contra ella:
«en favor, espero, de un tiempo por venir». No es en los grandes bosques
ni en los senderos donde la filosofía se elabora, sino en las ciudades y
en las calles, incluido lo más artificial que haya en ellas. Lo
intempestivo se establece en relación con el pasado más lejano, en la
inversión del platonismo; con relación al presente, en el simulacro
concebido como el punto de esta modernidad crítica; con relación al
futuro, en el fantasma del eterno retorno como creencia del porvenir. Lo
artificial y el simulacro no son lo mismo. Incluso se oponen. Lo
artificial es siempre una copia de copia, que ha de ser llevada hasta el
punto donde cambie de naturaleza y se invierta en simulacro (momento del
Arte Pop). Lo artificial y el simulacro se oponen en el corazón de la
modernidad, en el punto en que ésta arregla todas sus cuentas, como se
oponen dos modos de destrucción: los dos nihilismos. Pues hay una gran
diferencia entre destruir para conservar y perpetuar el orden establecido
de la representación, de los modelos y de las copias, y destruir los
modelos y las copias para instaurar el caos que crea, poner en marcha los
simulacros y levantar un fantasma: la más inocente de todas las
destrucciones, la del platonismo.
Notas
[i] Sobre la
reticencia de los griegos, principalmente de Platón, respecto del eterno
retorno, véase Charles Mugler, Deux thèmes de la cosmologie grecque,
edición
Klincksieck, 1953.
[ii] Pierre
Klossowski, Un si funeste désir, Gallimard, pág. 226. Y págs. 216-218,
donde Klossowski comenta las palabras del Gai Savoir, # 361 [“El problema
del comediante”]: “El placer de la simulación, explotando como potencia,
rechazando el pretendido carácter, sumergiéndolo a veces hasta
extinguirlo...”.
DE
DIFERENCIA Y REPETICIÓN
Júcar, Madrid 1988,
p. 388-390.
¿Por qué
Nietzsche conocedor de los griegos, sabe que el eterno retorno es su
invención, la creencia intempestiva o del futuro? Porque «su» eterno
retorno no es en modo alguno el retorno de una mismidad, de una semejanza
o de una igualdad. Nietzsche lo dice claramente: Si hubiera identidad, si
hubiera para el mundo un estado cualitativo indiferenciado, o para los
astros una posición de equilibrio, sería ésa una razón para no salir, no
para no entrar en un ciclo. Así, Nietzsche vincula el eterno retorno a lo
que parecía oponérsele o limitarlo desde fuera: la metamorfosis integral,
lo desigual irreductible. La profundidad, la distancia, los bajos fondos,
lo tortuoso, las cavernas, lo desigual en sí forman el único paisaje del
eterno retorno. Zaratustra se lo recuerda al bufón, pero también al águila
y a la serpiente: no se trata de una «mejora» astronómica, ni siquiera de
una ronda física... No se trata de una ley de la naturaleza. El eterno
retorno se elabora en un fondo en el que la Naturaleza original reside en
su caos, por encima de los reinos y las leyes que constituyen tan sólo la
naturaleza secundaria. Nietzsche contrapone su «hipótesis» a la hipótesis
cíclica, «su» profundidad a la ausencia de profundidad en la esfera de los
fijos. El eterno retorno no es ni cualitativo ni extensivo, es intensivo,
puramente intensivo. Es decir: se dice de la diferencia. Tal es el vinculo
fundamental del eterno retorno y de la voluntad de poder. El uno no puede
decirse sino de la otra. La voluntad de poder es el mundo centelleante de
las metamorfosis, de las intensidades comunicantes, de las diferencias de
diferencias, de los soplos, insinuaciones y expiraciones: mundo de
intensivas intencionalidades, mundo de simulacros o de «misterios». El
eterno retorno es el ser del mundo, el solo Mismo que pueda decirse del
mundo, y con exclusión de toda identidad previa. Es cierto que Nietzsche
se interesaba por la energética de su tiempo; pero no se trataba de la
nostalgia científica de un filósofo. Hay que adivinar que iba a buscar en
la ciencia cantidades intensivas, el medio de realizar lo que llamaba la
profecía de Pascal: hacer del caos un objeto de afirmación. Sentida contra
las leyes de la naturaleza, la diferencia en la voluntad de poder es el
objeto más alto de la sensibilidad, la Hohe Stimmung (hay que recordar que
la voluntad de poder fue primeramente presentada como sentimiento,
sentimiento de la distancia). Pensada contra las leyes del pensamiento, la
repetición en el eterno retorno es el pensamiento más alto, la gross
Gedanke. La diferencia es la primera afirmación, el eterno retorno es la
segunda, «eterna afirmación del ser», o enésima potencia que se dice de la
primera. Es siempre a partir de una señal, es decir, a partir de una
intensidad primera, como el pensamiento se proyecta. A través de la cadena
rota o del anillo tortuoso, nos vemos conducidos violentamente del limite
de los sentidos al limite del pensamiento, de lo que no puede ser más que
sentido a lo que no puede ser más que pensado. Es porque nada es igual,
porque todo se baña en la diferencia, en su desemejanza, en su
desigualdad, incluso consigo mismo, por lo que todo retorna. O más bien
por lo que nada retorna. Lo que no retorna es lo que niega el eterno
retorno, lo que no soporta la prueba. Lo que no retorna es la cualidad, la
extensión, porque la diferencia como condición del eterno retorno se
anula; es lo negativo, porque la diferencia se invierte para anularse; es
lo idéntico, lo semejante, lo igual, porque éstos constituyen las formas
de la indiferencia. Es Dios, es el yo como forma y garante de la
identidad. Es todo lo que no aparece sino bajo la ley del «de una vez por
todas», incluida la repetición cuando se halla sometido a la condición de
identidad de una misma cualidad, de un mismo cuerpo extenso, de un mismo
yo (como ocurre con la «resurrección») .. ¿Quiere esto decir que en verdad
ni la cualidad ni la extensión retornan? ¿O bien no estábamos obligados a
distinguir a modo de dos estados de la cualidad y dos estados de la
extensión? Uno en el que la cualidad fulgura como signo en la distancia, o
intervalo de una diferencia de intensidad; el otro en el que, como efecto,
reacciona ya sobre su causa y tiende a anular la diferencia. Uno en el que
la extensión permanece aún implicada en el orden envolvente de las
diferencias, y otro en el que la extensión explica la diferencia y la
anula en el sistema cualificado. Tal distinción, que no puede efectuarse
en la experiencia, se hace posible desde el punto de vista del pensamiento
del eterno retorno. La dura ley de la explicación es la que se explica, y
se explica de una vez por todas. La ética de las cantidades intensivas no
tiene sino dos principios: afirmar incluso lo más bajo, y no explicarse
(demasiado). Debemos ser como aquel padre que reprochaba a su hijo haber
dicho todas las palabras sucias que sabía no sólo porque estaba mal, sino
porque no se había guardado ninguna, ningún resto para la sutil materia
implícita del eterno retorno. Y si el eterno retorno, incluso al precio de
nuestra coherencia y en beneficio de una coherencia superior, conduce a
las cualidades al estado de puros signos, y no conserva de las extensiones
sino lo que se combina con la profundidad original, entonces aparecerán
las cualidades más bellas, los colores más brillantes, las piedras más
preciosas y las extensiones más vibrantes, puesto que, reducidas a su
razón seminal, y tras haber roto toda relación con lo negativo,
permanecerán para siempre apegadas al espacio intensivo de las relaciones
positivas; entonces, a su vez, se realizará la predicción final del Fedón,
cuando Platón promete, con la sensibilidad.desprendida de su ejercicio
empírico, templos, astros y dioses como jamás se han visto, afirmaciones
inauditas. La predicción no se realizará, bien es cierto, sino con la
inversión del platonismo mismo.