Textos complementarios, Epistemología de las
Ciencias Humanas
Discurso del
Método
Rene
Descartes
Discurso
del método, segunda parte
Me encontraba entonces en Alemania, país al que había sido atraído por
el deseo de conocer unas guerras que aún no han finalizado. Cuando
retornaba hacia la armada después de haber presenciado la coronación del
emperador, el inicio del invierno me obligó a detenerme en un cuartel en
el que, no encontrando conversación alguna que distrajera mi atención, y
por otra parte, no teniendo afortunadamente preocupaciones o pasiones que
me inquietasen, permanecía durante todo el día en una cálida habitación
donde disfrutaba analizando mis reflexiones.
Una de las primeras fue la que me hacía percatarme de que frecuentemente
no existe tanta perfección en obras compuestas de muchos elementos y
realizadas por diversos maestros como existe en aquellas que han sido
ejecutadas por uno solo.
Así es fácil comprobar que los edificios emprendidos y construidos bajo
la dirección de un mismo arquitecto son generalmente más bellos y están
mejor dispuestos que aquellos otros que han sido reformados bajo la
dirección de varios, sirviéndose para ello de viejos cimientos que habían
sido levantados con otros fines. Así sucede con esas viejas ciudades que,
no habiendo sido en sus inicios sino pequeños burgos, han llegado a ser
con el tiempo grandes ciudades. Éstas generalmente están muy mal
trazadas si las comparamos con esas otras ciudades que un ingeniero ha
diseñado según le dictó su fantasía sobre una llanura. Pues si bien
considerando cada uno de los edificios aisladamente se encuentra tanta
belleza artística o aún más que en las ciudades trazadas por un
ingeniero, sin embargo, al comprobar cómo sus edificios están
emplazados, uno pequeño junto a uno grande, y cómo sus calles son
desiguales y curvas, podría afirmarse que ha sido la casualidad y no el
deseo de unos hombres regidos por una razón la que ha dirigido el trazado
de tales planos. Y si se considera que siempre han existido oficiales
encargados del cuidado de los edificios particulares, con el fin de que
contribuyan al ornato público, fácilmente se comprenderá cuán difícil
es, trabajando sobre obras
realizadas por otros hombres, finalizar algo perfecto.
De igual modo me imaginaba que los pueblos que a partir de un estado
semisalvaje han evolucionado paulatinamente hacia estados más
civilizados, elaborando sus leyes en la medida en que se han visto
obligados por crímenes y disputas que entre ellos surgían, no están políticamente
tan organizados como aquellos que desde el momento en que se han reunido
han observado la constitución realizada por algún prudente legislador.
Es igualmente cierto que el gobierno de la verdadera religión, cuyas
leyes han sido dadas únicamente por Dios, está incomparablemente mejor
regulado que cualquier otro.
Pero, hablando solamente de los asuntos humanos, pienso que si Esparta fue
en otro tiempo muy floreciente no se debió a la bondad de cada una de sus
leyes, pues eran verdaderamente extrañas y hasta contrarias a las buenas
costumbres, sino a que fueron elaboradas por un solo hombre, estando
ordenadas a un mismo fin.
De igual modo, juzgaba que las ciencias expuestas en los libros, al menos
aquellas cuyas razones solamente son probables y que carecen de
demostraciones, habiendo sido compuestas y progresivamente engrosadas con
las opiniones de muchas y diversas personas, no están tan cerca de la
verdad como los simples razonamientos que un hombre de buen sentido puede
naturalmente realizar en relación con aquellas cosas que se presentan.
Y también pensaba que es casi imposible que nuestros juicios puedan estar
tan carentes de prejuicios o que puedan ser tan sólidos como lo hubieran
sido si desde nuestra nacimiento hubiésemos estado en posesión del uso
completo de nuestra razón y nos hubiésemos guiado exclusivamente por
ella, pues como todos hemos sido niños antes de llegar a ser hombres, ha
sido preciso que fuéramos gobernados durante años por nuestros apetitos
y preceptores, cuando con frecuencia los unos eran contrarios a los otros,
y probablemente, ni los unos ni los otros nos aconsejaban lo mejor.
Verdad es que jamás vemos que se derriben todas las casas de una villa
con el único propósito de reconstruirlas de modo distinto y de
contribuir a un mayor embellecimiento de sus calles; pero sí se conoce
que muchas personas ordenan el derribo de sus casas para edificarlas de
nuevo y también se sabe que en algunas ocasiones se ven obligadas a ello
cuando sus viviendas amenazan ruina y cuando sus cimientos no son firmes.
Por semejanza con esto me persuadía de que no sería razonable que
alguien proyectase reformar un Estado, modificando todo desde sus
cimientos, y abatiéndolo para reordenarlo; sucede lo mismo con el
conjunto de las ciencias o con el orden establecido en las escuelas para
enseñarlas.
Pero en relación con todas aquellas opiniones que hasta entonces habían
sido creídas por mí, juzgaba que no podía intentar algo mejor que
emprender con sinceridad la supresión de las mismas, bien para pasar a
creer otras mejores o bien las mismas, pero después de que hubiesen sido
ajustadas mediante el nivel de la razón. Llegué a creer con firmeza que
de esta forma acertaría a dirigir mi vida mucho mejor que si me limitase
a edificar sobre mis antiguos cimientos y me apoyase solamente sobre
aquellos principios de los que me había dejado persuadir durante mi
juventud sin haber llegado a examinar si eran verdaderos.
Aunque me percatase de la existencia de diversas dificultades relacionadas
con este proyecto, pensaba, sin embargo, que no eran insolubles ni
comparables con aquellas que surgen al intentar la reforma de pequeños
asuntos públicos. Estos grandes cuerpos políticos muy difícilmente
pueden ser erigidos de nuevo cuando ya han caído, muy difícilmente
pueden ser contenidos cuando han llegado a agrietarse y sus caídas son
necesariamente muy violentas. Además, en relación con sus
imperfecciones, si las tienen, como la sola diversidad que entre ellos
existe es suficiente para asegurar que bastantes las tienen, han sido sin
duda alguna muy mitigadas por el uso; es más, por tal medio se han
evitado o corregido de modo gradual muchas a las que no se atendería de
forma tan adecuada mediante la prudencia humana. Finalmente, estas
imperfecciones son casi siempre más soportables para un pueblo habituado
a ellas que lo que sería su cambio; acontece con esto lo mismo que con
los caminos reales: serpean entre las montañas y poco a poco llegan a
estar tan lisos y a ser tan cómodos a fuerza de ser utilizados que es
mucho mejor transitar por ellos que intentar seguir el camino más recto,
escalando rocas y descendiendo hasta los precipicios.
Por ello no aprobaría en forma alguna esos caracteres ligeros e inquietos
que no cesan de idear constantemente alguna nueva reforma cuando no han
sido llamados a la administración de los asuntos públicos ni por su
nacimiento ni por su posición social.
Y si llegara a pensar que hubo la menor razón en este escrito por la que
se me pudo suponer partidario de esta locura, estaría muy enojado porque
hubiese sido publicado.
Mi deseo nunca ha ido más lejos del intento de reformar mis propias
opiniones y de construir sobre un cimiento enteramente personal. Y si mi
trabajo me ha llegado a complacer bastante, al ofrecer aquí el ejemplo
del mismo, no pretendo aconsejar a nadie que lo imite. Aquellos a los que
Dios ha distinguido con sus dones podrán tener proyectos más elevados,
pero me temo, no obstante, que éste resulte demasiado osado para muchos.
La resolución de liberarse de todas las opiniones anteriormente
integradas dentro de nuestra creencia, no es una labor que deba ser
acometida por cada hombre.
Por el contrario, el mundo parece estar compuesto principalmente de dos
tipos de personas para las cuales tal propósito no es adecuado en modo
alguno. Por una parte, aquellos que estimándose más capacitados de lo
que en realidad son, no pueden impedir la precipitación en sus juicios ni
logran concederse el tiempo necesario para conducir ordenadamente sus
pensamientos. Como consecuencia de tal efecto, si en alguna ocasión se
toman la libertad de dudar de los principios que han recibido, aportándose
de la senda común, jamás llegarán a encontrar el sendero necesario para
avanzar más recto, permaneciendo en el error durante toda su vida. Por
otra parte están aquellos que, teniendo la suficiente razón o modestia
para apreciar que son menos capaces de distinguir lo verdadero de lo falso
que otros hombres por los que pueden ser instruidos, deben más bien
contentarse con seguir las opiniones de éstos que intentar alcanzar por sí
mismo otras mejores.
Sin duda alguna habría sido uno de estos últimos si no hubiera conocido
más que un solo maestro o no hubiera tenido noticia de las diferencias
que siempre han existido entre las opiniones de los más doctos. Pero
habiendo conocido desde el colegio que no podría imaginarse algo tan
extraño y poco comprensible que no haya sido dicho por alguno de los filósofos;
habiendo tenido noticia por mis viajes de que todos aquellos cuyos
sentimientos son muy contrarios a los nuestros, no por ello deben ser
juzgados como bárbaros o salvajes, sino que muchos de entre ellos usan la
razón tan adecuadamente o mejor que nosotros; habiendo reflexionado sobre
cuán diferente llegaría a ser un hombre que con su mismo ingenio fuese
criado desde su infancia entre franceses o alemanes en vez de haberlo sido
entre chinos o caníbales y sobre cómo hasta en las modas de nuestros
trajes observamos que lo que nos ha gustado hace diez años y acaso vuelva
a producirnos agrado dentro de otros diez, puede, sin embargo, parecernos
ridículo y extravagante en el momento presente, de modo que más parece
que son la costumbre y el ejemplo lo que nos persuaden y no conocimiento
alguno cierto; habiendo considerado finalmente que la pluralidad de votos
no vale en absoluta para decidir sobre la verdad de cuestiones
controvertibles, pues más verosímil es que sólo un hombre las descubra
que todo un pueblo, no podía escoger persona cuyas opiniones me
pareciesen que debían ser preferidas a las de otra y me encontraba por
todo ello obligado a emprender por mí mismo la tarea de conducirme.
Pero al igual que un hombre que camina solo y en la oscuridad, tomé la
resolución de avanzar tan lentamente y de usar tal circunspección en
todas las cosas que aunque avanzase muy poco, al menos me cuidaría al máximo
de caer.
Por otra parte, no quise comenzar a rechazar por completo algunas de las
opiniones que hubiesen podido deslizarse durante otra etapa de mi vida en
mis creencias sin haber sido asimiladas en virtud de la razón, hasta que
no hubiese empleado el tiempo suficiente para completar el proyecto
emprendido e indagar el verdadero método con el fin de conseguir el
conocimiento de todas las cosas de las que mi espíritu fuera capaz.
Había estudiado un poco, siendo más joven, la lógica entre las partes
de la filosofía; de las matemáticas, el análisis de los geómetras y el
álgebra. Tres artes o ciencias que debían contribuir en algo a mi propósito.
Pero habiéndolas examinado, me percaté de que en relación con la lógica,
sus silogismos y la mayor parte de sus reglas sirven más para explicar a
otro cuestiones ya conocidas, o también, como sucede con el arte de Lulio,
para hablar sin juicio de aquellas que se ignoran que para llegar a
conocerlas. Y si bien la lógica contiene muchos preceptos verdaderos y
muy adecuados, hay, sin embargo, mezclados con éstos otros muchos que o
bien son perjudiciales o bien superfluos, de modo que es tan difícil
separarlos como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol aún
no trabajado.
Igualmente, en relación con el análisis de los antiguos o el álgebra de
los modernos, además de que no se refieren sino a muy abstractas materias
que parecen carecer de todo uso, el primero está tan circunscrito a la
consideración de las figuras que no permite ejercer el entendimiento sin
fatigar excesivamente la imaginación. La segunda está tan sometida a
cierta reglas y cifras que se ha convertido en un arte confuso y oscuro
capaz de distorsionar el ingenio en vez de ser una ciencia que favorezca
su desarrollo.
Todo esto fue la causa por la que pensaba que era preciso indagar otro método
que, asimilando las ventajas de estos tres, estuviera exento de sus
defectos. Y como la multiplicidad de leyes frecuentemente sirve de excusa
para los vicios de tal forma que un Estado está mejor regido cuando no
existen más que unas pocas leyes que son minuciosamente observadas, de la
misma forma, en lugar del gran número de preceptos del cual está
compuesta la lógica, estimé que tendría suficiente con los cuatro
siguientes con tal de que tomase la firme y constante resolución de no
incumplir ni una sola vez su observancia.
El primero consistía en no admitir cosa alguna como verdadera si no se la
había conocido evidentemente como tal. Es decir, con todo cuidado debía
evitar la precipitación y la prevención, admitiendo exclusivamente en
mis juicios aquello que se presentara tan clara y distintamente a mi espíritu
que no tuviera motivo alguno para ponerlo en duda.
El segundo exigía que dividiese cada una de las dificultades a examinar
en tantas parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente.
El tercero requería conducir por orden mis reflexiones comenzando por los
objetos más simples y más fácilmente cognoscibles, para ascender poco a
poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más complejos,
suponiendo inclusive un orden entre aquellos que no se preceden
naturalmente los unos a los otros.
Según el último de estos preceptos debería realizar recuentos tan
completos y revisiones tan amplias que pudiese estar seguro de no omitir
nada.
Las largas cadenas de razones simples y fáciles, por medio de las cuales
generalmente los geómetras llegan a alcanzar las demostraciones más difíciles,
me habían proporcionado la ocasión de imaginar que todas las cosas que
pueden ser objeto del conocimiento de los hombres se entrelazan de igual
forma y que, absteniéndose de admitir como verdadera alguna que no lo sea
y guardando siempre el orden necesario para deducir unas de otras, no
puede haber algunas tan alejadas de nuestro conocimiento que no podamos,
finalmente, conocer ni tan ocultas que no podamos llegar a descubrir.
No supuso para mí una gran dificultad el decidir por cuáles era
necesario iniciar el estudio: previamente sabía que debía ser por las más
simples y las más fácilmente cognoscibles. Y considerando que entre
todos aquellos que han intentado buscar la verdad en el campo de las
ciencias, solamente los matemáticos han establecido algunas
demostraciones, es decir, algunas razones ciertas y evidentes, no dudaba
que debía comenzar por las mismas que ellos había examinado. No esperaba
alcanzar alguna utilidad si exceptuamos el que habituarían mi ingenio a
considerar atentamente la verdad y a no contentarse con falsas razones.
Pero, por ello, no llegué a tener el deseo de conocer todas las ciencias
particulares que comúnmente se conocen como matemáticas, pues viendo que
aunque sus objetos son diferentes, sin embargo, no dejan de tener en común
el que no consideran otra cosa, sino las diversas relaciones y posibles
proporciones que entre los mismos se dan, pensaba que poseía un mayor
interés que examinase solamente las proporciones en general y en relación
con aquellos temas que servirían para hacer más cómodo el conocimiento.
Es más, sin vincularlas en forma alguna a ellos para poder aplicarlas
tanto mejor a todos aquellos que conviniera. Posteriormente, habiendo
advertido que para analizar tales proporciones tendría necesidad en
alguna ocasión de considerar a cada una en particular y en otras
ocasiones solamente debería retener o comprender varias conjuntamente en
mi memoria, opinaba que para mejor analizarlas en particular, debía
suponer que se daban entre líneas puesto que no encontraba nada más
simple ni que pudiera representar con mayor distinción ante mi imaginación
y sentidos; pero para retener o considerar varias conjuntamente, era
preciso que diera a conocer mediante algunas cifras, los más breves que
fuera posible. Por este medio recogería lo mejor que se da en el análisis
geométrico y en el álgebra, corrigiendo, a la vez, los defectos de una
mediante los procedimientos de la otra.
Y como, en efecto, la exacta observancia de estos escasos preceptos que
había escogido, me proporcionó tal facilidad para resolver todas las
cuestiones, tratadas por estas dos ciencias, que en dos o tres meses que
empleé en su examen, habiendo comenzado por las más simples y más
generales, siendo, a la vez, cada verdad que encontraba una regla útil
con vistas a alcanzar otras verdades, no solamente llegué a concluir el
análisis de cuestiones que en otra ocasión había juzgado de gran
dificultad, sino que también me pareció, cuando concluía este trabajo,
que podía determinar en tales cuestiones por qué medios y hasta dónde
era posible alcanzar soluciones de lo que ignoraba.
En lo cual no pareceré ser excesivamente vanidoso si se considera que no
habiendo más que un conocimiento verdadero de cada cosa, aquel que lo
posee conoce cuanto se puede saber. Así un niño instruido en aritmética,
habiendo realizado una suma según las reglas pertinentes puede estar
seguro de haber alcanzado todo aquello de que es capaz el ingenio humano
en lo relacionado con la suma que él examina.
Pues el método que nos enseña a seguir el verdadero orden y a enumerar
exactamente todas las circunstancias de lo que se investiga, contiene todo
lo que confiere certeza a las reglas de la Aritmética.
Pero lo que me producía más agrado de este método era que siguiéndolo
estaba seguro de utilizar en todo mi razón, si no de un modo
absolutamente perfecto, al menos de la mejor forma que me fue posible. Por
otra parte, me daba cuenta de que la práctica del mismo habituaba
progresivamente mi ingenio a concebir de forma más clara y distinta sus
objetos y puesto que no lo había limitado a materia alguna en particular,
me prometía aplicarlo con igual utilidad a dificultades propias de otras
ciencias al igual que lo había realizado con las del Álgebra. Con esto
no quiero decir que pretendiese examinar todas aquellas dificultades que
se presentasen en un primer momento, pues esto hubiera sido contrario al
orden que el método prescribe. Pero habiéndome prevenido de que sus
principios deberían estar tomados de la filosofía, en la cual no
encontraba alguno cierto, pensaba que era necesario ante todo que tratase
de establecerlos. Y puesto que era lo más importante en el mundo y se
trataba de un tema en el que la precipitación y la prevención eran los
defectos que más se debían temer, juzgué que no debía intentar tal
tarea hasta que no tuviese una madurez superior a la que se posee a los
veintitrés años, que era mi edad, y hasta que no hubiese empleado con
anterioridad mucho tiempo en prepararme, tanto desarraigando de mi espíritu
todas las malas opiniones y realizando un acopio de experiencias que deberían
constituir la materia de mis razonamientos, como ejercitándome siempre en
el método que me había prescrito con el fin de afianzarme en su uso cada
vez más.
Discurso
del método, cuarta parte
No
sé si debo entreteneros con las primera meditaciones allí realizadas,
pues son tan metafísicas y tan poco comunes que no serán del gusto de
todos.
Y, sin embargo, con el fin de que se pueda opinar sobre la solidez de los
fundamentos que he establecido, me encuentro en cierto modo obligado a
referirme a ellas.
Hacía tiempo que había advertido que, en relación con las costumbres,
es necesario en algunas ocasiones seguir opiniones muy inciertas tal como
si fuesen indudables, según he advertido anteriormente. Pero puesto que
deseaba entregarme solamente a la búsqueda de la verdad, opinaba que era
preciso que hiciese todo lo contrario y que rechazase como absolutamente
falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de
comprobar si, después de hacer esto, no quedaría algo en mi creencia que
fuese enteramente indudable. Así pues, considerando que nuestros sentidos
en algunas ocasiones nos inducen a error, decidí suponer que no existía
cosa alguna que fuese tal como nos la hacen imaginar.
Y puesto que existen hombres que se equivocan al razonar en cuestiones
relacionadas con las más sencillas materias de la geometría y que
incurren en paralogismos, juzgando que yo, como cualquier otro estaba
sujeto a error, rechazaba como falsas todas las razones que hasta entonces
había admitido como demostraciones.
Y, finalmente, considerando que hasta los pensamientos que tenemos cuando
estamos despiertos pueden asaltarnos cuando dormimos, sin que ninguno en
tal estado sea verdadero, me resolví a fingir que todas las cosas que
hasta entonces habían alcanzado mi espíritu no eran más verdaderas que
las ilusiones de mis sueños.
Pero, inmediatamente después, advertí que, mientras deseaba pensar de
este modo que todo era falso, era absolutamente necesario que yo, que lo
pensaba, fuese alguna cosa. Y dándome cuenta de que esta verdad: pienso,
luego soy, era tan firme y tan segura que todas las más extravagantes
suposiciones de los escépticos no eran capaces de hacerla tambalear,
juzgué que podía admitirla sin escrúpulo como el primer principio de la
filosofía que yo indagaba.
Posteriormente, examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía
fingir que carecía de cuerpo, así como que no había mundo o lugar
alguno en el que me encontrase, pero que, por ello, no podía fingir que
yo no era, sino que por el contrario, sólo a partir de que pensaba dudar
acerca de la verdad de otras cosas, se seguía muy evidente y ciertamente
que yo era, mientras que, con sólo que hubiese cesado de pensar, aunque
el resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no tenía razón
alguna para creer que yo hubiese sido, llegué a conocer a partir de todo
ello que era una sustancia cuya esencia o naturaleza no reside sino en
pensar y que tal sustancia, para existir, no tiene necesidad de lugar
alguno ni depende de cosa alguna material. De suerte que este yo, es
decir, el alma, en virtud de la cual yo soy lo que soy, es enteramente
distinta del cuerpo, más fácil de conocer que éste y, aunque el cuerpo
no fuese, no dejaría de ser todo lo que es.
Analizadas estas cuestiones, reflexionaba en general sobre todo lo que se
requiere para afirmar que una proposición es verdadera y cierta, pues,
dado que acababa de identificar una que cumplía tal condición, pensaba
que también debía conocer en qué consiste esta certeza. Y habiéndome
percatado que nada hay en pienso, luego soy que me asegure que digo la
verdad, a no ser que yo veo muy claramente que para pensar es necesario
ser, juzgaba que podía admitir como regla general que las cosas que
concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas; no obstante,
hay solamente cierta dificultad en identificar correctamente cuáles son
aquellas que concebimos distintamente.
A continuación, reflexionando sobre que yo dudaba y que, en consecuencia,
mi ser no era omniperfecto, pues claramente comprendía que era una
perfección mayor el conocer que el dudar, comencé a indagar de dónde
había aprendido a pensar en alguna cosa más perfecta de lo que yo era;
conocí con evidencia que debía ser en virtud de alguna naturaleza que
realmente fuese más perfecta. En relación con los pensamientos que poseía
de seres que existen fuera de mí, tales como el cielo, la tierra, la luz,
el calor y otros mil, no encuentra dificultad alguna en conocer de dónde
provenían, pues no constatando nada en tales pensamientos que me
pareciera hacerlos superiores a mí, podía estimar que si eran
verdaderos, fueran dependientes de mi naturaleza, en tanto que posee
alguna perfección; si no lo eran, que procedían de la nada, es decir,
que los tenía porque había defecto en mí. Pero no podía opinar lo
mismo acerca de la idea de un ser más perfecto que el mío, pues que
procediese de la nada era algo manifiestamente imposible y puesto que no
hay una repugnancia menor en que lo más perfecto sea una consecuencia y
esté en dependencia de lo menos perfecto, que la existente en que algo
proceda de la nada, concluí que tal idea no podía provenir de mí mismo.
De forma que únicamente restaba la alternativa de que hubiese sido
inducida en mí por una naturaleza que realmente fuese más perfecta de lo
que era la mía y, también, que tuviese en sí todas las perfecciones de
las cuales yo podía tener alguna idea, es decir, para explicarlo con una
palabra que fuese Dios.
A esto añadía que, puesto que conocía algunas perfecciones que en
absoluto poseía, no era el único ser que existía (permitidme que use
con libertad los términos de la escuela), sino que era necesariamente
preciso que existiese otro ser más perfecto del cual dependiese y del que
yo hubiese adquirido todo lo que tenía. Pues si hubiese existido solo y
con independencia de todo otro ser, de suerte que hubiese tenido por mí
mismo todo lo poco que participaba del ser perfecto, hubiese podido, por
la misma razón, tener por mí mismo cuanto sabía que me faltaba y, de
esta forma, ser infinito, eterno, inmutable, omnisciente, todopoderoso y,
en fin, poseer todas las perfecciones que podía comprender que se daban
en Dios.
Pues siguiendo los razonamientos que acabo de realizar, para conocer la
naturaleza de Dios en la medida en que es posible a la mía, solamente debía
considerar todas aquellas cosas de las que encontraba en mí alguna idea y
si poseerlas o no suponía perfección; estaba seguro de que ninguna de
aquellas ideas que indican imperfección estaban en él, pero sí todas
las otras.
De este modo me percataba de que la duda, la inconstancia, la tristeza y
cosas semejantes no pueden estar en Dios, puesto que a mí mismo me
hubiese complacido en alto grado el verme libre de ellas.
Además de esto, tenía ideas de varias cosas sensibles y corporales;
pues, aunque supusiese que soñaba y que todo lo que veía o imaginaba era
falso, sin embargo, no podía negar que esas ideas estuvieran
verdaderamente en mi pensamiento. Pero puesto que había conocido en mí
muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal,
considerando que toda composición indica dependencia y que ésta es
manifiestamente un defecto, juzgaba por ello que no podía ser una
perfección de Dios el estar compuesto de estas dos naturalezas y que, por
consiguiente, no lo estaba; por el contrario, pensaba que si existían
cuerpos en el mundo o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que
no fueran totalmente perfectas, su ser debía depender de su poder de
forma tal que tales naturalezas no podría subsistir sin él ni un solo
momento.
Posteriormente quise indagar otras verdades y habiéndome propuesto el
objeto de los geómetras, que concebía como un cuerpo continuo o un
espacio indefinidamente extenso en longitud, anchura y altura o
profundidad, divisible en diversas partes, que podía tener diversas
figuras y magnitudes, así como ser movidas y trasladadas en todas las
direcciones, pues los geómetras suponen esto en su objeto, repasé alguna
de las demostraciones más simples. Y habiendo advertido que esta gran
certeza que todo el mundo les atribuye, no está fundada sino sobre que se
las concibe con evidencia, siguiendo la regla que anteriormente he
expuesto, advertí que nada había en ellas que me asegurase de la
existencia de su objeto. Así, por ejemplo, estimaba correcto que,
suponiendo un triángulo, entonces era preciso que sus tres ángulos
fuesen iguales a dos rectos; pero tal razonamiento no me aseguraba que
existiese triángulo alguno en el mundo. Por el contrario, examinando de
nuevo la idea que tenía de un Ser Perfecto, encontraba que la existencia
estaba comprendida en la misma de igual forma que en la del triángulo está
comprendida lo de que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos o en la
de una esfera que todas sus partes equidisten del centro e incluso con
mayor evidencia. Y, en consecuencia, es por lo menos tan cierto que Dios,
el Ser Perfecto, es o existe como lo pueda ser cualquier demostración de
la geometría.
Pero lo que motiva que existan muchas personas persuadidas de que hay una
gran dificultad en conocerle y, también, en conocer la naturaleza de su
alma, es el que jamás elevan su pensamiento sobre las cosas sensibles y
que están hasta tal punto habituados a no considerar cuestión alguna que
no sean capaces de imaginar (modo de pensar propiamente relacionado con
las cosas materiales), que todo aquello que no es imaginable, les parece
ininteligible. Lo cual es bastante manifiesto en la máxima que los mismos
filósofos defienden como verdadera en las escuelas, según la cual nada
hay en el entendimiento que previamente no haya impresionado los sentidos.
En efecto, las ideas de Dios y el alma nunca han impresionado los sentidos
y me parece que los que desean emplear su imaginación para comprenderlas,
hacen lo mismo que si quisieran servirse de sus ojos para oír los sonidos
o sentir los olores. Existen aún otra diferencia: que el sentido de la
vista no nos asegura menos de la verdad de sus objetos que lo hacen los
del olfato u oído, mientras que ni nuestra imaginación ni nuestros
sentidos podrían asegurarnos cosa alguna si nuestro entendimiento no
interviniese.
En fin, si aún hay hombres que no están suficientemente persuadidos de
la existencia de Dios y de su alma en virtud de las razones aducidas por mí,
deseo que sepan que todas las otras cosas, sobre las cuales piensan estar
seguros, como de tener un cuerpo, de la existencia de astros, de una
tierra y cosas semejantes, son menos
ciertas.
Pues, aunque se tenga una seguridad moral de la existencia de tales cosas,
que es tal que, a no ser que se peque de extravagancia, no se puede dudar
de las mismas, sin embargo, a no ser que se peque de falta de razón,
cuando se trata de una certeza metafísica, no se puede negar que sea razón
suficiente para no estar enteramente seguros el haber constatado que es
posible imaginarse de igual forma, estando dormido, que se tiene otro
cuerpo, que se ven otros astros y otra tierra, sin que existan ninguno de
tales seres. Pues ¿cómo podemos saber que los pensamientos tenidos en el
sueño son más falsos que los otros, dado que frecuentemente no tienen
vivacidad y claridad menor? Y aunque los ingenios más capaces estudien
esta cuestión cuanto les plazca, no creo que puedan dar razón alguna que
sea suficiente para disipar esta duda, si no presuponen la existencia de
Dios, Pues, en primer lugar, incluso lo que anteriormente he considerado
como una regla (a saber: que lo concebido clara y distintamente es
verdadero) no es válido más que si Dios existe, es un ser perfecto y
todo lo que hay en nosotros procede de él. De donde se sigue que nuestras
ideas o nociones, siendo seres reales, que provienen de Dios, en todo
aquello en lo que son claras y distintas, no pueden ser sino verdaderas.
De modo que, si bien frecuentemente poseemos algunas que encierran
falsedad, esto no puede provenir sino de aquellas en las que algo es
confuso y oscuro, pues en esto participan de la nada, es decir que no se
dan en nosotros sino porque no somos totalmente perfectos. Es evidente que
no existe una repugnancia menor en defender que la falsedad o la
imperfección, en tanto que tal, procedan de Dios, que existe en defender
que la verdad o perfección proceda de la nada. Pero si no conocemos que
todo lo que existe en nosotros de real y verdadero procede de un ser
perfecto e infinito, por claras y distintas que fuesen nuestras ideas, no
tendríamos razón alguna que nos asegurara de que tales ideas tuviesen la
perfección de ser verdaderas.
Por tanto, después de que el conocimiento de Dios y el alma nos han
convencido de la certeza de esta regla, es fácil conocer que los sueños
que imaginamos cuando dormimos, no deben en forma alguna hacernos dudar de
la verdad de los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos. Pues
si sucediese, inclusive durmiendo, que se tuviese alguna idea muy distinta
como, por ejemplo, que algún geómetra lograse alguna nueva demostración,
su sueño no impediría que fuese verdad. Y en relación con el error más
común de nuestros sueños, consistente en representarnos, diversos
objetos de la misma forma que la obtenida por los sentidos exteriores,
carece de importancia el que nos dé ocasión para desconfiar de la verdad
de tales ideas, pues pueden inducirnos a error frecuentemente sin que
durmamos, como sucede a aquellos que padecen de ictericia que todo lo ven
de color amarillo o cuando los astros u otros cuerpos demasiado alejados
nos parecen de tamaño mucho menor del que en realidad poseen.
Pues, bien estemos en estado de vigilia o bien durmamos, jamás debemos
dejarnos persuadir sino por la evidencia de nuestra razón.
Y es preciso subrayar que digo «de nuestra razón» y no «de nuestra
imaginación» o «de nuestros sentidos», pues aunque veamos el sol muy
claramente no debemos juzgar por ello que no posea sino el tamaño con que
lo vemos, y fácilmente podemos imaginar con perfecta claridad una cabeza
de león unida al cuerpo de una cabra sin que sea preciso concluir que
exista en el mundo una quimera, pues la razón no nos dicta que lo que
vemos o imaginamos de este modo, sea verdadero.
Por el contrario nos indica que todas nuestras ideas o nociones deben
tener algún fundamento de verdad, pues no sería posible que Dios, que es
sumamente perfecto y veraz, las haya colocado en nosotros careciendo del
mismo. Y puesto que nuestros razonamientos no son jamás tan evidentes ni
completos durante el sueño como durante la vigilia, aunque algunas veces
nuestras imágenes sean tanto o más vivas y claras, la razón nos dicta
igualmente que no pudiendo nuestros pensamientos ser todos verdaderos, ya
que nosotros no somos omniperfectos, lo que existe de verdad debe
encontrarse infaliblemente en aquellos que tenemos estando despiertos más
bien que en los que tenemos mientras soñamos.
Descartes, Discurso del método (cuarta parte). Alfaguara, Madrid.