Mi intención es
convencer a todos los que encuentran de algún valor ocuparse en el
estudio de la metafísica, de que es absolutamente necesario, antes de
emprender su trabajo, que consideren como no sucedido todo lo que ha
pasado hasta aquí, y, ante todo, se formulen esta pregunta: ¿es posible
algo semejante a la metafísica?
La modernidad se
encontró con un escenario cultural donde nuevas necesidades y
aspiraciones se van concretando en acontecimientos históricos sin
precedentes. El siglo XVI vive una verdadera revolución científica que
será decisiva en la formación de la imagen moderna de ciencia. Esta
revolución se hace patente primero a nivel astronómico en los trabajos
de Kepler y Copérnico, aunque su figura central es Galileo. Por lo mismo
surge la necesidad cultural de nuevos enfoques en el conocimiento, lo
cual se va a notar fuertemente en autores como Descartes y Hume, quienes
pretenden refundar el conocimiento. Asistimos a una serie de
nacimientos, la modernidad, la ciencia, el sujeto, el antropocentrismo,
el humanismo, entre otros, nos van a mostrar los nuevos valores que
fundan una época distinta y una nueva modalidad del pensamiento.
Graficaré estos gestos especialmente a partir de Kant.
Descartes: El
nacimiento de la subjetividad.
La fascinación que
ejerce la eficacia de las matemáticas es fácilmente apreciable en
Descartes. El intento fundamental de este filósofo francés será
trasladar el tipo de certeza que las matemáticas ofrecen al estudio de
la naturaleza hasta el ámbito del pensamiento filosófico. Es decir, la
fundación de una “mathesis universal”, una forma de conocimiento
que consiga el mismo tipo de certezas que la matemática consigue. De
modo que, se pueda aplicar un ejercicio crítico sobre los conocimientos
que hemos considerado verdaderos y eliminar la proliferación de
opiniones inciertas y erróneas o las discusiones tan inútiles, como
interminables, que atentan contra un conocimiento seguro y cierto de las
cosas. Así lo atestiguan sus palabras al iniciar el libro
Meditaciones Metafísicas.
He advertido hace ya algún tiempo que,
desde mi más temprana edad, había admitido como verdaderas muchas
opiniones falsas, y que lo edificado después sobre cimientos tan poco
sólidos tenía que ser por fuerza muy dudoso e incierto; de suerte que me
era preciso emprender seriamente, una vez en la vida, la tarea de
deshacerme de todas las opiniones a las que hasta entonces había dado
crédito, y empezar todo de nuevo desde los fundamentos, si quería
establecer algo firme y constante en las ciencias.
La pretensión
cartesiana esta impregnada de totalidad, le interesa empezar todo
desde los fundamentos. Pretende someter a crítica los supuestos
básicos desde donde provienen nuestros conocimientos para establecer
algo firme y constante en las ciencias. Por tal razón
acomete su examen en torno a los sentidos pues siguiendo su propio
testimonio, ellos son la base de nuestros conocimientos. Cito nuevamente
la primera meditación
Todo lo que he admitido hasta el presente
como más seguro y verdadero, lo he aprendido de los sentidos o por los
sentidos; ahora bien, he experimentado a veces que tales sentidos me
engañaban, y es prudente no fiarse nunca por entero de quienes nos han
engañado una vez
A pesar que Descartes
reconoce que los sentidos constituyen la base de nuestros conocimientos;
sin embargo, se trata de un fundamento que no entrega confiabilidad,
pues los sentidos nos han engañado en múltiples ocasiones. Los ejemplos
son múltiples desde algo tan extremo como la locura, o tan cotidiano
como los sueños. En todo caso, los sentidos nos entregan datos
equívocos, diversamente interpretables; miro por el balcón y pienso que
abajo hay una señora volviendo de las compras del supermercado, pero al
acercarme me doy cuenta que son dos niños jugando disfrazados uno con un
sombrero grande, como el que usan algunas señoras para cubrirse del sol.
De pronto escucho una voz y pienso que hay alguien cerca, pero se trata
de un ringtone de celular. Seguramente todos hemos tenido experiencias
similares, donde nos parece ver una cosa que resulta ser otra, o nos
parece que un sonido proviene de un lugar, y efectivamente nos desvía al
rebotar contra una pared. En el fondo, Descartes pone en suspenso la
objetividad del mundo, no porque el mundo no exista, sino porque desde
el punto de vista del conocimiento la preeminencia la tiene el sujeto
que conoce; pues es este sujeto quien determina el mundo que conoce. Del
mismo modo, nos damos cuenta que los sentidos a veces nos engañan,
justamente porque otras veces no lo hacen. El tema sigue siendo
fundamentar el conocimiento; desde tal perspectiva, el mundo-objeto no
es un fundamento suficientemente válido, puesto que puede someterse a
duda. Por el contrario, el sujeto es el que somete a crítica el
conocimiento, la primera certeza que encuentra el sujeto es el sí mismo.
Tal es el alcance de la afirmación cartesiana “Cogito ergo sum”,
pienso por lo tanto existo. Efectivamente, podemos someter a duda al
mundo y a los datos que los sentidos nos entregan de él, pero en
cualquier caso, soy yo el que duda, soy yo el que esta pensando,
criticando, examinando. Esto tiene una consecuencia lógicamente
impecable: si soy yo el que dudo, entonces yo existo. Sin embargo, esto
afirma mi existencia como un ente pensante, una “res cogitans” en
términos cartesianos. Leámoslo en sus propias palabras.
Así, pues, hablando con precisión, no soy
más que una cosa que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o
una razón.
Asistimos en estas
afirmaciones al nacimiento del sujeto moderno. Es decir a la idea de que
el fundamento es el sujeto y no el mundo u otra cosa ajena al mundo; ni
dios, ni el mundo; sino el Sujeto. La razón como fundamento del
conocimiento y la certeza. Posteriormente, se considerará que el sujeto,
entendido como razón fundante, es también el fundamento de la moral, de
la vida política y social, en suma fundamento de la realidad en su
conjunto. El ámbito de la certeza es el ámbito de las afirmaciones
racionales y abstractas, ellas son afirmaciones simples, como las de la
lógica o las matemáticas; pues no se refieren a cosas del mundo, sino a
abstracciones del pensamiento. El ámbito de las matemáticas coincide con
el fundamento del Cogito. Atendamos, a este respecto a la siguiente cita
también extraída de la primera meditación.
Por lo cual, acaso no sería mala
conclusión si dijésemos que la física, la astronomía, la medicina y
todas las demás ciencias que dependen de la consideración de cosas
compuestas, son muy dudosas e inciertas; pero que la aritmética, la
geometría y demás ciencias de este género, que no tratan sino de cosas
muy simples y generales, sin ocuparse mucho de si tales cosas existen o
no en la naturaleza, contienen algo cierto e indudable. Pues, duerma yo
o esté despierto, dos más tres serán siempre cinco, y el cuadrado no
tendrá más de cuatro lados; no pareciendo posible que verdades tan
patentes puedan ser sospechosas de falsedad o incertidumbre alguna
Kant: El desarrollo
de la Razón trascendental
La filosofía de Kant puede ser
entendida como un correlato de Newton, en un sentido similar a lo que
planteé respecto de Galileo y Descartes. Lo que la matemática significó
para Descartes resulta muy similar a lo que la física newtoniana resulta
para Kant, es decir, un interlocutor científico que ofrece un modelo
desde el cual explicitar ciertas cuestiones. En el caso kantiano este
modelo sirve para las delimitaciones generales del pensamiento
científico. Donde Descartes instala la Duda metódica, Kant va a
instalar la Crítica trascendental. De todos modos, asistimos a un
gesto muy similar, un ejercicio crítico de carácter radical que quiere
llegar a las condiciones últimas de posibilidad y explicación.
Kant bebe del optimismo
ilustrado y de los éxitos de la razón moderna, su pensamiento tiene una
intención epistemológica; pero también ética y política. Este ‘estado de
ánimo’ puede notarse con claridad en las primeras palabras de su texto
¿Qué es la ilustración?
La ilustración es la salida del hombre de
su minoría de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad
estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la
dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando
la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la
falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la
conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu
propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración.
¡Atrévete a saber! Se trata de
una máxima y de una exhortación que confía en el valor del entendimiento
y de la razón. La mayoría de edad es una máxima política, se trata de
una cierta liberación de los tutelajes que impiden pensar y
desarrollarse. La crítica trascendental está también al servicio de esta
máxima, su finalidad es delimitar las formas del conocimiento al mismo
tiempo que fundamentarlas. Examinemos a este respecto la obra principal
de Kant. La crítica de la Razón pura.
La Crítica de la Razón Pura se
divide en tres momentos, primero se presenta la Estética
trascendental.
En ella Kant presenta las condiciones que hacen posible el
conocimiento sensible y el modo en cómo se articulan las intuiciones
sensibles. Luego presenta la Analítica trascendental, donde
analiza las funciones de conceptualización del entendimiento. Por último
emprende la Dialéctica trascendental donde presenta el
pensamiento como acto propio de la razón. La Analítica y la Dialéctica
en su conjunto, conforman la Lógica trascendental.
En la Estética Kant presenta el
tipo de conocimiento que tenemos por los sentidos. Este se da en la
intuición sensible, se trata de un conocimiento directo que
percibimos a través de los sentidos. Los sentidos nos entregan una
suerte de caos sensorial, es decir, sensaciones múltiples y difusas que
articulamos gracias a las formas puras de la sensibilidad. Estas
formas son espacio y tiempo. Acá encontramos dos elementos importantes,
primero que el conocimiento sensible es retomado por Kant; pero
permanece la primacia cognoscitiva del sujeto; puesto que las formas
puras de la sensibilidad (espacio y tiempo) no son categorías exteriores
al sujeto, sino que estructuras formales del mismo.
Lo que se constituye en
esta articulación es el fenómeno. A partir del caos sensorial y de las
formas puras de la sensibilidad. Este será un aspecto importante pues la
ciencia trata justamente acerca de los fenómenos, es decir de los
resultados de estas intuiciones sensibles. Hay que entender que el
objeto de la sensibilidad no es la cosa, sino el fenómeno.
La analítica nos muestra como el
entendimiento a partir de una multiplicidad fenoménica conceptualiza, es
decir, establece una aproximación universal que articula los distintos
fenómenos particulares en un mismo concepto; esto es también lo que
permite formular juicios. A la base de un concepto hay una serie de
fenómenos particulares, y así como las intuiciones sin conceptos son
ciegas. Los conceptos sin intuiciones son vacíos.
La Dialéctica se aproxima a la
forma en la cual la razón articula ideas orientadoras de carácter
general. Es decir, a partir de los conceptos diversos que el
entendimiento conoce, la razón genera ciertas ideas rectoras, que
permite unificar los conceptos bajo parámetros de sentido y totalidad.
Kant las llama ideas trascendentales e identifica tres principales:
Dios, Alma, Mundo.
Para Kant la Metafísica trata de
estas ideas trascendentales, y por lo tanto no puede ser considerada
dentro del ámbito de la ciencia, sino justamente dentro del ámbito del
sentido, la orientación, la creencia o la esperanza. La ciencia, por el
contrario trata sobre fenómenos.
Si nos detenemos un poco en esta
monumental sistematización kantiana, e interpretamos su sentido, nos
encontramos con un desarrollo que va más allá del cogito cartesiano. En
el caso de Kant, está presente la supremacía cognoscitiva del sujeto
sobre el objeto, pero la razón ya no depende en su fundamento de una res
divina; eso no quiere decir que Dios haya dejado de existir o que Kant
deseche la creencia; pero sí quiere decir que es la razón la que se
juzga a sí misma se pone sus propios límites, dice lo que puede y no
puede hacer, delimita el conocimiento científico y la creencia. En otras
palabras nos encontramos ante una razón que se auto-valida y se
auto-engendra. Una razón trascendental, que es una expresión mucho más
depurada del sujeto cartesiano, es decir que se establece como
fundamento. La razón así entendida, es razón fundante y auto-fundante,
ya no requiere de otro fundamento; más aún, puede delimitar los sentidos
del mundo, del alma y de dios. Aun cuando no pueda hacer ciencia de
aquello; pues es la misma razón la que declara los límites de su
proceder científico. Asistimos al emerger de un tipo de racionalidad,
que plasmará la cultura moderna, un tipo de racionalidad autosuficiente,
optimista de sus logros, capaz de dominio de las fuerzas naturales y que
se pretende a la vez capaz de fundar las formas políticas y morales de
la cultura. Se trata no sólo de una imagen científica del mundo; sino de
una imagen que empapa la vida social y política y establece los
fundamentos de la cultura. Razón trascendental.
Síntesis
El pensamiento
moderno implica no sólo un giro; sino una renuncia al pensamiento
metafísico anterior. Hemos atestiguado la pretensión de fundar todo
de nuevo. Pretensión cartesiana; pero que también está presente en
Kant. Nos encontramos ante una forma nueva del pensar, una forma
eminentemente científica y que pone a la razón como nuevo fundamento
para la cultura. Sin embargo esta pretensión sigue teñida del antiguo
sabor de la metafísica. Reemplazar al Ser o a Dios, por la Razón es la
contracara de un mismo gesto. El pensamiento moderno reemplaza a Dios
por la Razón y le entrega la tarea de volver a fundamentar la cultura.
El humanismo como metaideal moderno subyace a los distintos movimientos
políticos, desarrollos económicos y expresiones artísticas. El
antropocentrismo humanista se constituye en una nueva metafísica.
El paradigma
cognoscitivo de esta nueva metafísica moderna será la idea de ciencia.
En ella se encuentran el racionalismo que sitúa al sujeto-razón como
sustento del conocimiento y también el empirismo que propone como
soporte a la experiencia y que explica el fracaso de todo sistema
filosófico anterior, justamente por su falta de acercamiento a la
experiencia. “Del
mismo modo que la ciencia del hombre es el único fundamento sólido para
la fundamentación de las otras ciencias, la única fundamentación sólida
que podemos dar a esta ciencia misma debe basarse en la experiencia y en
la observación”.
Tanto racionalismo como empirismo son asumidos por Kant quien afirma la
razón como razón trascendental y a la vez le asigna un punto central a
la experiencia, bien vale su testimonio en el prólogo a la segunda
edición de la Crítica a la Razón Pura.
La razón debe acudir a la naturaleza
llevando en una mano sus principios, según los cuales tan sólo los
fenómenos concordantes pueden tener el valor de leyes, y en la otra el
experimento, pensado según aquellos principios; así conseguirá ser
instruida por la naturaleza, mas no en calidad de discípulo que escucha
todo lo que el maestro quiere, sino en la de juez autorizado, que obliga
a los testigos a contestar a las preguntas que les hace.
La Razón juez y
discípula sólo de ella misma. Esta idea es el centro de la modernidad y
a partir de ella es necesario desvincularse del uso coloquial del
concepto modernidad. Cuando hablamos de modernidad nos referimos
sobretodo a una forma de sentir cultural que ha plasmado el desarrollo
de toda una época y que es fundamentalmente distinta de la metafísica
cristiano-platónica; pero a su vez establece una suerte de nueva
metafísica, no basada esta vez en la Idea de Ser, sino sobre la
hegemonía de la Razón.