Nosotros los que nos
ocupamos de la filosofía tenemos que ver con una materia muy sutil: el
sentido y junto con ello con la orientación existencial del hombre.
Existe la opinión común de que la Ética trata sobre ciertos conjuntos de
normas. Incluso entre quienes se dedican “profesionalmente” al estudio
de la misma se tiende a enfatizar tal aspecto. De hecho una de las
problemáticas más actuales se relaciona con tratar de establecer cuáles
serían las normas que permitirían el vivir común entre los individuos. O
si es posible establecer dichas normas como universales, o incluso si
acaso sea posible algo así como una norma universalmente válida. Se
trata de preguntas propias de una época en vías de mundialización, que
apuesta por la pluralidad valórica y que necesariamente tiene que
vérselas con el fenómeno de la interculturalidad y de la
transculturación. Se trata, a su vez, de preguntas hechas por una época
que carga con un peso especial, con un cierto dramatismo; por una parte,
el desgaste e incluso la desconfianza en los valores que cimentaron la
cultura occidental cristiana; por otra, la sospecha e incluso el
descrédito, la desilusión de aquellos otros valores que pretendieron
reemplazar a los anteriores, el valor de la civilización, del progreso,
de las capacidades de la razón o del dialogo. Por una parte, ya no
resulta suficiente, ya no es universalmente aceptable fundamentar los
valores de la sociedad en los valores de la tradición cristiana, pues la
sociedad actualmente reconoce como legítimo no ser cristiano y adherir
libremente a otros conjuntos de valores. Los valores cristianos, pueden
ser legítimos y estimables, pero no pueden fundamentar la vida social de
todos los individuos en una sociedad que por principio no adhiere a
ninguna confesión religiosa en particular. Pero a la vez, el humanismo
que confiaba en las potencialidades del hombre, en su capacidad de
entendimiento y de dialogo, que confiaba en que el conocimiento lleva al
bien y que las sociedades van progresando a través de la historia; este
nuevo conjunto de valores del humanismo laico que buscó reemplazar al
conjunto anterior de valores cristianos, también aparece como
insuficiente. El siglo XX, recién pasado, nos muestra un época donde el
conocimiento brilló con avances inimaginables, y a la vez acalló
mediante los más sofisticados métodos de exterminio a una buena parte de
la especie humana, muchas especies animales y ha puesto en serio
peligro el equilibrio del planeta entero. Desde Villa Grimaldi, desde
Auschwitz, desde Hiroschima
o desde Guernica, miles de voces nos dejan claro que el conocimiento no
nos hace mejores necesariamente, que los más devastadores genocidas han
sido hombres ilustrados, capaces de hermosos discursos y concienzudos
libros, que algunos de los más tenaces torturadores escuchaban a Wagner
y se emocionaban con los clásicos, que uno de los tratados más hermosos
de poesía romántica fue escrito a menos de cien metros de un campo de
extermino. La sensación de bienestar y progreso a partir del avance del
conocimiento y el desarrollo de la tecnología ha ido poco a poco
abandonando nuestra época dejando espacio a una sensación de
incertidumbre y desilusión, a un cierto malestar de la cultura. Cuando
se habla de post-modernidad, se habla justamente de esto, de la
sensación de no encontrar fundamentos a la vez que de cierta
incertidumbre y desilusión epocal.
En
nuestro país en particular esto reviste gran importancia, nos
encontramos en una sociedad jurídicamente democrática, que propone como
valor fundamental la tolerancia. Es decir, vivimos en una sociedad que
no es homogénea, sino donde conviven diversos modos de pensar y posturas
frente a la vida. Lo que se conoce como una sociedad pluralista. Es
decir una sociedad donde conviven distintos “sentidos” de vida. Pensemos
ahora en un caso como el de la corrupción. Nos encontramos con lo legal
y lo moral, ¿pero cómo podemos pedir a los otros que actúen moralmente?
¿Según qué moral, la mía, la nuestra, la vuestra, la de ellos, la de los
otros? Lo que quiero decir es lo siguiente: claramente hay una ‘ley
chilena’; pero no es posible algo como una ‘moral chilena’. No tenemos
más fundamentos comunes que la ley, la ley es el único conjunto de
normas que podemos exigir.
Evidentemente la pregunta por las normas se vuelve una pregunta
especialmente compleja en este contexto ¿En relación a qué tipo de
fundamentos se puede establecer normas universalmente aceptadas que
permitan al menos establecer los mínimos aceptables para el vivir común?
¿Hay algo que pueda ser considerado verdadero y bueno en forma universal
o debemos aspirar solamente a un acuerdo entre las diversas y tan
variadas perspectivas posibles? ¿Cuál sería el modelo de discusión de
este acuerdo, pensando que tal fuese posible, pues ya la forma de una
discusión implica perspectivas distintas? ¿Entre quienes debiera tomarse
dicho acuerdo, pues no todos ocupamos el mismo lugar ni influencia
social, o acaso todo acuerdo posible resulta en una forma de dominación
y exclusión? Todas estas son preguntas que afectan a la ética en cuanto
la ética se relaciona con normas, y están en el horizonte de las
discusiones actuales. Sin embargo, no serán éstas, el tipo de preguntas
a las que nos dedicaremos. Éstas son efectivamente preguntas éticas
importantes, en cuanto que la ética contribuye a una pragmática
normativa universal, o dicho de otro modo, a establecer las normas para
el vivir en común, pero este tipo de preguntas no agotan la reflexión
ética. Necesitamos alcanzar otras preguntas.
He
realizado un análisis muy abierto de corte culturalista, filosófico si
se quiere, en cuanto que la filosofía es siempre hija de una época. Sin
duda este análisis puede ser completado con aportes de la sociología,
datos demográficos, geopolíticos, económicos, entre otros. Sin embargo,
no es el objeto de estas líneas, el objeto de estas líneas podría
resultar todo lo contrario a eso.
Quiero establecer una segunda línea de argumentación en la cual
detenernos. Podríamos situar nuestra reflexión ética, desde la
perspectiva de la ética profesional. Desde tal perspectiva, resulta muy
importante reproducir las preguntas anteriores, pero ahora respecto a la
profesión propia. ¿Qué normas, principios o valores orientan la acción
en el ámbito de mi acción profesional? ¿Hay algún elemento universal que
rija mi profesión? ¿Cuáles son los elementos de juicio que me permiten
optar por una u otra decisión? ¿Tienen cabida conceptos como bien o mal
en el ejercicio profesional, o la ética profesional debe entenderse como
un conjunto de normas establecidas por algún método u autoridad
competente? Todas estas son preguntas importantes, pero no nos
referiremos a ellas. El sentido de estas reflexiones es, probablemente,
todo lo contrario. Para entender lo que efectivamente nos interesa en
estas reflexiones conviene hacerse cargo de algunas premisas.
Premisa 1. No toda la ética trata sobre normas.
Premisa 2. Si bien hay normas que podrían ser consideradas obligatorias
e incluso universales, el acto ético es siempre una construcción
personal.
Premisa 3. Los actos éticos se constituyen en circunstancias
determinadas y específicas, y la reunión de dichas circunstancias y
eventos hace de cada acto único y diferente.
El
núcleo de nuestra reflexión, será el acto ético en cuanto construcción
de sentido del sujeto. Esta es justamente la otra tarea de la ética,
tanto o más importante que ocuparse de ciertas normas, la tarea de
hacer sentido. Se trata de una exigencia, mucho más que de una
tarea, y de una exigencia constante, que no se presenta solamente cuando
hay que discernir respecto de un dilema, sino que está permanentemente.
Se trata en todo caso de una exigencia problemática porque nos muestra
dos dimensiones de la ética difíciles de articular. Por una parte nos
encontramos con el ámbito de las normas y por otra, con el ámbito del
sentido. El ámbito de las normas debe otorgarnos claridad en el actuar,
decirnos con una mediana certeza respuestas claras para nuestro
quehacer, pero por lo mismo se encuentra con límites muy complejos,
especialmente en una época como la nuestra donde las certezas parecen
haber desaparecido; de todos modos, se trata de una dimensión necesaria.
Por otro lado, nos encontramos con la ética como aquella dimensión que
requiere otorgar sentido a la vida cotidiana de los sujetos; pero el
sentido resulta una dimensión muy distinta a la anterior, el sentido es
especialmente inconmensurable, se escapa a la vez que se efectúa, se
desarrolla siempre en un doble juego de efectuación-contraefectuación.
Es decir, a la vez que se efectúa, se escapa. Habita en una suerte de
gozne entre la presencia y la ausencia. Podríamos decir incluso que el
sentido no es propiamente ni presente ni ausente; sino que su forma de
acontecer es la contraefectuación. Sin embargo el sentido es lo más
necesario. Se trata de una materia muy sutil, pero que constituye la
orientación existencial de los sujetos a la vez que construye su temple
ético. La ética en general, y la vida de cada cual en particular se
juega efectivamente en ciertas decisiones que tomamos y en cierta
relación con las normas, principios y valores; pero se juega más intensa
y cotidianamente en el sentido que hacemos en nuestro cotidiano
quehacer, en nuestras concretas condiciones de existencia, de acción, de
trabajo o de supervivencia.
Para orientar nuestras reflexiones propongo una serie de preguntas ¿Qué
es lo que hace sentido? ¿Cómo es posible habitar en dicho sentido? ¿Es
necesario revisar dicho sentido? ¿Cómo asumir una relación con un
sentido que está y que a la vez se escapa? ¿Cómo se expresa ese sentido
en las condiciones particulares que vivimos como sociedad y en forma
individual?