Máquinas, Cuerpos y Organimos

 

Preámbulo.

 

Nosotros los que nos ocupamos de la filosofía tenemos que ver con una materia muy sutil: el sentido y junto con ello con la orientación existencial del hombre.[1]

 

Existe la opinión común de que la Ética trata sobre ciertos conjuntos de normas. Incluso entre quienes se dedican “profesionalmente” al estudio de la misma se tiende a enfatizar tal aspecto. De hecho una de las problemáticas más actuales se relaciona con tratar de establecer cuáles serían las normas que permitirían el vivir común entre los individuos. O si es posible establecer dichas normas como universales, o incluso si acaso sea posible algo así como una norma universalmente válida. Se trata de preguntas propias de una época en vías de mundialización, que apuesta por la pluralidad valórica y que necesariamente tiene que vérselas con el fenómeno de la interculturalidad y de la transculturación. Se trata, a su vez, de preguntas hechas por una época que carga con un peso especial, con un cierto dramatismo; por una parte, el desgaste e incluso la desconfianza en los valores que cimentaron la cultura occidental cristiana; por otra, la sospecha e incluso el descrédito, la desilusión de aquellos otros valores que pretendieron reemplazar a los anteriores, el valor de la civilización, del progreso, de las capacidades de la razón o del dialogo. Por una parte, ya no resulta suficiente, ya no es universalmente aceptable fundamentar los valores de la sociedad en los valores de la tradición cristiana, pues la sociedad actualmente reconoce como legítimo no ser cristiano y adherir libremente a otros conjuntos de valores. Los valores cristianos, pueden ser legítimos y estimables, pero no pueden fundamentar la vida social de todos los individuos en una sociedad que por principio no adhiere a ninguna confesión religiosa en particular. Pero a la vez, el humanismo que confiaba en las potencialidades del hombre, en su capacidad de entendimiento y de dialogo, que confiaba en que el conocimiento lleva al bien y que las sociedades van progresando a través de la historia; este nuevo conjunto de valores del humanismo laico que buscó reemplazar al conjunto anterior de valores cristianos, también aparece como insuficiente. El siglo XX, recién pasado, nos muestra un época donde el conocimiento brilló con avances inimaginables, y a la vez acalló mediante los más sofisticados métodos de exterminio a una buena parte de la especie humana, muchas especies animales  y ha puesto en serio peligro el equilibrio del planeta entero. Desde Villa Grimaldi, desde Auschwitz, desde Hiroschima o desde Guernica, miles de voces nos dejan claro que el conocimiento no nos hace mejores necesariamente, que los más devastadores genocidas han sido hombres ilustrados, capaces de hermosos discursos y concienzudos libros, que algunos de los más tenaces torturadores escuchaban a Wagner y se emocionaban con los clásicos, que uno de los tratados más hermosos de poesía romántica fue escrito a menos de cien metros de un campo de extermino. La sensación de bienestar y progreso a partir del avance del conocimiento y el desarrollo de la tecnología ha ido poco a poco abandonando nuestra época dejando espacio a una sensación de incertidumbre y desilusión, a un cierto malestar de la cultura. Cuando se habla de post-modernidad, se habla justamente de esto, de la sensación de no encontrar fundamentos a la vez que de cierta incertidumbre y desilusión epocal.

En nuestro país en particular esto reviste gran importancia, nos encontramos en una sociedad jurídicamente democrática, que propone como valor fundamental la tolerancia. Es decir, vivimos en una sociedad que no es homogénea, sino donde conviven diversos modos de pensar y posturas frente a la vida. Lo que se conoce como una sociedad pluralista. Es decir una sociedad donde conviven distintos “sentidos” de vida. Pensemos ahora en un caso como el de la corrupción. Nos encontramos con lo legal y lo moral, ¿pero cómo podemos pedir a los otros que actúen moralmente? ¿Según qué moral, la mía, la nuestra, la vuestra, la de ellos, la de los otros? Lo que quiero decir es lo siguiente: claramente hay una ‘ley chilena’; pero no es posible algo como una ‘moral chilena’. No tenemos más fundamentos comunes que la ley, la ley es el único conjunto de normas que podemos exigir.

Evidentemente la pregunta por las normas se vuelve una pregunta especialmente compleja en este contexto ¿En relación a qué tipo de fundamentos se puede establecer normas universalmente aceptadas que permitan al menos establecer los mínimos aceptables para el vivir común? ¿Hay algo que pueda ser considerado verdadero y bueno en forma universal o debemos aspirar solamente a un acuerdo entre las diversas y  tan variadas perspectivas posibles? ¿Cuál sería el modelo de discusión de este acuerdo, pensando que tal fuese posible, pues ya la forma de una discusión implica perspectivas distintas? ¿Entre quienes debiera tomarse dicho acuerdo, pues no todos ocupamos el mismo lugar ni influencia social, o acaso todo acuerdo posible resulta en una forma de dominación y exclusión? Todas estas son preguntas que afectan a la ética en cuanto la ética se relaciona con normas, y están en el horizonte de las discusiones actuales. Sin embargo, no serán éstas, el tipo de preguntas a las que nos dedicaremos. Éstas son efectivamente preguntas éticas importantes, en cuanto que la ética contribuye a una pragmática normativa universal, o dicho de otro modo, a establecer las normas para el vivir en común, pero este tipo de preguntas no agotan la reflexión ética. Necesitamos alcanzar otras preguntas.

He realizado un análisis muy abierto de corte culturalista, filosófico si se quiere, en cuanto que la filosofía es siempre hija de una época. Sin duda este análisis puede ser completado con aportes de la sociología, datos demográficos, geopolíticos, económicos, entre otros. Sin embargo, no es el objeto de estas líneas, el objeto de estas líneas podría resultar todo lo contrario a eso.

Quiero establecer una segunda línea de argumentación en la cual detenernos. Podríamos situar nuestra reflexión ética, desde la perspectiva de la ética profesional. Desde tal perspectiva, resulta muy importante reproducir las preguntas anteriores, pero ahora respecto a la profesión propia. ¿Qué normas, principios o valores orientan la acción en el ámbito de mi acción profesional? ¿Hay algún elemento universal que rija mi profesión? ¿Cuáles son los elementos de juicio que me permiten optar por una u otra decisión? ¿Tienen cabida conceptos como bien o mal en el ejercicio profesional, o la ética profesional debe entenderse como un conjunto de normas establecidas por algún método u autoridad competente? Todas estas son preguntas importantes, pero no nos referiremos a ellas. El sentido de estas reflexiones es, probablemente, todo lo contrario. Para  entender lo que efectivamente nos interesa en estas reflexiones conviene hacerse cargo de algunas premisas.

Premisa 1. No toda la ética trata sobre normas.

Premisa 2. Si bien hay normas que podrían ser consideradas obligatorias e incluso universales, el acto ético es siempre una construcción personal.

Premisa 3. Los actos éticos se constituyen en circunstancias determinadas y específicas, y la reunión de dichas circunstancias y eventos hace de cada acto único y diferente.

 

El núcleo de nuestra reflexión, será el acto ético en cuanto construcción de sentido del sujeto. Esta es justamente la otra tarea de la ética, tanto o más importante que ocuparse de ciertas normas, la tarea de hacer sentido. Se trata de una exigencia, mucho más que de una tarea, y de una exigencia constante, que no se presenta solamente cuando hay que discernir respecto de un dilema, sino que está permanentemente. Se trata en todo caso de una exigencia problemática porque nos muestra dos dimensiones de la ética difíciles de articular. Por una parte nos encontramos con el ámbito de las normas y por otra, con el ámbito del sentido. El ámbito de las normas debe otorgarnos claridad en el actuar, decirnos con una mediana certeza respuestas claras para nuestro quehacer, pero por lo mismo se encuentra con límites muy complejos, especialmente en una época como la nuestra donde las certezas parecen haber desaparecido; de todos modos, se trata de una dimensión necesaria. Por otro lado, nos encontramos con la ética como aquella dimensión que requiere otorgar sentido a la vida cotidiana de los sujetos; pero el sentido resulta una dimensión muy distinta a la anterior, el sentido es especialmente inconmensurable, se escapa a la vez que se efectúa, se desarrolla siempre en un doble juego de efectuación-contraefectuación. Es decir, a la vez que se efectúa, se escapa. Habita en una suerte de gozne entre la presencia y la ausencia. Podríamos decir incluso que el sentido no es propiamente ni presente ni ausente; sino que su forma de acontecer es la contraefectuación. Sin embargo el sentido es lo más necesario. Se trata de una materia muy sutil, pero que constituye la orientación existencial de los sujetos a la vez que construye su temple ético. La ética en general, y la vida de cada cual en particular se juega efectivamente en ciertas decisiones que tomamos y en cierta relación con las normas, principios y valores; pero se juega más intensa y cotidianamente en el sentido que hacemos en nuestro cotidiano quehacer, en nuestras concretas condiciones de existencia, de acción, de trabajo o de supervivencia.

Para orientar nuestras reflexiones propongo una serie de preguntas ¿Qué es lo que hace sentido? ¿Cómo es posible habitar en dicho sentido? ¿Es necesario revisar dicho sentido? ¿Cómo asumir una relación con un sentido que está y que a la vez se escapa? ¿Cómo se expresa ese sentido en las condiciones particulares que vivimos como sociedad y en forma individual?


 

[1] Holzapfel, Cristóbal. La aventura ética. Ediciones facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad de Chile. Santiago de Chile 2000.p.11

 

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