Silencio...
Debajo de la superficie
del mar.
Sólo el ritmo metálico
de las bielas
[como el latido
de un corazón
de hierro
incansable]
nos acompaña
-desde la Sala de Máquinas-
como una marcha militar
en un soleado día
de desfile
y mantiene en alto
la moral de la tripulación
decidida -desde siempre-
al sacrificio supremo.

Pero la Guerra
no es un juego de niños
aunque sea -finalmente,
a causa de la Sangre derramada-
uno de los juegos
más serios...
Las cargas de profundidad
comienzan a remecer
el féretro de acero
y nos recuerdan
que la guerra continúa
allá arriba -en la superficie-
aunque haya terminado
para nosotros.
Las primeras sacudidas
estremecen la estructura
y nos dejan a oscuras
con nuestros miedos más profundos.
Las que siguen
nos empiezan a inundar
y -como fieras acorraladas- ya no pensamos en nada
y -como locos- corremos a cerrar escotillas
y -desesperadamente- bombeamos el agua
que entra
cada vez con más fuerza
mientras seguimos descendiendo
hasta el fondo del océano
del que no saldremos
jamás...
Aurelio Miní Sánchez
Pueblo Libre, 8 de Julio de 1998