Un
día, por fin, Talía aprovechó que los ojos la miraban
muy abiertos para colarse por ellos. Siendo, como es, de pequeña
estatura (Talía es como un leucocito con los ojos llenos de mar,
un mar oscuro como el que la produjo) no encontró obstáculos
que le impidieran dedicarse a viajar por allí dentro, que es lo
que más le gusta hacer. Eso
y ponerlo todo de cabeza, claro, le bastó una mirada para que el
incipiente jardín se convirtiera en selva, para
que las flores se tragaran los caminos, para que la hiedra maniatara las
palabras que trataban de salir a su encuentro, para que
la alegría y la tristeza se trenzaran para confundirse en una misma
cosa.
Cuando
se cansó de aquello se entretuvo haciendo nudos por la garganta;
sobresaltando al corazón, que andaba ensimismado con sus cosas;
apagando luces en el estómago, pinchando los muslos con calambres
como vidrios rotos, aflojando los huesos de las rodillas.
Desde
entonces, estas cosas se repiten con cierta frecuencia,
no necesariamente por ese orden. Confieso
que no siempre las sobrellevo con buen talante. A veces, huraño,
aguanto la respiración para echarla de allí. Cuando hago
esto ella baja la mirada, pone cara de tristeza y de decir no-entiendo
y, aunque no veo sus ojos, adivino que hay desilusión y algún
desdén en ellos.
Sin
embargo, puede más que yo. Vuelvo a respirar y vuelven su sonrisa
y sus evoluciones y con ellos, mi confusión y mis monosílabos.
En
esto andamos. El médico, hombre de mentalidad cartesiana, se empeña
en acosarme con recetas ilegibles y pastillas de colores.
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