Un día, por fin, Talía aprovechó que los ojos la miraban muy abiertos para colarse por ellos. Siendo, como es, de pequeña estatura (Talía es como un leucocito con los ojos llenos de mar, un mar oscuro como el que la produjo) no encontró obstáculos que le impidieran dedicarse a viajar por allí dentro, que es lo que más le gusta hacer. Eso y ponerlo todo de cabeza, claro, le bastó una mirada para que el incipiente jardín se convirtiera en selva, para que las flores se tragaran los caminos, para que la hiedra maniatara las palabras que trataban de salir a su encuentro, para que la alegría y la tristeza se trenzaran para confundirse en una misma cosa.
Cuando se cansó de aquello se entretuvo haciendo nudos por la garganta; sobresaltando al corazón, que andaba ensimismado con sus cosas; apagando luces en el estómago, pinchando los muslos con calambres como vidrios rotos, aflojando los huesos de las rodillas.
Desde entonces, estas cosas se repiten con cierta frecuencia, no necesariamente por ese orden. Confieso que no siempre las sobrellevo con buen talante. A veces, huraño, aguanto la respiración para echarla de allí. Cuando hago esto ella baja la mirada, pone cara de tristeza y de decir no-entiendo y, aunque no veo sus ojos, adivino que hay desilusión y algún desdén en ellos.

Sin embargo, puede más que yo. Vuelvo a respirar y vuelven su sonrisa y sus evoluciones y con ellos, mi confusión y mis monosílabos.
En esto andamos. El médico, hombre de mentalidad cartesiana, se empeña en acosarme con recetas ilegibles y pastillas de colores.

 
©
Benito sincategoremático

 
al índice

 
 
 
Habrá público escarmiento (y fuego eterno) para quien no respete este © Copyright Nannicantipot 2000.

 
 
 
 
Hosted by www.Geocities.ws

1