Imagino que alguien me pregunta: por qué ella te gusta tanto. No sabría responder a esa pregunta sin extenderme un tanto, claro que por mí no hay problema y si me organizo quizás lleve a buen puerto este viaje. (Esto es una tesis de partida completamente teórica a la par que fútil porque realmente a nadie le importa no ya por qué diablos tu me envenenas así sino simplemente si eso sucede en realidad ya que hay cosas mucho más serias de las que ocuparse y no estas pequeñeces que al fin y alcabo sólo constituyen las piedras sobre las que yo pongo los pies para poder ir cruzando el río sin caerme dentro y bueno, pero de alguna forma tengo que convencerme de que vale la pena contar esto en algún otro sitio además de en mi cabeza donde varios miles de veces y bla bla bla). Tú me gustas. Obviamente, para empezar, me gustas por tus pies pequeños, tus piernas breves y rotundas, que desembocan en un culo redondo y perfecto y a la vez tan Brancusi que por sí solo prueba que existe algún tipo de dios más conveniente que marras y que la vida no puede ser y no es sino un juego. Por tu cintura delgada e inesperadamente musculosa, por lo que promete la ola que se levanta suavemente hasta tus senos, por tu espalda como un mar de leche surcado por dunas blancas y cantos de sirenas bajo las cuales parecen bullir docenas de los más maravillosos criaturos. Me gusta tu ser pequeña porque me mueve a la tendresse aussi bien que a la guerre. Tus hombros de luna y tus brazos de pájaro merecen una exégesis que no está a mi alcance, pero todo se detiene al llegar a tu boca, a tus ojos, a tu rostro hecho de luz. Besar despacio (muy despacio, como si después no hubiera ya nada) tu boca será como estar a la vez en el cielo y en el infierno, única opción de vida post mortem que me puede parecer apetecible, pero un poco más arriba, en tus ojos, está la vida misma, están enteros allí el mar y la tierra.
El mar oscuro, con su vida y su muerte; la tierra húmeda que te produjo, verde y suave, parda y áspera, me esperan allí en cada mirada. Un día decidistes recoger toda esta cornucopia de belleza y dejarla ante mí, sentada sobre una mesa y me hablastes como si aquello no fuera por sí sólo el más grande de los sacrilegios, tan hermosa eras. Otro día ocultastes tu rostro con tus manos, excepto tu nariz y esa mirada en la que yo me ahogo, en la que muero y vuelvo a nacer varias veces por segundo –parece tan poco, ¿no es cierto? pero esa imagen tuya ha quedado grabada en mi cerebro de modo que vuelve una y otra vez, todos los días, casi todos, qué importa, te veo continuamente, escondida detrás de tus dedos entreabiertos y debajo de tu pelo oscuro, tus ojos mirándome desde allá lejos, llamándome y hablándome de tu tristeza, de tu cansancio; y tu nariz asomando burlona, como invitándome a un juego. Tu pelo; tu pelo se mueve como un fuego oscuro sobre tu cabeza; cuando lo recoges eres una princesa de cuento y cuando lo sueltas y lo sacudes para que caiga como un pequeño alud de nieve negra, el mundo aguanta un latido para atender ese instante. Todo tan sencillo y a la vez tan suficiente, tan fértil.

Más allá todo se complica. Yo no sé si los demás te encuentran hermosa. Por mi parte, decido obcecarme. Tu forma de moverte, tu forma de sonreir. Tu forma de andar, tu forma de mirar de soslayo. De pasar a mi lado y dejar una sonrisa como una rosa húmeda sobre la mesa. De parecer invencible o de derrumbarte. Tu risa, tu cuerpo pequeño, tu rostro magnético. Todo lo que puedes hacer contigo, instrumento de tí misma, arma arrojadiza invariablemente certera. Alguna vez que estabas triste he extendido mi mano para tocarte aunque no esperaba encontrar nada al final de mi gesto y ahí estabas, sin un titubeo. Otras veces me echas de tu lado como si me echaras de tu casa, y uno sabe que es absolutamente accesorio y prescindible. Hay tantas cosas. Siempre queda claro que no miras por mirar. Que no sonríes por sonreir. Cada mensaje que tu emites parece hecho para un destinatario y sólo para uno. ¿Mientes? ¿Me miento? No sé. El papel que yo juego en tu vida es sin duda mirar como te alejas. Aceptar pasivamente esta mi rendición mientras tu niegas suavemente cualquier tipo de pacto. Eres arisca y lejana unas veces, dulce y tierna otras pero siempre inalcanzable y libre. Como un cachorro de diablo me das vida o me sacas los ojos según convenga y todo ello con la misma luna creciente en los labios. Sólo pareces regirte por una ley: Tú. Desearte o desear quererte se me antojan tareas arduas y dolorosas. Pero la magia que desprendes, que no comprendo ni espero hacerlo, que quizás no existe pero que a mí me hace desvariar de esta suerte, bien vale todo eso. Tú quieres ser, desde ya, tan sólo un recuerdo, y quizás yo, que aún no encuentro la entrada a tu mundo, no pueda hacer que seas otra cosa.
Queda trabajar rápido y en silencio, urdir la forma de vivir en algún rincón, por pequeño que sea, de tu memoria.

Cabe preguntarme, seguramente a guisa de argumento disuasorio, si un estado como este en el que me hallo puede ser propicio para razonar convenientemente (a la vista está que no), si algo así puede ser duradero. Lo será o no, lo ignoro, pero qué puede importar eso. Porque la vida no es eso. La vida se nutre de otra cosa. Energía, volcanes, estrellas fugaces y amores y guerras. Las mariposas y las estrellas deben usar relojes bien distintos entre sí y nada que ver con los nuestros, pero el chispazo que hace que la una mueva las alas o la descarga con la que se destruye la otra son parte de la luz que desprende una misma bombilla. Como estos disparates que tú me haces decir y a diferencia de los ojos vacuos de alguien que pasa a tu lado sin que eso le desvíe de su camino ni por un breve instante sólo para decir qué mirada hermosa, que sonrisa tan conveniente para esta mañana gris, lo que sea. El tipo al que le pase eso mañana no sé donde y, efectivamente, se detenga y yo mismo somos parte de un único organismo y nuestras respectivas estupefacciones por ese algo que tú tienes es la sangre que da la vida al tal monstruo. Y eso importa y eso es la vida y ambos dos, yo y el tipo, vamos a llegar a casa y vamos a chorrear felicidad por toda la habitación por haber visto el mundo en una mirada y puede que el fulano toque furiosa y gloriosamente su violín hasta quedarse sin dedos a la vez que yo, vergonzosamente en pedo, escribo todo esto sin que se me de un ardite de todo lo demás. Por habernos cruzado contigo, pobres lúcidos. Mira el Sol, sin ir más lejos. Dicen por ahí que ha de durar aún cinco mil millones de años, frase que yo no entiendo y que no tiene referente alguno. Quizá sólo sea una chispa en la enorme cabeza recalentada de un alguien que trata de describirse a sí mismo el dragón llameante que vió en el fondo de los ojos de una criatura como tú. Como tú. Qué diablos.


 
 
 
 
 
López
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