| Intensidad de campo eléctrico
en la proximidad
de una Casiopea cargada e infinitamente hermosa |
| Que funcionamos con corriente
eléctrica es fácil de comprobar, basta con acudir al libro
de biología del bachillerato para leer que bla, bla, bla, se escapa
un átomo de calcio previamente ionizado, se contraen las miofibrillas
y yo espanto una mosca o una caricia atraviesa el aire como una gaviota,
todo consiste en el oportuno comercio de electrones. Los electrones, creo
yo, son
la sangre que mueve este cotarro, a mí no me extrañó nada que el otro día se rompiera la lámpara del dormitorio y me dejara el edredón como un campo de diminutas amapolas. Eléctrico es en realidad el mundo entero, todas las cosas se intercambian sus electrones como si fueran cromos, la electricidad se esconde en las nubes o se arrastra por las moquetas igualito que los ácaros y a menudo alguien nos da la mano y nos deja medio secos con una descarga; eléctricos son los caballos y también los tiburones, que huelen los calambres como si fueran flores o arrojan rayos jugando a que son dioses oscuros; la electricidad se escapa bailando de los muertos cuando ya no le sirven para nada; y al fin qué son los átomos sino enjambres de energía eléctrica emboscada, como la sopa en cubitos. Hipótesis de trabajo: una piedra y yo nos diferenciamos en la imaginación que le van echando a lo suyo las electricidades que respectivamente nos habitan. Cosa otra es que nosotros la conozcamos sobre todo en su versión más estresada y en conserva, esa que nos llega corriendo y racionada a través de venas de colores hasta esos recipientes translúcidos que llamamos bombillas y que a mí me recuerdan a las bolsitas que llevan los enfermos en los hospitales para alimentarse con el gota a gota. Claro que a simple vista todo
esto no es evidente y los seres humanos, así, sin más resultamos,
eléctricamente hablando, mucho más tristes que las luciérnagas
o las tostadoras, pongamos por caso. Pero ya se verá que no; si,
por poner un ejemplo y, de paso, hablar de lo que me importa realmente,
te considero a tí y después me tomo a mí, y entrambos
ponemos el electrolito adecuado, pues ahí tienes. Tú objetarás
que vas por la calle y ellos van por la calle y generalmente no pasa nada,
todos tan neutros, cada uno a lo suyo. Pero si tú me miras a los
ojos y yo te miro a los ojos, de inmediato se produce una migración
de despavoridos electrones y la vida me anda a la pata coja, como si le
fallara un latido o el ascensor se quedara entre pisos y de repente todo
lo demás se hace accesorio. Se acabó la paz: yo quiero infinitamente
que tú vengas y tú puede que quieras venir mucho, bastante,
poco o nada, incluso los más días sólo quieres salir
corriendo pero lo que es innegable es que efectivamente se produce una
“tensión o diferencia de potencial cuyo valor exacto depende de
los materiales usados en la construcción de la pila, y no del tamaño
o de la forma de esta” en palabras del profesor Gómez-Cornejo,
un sabio, se lo juro. A mí, desde luego, cuando tú andas
cerca me pasa como cuando me meto en el microondas, las moléculas
enloquecen de contento, dan saltos y vueltas sobre sí mismas, no
se ocupan de otra cosa y por lo visto eso también es culpa de las
cargas eléctricas y los campos electromagnéticos.
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Habrá público escarmiento
(y fuego eterno) para quien no respete este © Copyright Nannicantipot
Faciebat Anno 2001.
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