De Casiopea, todos los gatos son blandos
.
El tigre no se mueve para que tú no huyas.
Sólo te mira con ojos como brasas, con todas sus fuerzas, para que nada más exista,
confiando en que veas que dentro de esa cáscara que lo hace todo imposible 
hay algo que te busca.

¿Cómo se ven las cosas desde ahí fuera? Porque desde aquí todo resulta un poco tembloroso y color hierro, parece que siempre andara rondando la lluvia. Declarar momentáneamente una tregua, como ahora, y hablar contigo (o, más bien, que me  hables mientras yo te miro igual que
los lagartos reciben al sol, te aprendo de memoria, beso minuciosamente con los ojos cada colina y cada valle de tu piel –cada colina y cada valle, cada pleamar y cada bajamar, cada quizá y cada nunca en la vida, cada sí/no, cada si/re, cada si/sol. Cada sol/nube, cada sol/agua, cada tic-tac, cada tac-tique, cada paso que diera el lobo sobre la llanura nevada de tu piel–; voy besando despacio cada hebra de tu pelo y me admiro de que me gustes tanto y de que aún así estés realmente ahí; trato de comer de tu alma antes de que te vayas, lo que sucederá demasiado pronto, invariablemente) entonces parar y hablar contigo es mirar el mundo a través de un ojo de pez, de un ojo de mosca, de un caleidoscopio. La gente se va quedando fuera de esa suerte de crisálida que de pronto nos rodea como a dos ninfas univitelinas (una de las cuales, desde luego, violentamente incestuosa) y yo ya no sé nada que no seas tú, delante mío, sinuoso fuego pequeñito y frío. De pronto, desde aquí dentro me asomo, polizonte, por el ojo de buey y todo es ridiculamente montaña rusa y vértigo.

Así que díme, ¿cómo es ahí fuera? ¿Qué ves cuando me miras? Debe ser la diferencia con
la que viven las galernas las gaviotas y los delfines; éste, tranquilo bajo el agua; aquella,
trapo zarandeado por el viento. ¿Todo va bien? ¿Todo tranquilo? ¿Tiene cada cosa su color correspondiente? ¿Es el mundo aún cuadradito y cartesiano? ¿Verdad que no? Los ojos que te están mirando, ¿son normales? ¿Indiferentes, incluso? ¿No los oyes decirte, gritarte, que te quiero? Y ¿ves a alguien más? ¿Quién? ¿Qué? ¿Saben que estamos aquí?

No, si no digo, ni pregunto siquiera si tú te sientes como yo. Sólo si al menos sabes que la fiera
te dejó entrar en su jaula, cerró una puerta que tú abrirás, desde luego, cuando quieras. Si te estás quedando un rato, aún entendiendo que estamos solos y que, aunque yo no voy a moverme, como no se mueven las flores para que no se les espanten las mariposas, sí voy a gritarte en silencio todas estas cosas mientras tú me cuentas historias y te mueves y te ríes y me miras y tus ojos y tu pelo y el fuego sinuoso y terrible, pequeñito y frío. 


 
 
López

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