Historia de
Benito espera

 

Un gato sentado ante una puerta es un signo de interrogación blandito y peludo y la puerta nota en seguida que se la pó tó fló. No dejaré pasar la ocasión para afirmar que, en consecuencia, Benito es eminentemente sincategoremático, a Talía sin Benito le falta el cuándo y el quizás, Talía sola es una flor sin jardín.

Benito ahí recostado es en sí mismo una gran pregunta y, en realidad, desde hace algún tiempo para Benito todo son preguntas orbitando alrededor de su cabeza, ¿dó Aralia? ¿quí las puertas? ¿por qué gato? y así muchas. Es bien sabido que los gatos cierran los ojos y no por ello están dormidos y en este caso la razón parece obvia, el zumbido de todo un planetario de preguntas-mosca alrededor de la cabeza da para aturdir a cualquiera; con lógica gatuna, Benito encuentra mucho más interesante dejarlas revolotear a su alrededor que ponerlas en fila para que se estampen contra la primera conclusión que pase por allí y además le fascina comprobar cómo los ojos, si abiertos, ven hacia adelante, si cerrados, ven hacia atrás, si adelante, de día, si hacia atrás, de noche..., los ojos son como la luna, mitad blanca, mitad negra. Desde aquí fuera se podría pensar que Benito esté simplemente afinando el tiro para ensartar en su garra uno de sus desprevenidos satélites, pero lo cierto es que lleva así demasiado rato. ¿El problema? Selenia. [...Selenia, Tesalia, Magnolia, Trifolia. En medio de una aguda crisis léxica, Benito no suele ser capaz de dar con la denominación exacta pero sí encuentra fácilmente ese color que salpica como flores silvestres tantos otros nombres cuyo repiqueteo convoca de inmediato a Calíope en su memoria].

En medio de aquel revoloteo, Benito de todas formas se da cuenta de que pasa muchos ratos en ese sitio, cada vez más ratos, de hecho a veces no recuerda haber hecho el camino que separa la cocina del baño, sólo sabe que está otra vez allí delante de esa puerta. Y que además de estar, ansía, espera, quiere algo y lo quiere tanto. Y él, claro, se hace el loco pero sabe lo que le falta y sabe que eso está del otro lado, donde ya nunca, desde aquel día, lo dejan pasar.

La primera vez que estuvo del otro lado (y la última, convengamos, porque fue la misma) Benito había venido despacito, siguiendo ondulante a Casiopea. Esa vez ella le dejó franca la entrada y él se encaramó sobre un taburete blanco y observó perezosamente a aquel ser que lo cuidaba. Le gustaba mirarla porque en seguida notaba en las costillas que el tiempo a su lado era placentero y tibio. Hasta ahí todo bien y después de ahí todo zozobra, de pronto la vida se inclinó como un barco en la arena y en adelante quedó afectada de una severa oblicuidad. Allí, delante de sus bigotes, Myrtillia era una flor. Y la flor se despojaba de sus pétalos de colores para dar a luz un fruto pequeño, blanco y hermoso. Benito miraba incrédulo a través de sus párpados entrecerrados cómo Posidonia se introducía en una cascada de agua como cuentas de vidrio y aleteaba como los pájaros en los árboles mojados los días de lluvia y, aunque Holoturia no podía ser gata (apenas un poco más grande pero tan distinta) Benito enfermó como si lo fuera y soñó. Soñó que aquel ser breve era un mar que lo arrastraba, que lo izaba y lo arrojaba lejos con enormes olas. Soñó que se asomaba a sus ojos y que lo tragaba un abismo sin fondo. Deseó que esos ojos lo devoraran, deseó dormitar en la hamaca de su sonrisa. Soñó que Anémona era un desierto interminable y que la recorría bajo un sol blanco e inextinguible y a través de una noche sedosa y negra y que el camino era dulce y no tenía fin. Por último, sintió unas extrañas ganas de afeitarse el mostacho y de escribir esos anhelos en algún lado (¿"escribir"?) y así poder revisitarlos de cuando en cuando o en las horas en que ella estuviera ausente.
En lo más alto del vértigo sintió que lo agarraban del cogote, sintió bajo su trasero el frío suelo del pasillo y tras de sí la puerta cerrándose de golpe. Le costó un poco rehacerse aunque no había nadie cerca, se levantó desordenado y fue dando tumbos a recostarse en un rincón.

Chrisalia nunca lo dejó volver a entrar en aquel cuarto húmedo y neblinoso. Como mucho, llegar hasta la puerta. Allí está cada día Benito, esperando con los ojos cerrados, muy cerrados, no sea que escape por entre los párpados la imagen de Aretusa que, ahora que se acuerda, es como se llama esa fruta pequeña y blanca en cuya pulpa papaya, blanda y moco desearía naufragar para siempre Benito, tonto gato enamorado.


 
 
 
 
 
 
 
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