| El Dormitorio de Gryffindor |
Capítulo Uno: El Reencuentro
Tras comprobar que todo estaba en orden, salió del aula de entrenamiento totalmente empapado en sudor. No pensó que fuera tan cansado repeler maldiciones desde tantos frentes. Había creído que los jóvenes a los que intentaba enseñar no tendrían tanto poder. Bueno, quizás individualmente no lo tenían, pero de quince en quince… menos mal que las clases ya habían terminado y podía irse a descasar. Pero antes necesitaba una ducha.
Mientras se acercaba los vestuarios, (ya estaba cerca, la primera puerta a su derecha), distinguió movimiento al final de pasillo, frente a la clase de Transformaciones Disuasorias que impartía Hermione. Podía ver el alto y delgado cuerpo de Ron intentando amedrentar a la joven de pelo castaño. Sus voces le llegaban claramente.
- ¿Y cómo crees que me siento cuando interrumpes mi clase para llamarme la atención delante de los alumnos?- Si se tenía en cuenta el tono beligerante de Ron, la voz de Hermione era bastante calma al responder.
- Si no quieres pasar vergüenza, entonces no hagas nada que ponga en peligro la vida de los estudiantes, y así yo no tendré que intervenir.
- Van a ser aurores, por favor. Deben estar preparados para todo. Creo que se te subió el cargo de directora a la cabeza.
- Y yo creo que no tienes ni pizca de lucidez. Cada día que pasa eres más irresponsable. A veces haces cosas tan temerarias como las de Hagrid.
- Me siento honrado. Muchas gracias. Mejor parecerme a él que terminar siendo una sabelotodo como McGonagall o tú.
- ¡RETIRA ESO!- Ahora Hermione sí parecía enfadada.
-No lo haré.
-¡Soy tu superior inmediato!
- ¿Vas a despedirme?
- ¡Lo estoy considerando!
Se miraron hirviendo en furia. Cualquiera que no los conociera podría pensar en un momento comenzarían a lanzarse trastos a la cabeza. Pero Harry tenía práctica en saber cómo terminaban las discusiones entre los dos. Y contó mentalmente:"Tres, dos, uno… cero" y efectivamente, Ron empujó a Hermione contra la puerta de madera y se arrojó sobre ella, besándola salvajemente. Ella pataleó y lo golpeó con furia en la espalda hasta que él se separó.
- ¡No puedes hacer esto cada vez que te doy una orden! Asúmelo, Ron, soy tu jefa. Y no puedes desahogar tu frustración así.
- Mira, cariño. Bastante me fastidia tener que obedecerte cada vez que se te antoja sacarte una regla del bolsillo. Así que déjame que disfrute de las escasas ocasiones en las que soy yo quien tiene el mando- Con una mano abrió la puerta y la hizo entrar en el aula sin miramientos, mientras se sacaba la túnica por los hombros. El portazo sonó ominosamente en el silencio del corredor.
Entrando en el vestuario, Harry sonrió. Ron no había aceptado el ascenso de Hermione a directora de la escuela de entrenamiento de aurores. No parecía gustarle el cambio en el status quo. Entendía que era un poco frustrante, porque ella podía llegar a ser bastante exigente con el tema de las responsabilidades y las normas, pero sentirse amenazado… Por Dios, Hermione adoraba a Ron. Estaba loca por él desde los once años.
Mientras comenzaba a desnudarse ante su armario en los vestuarios, oyó el ruido de una de las duchas al abrirse. Se preguntó quién sería. La mayoría de los profesores se iba a casa tras a jornada lectiva y él disfrutaba de las instalaciones en soledad. Hasta que Ron y Hermione habían comenzado su relación hacía aproximadamente tres meses, habían compartido un piso entre los tres. Se alegró cuando por fin se decidieron a dar el gran paso, les había tomado demasiado tiempo. Pero como pareja, Harry consideraba que tenían derecho a cierta intimidad, y no sin protestas por parte de sus amigos había resuelto trasladarse temporalmente a las instalaciones para profesores de la escuela de entrenamiento de aurores. Claro que la primera semana pronto se convirtió en un mes, y antes de darse cuenta ya llevaba un trimestre instalado allí, y no parecía molestarse en cambiar de residencia por un tiempo.
Era por eso que le resultaba tan intrigante que alguien más usara las duchas. Normalmente todos salían despavoridos hacia su propia casa, menos Ron y Hermione, que solían quedarse a trabajar allí y cenar con él. Cerró el armario y se encaminó a las duchas. Una de las cabinas individuales estaba cerrada, y veía salir el vapor de ella. Harry se dirigió a la gran ducha común y justo antes de abrir el grifo, oyó un golpe sordo y un gemido de dolor.
- ¿Hola?- pero nadie contestó. Sólo se oía el ruido del agua al golpear con fuerza los azulejos- ¿Pasa algo?
Otro golpe y nuevos gruñidos. Harry se aseguró bien la toalla en la cintura y se acercó a la cabina cerrada.
- ¿Necesitas ayuda?- Silencio. Un gemido- Voy a tomar eso como un sí. Abriré la puerta.
Cuando la luz entró en la pequeña cabina, lo primero que Harry distinguió fue una musculosa figura de rodillas sobre el suelo, de espaldas a él. La cabeza la tenía inclinada hasta apoyar la frente en el suelo, entre las nubes de vapor. Se agachó para tocar el hombro empapado.
- ¿Estás bien?- El otro sólo le contestó con un gruñido. Al estar más cerca de la pálida figura, Harry pudo ver cómo varios hilillos rojizos se perdían por el desagüe. Aquello era sangre. Aquél tipo estaba sangrando.
Tomó el hombro con más firmeza para ayudarlo a incorporarse, pero el otro negó con la cabeza y trató de ponerse en pie por sus propios medios. Se incorporó y de pronto, con un gesto impaciente, levantó la cabeza con fuerza y una larga y empapada melena rubio platino se estrelló en la espalda desnuda mojando el torso de Harry en el proceso.
"Maldición", pensó Harry "No puede ser, no puede ser, no puede ser". Pero se encontró mirando unos tormentosos ojos grises y la voz de Draco murmuró:
- ¡Que bien, Potter! Como siempre acudiendo al rescate. Que cansada debe ser la vida del héroe.
Draco tenía un ojo hinchado y casi cerrado, y el labio inferior partido. Pero Harry pensó que aquello en vez de restarle atractivo no hacía más que potenciar la perfección de sus casi femeninos rasgos. Los morados destacaban groseramente contra la lisa e insultantemente perfecta piel. Malfoy usó la mano derecha para retirar un larguísimo mechón de pelo de su cara, sin dejar de mirarlo con su ojo sano.
-¿Te gusta lo que ves?- Preguntó el rubio, obviamente irritado por el atento escrutinio de Harry. Este sintió cómo enrojecía hasta la raíz del pelo al ser sorprendido.
- Nunca tuviste nada que mereciera la pena ver- dijo serenamente mientras se levantaba. Pero el otro siempre tenía que decir la última palabra.
- Te sorprenderías Potter- e intentó su encantadora sonrisa. Claro que con un labio partido la mueca fue más bien patética, y sólo consiguió que sangrara de nuevo. Ese fue el momento que eligió un muy enrojecido Ron para entrar en los vestuarios.
El pelirrojo pareció sorprendido, y se mantuvo unos instantes parado en la puerta, lo que hizo que Harry notara la clara delineación de los pequeños dedos y palma de Hermione en la mejilla de su amigo. Ron pareció confuso por un momento, pero pronto comenzó a reír.
- ¡Mira a quién tenemos aquí! El mismísimo Malfoy. ¡Que gran honor! ¿A qué se debe tu visita? Si el recibimiento que ha dado Harry no es suficiente, me tienes dispuesto para lo que quieras. Ya vengo calientito.
Draco alzó la mano y tomó una toalla con la que se envolvió la cintura. Se levantó pesadamente y observó su cara en el espejo. Durante todo el proceso no dejó de hablar entrecortadamente.
- Ni en tus… sueños más húmedos… dejaría que te acercaras a mí en una ducha, Weasley… y menos cuando reconoces que ya vienes caliente.
Ron enrojeció violentamente y dio un paso hacia delante.
- Vete preparando, Malfoy. Te voy a poner el otro ojo a juego.
- Déjalo Ron, ¿No ves que no se tiene en pié?
- ¡Oh, San Potter al rescate! De nuevo. Que costumbre tan enojosa.
La pulla de Malfoy no le dolió. Quizás fue por el aspecto lastimoso de su cara, quizás por los oscuros moretones que poblaban sus costillas. Quizás fue porque Harry estaba hechizado por el juego de los músculos de la espalda del rubio, por aquella larguísima melena que rozaba la cintura delgada y firme, por la erótica desnudez de los pies delgados de Draco contra el suelo mojado.
"¿Qué pasa contigo, Harry? ¿Te estás volviendo loco? Se trata de un hombre, por amor de Dios, peor que eso, es Malfoy, ¿Es que tienes el cerebro lleno de serrín?" intentó dejar de mirarlo, pero no podía alejar la vista de los fuertes hombros del rubio.
- ¿Se puede saber qué haces aquí? ¿A qué has venido?- Ron aún tenía los puños apretados contra sus costados.
- Pregúntale a la directora- Draco sacudió la cabeza y se tocó con delicadeza un pómulo. Por un instante, sus ojos grises se encontraron con los de Harry en el espejo, haciéndole enrojecer de nuevo. Los labios finos de Malfoy se curvaron apenas en una sonrisa lobuna que desapareció al instante.
- Te estoy preguntando a ti.- Ron no iba dejar pasar el tema.
- Ya déjame en paz. Ahora no tengo ganas de hablar.- Intentó dar unos pasos, pero obviamente tenía al menos un par de costillas rotas, porque se movía con demasiada lentitud. Cada gesto parecía dolerle, y cuando perdió el equilibrio por el suelo húmedo y se golpeó el costado contra uno de los lavabos, Ron apenas tuvo tiempo de sostenerlo antes de que cayese al suelo desmayado.
Harry se acercó corriendo. Lo extendieron con delicadeza en el suelo y se miraron confusos.
- ¿Crees que debemos llevarle a la enfermería?
- ¿Qué demonios quieres hacer con él, sino?- preguntó Harry exasperado mientras se vestía deprisa.
- Bueno, tal vez golpear sus maltrechas costillas un poco más, ahogarlo con mis calcetines sucios y luego deshacernos de su cadáver en el río.
- Estás enloquecido, Ron.
- Puede ser. Pero no sé porqué, presiento que la reaparición de Malfoy nos va a traer problemas.
Lo cargaron no sin esfuerzo hasta la enfermería. No era tan cálida y acogedora como la del colegio, pero estaba bastante bien. Los entrenamientos no eran lo suficientemente violentos como para tener heridos graves, así que Draco era el único que dormiría allí en la noche. El personal de la enfermería se había ido, no haría falta más que descanso para soldar los huesos y el efecto de la pomada curaría rápidamente los hematomas. Mientras observaban a un Draco semiconsciente, Hermione entró a la carrera.
- ¿Ya está aquí?- Traía las mejillas arreboladas, y tomó aire antes de volver a hablar- ¡Qué descaro! Se suponía que primero tendría que reportarse.
- ¿Sabías que este tipo iba a venir y no nos dijiste nada?- Ron siempre encontraba algo por lo que discutir con ella, y Hermione no le dio mayor importancia a su enfado.
- Está mucho peor de lo que me dijeron. Sabía que vendría algo magullado, pero esto es… demasiado.
- ¿Quién se lo ha hecho?- Harry no pudo evitar preguntar.
- ¿HOLA? ¿Me escucha alguien?- Ron trató de llamar la atención.
- Su labor de espionaje concluyó no demasiado satisfactoriamente. Lo único que podemos agradecer es que estaba con los duendes, y no con los dementores. En ese caso… no creo que hubiese vuelto.
- ¿Ha estado con los duendes desde la batalla final?- Harry no entendía porqué quería saber tanto.
- No. Pasó un año en Los Cárpatos buscando Mortífagos, y luego hace seis meses se fue con los duendes.
- ¿A quién le importa dónde diablos estuvo? ¡Lo que interesa es cuando se irá!- nadie pareció prestarle atención, y Ron gritó más fuerte.- ¿Es que nadie me hace caso?
- Por favor, que alguien calle a esa comadreja- murmuró Draco abriendo un ojo- Me va a reventar la cabeza.
- ¡Vaya!- Exclamó Hermione, con una sonrisa- Despertaste. ¿Cómo te encuentras?
- Si se recuesta aquí conmigo, señora directora, estaré encantado de demostrarle lo bien que me siento.- Draco tenía la cabeza apoyada en la almohada, los ojos firmemente cerrados de nuevo.
Hermione lo miró fijamente antes de contestar. Ron estaba a punto de explotar de furia, pero ella no lo veía porque se encontraba detrás de ella.
- Lamento romper tus esperanzas, Malfoy, pero eso me apetece tanto como dejar que me pisen los gigantes. Como veo que intentas recuperar tus siempre dudosos encantos, supondré que te sientes restablecido y que será mejor que nos retiremos.
- Eso es perfecto- Dijo Ron tomándola del brazo y encaminándose a la puerta- Tú y yo tenemos que hablar.
- No sabes cómo me aburres cuando te pones así.- Dijo ella cansinamente al desaparecer.
Harry los miró salir y se volvió hacia Draco con media sonrisa en los labios. Se le congeló la sonrisa al ver que Malfoy tenía los ojos grises clavados en él. Se revolvió inquieto, sin saber qué decir.
- ¿Y tú, Potter?
- ¿Yo qué?- preguntó confundido.
- ¿No quieres acercarte aquí y probar un poco de lo que tanto mirabas hace un rato?- Dijo Malfoy con desfachatez.
Harry sintió que enrojecía por tercera vez en menos de una hora. Se sentía incómodo bajo la mirada escrutadora de Draco, pero no sentía el asco o repulsión que pensaba que sentiría si le hacían una proposición de ese tipo. De hecho… una vena loca en su cabeza le estaba mandando mensajes contradictorios. "Hazlo, hazlo. Estás deseándolo" Por un momento, fantaseó ligeramente, antes de darse cuanta de que era Malfoy, su enemigo declarado en los años de colegio… que probablemente sólo buscaba humillarle otra vez.
- ¡Oh, bueno!- no supo de dónde le salió la voz para contestarle tan serenamente- Declinaré la oferta, al igual que Hermione. No eres un bocado que apetezca mucho a los Gryffindors, como ves.
- Sólo tenías que decir que no te apetecía a ti, Potter.- Harry se dio media vuelta y se alejó, pero la voz de Malfoy lo persiguió hasta la puerta.- ¿O es que no es el caso?- Pero el moreno ni siquiera se volvió antes de salir.
"Eso es lo que sacas por preguntar", pensó Draco dejando caer la cabeza sobre la almohada. "Sólo tu mente calenturienta podía imaginar que San Potter te estaba mirando con ojos lascivos"
Intentó convencerse de que estaba equivocado, pero cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la imagen del rostro de Harry reflejado en el espejo. Aquello era deseo. Lo sabía. Lo conocía perfectamente. Había pasado muchos años en el colegio observando claramente cada uno de sus movimientos. Al principio creyó que era odio, no quiso reconocer cuándo se convirtió en obsesión. Pasó el último año en Hogwarts aterrado ante la idea de que en cualquier momento alguien adivinara su oscuro secreto. Temía y deseaba en la misma medida que Harry se volteara y lo mirara fijamente, porque sabía que si Potter lo miraba DE VERDAD; no a Malfoy, sino a él, a Draco; descubriría sus sentimientos. Pero nunca pasó. Llegó la última noche y no fue capaz de decirle nada. Era más que temor al rechazo. Prefería que Harry no supiera nada porque podía soportar su indiferencia, pero no la humillación.
Al salir de Hogwarts, renegó de su padre y no ingresó en los mortífagos, y optó por unirse a los aurores, sólo para descubrir que el secreto objeto de sus anhelos se había alistado allí también. ¿Nunca se vería libre de él? El entrenamiento de seis meses fue duro, la batalla se acercaba, y además estaba en desventaja por ser el único Slytherin entre las filas de los aurores. Cuando todo terminó y Voldemort fue definitivamente derrotado, se encontró con que tenía dieciocho años recién cumplidos, y ningún objetivo en la vida. Tampoco familia o amigos, así que durante el año y medio siguiente se dedicó a pedir las misiones más arriesgadas e intentar olvidar.
Ahora debía descansar en la sede central hasta que estuviera lo suficientemente recuperado. No tenía planes para después… pero si la vida le había puesto a Potter de nuevo en el camino, esta vez no iba a desaprovechar la oportunidad. Porque dijese lo que dijese el moreno… aquello que latía en el fondo de los ojos verdes había sido deseo. Podía apostar.
Se removió suavemente en la cama, probando la eficacia de la poción crece-huesos. Se sentía mejor. Sabía que se arriesgaba a que le descubrieran, y que los duendes tenían una veta malvada, pero había confiado en su habilidad para aparecerse. Obviamente, se había sobreestimado. Se tocó levemente el pómulo, con precaución. Casi no dolía. Y deslizó la lengua sobre el labio maltrecho. Aquello estaba mejor. Mucho mejor. Debía tener el mejor aspecto posible si lo que quería era seducir a Harry. Por lo que había captado aquella tarde, a Potter le había gustado lo que había visto. Se encargaría que le gustara de nuevo.
Giró con cuidado para mirar por la ventana. Por un instante se preguntó si ese plan absurdo de llevarse a Harry a la cama no era más que una manera de volver a retrasar el problema de afrontar que no tenía idea de qué hacer con su vida. ¿Qué tan vacío y sólo se podía llegar a estar? ¿Cuánto tiempo más vagaría sin rumbo? Esa sensación de abandono tan familiar volvió a anudarse en su estómago. Cerró los ojos e intentó dormir.
La mañana lo encontró probando sus recién soldadas costillas. Aún no podía hacer movimientos bruscos, pero sabía que todo mejoraría a lo largo del día. Las heridas en su cara casi no se notaban, y decidió que era el momento perfecto para poder darse la ducha que merecía en condiciones. El día anterior, el mero hecho de agacharse a tomar el jabón había provocado tan fuertes dolores que se había mareado. Tenía el cabello enredado y no se sentía limpio. Entró en los vestuarios sin forzar el paso. Y ¡sorpresa! Harry estaba allí.
- Buenos días, Potter- Le gustó la forma en que el otro levantó la cabeza y le miró. Estaba asustado. Las cosas iban bien si era Draco quién tenía el control. Se dio el lujo de observar cómo el sueño había suavizado las facciones de Harry, dándole un aire tan aniñado como en el colegio. De hecho, llevaba el pelo igual de revuelto. Ese aire confuso y desamparado siempre lo había vuelto loco. Deslizó la vista por el torso desnudo de Harry. Allí… bueno, allí se acababa el niño. Harry tenía un grandioso cuerpo masculino, musculoso en los lugares adecuados, sin resultar intimidante. Hermosos y fuertes hombros, brazos marcados. Un pecho amplio y perfecto, sin sombra de vello. Y un estómago tan plano y duro que Draco duramente resistió las ganas de morderlo para ver si lograba enterrar sus dientes en él. Vió cómo Harry tragaba aire, sus ojazos destellando detrás de los lentes, ¿no era increíble que siguiera usando el mismo absurdo modelo redondo?
- ¿Vas a seguir mirándome así?- Harry, en un detalle encantador que arrancó una sonrisa a Draco, usó la chaqueta del pijama para cubrirse pudorosamente el pecho.- Ya está bien, ¿no crees?
- Pues no. Aún me queda mucho por ver.- Intentó sonar casual, pero la voz le salió ronca.
- Tienes la mente enferma, Malfoy.
- Sí, es de familia. Es uno de los rasgos de los que más nos enorgullecemos.
Harry seguía parado mirándole, y Draco decidió dar un paso más. Alguien había llevado sus cosas a la enfermería durante la noche, así que se había puesto su batín de seda esmeralda para acercarse a las duchas. Con los ojos de Harry fijos en él, comenzó a desanudar el cordón.
- ¿Qué… qué haces?
- Es obvio, me parece. Me estoy desnudando- repuso calmadamente.
- ¿Para qué?- se detuvo. ¿Había pánico en la voz de Harry?
- Duchas, Harry. Esto está lleno de duchas. ¿Qué creías?- El alivio inundó los ojos verdes. Y Draco decidió presionar más- ¿Pensabas que te empujaría contra la pared y te poseería cruelmente?
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