El Dormitorio de Gryffindor
Detención Con Millie
Escrita por: Oldenuf2nb
Traducida pòr: Nalero y Val

Millicent Bulstrode entró con paso desgarbado a la biblioteca, cruzó el piso principal de lectura caminando entre las mesas llenas de estudiantes de tercero y cuarto hacia el privado que había mas allá. Estaba completamente molesta por el hecho de tener que pasar la tarde castigada; no era su culpa que Parkinson hubiera transformado su tarea de pociones en una caricatura nada halagadora de Snape con vestido. Esa broma ya era tan vieja que nadie mas de las otras casas la utilizaba y ella era demasiado inteligente como para insultar al Jefe de su Casa. Desafortunadamente no le caía bien al profesor, nunca le había caído bien y no se había mostrado dispuesto a escuchar nada de lo que ella tuviera que decir. Así que aquí estaba, de camino al salón de castigo de estudio para los de séptimo año.

Los altos mandos de La Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería habían decidido que una vez que los estudiantes habían cumplido los diecisiete o dieciocho años ya no necesitaban cuidado personalizado aún cuando los hubieran castigado. Todos los castigos de séptimo tenían lugar los sábados por la tarde, de esta manera resentían aun mas el castigo, en especial aquellos que estaban en los equipos de Quidditch. Todas las casas practicaban los sábados aun cuando no tuvieran partido y era muy raro ver a cualquier jugador castigado porque todos lo evitaban meticulosamente. Fue por este motivo que la sorprendió un poco entrar en el cuarto y ver no solo a uno, sino a dos capitanes de Quidditch sentados en una de las largas mesas.

Harry Potter veía con el ceño fruncido el pergamino que tenía frente a sí, las cejas negras gachas y los ojos verdes atormentados. No lejos de él estaba sentado Draco Malfoy con su apariencia perpetua de aburrimiento y desinterés por todo lo que le rodeaba, con una ceja rubia arqueada mientras hojeaba un libro que evidentemente no estaba leyendo. Aquí solo había dos mesas, por lo que no era realmente de sorprenderse que los dos antagonistas de tanto tiempo estuvieran sentados del mismo lado de la misma mesa. La chica se preguntó qué habrían hecho para que los castigaran, pero se encogió de hombros mentalmente. Quizá se habían peleado en algún pasillo; siempre andaban uno contra el otro de una manera o de otra.

Millicent se sentó en la otra mesa dejando caer el libro provocando un ruido sordo. Potter levantó los ojos para dedicarle una mirada de reconocimiento antes de regresar a su tarea; Malfoy la ignoró por completo. Momentos después entró McGonagall que frunció los labios al ver a Potter sentado ahí.

“Sr. Potter,” dijo con aire de superioridad. “Imagina mi descontento al descubrir que esta tarde te reunirías con nosotros durante el castigo en vez capitanear a tu equipo durante la práctica en el campo como es tu deber. Diez puntos menos para Gryffindor por dejarte provocar.” Millicent miró rápidamente a Malfoy justo a tiempo para verlo sonreír satisfecho, luego miró a Potter y vio que se los pómulos se le teñían de color por el coraje. Sus nuevos pómulos angulosos.

Millicent siempre había hecho los comentarios apropiados sobre el “Maldito Potter”. Hacer lo contrario en su casa le hubiera atraído la desagradable atención de los otros, cosa que ya lograba su desafortunada apariencia física. Su supervivencia dentro de Slytherin estaba basada en ser mas inteligente y por lo tanto mas peligrosa que la mayoría de sus compañeros. Pero la verdad era que siempre había pensado que “El Chico Que Vivió” era bastante guapo, incluso cuando iba en primero con ese corte de pelo y lentes tan feos. Tenía algo: un aire de rareza que parecía adherírsele. Por supuesto, era completamente inconsciente de ello. Millicent pensaba que quizá era uno de los chicos mas despistados que hubiera visto, pero no había una chica que no hubiera visto a Harry Potter. Y en especial este año.

Había dado el estirón durante el verano y ahora era casi tan alto como Malfoy, quien al menos medía uno ochenta y cinco. Conservaba la estructura delgada de la infancia, pero ahora tenía músculos, se veía larguirucho y esbelto y tenía una forma de caminar lenta y con un vaivén, que incluso Parkinson le decía “el sexo con piernas”. Si, Millicent se había percatado de todas esas cosas de las que las demás chicas no paraban de hablar; sus hermosos ojos verdes, ese grueso cabello negro que pedía a gritos que una chica enterrara las manos en él, los hombros amplios y el pecho profundo. Y su trasero. Era difícil no ver ese trasero, en especial cuando se ponía el uniforme de Qidditch y se sentaba sobre una escoba. Si, Harry Potter había crecido para convertirse en un joven guapo y lo mas atractivo era que él no tenía ni idea.

Por el otro lado estaba Malfoy. Malfoy siempre había sido casi demasiado bello para ser real, con su cabello platinado, sus ojos grises tempestuosos y sus rasgos ligeramente angulosos pero aristocráticos. Él estaba consciente de ello y lo utilizaba a su favor creando una amplia brecha entre la mayoría de las chicas guapas de quinto para arriba y últimamente incluso los chicos. Era abiertamente bisexual y ello le generaba un aire de prohibición a su estilo. Tenía un toque de crueldad alrededor de la boca, que había disminuido considerablemente cuando su padre fue enviado a Azkaban. Ya no era el chico malvado de antes, pero en esos ojos grises todavía había algo a la espera, algo que observaba, como si buscara la debilidad del oponente. Millicent se estremeció un poco y alejó la mirada de él. Con demasiada frecuencia la chica había sido el objeto de sus burlas y aunque ya tenía años que eso no pasaba, ciertamente no quería llamar su atención.

“Su castigo comienza ahora y durará dos horas exactamente. La Sra. Pince está en el cuarto exterior y vendrá a verlos ocasionalmente. Como estudiantes de séptimo, espero de ustedes, de todos ustedes,” les dirigió a los chicos una mirada gélida, “que se comporten apropiadamente. Si escucho algún alboroto proveniente de este cuarto, se las verán conmigo.” Dirigiéndoles una última mirada gélida, la mujer se marchó dejándolos sentados en las mesas.

“Bla, bla, bla,” murmuró secamente Malfoy.

“Cállate,” le replicó Potter. Permanecieron sentados en medio de un silencio incómodo.

No hubo sonido ni conversación alguna durante la primera hora. Millicent ignoró a los dos chicos para terminar de volver a escribir su ensayo de Pociones y comenzar el de Runas Antiguas. De hecho, el ambiente del cuartito era bastante agradable; no había susurros ni risitas tontas, ni burlas malintencionadas dirigidas a ella y se acababa de percatar de que había logrado avanzar bastante cuando un ligero sonido proveniente de la otra mesa llamó su atención. Levantó la mirada pero no vio nada perturbador; tan sólo que Malfoy sonreía burlón y Potter se veía ligeramente incómodo, pero eso no era nada nuevo. Volvió a su texto de Runas y estaba buscando otra traducción cuando se escuchó otro ruido apagado pero fuerte de la otra mesa y levantó la mirada irritada. Pero otra vez no pudo ver nada anormal fuera del hecho de que Malfoy había cambiado de postura en la silla y que su expresión era de autosuficiencia y que Potter estaba completamente ruborizado. ¿Qué estaba pasando? Los miró furiosa en silencio y luego regresó a sus libros.

Momentos después, tiró sin querer de un rozón una pila de pergaminos al suelo, soltó un resoplido y se agachó debajo de la mesa para recogerlos. Acababa de apilarlos y ya iba a enderezarse cuando miró hacia la otra mesa y se quedó paralizada... con los ojos cafés abiertos desmesuradamente.

Draco Malfoy se había quitado una de sus caras botas de piel italianas y su pie delgado enfundado en un calcetín de seda negra, se deslizaba sinuosamente debajo de la pierna del pantalón de Potter. Pudo ver que le estaba acariciando la pantorrilla musculosa, pudo ver el vello negro de la pierna de Potter en el punto en que la orilla de su calcetín se había atorado con los dedos de Malfoy. Malfoy estaba haciendo piececitos con el Gryffindor. Y Potter no lo rechazaba. Ja.

Millicent se enderezó y apiló sus pergaminos sobre la mesa haciendo ruido como para recordarles a los chicos que ella estaba ahí. La sonrisa burlona de Malfoy se profundizó al igual que el sonrojo de Potter. Volvió a reinar el silencio.

Salvo que ahora la chica no se podía concentrar en su tarea. A cada rato miraba de reojo la otra mesa y se percató de una docena de cosillas que no había visto antes.

En realidad estaban sentados muy juntos, si se tomaba en cuenta que la mesa medía casi dos metros y medio. Sus codos casi se tocaban y era como si... estuvieran sentados reclinados hacia el otro. Bueno, Malfoy estaba reclinado hacia Potter; Potter estaba sentado completamente derecho con los ojos en fijos en su tarea, pero Millicent se percató de que la pluma que tenía en la mano no se había movido sobre el pergamino desde hacía un buen rato y que a cada rato tragaba con dificultad.

Malfoy se sentó mas de perfil en su silla recargándose sobre el brazo. Millicent vio cómo levantaba la rodilla lánguidamente antes de desaparecerla otra vez debajo de la mesa y pudo escuchar el suave jadeo de Potter. Bajó rápidamente hacia su regazo la mano libre, como si intentara frenar algo y Millicent tuvo una buena idea de lo que era cuando la sonrisa de Malfoy amenazó con enseñar los dientes.

“Ya basta,” susurró Potter tan bajo que Millicent casi no lo escuchó aunque estaba aguzando el oído.

“Ya basta, ¿qué?” preguntó Malfoy escuchándose aburrido y pasando de hoja el libro casualmente.

“Ya sabes qué,” siseó Potter dirigiéndole una mirada rápida a ella. La chica bajó la mirada intentando parecer desinteresada. “Te voy a romper los malditos dedos.”

“No es cierto.” Malfoy le dedicó mirada maliciosa. “Te gustan mis dedos.”

“Ya basta, Draco,” persistió Potter con el mismo tono apurado. “Lo digo en serio.”

La Sra. Pince entró en ese momento deteniéndose en el umbral para verlos y Malfoy se alejó de Potter como si nada, como si simplemente estuviera cambiando de posición en su silla y se cruzó lánguidamente de piernas. La Sra. Observó la escena que parecía ser la de tres estudiantes estudiando diligentemente y se marchó en silencio.

“Bastardo,” dijo Potter entre dientes una vez que se hubo marchado la bibliotecaria. Entonces Malfoy le sonrió mostrándole sus dientes blancos.

Por su parte, la mente de Millicent iba a mil por hora. Potter había llamado ‘Draco’ a Malfoy. Y no sólo eso, sino que parecía haber una corriente subterránea que le hacía creer que entre ellos había algo decididamente sexual. Algo que era no solamente asombroso dado el nivel de enemistad mutua que ambos habían mantenido siempre, sino porque hasta hace poco, Potter había estado dentro de una larga relación con Ginny Weasley. Nunca había habido el menor indicio que sugiriera que le gustaban los chicos. Entonces, ¿qué era esto? Parpadeó rápidamente bajando la mirada a su tarea pero sin verla realmente. ¿Era gay? ¿Potter era gay? ¿Andaba con Malfoy? Era algo demasiado exagerado como para creerlo. Tenía que haber alguna trampa, quizá estaban intentando hacerle una broma pesada, algo que bien podía imaginar por parte de Malfoy. Se prometió ignorarlos.

Y durante cinco minutos logró hacer un muy buen trabajo. Hasta que estuchó un sonido proveniente de la otra mesa, un sonido que era inequívocamente un gemido suave. Levantó la mirada y se volvió a quedar paralizada con los ojos fijos en los dos hombres.

Malfoy había vuelto a girarse en su silla y estaba de frente a la mesa, seguía sosteniendo su libro casualmente con una mano de dedos largos, pero la otra estaba indudablemente en el regazo de Potter y su codo se movía. Lentamente. De arriba para abajo. Como si estuviera masajeando... algo. Y Potter tenía los ojos fuertemente cerrados, se mordía el labio inferior y tenía la cara tan roja que parecía que tuviera fiebre.

“Draco,” resolló Potter aceleradamente. “Por favor.”

“Por favor ¿qué, Harry?” preguntó suavemente Malfoy descansando el libro sobre la mesa para poder cambiar de página, su expresión era tranquila, pero su codo seguía moviéndose con un ritmo lento, casi hipnótico rozando con cada movimiento el pecho de Potter. Éste respiró profundo, tenía los puños cerrados sobre la mesa, ya no fingía estudiar. La pluma blanca que tenía en la mano temblaba.

“No estamos solos,” siseó Potter apenas audiblemente. Millicent bajó la mirada rápidamente hacia su tarea, pero sabía que tenía la cara tan roja como la de Potter.

“Ah, a Millicent no le importa.”

La chica se paralizó al escuchar su nombre y levantó lentamente los ojos para descubrir a Malfoy observándola con ojos tranquilos mientras seguía moviendo la mano debajo de la mesa sobre Potter.

“¿O si, Millie?”

“Draco, por favor,” suplicó Potter dirigiéndole una mirada de disculpa a Millicent.

“¿Qué? ¿De pronto eres tímido? A ella no le importa. ¿Verdad que no, Millie?”

La chica pasó saliva con dificultad, pero no había forma de que pudiera articular sonido alguno. Draco le arqueó una ceja rubia, como si estuviera retándola, luego al ver que no iba a decir nada, puso el libro boca abajo sobre la mesa y se volvió hacia Potter. Levantó la otra mano para quitarle los lentes casualmente y dejarlos sobre la mesa, luego curvó sus dedos largos sobre la quijada cuadrada del otro chico y giró su cara hacia él, se inclinó y capturó su boca antes de que Potter pudiera protestar.

Potter se tensó, pero, al contrario de lo que Millicent esperaba, no lo alejó. Entonces Malfoy cambió las manos, la que tenía en la cara de Potter se deslizó por su pecho hasta su regazo y subió la otra para rodear sus hombros anchos, llevando la mano hasta su grueso cabello negro y alborotado. Cerró el puño haciendo la cara de Potter hacia atrás y de lado para profundizar el beso. Millicent pudo ver que las mejillas de Malfoy se ahuecaban, vio su quijada moverse y supo que tenía la lengua dentro de la boca de Potter. Los miró fijamente, incapaz siquiera de parpadear, mientras Potter llevaba una mano a la mejilla de Malfoy y le acariciaba el pómulo suavemente con el pulgar.

Estaba completamente impresionada. Potter le estaba correspondiendo el beso, era evidente que Malfoy lo estaba masajeando sobre los pantalones y lo estaban haciendo delante de ella a sabiendas de que los estaba observando. Ya no fingió que no era así.

¿Estaban locos? La Sra. Pince podría entrar en cualquier momento; estaba al otro lado de la puerta. Si entrara en este momento ¿qué parecería? ¿En especial con ella ahí sentada observando? La humillación sería increíble, pero en cierta forma pervertida, le añadía excitación al momento.

Millicent cruzó las piernas debajo de la mesa con los puños apretados en la falda. Malfoy ladeó la mano y Millicent pudo ver que la deslizaba dentro de la pretina de los pantalones de Potter para hacer a un lado sus bóxers negros hasta que supo con certeza que ahora lo tenía en la mano, piel contra piel. Potter se movió bruscamente y gimió y Malfoy rompió el beso para deslizar los labios sobre la garganta expuesta de Potter. “Tienes que guardar silencio,” susurró, “o tendré que detenerme.”

“No,” replicó Potter desesperado igualmente en voz baja. “No. No te detengas.”

“Entonces, pórtate bien.”

Luego comenzó a acariciarlo fervientemente, subiendo y bajando la mano dinámicamente, subiendo y bajando. Podía verla moviéndose dentro de los pantalones desabrochados, debajo de la tela negra. La respiración de Potter era violenta; la expresión de su rostro casi dolorosa. Millicent no habría podido apartar la mirada ni aunque tuviera que hacerlo. El juego de esa mano era hipnótico, brusco, un movimiento fuerte, todavía estaba escondida dentro de los Levis de Potter, pero era evidente lo que estaba haciendo. Potter profirió otro sonido necesitado, casi como si no pudiera evitarlo y se mordió el labio. Malfoy le envolvió el cuello con el brazo descansando la palma de la mano sobre su frente para presionar la cara de Potter contra su cuello.

Tenían las cabezas juntas y el contraste era extraordinario; cabello negro azabache mezclado con rubio platinado, una quijada pálida presionada contra una mas oscura, ligeramente rugosa por la barba incipiente. Descansando la mejilla contra la del chico de cabello oscuro, no dejaba de mirar hacia la puerta para asegurarse de que nadie mas pudiera ver. Y luego miró directamente a Millicent, con ojos grises francos llenos de pasión.

“¿Acaso no es hermoso?” le preguntó suavemente moviendo la mano con mas fuerza. La chica podía escuchar ahora el sonido de piel contra piel y el gemido suave de Harry. “¿Has visto algo parecido a él, Millicent?” la chica se humedeció los labios con la lengua y negó lentamente con la cabeza incapaz de apartar los ojos de esa mirada penetrante.

“Deberías sentirlo. Es grande, Millie, realmente grande. Y duro, puedo sentirlo tensarse contra mi palma.” Potter jadeó y Millie vio una de sus manos aferrarse al bícep de Draco con fuerza, enterrándole las uñas.

La chica no podía ver los ojos de Potter, pero sí podía ver su boca hermosa ligeramente entreabierta temblorosa mientras trataba de respirar. “Lo único mejor que esto es cuando está dentro de mí, ¿verdad, bebé?” sacó la lengua para acariciar la mejilla de Potter y el chico se sacudió espasmódicamente moviendo la quijada. “Es cierto, ¿verdad que si? Lo único mejor es estar arriba de mí, adentro de mí, embistiéndome una y otra y otra vez contra el colchón.” Movió la mano al ritmo de sus palabras y la chica vio que Potter sacudía los hombros, lo escuchó jadear y luego vio que todos los músculos de su cuerpo se tensaban cuando él comenzó a temblar.

El chico llevó las manos a los brazos de la silla aferrándose a ellos, enterrando las uñas, tenía los nudillos blancos y la espalda arqueada. “Así, bebé,” canturreó Draco moviendo la mano todavía, la respiración del otro chico era entrecortada, “así. Vamos, sé un buen chico.” Ahora le besaba la cara una y otra vez. Después de un momento tenso, Potter quedó fláccido con la cabeza apoyada sobre el hombro de Draco, tenía la piel bañada de un fino sudor, su larga garganta se movía cuando pasaba saliva.

Millicent, por su parte, no podía moverse, estaba demasiado excitada. Nunca, nunca en su vida había visto algo así.

Se había venido, había observado venirse a Harry Potter y había sido la cosa más sexy que hubiera visto jamás. Estaba desesperada por tocarse, pero sabía que si lo hacía nunca la dejarían en paz. Así que se limitó a mirarlos fijamente mientras Malfoy volvía a besar a Potter lentamente, luego lo observó sacar la mano de sus pantalones y lamerla casualmente, con lascivia.

Después de eso sacó la varita de su manga y la movió hacia la entrepierna de Potter susurrando un hechizo. “Abróchate los pantalones, bebé,” dijo casualmente levantando la cabeza desmadejada de Potter con una mano debajo de su barbilla para besarlo nuevamente, pero mas lento, deslizando la lengua visiblemente. “Antes de que le des un espectáculo gratis a alguien mas.”

Potter pareció recobrar la compostura a base de pura fuerza de voluntad, se enderezó evitando los ojos de Millicent mientras se abrochaba los pantalones y por último se abrochó el cinturón. Miró fervientemente a Malfoy, quien le sonrió dulcemente y le acarició suave, lentamente la espalda con una mano para depositarla sobre su hombro fuerte, luego se enderezó y recogió su libro como si nada hubiera pasado.

Millicent no podía respirar apropiadamente. Ya no los veía, tenía la mirada fija en el pergamino en blanco que tenía frente a ella y podía jurar que la habitación apestaba a sexo. Tragó con dificultad y entonces brincó casi medio metro cuando la Sra. Pince llegó al umbral.

“Se terminó el tiempo,” dijo con indiferencia. “Pueden marcharse.” Se volvió y regresó a la parte exterior de la biblioteca.

Millicent no necesitó que se lo dijeran dos veces. Guardó sus libros y pergamino sin cuidado alguno en su morral y salió prácticamente corriendo sin mirar atrás con la cara ardiendo. Malfoy sonrió petulante; Potter recargó los codos sobre la mesa con la cara entre las manos.

“¿Dime nuevamente por qué no pudimos simplemente entrar en el Gran Comedor tomados de la mano?” preguntó Harry, su voz salió apagada entre sus manos, pero completamente mortificada.

Draco cerró su libro y se volvió hacia él con expresión tolerante. “De hecho, son varias las razones y te las enumeraré si volteas a verme.”

Harry dejó caer las manos, volteó la cabeza hacia Draco y suspiró. El rubio sonrió un poco. “Dios, eres bello cuando estás avergonzado.” Sonrió mas abiertamente dándole un beso rápido.

Cuando se hizo para atrás, Harry tenía los ojos entrecerrados y no se veía tan divertido como Draco se sentía. “Está bien, aguafiestas,” resopló, pero sus ojos brillaban. “Primero que nada, que entráramos tomados de la mano no iba a convencer a nadie de nada. Pensarían que les estábamos gastando una broma. Y dudo mucho que me dejaras masturbarte frente a la mesa de Gryffindor.” Arqueó una ceja, Harry le dirigió una mirada torva, pero no hizo comentario alguno. “En segundo lugar, le acabamos de hacer un enorme favor a esa chica y por partida doble.”

Harry frunció ligeramente el ceño. “¿Cómo?”

“Bueno, la pusimos tan cachonda que lo mas probable es que esté encerrada en algún baño de mujeres entre aquí y los calabozos y quizá en este mismo momento esté teniendo el orgasmo de su vida.” Harry gruñó al imaginarse eso y volvió a esconder la cara entre las manos. “Y por primera y única vez en su vida, puedo asegurarte que esta noche, Millicent Bulstrode será la chica mas popular en la sala común de Slytherin, pues tiene la mejor historia que nadie ha tenido en siete años.”

Entonces Harry se volteó para acomodar la cara dentro del cuello de Draco con un suspiro. Éste le pasó el brazo por los hombros, abrazándolo. “Te gustó,” le dijo finalmente en tono de broma. Harry le dio un codazo en las costillas, pero no lo negó. “Y tu fuiste el que decidió que ya era hora de revelarlo. Ésta fue la forma mas efectiva y con ventajas adicionales.”

Harry se enderezó sacudiendo la cabeza. “Ése es el razonamiento mas enredado que haya escuchado nunca.”

“Si, y tu pudiste venirte debido a él, cachorrito.” Draco rió cuando Harry hizo el ademán de pagarle en la nuca, pero él fue demasiado rápido y se agachó para esquivar el golpe. “Ven, vámonos.”

Se pusieron de pie y comenzaron a guardar las cosas en sus mochilas. Cuando terminaron, Draco deslizó la mano entre la de Harry, entrelazó sus dedos para sacarlo así del cuarto trasero de la biblioteca a la vista de una mesa llena de estudiantes de tercero y cuarto que los miraron con ojos desorbitados. Harry no hizo el intento de alejarse, sino que se limitó a mirarlo indulgente.

“Además,” Draco se inclinó hacia él para murmurarle algo mientras cruzaban la puerta. “Hay un clóset de escobas en el tercer piso en donde puedes regresarme el favor.”

La sonrisa con la que le contestó Harry fue lenta, pero perversa.

Millicent salió del cubículo del baño de mujeres del tercer piso, habiéndose lavado las manos cuidadosamente y dirigiéndose directamente a la sala común de Slytherin.

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