Creo que a estas alturas d e la película todos habréis oído hablar de American Beauty. Sobre este soberbio film ya se ha dicho todo. Original en su planteamiento (aunque deudor de Sunset Boulevard) y en su desarrollo, perfecta la dirección y perfectos los interpretes, pero casi todo el mundo comenta: "es una crítica ácida del sistema de vida americano"; y yo me pregunto ¿sólo del americano?
Mientras veía American Beauty pensé que el barrio donde vivía la familia de Lester Durham (genial como siempre Spacey) era el barrio suburbial de chalecitos adosados de Médico de familia; que el doctor Martín estaba enamorado de una pija quinceañera amiga a de su hija, que se masturbaba por las mañanas en la ducha pensando en ella y que el abuelo ferroviario era un asesino en serie compulsivo.
Y es que parecemos obligados a llevar
una vida diseñada en anuncios y series de televisión, ambientada
con música de ascensor de El Corte Inglés, donde estamos
obligados a desayunar opíparamente rodeados de familia y allegados,
en casas que parecen escaparates de Ikea. Realmente las vidas vacías
de los personajes de American Beauty no son solamente un paradigma de la
sociedad americana, sino de la sociedad occidental, y perfectamente podría
haber ocurrido en La Rozas, por ejemplo. Tal vez es esta universalidad
la que nos hace a muchos salir del cine con la sensación de haber
recibido una bofetada de realidad, de intensa y bella realidad, como el
funeral que atraviesa la urbanización o la bolsa de plástico
que es arrastrada por el viento.
SPECTATOR