MADRE

 

"….Acepción 2: hembra respecto de su hijo o hijos……"

(Del Diccionario de la Lengua Española, Real Academia Española, Vigésima Primera Edición)

De todas las entradas posibles que reconoce el diccionario citado de la voz ‘madre’, me quedo con la que encabeza el artículo. Y a ella vamos.

Lejos quedan ya esos días. Casi escondidos en nuestra memoria, alejados de la realidad cotidiana actual. Familia, trabajo, estudios, amigos, penas y alegrías, esperanzas y desilusiones, componentes todos ellos y no por este orden precisamente, de nuestro quehacer diario. Lejos esos días en los que una mano acariciaba nuestra cabecita y un beso en la mejilla nos llamaba a un nuevo día abandonado temporalmente el mundo de los sueños. Una tostada siempre caliente, un colacao a su temperatura ideal, una peinada rápida, un beso, otro beso….. al colegio. Estábamos seguros de tener una mano a la que agarrarnos, un tronco al que aferrarnos en caso de naufragio, un consuelo para un lloro a destiempo. La esperanza de que lo que no haga una madre, lo que no consiga una madre, lo que no luche una madre, no hay fuerza en la naturaleza que pueda con ella. La alegría y la seguridad del refugio, también la alegría de un mañana mejor. Recuerdo que de pequeño siempre había una canción para cada momento, una sonrisa para cada tristeza, un refugio para cada miedo.

Es curioso como vemos en las películas de guerra a esos soldados, hechos y derechos, burn to kill, con granadas, fusiles y botas de hazañas bélicas matando, violando, aniquilando. Sin embargo, la bala traicionera, el enemigo invisible, la metralla al acecho los derrite como un flan y oímos como retroceden a pasos agigantados a la niñez y llaman a su madre, como en el colegio, cuando caíamos del potro y nos hacíamos daño. Llamábamos a la madre, entre risotadas de los machitos, pero poco nos importaba. Necesitábamos la mano de la madre que todo lo cura. Como el soldado, herido, desnudado de fiereza, confiando que su madre salga tras la trinchera y lo cure "….sana, sanita…" y lo arrulle en los brazos y se quede dormido como un bendito. Porque todos sabemos que mamá es mágica: todo lo puede.

Y ahora la vemos, plateados los cabellos, cansados los ojos de tanto mirarnos, fuerte los brazos al rodearnos todavía hoy y vemos que la fuerza de una madre es inagotable. Y aún nos estemecemos cuando nos abandonamos a un abrazo suyo y sentimos aquella seguridad que siempre tuvimos en su regazo.

Viene a cuento toda esta reflexión a una madre que he visto hace poco, que es la Madre, mi madre, la madre de todas las madres, a donde todos queremos volver un día, es en fin, tras semanas de almodovaritis general, doña Rosa, María Galiana, genial, en Solas, de Benito Zambrano, reducto de paz, sosiego y silencio conmovedor.

 

FRANCESC CASAUS, marzo de 2000

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