En la vieja
granja había muchos animales. Y era por la variedad de estos, que causaba
placer sentarse a contemplarlos y ver como cada uno conforme a su personalidad,
poseía al igual que en una comunidad, diferentes roles y rangos de control y servidumbre.
El
granjero, algunas tardes luego de su jornada, se acomodaba cerca de la granja y
con gozo contemplaba el ir y venir de los conejos, gansos y pollos. Ahí estaba
el chompipe macho, que con su porte orgulloso sacaba el pecho y levantaba la cola,
haciendo notar en toda forma su presencia. Se pavoneaba entre todos los
animales de la granja mostrando gran poder y altanería. Luego, observaba el granjero las afueras de
la granja, más allá del corral, donde se encontraban los arbustos y la densidad
de los matorrales, y se ponía a pensar en cuanta clase de peligros se escondían
en estos lugares. Peligros que no podían garantizar la seguridad ni del mismo
chompipe a pesar de su apariencia.
Ahora
recordando el chompipe, me pregunto si este tipo de orgullo, muchas veces
revestido de poder, riquezas, conocimientos y que nos hace pensar que estamos
unos peldaños más arriba de los demás y por lo tanto más cerca de los cielos,
será suficiente para mantenernos seguros de los peligros que nos pueden acechar,
como son la violencia, traición, lujuria y los diferentes tipos de drogas, los cuales a su vez nos pueden
causar dolor, sufrimiento, soledad e incluso muerte.
Lo cierto
es que el granjero tenía un hijo. Y este hijo decidió un día entrar a la granja
y mezclarse entre todos los animales. Algunos conejos y otros animales
reconocieron al hijo del granjero y se acercaron emocionados buscando su
protección y empezaron a seguirle.
Otros como el chompipe lo miraban de reojo y éste hacia toda clase de
gestos y maniobras para que a la vez que intentaba ignorarlo, llamar la
atención de los demás. Las gallinas no paraban de murmurar. Los gansos
levantaban sus alas y corrían con aire
amenazante. Lo cierto es que después de
esto, el hijo del granjero decidió retirarse. Pero antes les puso un sello a
todas aquellas criaturitas que se le habían acercado y seguido.
El tiempo
pasó, la vaca tuvo nueva cría y vendieron un cabrito. La granja se hacía cada
vez más grande. En medio de todo esto, había un pato que se sentía incómodo. Su
apariencia no era como la del chompipe y su caminar bastante ridículo. Sin
embargo logró convencer a algunos que él también era hijo del granjero y con
ello obtuvo un poco de reconocimiento y seguidores. El pato había fundado su
propia religión.
No se sabe
luego que pasó con el pato, pero una hermosa mañana el granjero decidió bajar a
la huerta. Las fresas estaban en su punto y los cebollinos ya empezaban a
mostrar sus hojas. Su sorpresa e ira fue grande cuando se dio cuenta que los
conejos se habían escapado durante la noche y se habían comido las lechugas.
Buscó en los alrededores y encontró uno de los conejos. Lo levantó
apresuradamente y de pronto reconoció que este tenía el sello de su amado hijo.
Su corazón se llenó de ternura y con delicadeza no pudo más que llevar al
conejo a lugar seguro. Otros conejos que habían decidido escuchar al pato pero
no tenían el sello, no corrieron la misma suerte.
Es de
esperar que ante la súplica de su hijo, el granjero olvidó las lechugas y se
concentró en poner a resguardo a todos los animales marcados con el sello, de
aquellos peligros que el chompipe aparentemente concentrado en su vanidad no
era capaz de percibir.
... y habiendo creído en Él, fuisteis sellados con
el Espíritu Santo de la promesa. Efesios 1:13