La brisa

Ignacio Ramírez

 

Algunas personas se sienten muy bien cuando la brisa fresca les acaricia el cabello, lo cual es bastante frecuente en el mes de diciembre. Así se sentía Carla con su edad de 17 años, mientras disfrutaba del camino nocturno y sereno rodeado de casas de donde provenían olores de comidas preparándose o la música de alguna serie de televisión conocida.   Carla caminaba despacio mientras en su mente flotaban diversas ideas propias de su edad pero al llegar a la puerta de su casa se desvanecieron todos sus sentimientos abstractos y esperanzas utópicas.

La casa parecía mostrarse indiferente al clima, ya que el fuerte verano había decidido quedarse, algo común cuando la habitación es pequeña y su diseño está dominado por lo funcional.  Al entrar a la casa, Carla encontró a su padre dormitando sobre el sillón, más abrumado por la bebida que por el calor y se dirigió a la cocina para preparar de la mejor manera posible una cena decente.  Luego, movidos por la rutina, Carla y su padre cenaron juntos apenas  dirigiéndose palabra. Dos generaciones con personajes abatidos y resignados. Él aplastado por sus sentimientos de culpa suplicando lastima, y ella al fin y al cabo frustrada bajo una situación que iba más allá de sus capacidades.

Al finalizar la cena, Carla recibió la acostumbrada visita de su amiga Paola y seguidamente se acomodaron en el aposento más fresco y privado de la casa que estaba conformado por las pequeñas gradas que daban a la calle. Además de sus conversaciones vanas, compartieron sus preocupaciones y se consolaron mutuamente, sintiéndose más alegres.

– Este sábado en la noche, hay un concierto al aire libre en la Plaza de la Cultura. Podríamos ir a eso de las 7:00 p.m. – Decía Paola con su familiar voz desinteresada.

– Estas noches son tan frescas que dan ganas de salir todos los días y dar largos paseos, terminando en uno de esos lugares paradisíacos que se ven en los comerciales. – Carla se levantó de las gradas y se puso a mover los brazos, como si esta actividad le permitiera airear todo su cuerpo y despejar su mente. Sin embargo, todo terminó en un bostezo seguido por un adiós.

 

¡Hay días en que todo sale bien!  Y el sábado fue uno de esos días. Carla pudo disponer de algún dinero que le permitió variar un poco el menú del almuerzo. Incluso su padre se mostraba lúcido y fue posible intercambiar algunas palabras y sentimientos agradables durante la comida. Al llegar la noche, se sentía nuevamente la brisa de una noche despejada y luego de encontrarse con Paola se dirigieron al concierto. Una vez allá, prefirieron sentarse un poco distanciadas ya que la multitud conformaba un muro que se hacía más impenetrable con el volumen de los equipos de audio. Muy cerca de ellas, tres jóvenes alegres hablaban compitiendo con el ruido del lugar. Uno de ellos al dar dos pasos para atrás, tropezó con Paola y en lugar de pedirle disculpas, continuó su monólogo, pero esta vez como si estuviese desde antes hablando con Paola. Esta se rió de la situación ridícula y le siguió la corriente. Pronto, las dos jóvenes estaban integradas en el grupo de los tres muchachos y conforme pasaba el tiempo, la plaza se fue llenando de más gente y la conversación se tornó más difícil y con ello, la diversión. Al fin, fue un alivio cuando uno de los muchachos dijo:  – Estamos pensando subir a un mirador y ver las luces de la ciudad, ¿quieren venir?.

El convertible subía a gran velocidad y Carla gozaba de la brisa que le acariciaba la cara. Ella viajaba a un lado de la puerta en el asiento de atrás y a su izquierda iba Paola que parecía disfrutar de la conversación alegre que mantenía con el muchacho vecino. El otro de los muchachos iba hablando con el conductor,

– Creo Ricardo, que la próxima semana podemos ir en tu carro a la playa. La última vez fue increíble ver como algunos chiflados surfeaban entre las olas mientras se ocultaba el sol.

Estaban ya cerca del mirador y conforme subían las luces de la ciudad contribuían con lo suyo para hacer esa noche más hermosa. El mirador a su vez resultó ser bastante tranquilo y aún cuando había otras personas, todos hablan en voz baja como si las imponentes constelaciones les exigieran respeto. De hecho Carla apenas participó en la conversación y se concentró en absorber con todos sus sentidos el momento que estaba viviendo.

Al regresar a su casa, Carla no halló a su padre. Pasaron las horas y la soledad fue su única compañera. Había sentimientos encontrados, el hermoso recuerdo de una noche diferente y la preocupación de que su padre no se hubiese golpeado o le hubiese ocurrido algo peor al perder todo contacto de la realidad como consecuencia de la bebida. 

Su padre regresó al día siguiente en la tarde y sin decir palabra ni probar bocado se durmió en un sofá y dejó a Carla con dos jarros de café en la mesa, masticando lentamente una situación que además de ser desagradable le estaba consumiendo sus mejores años.

La siguiente semana, Paola y Carla se volvieron a reunir con los muchachos y tuvieron la oportunidad de ir a un día de campo. Fueron a un parque nacional y caminaron por diferentes senderos entre los bosques y finalmente terminaron en una pequeña posada donde pudieron tomarse un café y sentarse en un escaño para admirar el paisaje. Ricardo y Carla establecieron una amistad bastante agradable, la cual estuvo apoyada por los espacios que tuvieron para compartir, ya sea mientras se sentaban sonriendo juntos en un tronco a la orilla del camino, o al admirarse como niños cuando de pronto un hermoso coendú se habría paso entre los matorrales y pavoneando sus espinas caminaba lentamente a través del sendero para finalmente ocultarse en la otra orilla. El imponente verde de los campos adornado de colores por la flora del trópico junto con su gran variedad de setas y el suave murmullo de las pequeñas nacientes que luego serían grandes ríos, se mezclaron con la sonrisa de Ricardo en un dulce recuerdo que Carla saboreó al llegar la noche mientras sus ojos se cerraban en un sueño.

 Fue pasando el tiempo y la amistad entre Carla y Ricardo se fue transformando lentamente en una relación de pareja. Ricardo tenía cualidades especiales que agradaban mucho a Carla. Él era tranquilo y despreocupado y le permitía a ella expresar sus sentimientos, los cuales no cuestionaba sino que más bien utilizando una sonrisa complaciente buscaba alguna actividad que los distrajera de ese mundo y les permitiera disfrutar mejores sabores del momento. Pronto, este tipo de relación le permitió a Carla llevar una vida más tolerable. El eterno verano de su casa ya no le molestaba tanto y el alcohol que consumía su padre se volatilizaba rápidamente cada vez que compartía con su pareja.

Eran casi las siete de la mañana cuando un día tocaron a la puerta. Carla tenía poco de haberse levantado y con gesto de sorpresa se dirigió a la entrada de la casa. Su sorpresa aumentó cuando vio una radiopatrulla y dos policías preguntando por su padre. Ella apenas había balbuceado unas palabras sin sentido cuando los policías estaban ya adentro con una orden de cateo y captura para su padre.  Ella se quedó por un momento tratando de procesar que significaba el documento que tenía entre sus manos y luego instintivamente se fue a buscar a su padre el cual ya venía acompañado por un policía y salía de la casa sin atreverse a levantar la cabeza ni pronunciar palabra. Un poco después apareció el segundo policía y con un tono indiferente como si ya estuviese acostumbrado dijo: –  Este señor ha cometido un robo en una casa de habitación y lo tenemos que llevar arrestado. Algunas cosas las ha vendido y nos ha permitido seguirle la pista, estas otras que llevo aquí son parte de su botín. Me temo que su padre tendrá que responder por esto con unos días en prisión.

Esa noche Carla le contaba a Ricardo lo sucedido y con gran aflicción le expresaba su deseo de romper con todo: – Quisiera poderme ir a otra ciudad, olvidarme de todo. Montarme en el convertible y alejarme lo más lejos posible de aquí y comenzar otra vida.  Para Carla esto era una fantasía que iba más allá de sus posibilidades y por ello se sintió asombrada cuando Ricardo le tomó la palabra y le apoyo la idea de una forma tan natural como si se tratará de comprar un helado en la esquina.

La idea fue madurando y cada vez se hacía más natural pasar de un deseo imposible a una situación realizable. Y así fue como un día iba el convertible a través de las montañas a gran velocidad consumiendo distancias. Carla sentía como el viento le golpeaba la cara y le mecía los cabellos. De pronto el recuerdo del momento en que se despidió de su padre y le dijo que se iba para otra ciudad. Su padre lo único que hizo fue tomarle la mano, acariciarle el pelo y darle un beso en la frente. Nuevamente sintió como la brisa le acariciaba el cabello. A su lado iba Ricardo tan tranquilo como siempre. Carla recordó el momento en que le comentó de su proyecto a Paola y está la animó a seguir adelante diciéndole que si uno no hacía nada por cambiar su vida, esta siempre la iba a tener a una bajo sus caprichos. El convertible dio una curva cerrada y luego aceleró. Ricardo es un buen conductor, cuando ella le habló sobre su determinación de irse lo más lejos posible, él simplemente le pidió dos días para acomodar sus asuntos. ¿Para adónde se dirigían? No importaba.

 

Luego de un largo viaje, llegaron a una ciudad cerca de la costa y se acomodaron en un apartamento que pudieron pagar gracias al trabajo de ambos. En su tiempo libre, el convertible les permitía pasar rápidamente de un ambiente a otro. Era como un bote de vela dejándose llevar por las corrientes de agua y el clima. Algunas veces participaban en actividades llenas de gente y otras terminaban en lugares solitarios. Una vez pasaron la velada en un ambiente de montaña y finalmente cuando se despertaron se encontraban durmiendo dentro del automóvil frente a una playa desierta. Tomaron un baño desnudos e hicieron el amor en la playa.

El tiempo paso rápido y pronto tuvieron la visita de un hijo. Ante esta situación Clara dejó de trabajar y se centró en el cuidado del pequeño. Ricardo les daba espacios para que Clara y su hijo se conocieran mejor y paulatinamente se fue ausentando cada vez más de la casa.

Ricardo junto con el convertible se ausentaban fines de semanas completos. El niño dormía y Carla acomodada en una silla mientras reposaba su nuevo vientre, observaba por la ventana desde la caliente habitación del departamento del tercer piso, las montañas apenas bañadas por la luz del atardecer. Ya no tenía 17 años, pero sí muchas obligaciones que debía afrontar sin poder gozar de ninguna brisa que le acariciara el cabello.

 

“Si se derrama la leche...

 todavía la vaca esta viva para aquellos que edifican sobre roca”.

 

 


El tema esta basado en una crítica de Tracy Chapman con su canción “Fast Car”

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