Su
Origen
El hombre fue creado por Dios y es su máxima creación.
Dijo
Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza y
señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, y en
todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al Hombre a su imagen,
a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó”. Gén. 1: 26-27.
Tomó Dios al hombre y lo puso en
el huerto del Edén para que lo labrara y lo guardase.
Él dijo: “No es bueno
que el hombre este solo; le haré ayuda idónea para él”.
Y de la costilla que tomó del
hombre, hizo una mujer y la trajo al hombre y dijo: “Por tanto dejara el
hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne”.
Y estaban ambos desnudos y no se
avergonzaban. Gén. 2: 18-29.
Caída
del Hombre
“Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron
muchas perversiones”. Ecl. 7: 19
Pero la serpiente engañó a la
mujer y ella comió del fruto de aquel árbol
y dio a su marido, el cual también comió. Entonces se dieron cuenta que estaban desnudos y se cubrieron con delantales.
Dios los buscó y los reprendió;
maldijo a la serpiente y maldijo a la tierra, ahora le produciría espinos y
cardos y volverían a ser polvo.
Los vistió con túnicas de pieles
y los expulsó del Edén. Gén. 3: 1-24
El pecado y la desobediencia
hicieron división entre Dios y el hombre. Isa. 59: 2
El pecado afectó la naturaleza del hombre, ya no sería inmortal, el trabajo le sería pesado, la mujer sufriría el embarazo y el parto y estaría sujeta al hombre.
Sin embargo como Dios es misericordioso no los destruyó inmediatamente, sino que los redimió mediante una expiación.
Anunció que una simiente (es decir un descendiente) de la mujer, heriría la cabeza de la serpiente, y la serpiente heriría su calcañar.
Pero mientras tanto viniera esta simiente, sacrificó animales (derramando sangre inocente) para hacer con sus pieles túnicas y con ellas vistió al hombre y a su mujer.
Así Dios estableció la necesidad de que se derrame sangre inocente para la redención del pecado.
Aquella simiente prometida es Jesús de Nazareth, “el cordero de Dios” que cargó con los pecados de todos al morir en la cruz; y los que creemos en su resurrección, somos vestidos con su justicia, de modo que Dios nos ve y nos recibe como a sus verdaderos hijos.
Naturaleza del Hombre
Según el apóstol Pablo todo el ser del hombre esta
compuesto por tres partes que son:
El cuerpo, el alma y el espíritu.
1 Tés. 5: 23
El cuerpo
es la parte física y animal del hombre, En él se encuentran los sentidos que
nos conectan con el mundo terrenal. La vista, el oído, el olfato, el gusto y el
tacto.
También se encuentran los
instintos: de hambre y sed, de reproducción, de dominio, etc.
El alma
es la parte espiritual del hombre, invisible, en él está la mente, y se
producen los pensamientos, los sentimientos, las emociones y las decisiones.
El espíritu
es también parte espiritual del hombre y es la que le conecta con Dios, (pues
Dios es espíritu) allí está “el corazón” del hombre, es decir “el
centro” de donde salen las intenciones.
Condición del Hombre, según su relación con Dios
Cuando
el hombre está en pecado, su espíritu está muerto, separado de Dios, no puede percibir las
cosas espirituales, el corazón está duro como una piedra, siente un rechazo
por la palabra de Dios.
El alma esta llena de heridas,
resentimientos, recuerdos dolorosos, nostalgia, depresión, odio, envidia, ideas
erróneas, frases paliativas, falsos consuelos, resignación a una condición
miserable, escapes en la religión, alguna ocupación o en vicios.
El cuerpo, (llamado también: la
carne) y sus instintos prevalecen y dominan la vida del hombre, llevándole a su
autodestrucción, poco a poco entra en un callejón sin salida.
Luego renueva su mente poco a
poco, mediante la misma Palabra de Dios.
Pero la carne solo puede recibir
sanidad temporal, porque la muerte aun no ha sido quitada.
Los deseos de la carne no cambian,
se oponen a la voluntad de Dios y se produce una guerra constante contra los
deseos del espíritu renovado. A eso se le llama: “La lucha interior”
Destino
del Hombre
El hombre que no recibe la Palabra de Dios
ya está condenado por su propia decisión.
Cuando
muere va a un lugar de tormento llamado Gehenna o infierno, permanece allí
hasta el día del juicio y luego resucitará para ser juzgado ante “el trono
blanco” y será echado al lago de fuego. Luc. 16: 19-24; Jn. 5: 28-29, Apoc.
20: 12-15.
El hombre que acepta la Palabra de Dios y la obedece,
es salvo de toda condenación y recibirá recompensas según sus obras. Será
resucitado con cuerpo glorificado, semejante al de Cristo resucitado y estaremos
con Él por la eternidad. Apoc. 21: 1-8; Rom. 8: 29 ; 1ra. de Juan 3: 2.