EL REY JOSÍAS
En el libro de las Crónicas de los reyes de Judá, se relata que de la descendencia de David, hubo un rey llamado Josías, que reinó en Jerusalén después de Manases, su padre. 2 Crónicas 34 y 35.
En aquellos días, el pueblo de Judá vivía en una tremenda idolatría y estaba a punto de sufrir la misma suerte que el resto de Israel y la ciudad de Samaria, que había sido destruida por el rey de Asiria.
Josías ordenó la restauración del Templo de Jerusalén, que estaba agrietado. Entonces encontraron en el Templo el libro de la ley (el libro de Deuteronomio = “segunda ley”), y lo leyeron ante el rey.
De ésta manera Josías supo que el juicio de Dios vendría sobre su nación por causa del pecado en que vivían; envió luego a consultar a una profetiza de Dios acerca de esto; y ella le respondió de parte de Dios que, por cuanto él se había humillado al oír la Palabra de Dios, el juicio para la nación no vendría en sus días.
Entonces Josías se esforzó y realizó una limpieza de los centros de culto idolátrico en todo el territorio de Judá e inclusive en todo Israel.
Lo sorprendente, es que había altares idolátricos aún dentro del mismo Templo de Dios; incluyendo un centro de prostitución idolátrica.
Josías destruyó los altares que el mismo Salomón había edificado para dioses paganos y que todos los anteriores reyes habían respetado. Josías los profanó y quemó las imágenes de Asera (diosa de la fertilidad, cuyo símbolo era el árbol o un poste).
Destruyó la imagen de Molóc a quien ofrecían a sus hijos, pasándolos por fuego.
Después de esta limpieza a fondo, Josías también celebró con todo el pueblo, la fiesta de la Pascua, como nunca antes lo habían celebrado desde los días del profeta Samuel.
La Pascua, es la fiesta más importante de Israel, conmemoraba el día de la salida de Egipto, donde lo celebraron la primera vez con Moisés; al mismo tiempo, era una fiesta profética que anunciaba simbólicamente la muerte de Cristo por nuestros pecados.
No hay nada nuevo debajo del Sol
En el presente tiempo, nos encontramos en una situación similar a los días de Josías. Las Sagradas Escrituras están ocultas, dentro del mismo Templo de Dios, porque están al alcance de todos los hijos de Dios, pero no le dan la debida importancia, prefieren leer cualquier otro libro. No reconocen la autoridad de las Escrituras, por eso “cada uno hace lo que bien le parece”
El pueblo llamado cristiano practica la idolatría y no lo quiere reconocer.
Los más comunes son las imágenes de muchos “señores” que equivale a los “baales”, tienen sus símbolos de “Asera” que son los “arbolitos de navidad”.
En sus mismos templos ponen el símbolo de la muerte, que es “la cruz” de los romanos.
Realizan abortos o usan anticonceptivos que son micro-abortivos, lo cual es lo mismo que pasar sus hijos por fuego en ofrenda a Molóc.
Cada uno ha hecho su propio altar con diferentes denominaciones, dejando el nombre de Jesucristo, que es el único nombre en el cual hay salvación.
Han dejado de celebrar la Cena del Señor, distorsionándola en su forma y propósito. La llaman “Santa Cena” pero ya no es cena, porque ni hay comida, ni lo hacen de noche (cena = comida nocturna).
Muchos no participan porque les enseñan que tienen que estar en perfección, en lugar de exigir la comunión entre ellos (compañerismo).
Las fiestas más alegres y pomposas que celebran son las de aniversario de la iglesia, los cumpleaños, la navidad, etc.
Es tiempo de pararse en el camino y mirar y preguntar por las sendas antiguas cuál sea el buen camino y andar por él, mas dijeron no andaremos.
Sin embargo el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y hará como Josías (Jehová sana).
Derribaremos “todo argumento” que se levanta contra el conocimiento de Dios y llevaremos cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, conforme a las Escrituras del Nuevo Pacto.
Anunciaremos la muerte del Señor hasta que el venga, de la manera que él nos mandó.