<Atr�s

Ante Luzbel...

I

"No te envidio", Sat�n -clam� el poeta;
y, henchida de sollozos la garganta,
pens� en el cisne, que a la muerte canta,
cuando lo toca la mortal saeta.
Fija en la altura la mirada inquieta,
e hiriendo el piso con nerviosa planta,
dir�ase un Mois�s ante la santa
Cana�n o un Alcides en el Eta.
Todo giraba en torbellino, y todo,
con innoble sarcasmo, parec�a
arrojarle, en sus giros, hiel y lodo;
mas, en trance tan duro, todav�a
brillaba en su cerebro de beodo
un eterno fanal: �la poes�a!

II

La luz crepuscular en el ambiente 
cobraba formas tenues y sutiles 
que, con suave andadura de reptiles, 
se acercaban y hu�an torpemente. 
Her�an las cigarras roncamente 
el parche de sus breves tamboriles, 
y eran cual carcajadas infantiles 
los chorros de agua en la vetusta fuente. 
C�lida brisa, de perfumes llena, 
por el balc�n abierto penetraba, 
con el hondo gemir de un alma en pena; 
y el moribundo so�ador se alzaba, 
y sacud�a la �spera melena, 
y a la visi�n terr�fica retaba. 

III 

No te envidio, Sat�n. El hondo seno 
conozco ya de la malicia suma, 
y conozco del bien la err�til bruma, 
que se levanta sobre todo cieno. 
Mas, a malicia y a bondad ajeno, 
quiero yo que mi vida se consuma, 
mi vida, leve gl�bulo de espuma, 
flotando en una copa de veneno. 
No te envidio, Luzbel... Si angel t� fuiste, 
yo tambi�n, como t�; si hacia el presidio 
de la maldad suprema descendiste, 
tambi�n yo, como t�. Nada te envidio; 
que hay un placer que para t� no existe, 
y yo puedo gozar: el del suicidio. 

IV 

No te envidio, Luzbel. De los mortales 
fuiste engendro y espanto; mas, ahora, 
no hay mente, sensitiva o pensadora, 
de hombre, que no supere a lo que vales. 
No te envidio. Mis bienes y mis males, 
en m� tienen su causa productora, 
sois mitos t� y el mal que te devora, 
y mi tortura y yo somos reales. 
No te envidio, Sat�n. De la existencia 
tengo el don, que no tienes, y en la nada 
voy a hundirme, vedada a tu potencia; 
mas de mi vida, corta y hastiada, 
en mil canciones quedar� la escencia, 
como de flor marchita y olvidada. 

V

No te envidio, Sat�n. A los placeres 
mi vida inmune ya, y a los dolores, 
yo no pienso en ternuras ni en rencores, 
ni en amigos, ni en musas, ni en mujeres. 
In�til es que al coraz�n esperes 
inyectar nuevos �mpetus y ardores: 
con tus halagos mil y tus rigores, 
ni logras hablandarlo ni lo hieres. 
No temo tu amenaza ni tu arrullo; 
que mi vuelo es m�s alto que tu vuelo 
y m�s grande mi orgullo que tu orgullo. 
soy un dios, pero un dios a cuyo anhelo 
la voz del hurac�n es un murmullo, 
y un �tomo la b�veda del cielo. 


VI 

No te envidio. Sereno y despejado, 
ante mis ojos luce el horizonte, 
y no habr� precipicio que no afronte 
por conseguir el t�rmino anhelado. 
Ya no al absintio de Musset mezclado, 
mi vino beber� de Anacreonte, 
ni ser� ya, como un Lacoonte, 
por serpientes de vicio atormentado. 
Yo, que goc� todas las beldades, 
hallando pronto en ellas el fastidio; 
yo que v� vandiad de vanidades 
en m� y en derredor, nada te envidio; 
que ruedan sobre t� siglos y edades, 
en tanto que yo ruedo hacia el suicidio. 

VII 

No te envidio, Sat�n. T�, bajo el peso 
de una pena fatal, no merecida, 
nunca en la red, por el amor tendida, 
te hallaste, como yo, vencido y preso. 
Nunca, de tu arrogancia en el exceso, 
miraste tu altivez envilecida, 
so�ando con poner toda tu vida 
en el h�lito hipn�tico de un beso. 
Mas hoy, nada te envidio. In�tilmente, 
fosforescencias de felinos ojos 
en tu ojos esgrimes: frente a frente 
los miro, y no inclinado ni de hinojos, 
te reto, oh Satan�s omnipotente, 
a que insufles tu fuego en mis despojos. 

VIII 

Ins�flalo, si puedes. Todav�a 
la juventud en mi organismo alienta, 
mas pronto morir�: su macilenta 
llama tiene temblores de agon�a. 
Deja, Sat�n, que ante tu sombra r�a, 
y ante la llama moribunda, sienta 
el goce anticipado que me tienta 
como nadie, ni t�, me tentar�a. 
Tu impotencia es rid�cula, delante 
de mi ocaso radioso... Muero ah�to 
de vida y de cadencias rebosantes. 
No ante tu af�n de tentaci�n me irrito, 
y, aunque resultas necio y arrogante, 
casi te compadezco, pobre mito. 

IX

No te envidio; y, en medio de este loco 
delirar que me acosa y que me oprime, 
no tengo una esperanza que no anime, 
de su fanal con el ardiente foco. 
Pero ni a t� ni a tu adversario invoco, 
ni ante ninguno mi conciencia gime. 
Para mi orgullo, vanidad sublime, 
tu mito y el de Dios valen muy poco. 
Mitos, mitos, no m�s: consorcio inmundo, 
ante quien ciega humanidad se inmola, 
con fe ignorante o con terror profundo, 
sin ver, en tan terrible batahola, 
que, si la bola de esti�rcol es el mundo, 
sois los escarabajos de esa bola. 



Dijo; y luego, el licor envenenado 
acab� de apurar, como sediento; 
se irgui� con adem�n brusco y violento, 
como por la visi�n amenazado. 
S�bitamente, como fulminado, 
desplom�se en el duro pavimento; 
convulso se agit� por un momento, 
y r�gido qued�, yerto y helado. 
Y mientras la vida se ausentaba, 
de su organismo, y la final escena 
de la obscura tragedia terminaba, 
c�lida brisa, de perfumes llena, 
por el balc�n abierto penetraba 
con el hondo gemir de un alma en pena... 

Felipe Guerra Castro 
M�xico / 1881-1922

 

  MY BELOVED DARKNESS & VIA NOCTURNA
  www.vianocturna.net

  � 2006

<Atr�s

Hosted by www.Geocities.ws

1