Septiembre 16.
En algún lugar de México.
Un
marichi entonaba
orgullosamente una canción,
la gente, feliz coreaba,
tenía alegre el corazón.
La noche que empezaba
era motivo de conmemoración
del origen de una Patria
liberada del yugo español.
Toda la ciudad adornada
regocijaba la procesión
de aquéllos que llegaban
esperando a que el reloj
la ansiada hora anunciara
y unirse en una sola voz.
Pero la verbena apenas comenzaba,
había tiempo para un tequila o dos,
para ir a los puestos de enchiladas
o seguir entonando otra canción.
A donde quiera que volteaba
siempre me encontraba yo
si no el sonar de las guitarras,
mil murmullos de emoción...
Cuando al fin la hora llegó,
un solo grito, la noche inundó:
¡VIVA MEXICO! ¡QUE VIVA!
¡QUE VIVA UNA LIBRE NACION!
Y se escuchó la campana
que el cura Miguel Hidalgo
tocara cuando anunciara
el rompimiento de la opresión.
La Bandera Nacional ondeaba
despidiendo un enorme fulgor
que en todo el mundo reflejaba
millones de almas en unión.
Porque aún en la distancia
trasciende la celebración
de saber libre y soberana
a la Patria en donde se nació.
Y en esta noche santa
se halla unida una Nación
sin importancia de razas,
status social o religión.
Pues cuando México se hermana
en alegrías o en dolor,
en verdad no existe nada
que deshaga esta unión.
Y aún así, existe una esperanza
de la que no siento ser el único poseedor:
Que México se uniera, no sólo en desgracias
ni en fechas especiales como hoy,
sino que siempre fuese una Nación Hermana
sin razas, sin status, y con la única religión
de sabernos Patria Libre y Soberana,
cobijada por un idolatrado lienzo tricolor
que en la inmensidad del cielo se levanta
dándole al mundo, un gran ejemplo de amor...
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