Lágrimas de sangre fluían de la herida,
la ausencia se negaba y la muerte sonreía,
y había un ángel triste en la amarga despedida,
un corazón hecho pedazos, y el final de una vida.
Como siempre -ajeno, en el reloj- el tiempo transcurría;
las plegarias y oraciones, con el llanto confundidas,
Dios ha vuelto a decidir, decisión sabia y bendita,
mas se opaca la razón ante la oscura melancolía.
Esta noche, seguramente, habrá otra estrella encendida,
pero quizá yo no podré verla porque nublada estará mi pupila;
Ah, Dios Eterno, ayúdame a ver que la vida no se marchita,
que como Cristo, hoy a tu lado, otra alma está viva...
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