Miré en una tumba fría
una pálidad rosa por el viento deshojar,
y no pude menos
que triste ponerme a meditar:
¡Dios Mío, y pensar que aquí
es donde viven por siempre los muertos,
donde también al llegar mi fin
quedará sepultado mi cuerpo!
¡Qué soledad... Quién estará
en mi última morada sollozando,
luchando por negarse a creer
que el final de mi vida a llegado!
¡Y quién mis ojos cerrará
cuando miren al vacío de la eternidad,
quién será quién me acompañará
hasta donde mis restos descanzarán!
¡Y quién, al mirar la tierra
-cubierta de flores- en donde estoy
derramará una lágrima sincera
emanada desde el fondo de su corazón!
¡Quíen podrá acordarse de mí
cuando ya no me miren más,
y mis versos no sean sino una pálida rosa
que algún viento ha de deshojar!
|