
En los días
aquéllos cuando todo está sombrío,
recuerdo las palabras que me guían desde niño,
tu sonrisa más amable, tu paciencia y tu cariño,
motivos suficientes para sentirme como nunca vivo.
Ningún placer en esta vida se compara a tu abrigo,
al abrazo cariñoso, desinteresado y a veces sin motivo,
ese refugio de alegrías, de tristezas y martirios,
esos brazos tiernos donde a todo encuentro alivio.
Nunca has necesitado de palabras que aconsejen mis
desvíos,
tan sólo tu mirada, tu mano en mi hombro y tu suspiro,
bendiciones que me siguen en lo áspero de mis caminos,
cuando todas las estrellas, de mi cielo ya se han ido.
No quiero ni pensar en sentir un día tu cuerpo frío,
y saber que Dios, en pedazos el corazón me ha partido,
y caminar por siempre sin razón ni patrón establecido,
sólo por andar, sin que a mis ojos ilumine más un
brillo.
Mas en mi débil entendimiento humano, apenas si concibo
comprender que aunque tu cuerpo no estuviese más
conmigo,
nunca me abandonarías ni me dejarías perder en el
olvido,
porque sé perfectamente, que eternamente seguirás al
lado mío.
Puedo comprender muchas cosas según me has enseñado
desde niño,
sé que Dios nos presta todas nuestras ilusiones y
motivos,
que lo único eterno son todas las manifestaciones de
cariño,
sentimientos verdaderos que en el alma viven cautivos...
Hoy, no me digas nada si a tu regazo acudo sin motivo,
no me digas nada y como siempre, sólo lléname de
alivio,
permíteme sentirme entre tus brazos otra vez chiquillo,
déjame sentir la esperanza de tenerte mucho tiempo más
conmigo.
Porque, después de todo, con tus palabras me lo has
dicho:
"¿Acaso crees que una verdadera madre abandonaría
a sus hijos?"
¡No! No lo creo, nuestros corazones siempre estarán
unidos
y me amarás aún sin verme, como antes de que ya hubiese
nacido.
Te amo, madre mía, mi esperanza, mi luz, mi consuelo y
mi motivo,
Te amo, mamá, mucho más allá del entendimiento
conocido;
mi amor es tan grande como grande es el cosmos infinito
donde tu estrella siempre y por siempre iluminará mi
camino...
Perdona, si por mi causa alguna pena o dolor tú has
sufrido,
tan sólo debes saber que agradezco a ti el que ahora
esté vivo,
y por siempre al Cielo por tu desinteresado amor y tu
cariño,
pero sobre todo, porque aún puedo abrazarte, y decirte,
cuánto te necesito...
(c)
Raymundo Márquez, 2001
|