En una tarde lluviosa
de tantas que en el pasado viví,
cuando de mis ojos fluía zozobra,
Dios te permitió junto a mí.
Y estuviste ahí, cuando fue preciso,
y aunque quizás sin saberlo siquiera
me hiciste forjar nuevos motivos
y aguardar paciente nuevas primaveras.
Siempre guardaré mi cariño y gratitud
para quién me rescatara de la tempestad
y pusiera en medio de élla colores y luz
con tan sólo brindarme sincera amistad.
Nunca cambies, amiga,
que la vida requiere de personas como tú,
que sonríen y lloran, con un alma compartida
que es capaz de rescatar a un ser del ataúd.
|