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¿Quién es María?
María es la «llena de Gracia»
La palabra «gracia» del griego «kharitoo», significa favor,
ternura, misericordia. Decir que María es la «llena de
gracia», es decir, que Dios la ha mirado con tal intensidad de
amor y predilección que la ha inundado en su misma Presencia.
Ella es la única persona a quien Dios le ha hablado así: «Tú
eres la muy amada», «la favorecida». De ahí se comprende la
sorpresa y conmoción de María al verse sin pecado y amada de
Dios de un modo tan singular. En su sencillez y pobreza, María
no sabía que en ese momento era ella el centro de la historia.
Pero más
que este título sea una flor más para María, estas palabras
del ángel son un verdadero nombre nuevo para ella. Este nombre
nuevo en la mentalidad del Antiguo Testamento significa
también una nueva misión encomendada. María, como los grandes
de la historia (Abraham, Jacob, Moisés), entiende que su
misión tiene una importancia trascendental. María no es un
ángel del cielo sino un ser concreto y determinado que Dios
elige como instrumento de salvación. De ahí en adelante, toda
su existencia estará sostenida por Dios inspirando sus
decisiones y revelándole la vocación especialísima que recibe.
El «Sí»
generoso que expresa María la convierte en «vaso lleno de
gracia» para toda la eternidad, pero, no obstante eso, tendrá
que vivir de la fe y la esperanza en Cristo como cualquier
mortal. Su experiencia de Dios le hará superar los problemas y
las dificultades pero no la librará del sufrimiento (Lc 2,
35).
La
«Bendita» (Lc 1,42)
Esta
alabanza a María expresa también la plenitud de Cristo «el
Mesías» en ella. Isabel inspirada por el Espíritu Santo la
llamará así porque reconoce en ella a Dios que con todo su
poder y generosidad la ha acogido entre todas las mujeres para
esta tarea salvífica.
Estas
palabras que nosotros rezamos constantemente en el Ave María,
deben de ser repetidas por los cristianos con el mismo ánimo y
viveza con que las dirigió Isabel pues son el anuncio de la
bendición a María y a todos los hombres por la llegada de
Jesús, el Hijo de Dios. No hay mayor alegría en el corazón del
hombre que la presencia de Jesús, por eso María es la primera
bendecida. Santa Matilde recibió esta revelación de María:
«Esto es lo que más me gusta escuchar de mis hijos: el Ave
María, porque cada vez que escucho el Ave María, vuelvo a
sentir el gozo y la alegría indecible que experimenté en la
Encarnación». Así, cada vez que repetimos los nombres y
títulos bíblicos de María hacemos vivos en nosotros los mismos
misterios divinos de salvación.
La «Humilde esclava»; la «Servidora del Señor» (Lc 1, 38. 47)
Es el
título que elige María para nombrarse a sí misma, que nos
muestra su participación y personalidad en la obra redentora
de Cristo. Ella siempre dice «Sí» a nombre de toda la
humanidad a todas las propuestas divinas poniendo en ellas
toda su confianza.
María en
este sentido, primero que ninguna otra creatura, es modelo de
humildad. Reconoce que todo es gracia y don recibido de Dios.
Es su virtud característica, únicamente manifestada en el
canto del «Magníficat», pero presente en toda su vida. Su
docilidad ante la ley (Lc 3, 41), su prudencia discreta (Jn
2), su sensibilidad particular para reconocer la voluntad
divina en cada situación y estar dispuesta a cumplir (Lc 3,
51); pero principalmente en el silencio constante de
aceptación que llenó toda su vida y se transformó en un
incansable servicio a los demás al impulso del Espíritu Santo
(Lc 2, 29. 56). Y es que la auténtica humildad no hace a la
persona encogida o vergonzosa ante Dios por reconocer sus
pecados sino en la negación total de la autosuficiencia
humana. Lo dice el cincelazo No. 334 «Los hombres que no se
consideran pequeños, no sirven para la causa de la redención».
También lo expresa santa Teresa de Jesús al definir la
humildad como «andar en verdad». Por ello, María vive sin
llamar la atención a pesar del lugar excepcional que tiene en
la historia de la salvación.
Guardando
las debidas distancias entre Jesús y María, el dicho «detrás
de un gran hombre hay una gran mujer» nos ilustra sobre la
misión maternal de María. María es la madre oculta en el
silencio detrás del poder y la fama de su Hijo. Muchas madres
de familia han sacado a sus hijos adelante a costa de muchos
sacrificios, gracias a los cuales ellos terminaron una carrera
universitaria y se hicieron importantes. La sociedad
reconocerá al Licenciado o al Arquitecto pero nunca conocerá a
la madre que está en un segundo plano y que apoyó al esfuerzo
del hijo, el cual vivirá eternamente a gradecido y le
profesará un amor muy especial.
La
«Bienaventurada» (Lc 1, 48)
Es sin
lugar a dudas, una expresión profética en labios de María; es
el germen e inicio de la veneración especialìsima que le
tendrá la humanidad por los siglos de los siglos. Isabel fue
la primera en honrarla, admirarla y reconocerla como la madre
del Señor y la Iglesia repetirá a través de todas las
generaciones esta misma alabanza.
María
nunca ansió la venida del Mesías en provecho propio ni para
conseguir una ventaja personal, sino en nombre de las promesas
de Dios. María es fecunda por el poder de Dios que la hará
madre de Jesús y madre de la Iglesia, es decir, de todos los
que con Jesús alcanzamos la salvación.
Por su
unión profunda a Jesús, María participa del misterio Pascual.
Ella vive las bienaventuranzas; al mismo tiempo que comparte
los sufrimientos de Cristo y participa ahora de la Gloria de
los bienaventurados. Es el mismo Jesús quien la ensalza por
cumplir fielmente su voluntad (Lc 8, 19- 21). San Agustín
también lo expresó: «María es más bienaventurada por la fe que
tenía en Cristo que por haberle dado el cuerpo. Su ligamen
materno no habría valido de nada si no hubiera sido por haber
llevado a Cristo en su corazón».
Dichosa (Lc 11, 27)
Siendo
María la «llena de gracia», portadora del Verbo, no cabe en
ella el menor rastro de tristeza o melancolía; a donde va ella
y donde ella está reina la paz y la dicha. El mismo Magníficat
que hemos rezado al inicio de esta lección es un estallido de
gozo. La fuente de esta alegría no es otro sino Jesús
concebido en su vientre. Al derrotar al pecado, Jesús corta la
raíz del miedo, de la angustia y de la tristeza, que son la
esclavitud más humillante de la tierra; el triunfo de Satanás.
Santo Tomás Moro nos reafirma en la idea: «La tristeza es el
gozo del demonio».
El estar
llena de gracia convierte a María en la plenamente dichosa
para compartir con todos los hombres esta dicha. Ella no
quiere vernos tristes; no es posible ver a María aun en sus
penas y sufrimientos y no acabar llenos de la paz alegre que
solamente ella puede dar.
La
palabra de Dios en numerosos textos nos exhorta a estar
siempre contentos, aunque en una ambiente lleno de dolores (Fil
4, 4). El carácter del cristiano exige ser alegres, pues el
Espíritu Santo trae consigo el don de la alegría. También la
fe nos ilumina al hacernos ver el sentido de los que nos
acontece (Rom 8, 28). Ocuparse en los problemas de los demás y
no en los personales como María es el remedio para derrotar a
la tristeza. Dios apremia a las almas generosas
proporcionándoles una honda alegría.
Esta es
la experiencia de María. Su generosidad fue premiada por Dios
dándole una alegría inagotable. Con razón es llamada en la
letanía del Rosario «causa de nuestra alegría».
Madre de Dios
Llamada
así desde el Concilio de Efeso en el año 431. Este título
manifiesta el privilegio único de María. Mal interpretado
tristemente por los hermanos protestantes, este atributo nunca
significa que María engendró al Dios Todopoderoso; pues nadie
acepta esto, porque nunca una creatura como María pudo haber
creado al Omnipotente e Infinito Dios. María delante de Dios
siempre será infinitamente inferior «la humilde esclava del
Señor».
El que
María sea llamada Madre de Dios significa que María engendró
realmente a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre,
para convertirse al mismo tiempo en templo y Sagrario de la
Santísima Trinidad.
Es
difícil para la inteligencia aceptar el que María esté inserta
y lleve dentro de sí el misterio de Dios, pero es una verdad
física y real que nadie puede negar. Si aceptamos la divinidad
de Cristo estamos obligados a aceptar que María es realmente
la Madre de Dios.
El
término también expresa el profundo afecto, admiración y amor
por la madre de Jesús, que es nuestro salvador. A tiempo que
reconocemos el anonadamiento de Cristo (Fil 2, 7) exaltamos la
dignidad de la madre. La grandeza de María, como hemos venido
repitiendo a lo largo de esta lección, está en su admirable
unión con Cristo quien le concede toda gracia, esplendor,
belleza y majestad. San Anselmo, un grande devoto de María,
decía: «Mientras no se diga que es Dios, podemos decir de ella
cualquier cosa y siempre nos quedaremos cortos». Colmada de la
abundancia de los dones por encima de los ángeles y los santos
es superior a ellos en belleza y hermosura. Santa Bernardita
de Soubirous, la vidente de Lourdes, Francia, expresó al
respecto: «Después que se ha visto a María, sólo queda un
deseo en el corazón: morir para volverla a ver», pues en estos
casos la razón dice muy poco para tratar de explicar la verdad
sobre María.
Fuente:
Cybersepa
(Misioneros Servidores de la Palabra)
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