AVENTURA Y DECISIÓN
MEC: Nos gustaría saber cómo llegó Tomás Lefever a la música.
Antes, debo decir que yo no tenía ningún antecedente musical en mi árbol genealógico, y no se ha descubierto ninguno.
MEC: Generalmente los músicos tienen algún antecedente familiar.
Bueno, tengo una bisabuela que es Huilliche, es lo más cercano a la música que puedo ver. Yo no la conocí, casi ningún chileno ha conocido a sus bisabuelos -creo yo- ninguno de los que estamos conversando ahora por lo menos, la menciono porque al menos por ahí podría haber alguna relación con la música mapuche, a esas alturas, estoy hablando de 1800, 1830, 40 tiene que haber sido.Por el lado aventurero, mi abuelo se fue a viajar a los 14 años; no quiso ver más a su madre, es decir mi bisabuela. Se fue remando hasta una fragata, se embarcó y su madre no supo más de él, ni él de su madre. No estoy diciendo que apruebo esto, pero de algún modo ustedes tienen cómo pensar porqué a mi me encantan esas cosas. Como en las películas de vaqueros, de cow-boys.. Además, qué buen género ¿no?, que buen género cuando se toma así.
A mí me gusta mucho eso, eso me da aventura. En esta cosa donde el estilo chileno es tan poco aventurero. ¡No he visto nunca menos capacidad de aventura que el estilo chileno de vida!... con la excepción de Huidobro, y de Gabriela Mistral.
Yo nací en 1926, como ustedes saben. Entonces todavía en Valparaíso, -bueno, en ninguna parte en Latinoamérica -no había ningún aparato eléctrico para la música.
Así yo conocí a Beethoven, de golpe, sin tener ningún antecedente de él. Nadie jamás me había hablado de él ni yo sabía nada. Y me encuentro con esta música. Ahí uno no puede decir si le va a gustar o no, nada, porque no hay tiempo. No hay tiempo de reflexionar o analizar. Entonces quedé ahí, metido, quedé para siempre así... pero golpeado. Así como cuando descubrí, entre lecturas, ese medallón griego, que debe estar en el museo de Londres seguramente, dado como son los ingleses -nada contra los ingleses, como ustedes comprenderán...
Sólo la Victrola RCA Victor, y en mi casa había eso. Y lo bueno es que la que había en mi casa era de sobremesa, y eso le permitía a mi mamá ponérmela cuando yo "me enfermaba".
Le decía, "mamá estoy enfermo", y ella ya sabía que yo quería oír música.
Me llevaba la Victrola, yo tocaba ahí los discos 78, que eran harto incómodos. Uno no conocía la comodidad todavía; todavía no había nacido la comodidad en el mundo; no había aparecido; entonces yo no sabía qué era lo incómodo, yo pensaba que eso estaba muy bien, no me producía ningún malestar.
Y ahí yo oía de todo, de lo que llegaba a Chile que de repente no era tan poco -estaba la Columbia, que también nos proveía.
Claro, hay de todo. Hay un medallón de Apolo, que cuando lo vi yo, se me pararon los pelos -bueno, esta es una mentira chilena, no se me paran los pelos con ningún medallón- pero en otras circunstancias yo creo que habría sido así, porque no me imaginé nunca a Apolo así, yo me imaginaba solamente al Apolo, cómo decir, al Apolo ...romano...
Claro la estatua, estoy hablando de la fisonomía más que nada, un Apolo generalmente como el guía de las musas que era ¿cierto?. Un Apolo feliz, y además de una felicidad... estatuaria, una felicidad que no se comparte con los hombres, sino que únicamente es de dioses. Y me encuentro con este atroz Apolo, un Apolo ¡romántico! ¡Nada que ver con lo antiguo! ¡Romántico!
Y estaba haciendo recuerdos de ese Apolo justamente, porque así fue como quedé enganchado con lo griego, igual que con el descubrimiento de la música de Beethoven.
Bueno, es que hay mucho griego antiguo que nosotros no conocemos, que ahora recién se está incorporando a la ilustración del siglo XXI, y que son todos los pre-socráticos juntos, con Homero y con todo eso, que ya no se sabe si eran hombres o dioses...
Eso no es un descubrimiento, eso es un golpe que te dan, es un sacudón, un piedrazo, es como un... como si nos hubiera chocado este pedazo de piedra que venía volando, y que nos informaron después de que había pasado, que podría haber dado acá.
Bueno, habría sido igual, solamente que ya mis recuerdos habrían sido de otro estilo. Así fue para mí conocer la música de Beethoven...
Por supuesto hice un buen colegio, porque yo leía mucho, mi mamá me regalaba libros, todas esas cosas como "El tesoro de la juventud", -que es un... bodrio, pero hay que ver que son buenos cuando uno no tiene otra cosa, como niño-. Y yo en realidad aprendía y tenía buenas notas en lo que me gustaba. Pero también tuve buenas notas en matemáticas, e incluso tuve buenas notas en el único año de arquitectura que hice en Valparaíso.
Había en la escuela de arquitectura otro músico, que era Gastón Soublette, desde entonces nos hicimos amigos, de ahí viene, si, una amistad muy larga, de más de 50 años... casi 60 diría yo.
Sí, sí. Perdí mucho tiempo eso sí, porque no me atrevía. Porque ustedes tendrán información de cómo era la gente entonces. ¡¿Este niño está loco, que va a estudiar música?! ¡¿Y de qué va a vivir, hijito?! ¿De qué va a vivir?. Y nadie iba a apoyar una idiotez así.
Entonces, después de fracasar en muchas carreras, yo pensé que en arquitectura no iba a fracasar. Porque no debería haber fracasado. Pero había ramos técnicos, por eso fracasé, no todo era filosofía.
En Valparaíso Enrique Pascal fue un hombre pero muy, muy brillante en su acercamiento a la filosofía y a lo estético, y yo me alegro mucho de haber tenido a Enrique de maestro en ese único año de arquitectura. Como le dije después, después de ya haber salido de la carrera, le dije: "Nunca pensé que después de haberte conocido acá, yo no iba a poder, no me la iba a poder con esta carrera", pero hubo ahí unos ramos técnicos que me sacaron.
Ahí se hacía las matemáticas por "logias". Entonces con Gastón (Soublette) nos ganamos la primera "logia", la primera de todas, quedamos encima de todos. E íbamos bajando, mes a mes íbamos bajando, hasta que nos dimos cuenta de que no teníamos nada que hacer. Al final íbamos solamente a tocar el piano -había un regio piano Steinway allá en la Católica de Valparaíso- al final pasábamos en eso.
Por eso toda esa gente en Chile murió, los que no murieron borrachos, alcohólicos, murieron de abandono. Tanto músicos como poetas, los poetas más.
Y ahí, en ese divagar, me encontré con Focke. En ese tiempo yo me preguntaba: ¿Cómo voy a estudiar?; yo no tengo nada que hacer en el Conservatorio
Creo que yo necesitaba distancia, seguramente necesitaba una distancia, que me la dio este maestro, Focke, -él es mi maestro- que no sé si lo he puesto por ahí que fue alumno de Anton Webern, nada menos. Por lo tanto, decía yo, él fue alumno de Webern, por lo que viene a ser como nieto de Schöenberg. Y yo soy biznieto de Schöenberg.
Focke siempre me insistió en que pusiera atención, no tanto en los recursos técnicos, en la forma, sino en el decir, en la esencia de la obra.
Cuando yo conocí los doce tonos y conocí todo ese cuento, me volví loco, como era de esperar. después, con el tiempo, me di cuenta de que no había mucho por ahí, que no era tanto para mí tampoco, porque ya me estaba cansando de las notas.
Entonces, yo tuve muy poco apoyo. Mi papá, que era un hombre que había hecho toda una vida allá en las salitreras, en Iquique; y mi abuelo por el otro lado también, es un gringo que, -murió allá, yo no lo alcancé a conocer, Lefever- era un hombre muy divertido, tenía muchos amigos y se iban en la noche a tomar después de haber cenado, -de etiqueta, porque en las salitreras se cenaba de etiqueta, ¡todos los días!-. Mi papá habrá hablado tres veces conmigo, o cuatro veces... de conversar así, cosas de cierta importancia, pero nada más que eso.
Además yo no tuve infancia. Yo era adulto siempre. Era muy difícil mi vida, muy difícil. Es muy difícil sabiendo que yo ¡no era niño!, justamente tenía gustos de adulto, gustos bastante corrompidos.
Ahí estaba Enrique Pascal.
Yo hasta en matemáticas me sacaba buenas notas en el colegio, en las preparatorias después ya no, porque ya había el rigor que se impone con el álgebra y todas esas cosas. Y en la escuela de arquitectura también.
Entonces es muy fácil entender que a mí me costó, por todas las dificultades que le ponían a uno en ese tiempo, el poder seguir ramos artísticos. Igual debe haber sido para alguien que quisiera ser pintor, o escultor, me imagino. Igual.
Tuve de profesor a Gustavo Becerra, y él se dio cuenta que yo no iba a ser ningún buen alumno, porque yo no le daba ninguna confianza de ir todos los días a clases, nada, nada que ver con eso.
El siempre me remitía a Mozart, como el hombre que sólo es vehículo de la obra, en el que no hay un "procesamiento" técnico, sino una vertiente directa de la música.