| Juan del Encina (1469-1529) en Música de Hispania Poeta y músico español que floreció a la par que nuestro Imperio: su Cancionero fue impreso por vez primera en la Salamanca de 1496, sólo cuatro años después del Descubrimiento. En 1519, al emprender peregrinación a Jerusalén, nos dice que tenía cincuenta años cumplidos, por lo que se le hace nacido en 1469, probablemente en La Encina, cerca de Ledesma, en Salamanca; aunque estudiosos hodiernos le hacen venido al Mundo en Salamanca, el 12 de julio de 1468, hijo de un zapatero, hermano del músico Diego de Fermoselle y del clérigo Miguel de Fermoselle. Se supone que fue uno de los primeros discípulos en humanidades que tuvo el maestro Antonio de Nebrija, por las afinidades que existen entre el Arte de la poesía castellana de Encina con la Gramática que el lebrijano dio a luz en el mes de agosto de 1492, ya liberada España de sarracenos despiadados y de judíos fanáticos, aquellos que no quisieron hacerse ateos o simular su cristiandad, mientras las naves organizadas por los hermanos Pinzón cruzaban ya el Atlántico capitaneadas por el ambicioso Colón, enviado por la gran reina Isabel de Castilla a buscar nuevas rutas con las que poder cerrar la retirada al malvado turco que convenía neutralizar... Juan del Encina entró en 1492 como familiar de la Casa de Alba, en el castillo de Alba de Tormes, dedicado a componer versos, representaciones escénicas y músicas... La muerte del príncipe don Juan en 1497, y la negativa de la Catedral de Salamanca a admitirlo en su seno como chantre, le llevó en 1498 a buscar fortuna en Italia, donde, asentado en la corrupta y mundana Roma, se entretuvo en esos placeres privados que tanto disipan la atención, a costa de los frutos con los que nos regalara otrora su numen. Cortesano de los papas Alejandro VI y Julio II, tras su peregrinación al oriente fue nombrado prior de la Catedral de León por el papa León X. Su Cancionero fue reimpreso en Sevilla 1501, Burgos 1505, Salamanca 1507 y 1509, Zaragoza 1512 y 1516, &c. Su fama de poeta compite con la que le corresponde como músico, sobre todo tras la publicación por Asenjo Barbieri del Cancionero musical de los siglos XV y XVI, en el que figuran 68 composiciones de Juan del Encina. Habría dicho su primera misa a los cincuenta años, precisamente en el Monte Sión o Monte Sinaí, como nos transmite en su Trivagia, que hace comenzar así: Habiendo en el Mundo yo ya jubilado, Por ver todo el resto muy bien empleado, Retraje en mí mesmo mis cinco sentidos, Que andaban muy sueltos, vagando perdidos, Sin freno siguiendo la sensualidad. Por darles la vida conforme a la edad, Procuro que sean mejor ya regidos. Agora que el vicio ya pierde su fuerza, La fuerza perdiendo por fuerza su vicio, Conviene a la vida buscar ejercicio, Que vaya muy recto, y acierte, y no tuerza. El libre albedrío, que a vicio se esfuerza, Al tiempo que tiene su flor juventud, Gran yerro sería, si a la senectud, Que le es necesario, virtud no le fuerza... Y el que quiera saber más de Juan del Encina... que vaya a Salamanca... aunque para abrir boca, trasladaremos un parrafillo del inmortal don Marcelino Menéndez Pelayo: «Afortunadamente, la riqueza de las obras de Juan del Enzina compensa con creces esta penuria de datos acerca de su vida. Son estas obras de dos géneros, musicales y literarias. El hallazgo de las primeras, ignoradas hasta nuestros días, y que han venido a derramar inesperada luz sobre uno de los períodos más oscuros e importantes de nuestra evolución artística, se debe exclusivamente a la pasmosa y feliz diligencia del castizo e inolvidable compositor español D. Francisco Asenjo Barbieri, que juntó a los lauros de la inspiración creadora los del estudio razonado y erudito de la historia de su arte. Barbieri tuvo la suerte de descubrir en la Biblioteca del Palacio de nuestros reyes un inapreciable Cancionero musical de los siglos XV y XVI, le transcribió en notación moderna, y le ilustró con abundantes comentarios y notas biográficas de los poetas y de los compositores. Entre unos y otros descuella indudablemente Juan del Enzina, hasta por el número de sus obras, que llega a sesenta y ocho, contándose entre ellas la mayor parte de los villancicos con que terminan sus piezas dramáticas, lo cual permitiría hoy mismo ejecutarlas acompañadas de la música que les puso su autor; y es dato que puede servir a los inteligentes para penetrar más a fondo el peculiar carácter de este embrión de drama lírico musical, en el que se hallan los más remotos orígenes del espectáculo conocido entre nosotros con el nombre de zarzuela. En nuestra incompetencia para juzgar a Juan del Enzina como artista musical, nos remitimos al juicio de quien lo fue tan eminente. «Cuando todos los compositores de Europa (dice) procuraban en sus obras hacer gala de los primores del contrapunto, con desprecio casi absoluto del sentido de la letra, hallamos en el Cancionero muchas composiciones en las cuales la música se subordina de una manera muy notable a la poesía. En esto Juan del Enzina se muestra a gran altura, siendo sus obras dignas de particular estudio; alguna de ellas se adelanta de tal modo a su siglo, que parece escrita en el presente.» Esta eficacia expresiva, esta subordinación de la música a la letra, que jueces tan competentes como Barbieri y Pedrell estiman como el carácter más visible de la individualidad artística de Juan del Enzina, se explica muy naturalmente por su educación literaria y por su doble condición de músico y poeta. Por este inseparable maridaje que en su mente se establecía entre las dos artes del sonido, se comprende también que como poeta brillase sobre todo en los villancicos y otras composiciones ligeras destinadas a ser puestas en música; y que sean musicales y no pintorescas las condiciones que principalmente realzan sus versos. Hemos dicho que el mismo poeta, siendo todavía muy joven, recogió los que hasta entonces tenía hechos, en un copioso Cancionero, impreso en Salamanca en 1496, y reimpreso en Sevilla, 1501; Burgos, 1505; Salamanca, 1507 y 1509; Zaragoza, 1512 y 1516. Todas estas ediciones se cuentan entre los libros más peregrinos de la bibliografía española, y probablemente hubo otras que no han llegado a nuestros tiempos. No es igual el contenido de todas ellas, siendo muy notables las añadiduras que en la parte dramática contienen las de Salamanca, 1507 y 1509; esta última, la más completa, o digámoslo con propiedad, la menos incompleta de todas. Fuera de la colección quedaron siempre otras obras de Enzina, como el poema de la Trivagia, no compuesto ni impreso hasta 1521, y las églogas de Plácida y Vitoriano y Cristino y Febea. De varias poesías insertas en una u otra de las ediciones del Cancionero, como los famosos Disparates trovados, la Justa de Amores, y la Tragedia a la muerte del Príncipe Don Juan, se conocen ediciones sueltas; y de seguro hubo más, en esa forma de pliegos sueltos, que fue durante el primer tercio del siglo XVI el vehículo principal de nuestra poesía popular y popularizada. Ya antes de 1496 corrían mucho, no sabemos si de molde o de mano, las composiciones de Juan del Enzina, y había quienes se las usurpaban y corrompían , y otros que se burlaban de ellas y de su autor. De estos detractores y maldicientes se queja él bajo su acostumbrado disfraz de pastor, en una de sus Representaciones, prometiendo sacar para Mayo (de 1496) la compilación de todas sus obras... por que no pensasen que toda su obra era pastoril, más antes conociesen que a más se extendía su saber...»
todos te deben llorar. Despoblada de alegría para nunca en ti tornar. hijo de reyes sin par. Llora, llora, pues perdiste quien te había de ensalzar. miditeca hispánica |