ÚLTIMO MENSAJE DE UN SUICIDA
Amigo y mentor Muro:
hace ya años que nos separamos en trágicas circunstancias, cuando nuestro querido compañero Gándalf falleció. Aún recuerdo las largas tardes de mayo en que solíamos los tres pasear por el Retiro y reflexionar sobre la conveniencia de hacer saber al mundo lo de nuestro pasado. Recuerdo aquella tarde en que Gándalf, después de beber aquel líquido ligeramente corrosivo que él preparaba en casa, decidió dar un empujón a un mimo y hacer que cayera sobre unos rosales. ¡Qué tiempos aquellos, querido Muro!
Recuerdo también las noches invernales en que nos afanábamos en el laboratorio de nuestro finado amigo en preparar aquellos plásticos explosivos que después vendíamos a simpáticos hombrecillos libios y libaneses. Recuerdo cuán alto reía nuestro amigo, con su mostacho lustroso y su pierna enyesada por placer. Mis ojos se llenan de lágrimas al rememorar aquellos emotivos momentos en que la unidad entre nosotros parecía inquebrantable. No temíamos al destino, ni siquiera pudiendo leer tan claramente en las estrellas que deberíamos enfrentarnos a un futuro oscuro, a un desierto yermo donde las amenazas constantes serían nuestras compañeras en el largo camino hasta la oscuridad final.
Pues bien, amigo Muro, he tomado una determinación final: voy a suicidarme. Sí, no pongas esa cara de presidente del Betis indignado, lo he madurado mucho y, finalmente creo que debo acabar con mi vida de una vez. Y te explicaré mis razones.
1) He descubierto que es inútil el que seamos discretos, nos escuchan de formas tan inimaginables que no me creerás si te confieso que sospecho de unas mosquitas de color negro que pululan por los huecos de los ascensores y los patios interiores de los edificios. El otro día miré una al microscopio y descubrí que se trataba de un cíborg de un tipo que antes no habíamos encontrado. Ni siquiera Gándalf, que fue –como recordarás- quien descubrió que las hormigas de San Marino sí tienen orejas robóticas, encontró jamás algo así. Es, por tanto, inútil que siga ocultándome, van a empapelarme irremediablemente.
2) Recientemente, como habrás oído (a pesar de que, con tu prudencia habitual, no escuchas la radio por si se infiltran por ahí en tu intimidad), la líder de una secta brasileña que asesinaba niños afirmó que todos los nacidos después de 1.981 están poseídos por el demonio. ¿Qué futuro nos esperará con ésos y, más aún, con los nacidos en la Edad Madridista, con los adoradores de Zidane, Beckham y Raúl? Yo no quiero vivir cuando esos niños crezcan y adoren a esos dioses paganos en los templos florentinos y se dediquen a la queirozmancia. Quiero la muerte. Pido la guerra y la afasia.
3) Por último, deseo que mi existencia finalice por culpa de los ciclistas. Les odio, no puedo remediarlo más. Estoy cansado de que siempre digan, cuando acaban una etapa, “hemos ganado”, “hemos trabajado bien”, “hemos corrido a buen ritmo” cuando han sido ellos solo quienes lo han hecho, no sus equipos, que se limitan a ser meros comparsas. ¿De dónde ha salido esta legión de falsos modestos, de usuarios de impíos plurales de modestia, de infiltrados sin vergüenza alguna? Y, por si fuera poco, casi todos vascos.
Amigo Muro, tú eres hombre de estudio y de ciencia y sé que comprenderás mis motivos, que son sobrados, para poner fin a esta tortura vital a la que me veo sometido con la persecución de las mosquillas robóticas, los niños endemoniados y los falsos modestos del ciclismo (por no hablar de los adoradores de Curro).
No diré nada más, simplemente me despido de ti, amigo de penas y glorias, hasta una próxima comunicación cuando ya aiga fallesido y mi alma esté fundida con la claridad celestial, lejos de Florentino y del represor Florencio.
Don Juan y Leal y Sánchez y Curro, escritor y poeta ultraísta.
